03 septiembre 2005

El editor

Tengo un editor favorito. Es metódico, exhaustivo y sincero, pero inconstante (todos los días se cae al litro, otros francamente a un barril); lo peor de Casanova es que me ama.

- ¿Te puedo hacer una pregunta?
- Sí, claro.
- ¿Por qué dejas tantos texto inconclusos?
- ¿Inconclusos? ¿Cómo cuáles?
- Por ejemplo, ése de la historia con tu amigo el periodista, me prometiste más detalles que nunca llegaron.
- Ya no lo recuerdo.
- Pues sí. ¿Te han dicho que tienes algo de Bolaños?
- Me parece que esto es demasiado para ser un halago, pero te dejo decir lo que quieras... ¿sería por lo inconcluso?
- No. ¿Recuerdas que en las historias de Bolaños hay un personaje Bolano que circula a través de todas ellas?
- Creo que sí.
- Bueno, es una suerte de personaje que toma parte de él sin ser él y que construye un mundo coherente en toda su obra ¿me entiendes?
- Más o menos.
- Un poco como tú, sólo que tú no te das el trabajo de construir un personaje, simplemente eres tú.
- Suena peyorativo. De hecho, suena a autoreferencia, a egocentrismo ¿no?
- Bolaños no.
- No... ¡yo, estúpido!
- Aaah. Sí.
- Bueno. Así es.
- ¿Qué es así? ¿El mundo o el personaje?
- Digo que sí, que es autoreferente... es decir, yo soy autoreferente.
- Pero yo me refería a la coherencia del mundo ficcional que construye Bolaños...
-... como si fuera un sólo mundo, una suerte de gran novela que transita por toda la obra de Bolaños, sin que nunca termine... ¿eso?
- Más o menos.
- Sigo sin entender la relación... en fin... de hecho no creo que haya ninguna relación.
- Sólo que me parece que todo lo que he leído de lo tuyo pertenece al mismo mundo, que se sostiene sin que menciones a los anteriores, tan sólo que...
- Ya lo sé... ¿por qué no me mandas los comentarios de los últimos cuentos?
- Creí que los había hecho.
- Pues no.
- A menudo me sucede que creo haber hecho cosas que no he hecho, y pensé que ya los había corregido, como pensé que ya había pagado la renta, pero seguro que tuve todos los comentarios y correcciones en mi cabeza... ya sabes que siempre los leo.
- Muy práctico.
- Cuándo vaya a verte... ¿me darías un beso?
- ¿Un beso de verdad?
- Sí.
- ¡Estás loco! ¡Ahora entiendo! Esto quedará inconcluso como todo lo demás.

La tarada

A veces todo parece marchar para adelante cuando todo lo demás retrocede cantidades inconmesurables.

La Revista parace ir bien. Me ha permitido concentrarme y conocer mucha gente estimulante en el área de la literatura infantil, escritores, poetas, diseñadores, ilustradores, teóricos, me ha permitido, sobre todo, darle un sentido a mis actividades diarias, justo esos días en que dudo si estoy haciendo algo que valga la pena o mejor sería desaparecer del mapa.

Claro que, por suerte, está
Ber,
Sara,
María,
Marlén y
Carlos V.

Otra es
Manuela Castellón.

No sé si es tan estimulante, pero escribe bien y le insisto en que tiene que participar en concursos, por lo menos. Ella se resiste. No se tiene fe.

- ¡No se trata de fe, tarada!

02 septiembre 2005

María Paz: su columna

María Paz, al igual que los galos, sólo le teme a una cosa: que el cielo caiga sobre su cabeza... A ella sólo le interesa encontrar siempre el cielo arriba y en él, la luna y alrededor, las estrellas, la luna, las estrellas, la luna, el cielo.
María Paz también se parece a Obélix, al fecundarse cayó adentro de una olla de poción mágica, que casualmente era yo, y nació con una fuerza que nos sorprende a cada momento. Por suerte, pues cuando el cielo se caiga, ella lo podrá sostener.

Sola dulce

María: Estoy sola.
María: ¿Tú? No puedo creerlo.
María: ¿Por qué?
María: Porque eres una mujer tan dulce.
María: Es extraño...
María: ¿Qué cosa?
María: Que me digas eso.
María. ¿Que eres dulce?
María: Sí.
María: ¿Pero por qué?
María: Yo nunca me percibí como una persona dulce y ahora último tanta gente me lo ha dicho... que no sé...
María: ¿Qué no sabes qué?
María: Si es bueno... eso de ser "dulce".
María: Oh, sí, claro, puede sonar mal, como a empalagoso, incluso a tonto, qué se yo, pero tu dulzura es otra cosa, no es acaramelada ni ingenua, no es artificial, viste, es... como como el dulce de la fruta cuando uno tiene sed.
María: ¿Te parece?
María: Claro y no sólo a mí. Lo que no entiendo es que digas que estás sola.
María: Es que estoy sola, aunque no lo creas.
María: Es raro.
María: ...
María: Yo también estoy sola, pero en mi caso se comprende, aunque con los niños, la verdad es que pocas veces te queda tiempo para darte cuenta de que estás sola como todos los demás...
María:... aunque seas dulce.

01 septiembre 2005

Bloqueo

Chicas, necesito un recordatorio. De hecho, no me acuerdo cómo llegué a casa anoche (¿o debo decir esta madrugada?). Además tengo un moretón en el pómulo derecho. Espero que sólo me haya pegado contra una puerta o algo así y no que me haya merecido un puñete por antipática. Me parece que nos hicimos confesiones importantes en algún punto de la velada... o se sienten aliviadas porque quedó en algún oscuro lugar de mi memoria o me lo vuelven a contar cuando nos veamos otra vez. Creo que apenas llegué, el televisor del cuarto de alojados se encendió con las típicas noticias de accidentes carreteros en las mañanas y, sin entender mucho todavía, me levanté para llevar a Fernando al colegio. En el metro me fui bien escondida dentro de mi montgomery porque no hay nada peor que el tufo a copete a esas horas, sobre todo en una abnegada madre que lleva a su hijo a la escuela.
Sea lo que sea que haya hecho, espero que nada deplorable, tengan presente que las quiero mucho, por favor.

31 agosto 2005

Memorias de la educación sexual: "La exhibición"

En el liceo éramos cuatro mil alumnas divididas en dos jornadas y hubo una época en que los exhibicionistas comenzaron a aumentar en forma exponencial. La directora decidió tomar el toro por las astas ante los “ataques” que sufrían sus pupilas en los alrededores. Llamó a la comisaría más cercana, que estaba sólo a dos cuadras, para pedir ayuda. Mandaron tres carabineras que comenzaron a dictar unos talleres relámpago en sesiones en el gimnasio. Así nos dijeron:

“Los exhibicionistas son, primero que nada, hombres cobardes. A diferencia del violador, el exhibicionista no ataca porque, en general, lo que les sucede es que tiene un grave problema con su sexualidad, casi siempre se trata de hombres impotentes que utilizan su miembro para asustar a las niñas como ustedes, pero jamás llegan a consumar un ataque. De manera, chicas, que no les deben temer. De ahora en adelante, a la salida de clases, nunca se vayan solas. Formen grupos y siempre estén juntas. Cuando uno de estos hombres aparezca con su miembro afuera, no arranquen, sino que persíganlo y péguenle con sus bolsos y mochilas”.

Obedecimos y dentro de un plazo prudente desaparecieron todos estos hombres que rondaban el liceo a las horas de salida. Todos menos uno. A pocas cuadras del colegio había un sitio abandonado cerrado por un portón de madera. Cierta vez, frente al portón, un conjunto de colegialas reían, lloraban, se sentaban en la cuneta, gritaban y hacían una gran variedad de gestos. Nos acercamos a ver que sucedía. Por la abertura del portón donde pasaba una gruesa cadena se asomaba un solitario pene erecto, rosado con su cabeza morada. Algunas, impactadas ante tal visión, lloraban paralizadas. Otras no podían contener la risa y se sentaban en el pasto porque las piernas les flaqueaban por las contorsiones de las carcajadas.

- ¡Mira qué feo!- decía una.
- ¡Y qué chico!- agregaba otra.
- Uy, no debe servir para nada- se burlaba una tercera.
- ¿y si lo tocamos?- preguntó una más atrevida.
- Ay, no, ¡qué asco!- dijeron varias.
- Pues yo lo voy a tocar…- amenazó un tercera mientras se acercaba para manosearlo.

Las carcajadas eran incontenibles. Los gritos de asco se escuchaban a cuadras. Hasta que una, viéndolo cada vez más erecto dijo con toda desfachatez:

- Yo se lo voy a chupar…
- ¡Noooooo!- gritamos todas.
- … pero mañana- agregó ella- ¿oíste?- le dijo al dueño del pene solitario a través del portón- Así que lávatelo bien.

Al día siguiente nos impacientaba oír el timbre que anunciaba la salida para presenciar el magno acontecimiento. Llegamos al portón. Allí, como siempre durante las últimas semanas, se asomaba el pene descontextualizado de su dueño, lo que a algunas les resultaba bastante erótico. Al igual que los días anteriores se acumulaban las chicas alrededor con toda suerte de reacciones hasta que llegó la que le había prometido chupárselo. Se acercó.

- No sé… - dijo- ¿se lo habrá lavado como le pedí?
- Yo lo huelo- se ofreció una voluntaria.
- Mmmm, pero está muy chico- agregó la primera.
- Yo lo masturbo- surgió una nueva voluntaria que sin dudarlo lo tomó entre sus manos y comenzó a friccionarlo con suavidad. Una vez que el pene solitario hubo reaccionado, la voluntaria del olfato, se agachó y dictaminó:
- Sí, no huele nada mal.

En medio de un estado nervioso general, expresado de las más diversas formas, incluso de formas incomprensibles como los ataques de llanto, la muchacha fue acercando la boca al pene erecto, apenas lo rozó con la lengua e hizo señas de que no estaba nada mal, luego abrió mucho la mandíbula mostrando su hilera de blancos pero amenazantes dientes. El estrépito fue masivo, las risas y los llantos comenzaron a contenerse para no perderse ninguna sensación del evento. Entonces la chica clavó con todas sus fuerzas, como una bestia, sus dientes en el pene y lo tiró como si fuera una presa a la que desgarrar. Apenas alcanzamos a escuchar el aullido del hombre detrás del portón y ver los frenéticos esfuerzos de un pene que parecía un pobre y pequeño animal tratando de liberarse de las garras de su depredador. Demás está decir que la especie se extinguió de nuestro hábitat gracias a los sabios consejos de las carabineras, quienes nos enseñaron a no temerle a un pene.

Deudas

De un cuarto al otro:

-No me devolviste el video de "Ojos bien cerrados"
- Yo creo que sí.
- No, me pusiste un de "Plaza Sésamo".
- ¿En serio? De todos modos me parece que no se me ha quedado aquí el video de "Ojos bien cerrados". Revísalo entre los que te puse afuera.
- No está. Además creo que te quedaste con otros videos.
- ¿Sí? A mi no me parece, no me interesa quedarme con nada tuyo.
- Pero te los quedaste.
- ¿Sí?
- Sí. El de "Antígona" sí estaba...
- Y hablando de deudas...
- ¡¿QUÉ?!
- ...
- ¿Quieres que te devuelva las dos lucas?
- Eso y lo otro.
- Pero si te fue tu culpa, tú me tiraste las cosas a la calle y me obligaste a pagar un flete y además después me dijiste que no te devolviera la plata...
- En rigor, te escribí un correo en que te decía que te la metieras por el culo... pensé que tenías algo de vergüenza después de decirme que la plata de la Agustina era lo primero para tí, que nunca me iba a faltar...
- ¿Entonces para qué me dices eso y me haces relajarme?
-...
- Y este reloj ¿qué hace aquí?
- Parece que se me quedó traspapelado.
- Me lo voy a llevar.
- Claro.
- ¿Qué le hiciste a la pila?
- Nada.
- ¿Cómo nada? Está suelta.
- Pero yo no le hice nada.
- Pero está suelta y además le falta la tapa.
- ¿Qué tapa?
- La tapa de la pila ¿se la perdiste?
- (Suspiro) Mira, si se perdió no fue intencional, aquí se pierden muchas cosas de ese tamaño y más grandes con los niños.
- La perdiste. Y ahora ¿cómo le voy a poner la pila?
- No sé.
- ¡Pero mira cómo la dejaste!
- Y tú mira cómo dejaste las ventanas.
- ¡Aaaah! ¡Por eso estoy endeudado, por hacerle arreglos a esta casa!
- ¿...?
- No te lo estoy sacando en cara.
- ¿No?
- No. Sólo te estoy recordando que yo hice algunos arreglos en la casa, que pinté estas piezas y por eso estoy endeudado...
- ¿No lo estás sacando en cara? ¿Y cómo se le llama a esa clase de "recuerdo"?
- Siempre has sido una malagradecida, con todo lo que yo hice por esta casa...
- Gastaste 150 lucas en el arreglo y...
- Además pinté estos cuartos ¿de dónde crees que saqué la plata?
- Ya... ponle 200 lucas, descontado que ahora hay que pagarle a alguien para que limpie la pintura de los vidrios... ¿me vas a decir que estás endeudado en cuatro financieras y estás registrado en Dicom porque pintaste la casa?
- Sí, nunca reconoces el trabajo de los demás, todo lo que yo hice...
- En fin... ¿no te parece que era lo menos si vivías en esta casa y me pasabas la cagada que te sobraba después de los cigarros, las drogas, la liga de fútbol, los almuerzos y comidas después de los partidos...
- Mejor me voy.
- Mejor. Es la hora de la cena de los niños.

La puerta se cierra.

30 agosto 2005

Ilusión óptica

Quiero levantarme y meterme entre mi mamá y mi papá. Mi papá tiene un juego en el que construye un puente con sus manos y mis dedos pasan como enanitos sobre él, pero el puente está mal construido y se rompe en su zona más débil, allí donde se juntan los anulares, mis dedos caen al vacío y me ahogo en las carcajadas que me producen las cosquillas que mi papá me hace.

Quiero que, como todos los días, me traiga el desayuno a la cama, leche con chocolate y galletas de agua con paté, siempre una de más para la gata que se sienta a mi lado.

Quiero que mientras mi mamá se queda conmigo en la cama, él se afeite como cada mañana, a poto pelado, se vista y salga a calentar el motor del Land Rover porque, como siempre en invierno, ha caido una helada.

Quiero que mi mamá me ponga el uniforme, aunque en el kinder no lo piden, pero yo insistí porque todas las niñas del barrio ya se ponían jumper azul, camisa blanca con un abrigo con capucha.

Quiero que mi papá me ayude a subir al jeep, que me queda tan alto, y mi bolso de cuero con tiras de color rojo y nos vayamos juntos por las calles escarchadas hasta la casa donde me espera la tante Erika, con todos sus niños, con sus juegos, con mis cuadernos llenos de dibujos en los bordes.

Quiero que llegue la tarde para esconderme en el clóset, como todos los días, para que mi papá me busque y yo escucharlo nombrarme, sentirlo moverse por la casa, fingiendo que no sabe dónde estoy y siempre estoy en el mismo lugar para que él me descubra y me abrace como si no nos hubiéramos visto hace mucho tiempo.

No quiero que mi papá se muera.

No quiero.

29 agosto 2005

La columna sobre Fernando-al-Rashid

Estamos almorzando (la hora en que aparece todo). Fernando mira con acostumbrada aflicción su plato de comida, que puede ser cualquier cosa, arroz con pollo, pasta con salsa boloñesa, papas fritas con carne o budín de sesos.

- ¿Por qué me obligan a comer todos los días?

- Porque tienes un cuerpo que necesitas alimentar para vivir y crecer.

- Si, ya sé, ya sé, las proteínas, las vitaminas, la energía ¿pero por qué me obligan a comer todos los días? ¿no podría ser día por medio? ¿No me alcanzarían las proteínas para varios días?

- No. Tienes que alimentarte todos los días.

- Quisiera ser espíritu para no comer.

Mi madre tercia en la conversación.

-Los espíritus tampoco comen chocolates ni galletas ni nada; los espíritus no hacen nada en todo el día, andan por ahí viendo todas las estupideces que hacen los humanos con cuerpo.

- No importa. Puedo dejar de comer chocolates también.

- Tampoco andan en skate porque no tienen cuerpo ni skates, claro.

- ¿Los skates no tienen espíritu?

- No.

- Pero... pero... ¿una madera entre dos láminas de plástico no tiene espíritu?

- Esteeee... No.

- ¿Acaso los seres vivos no tienen espíritu?

- Esteeee....

- ¿Acaso los árboles no son seres vivos que tienen espíritu? ¿ah? ¿acaso un skate no está hecho de la madera de un árbol que es un ser vivo? ¿ah?

Mi madre vuelve a terciar en la conversación.

- Los árboles son talados por unos empresarios inescrupulosos que los hacen astillas para llenarse los bolsillos de dólares.

- Los billetes de dólares ¿de qué están hechos?

- Esteee... de papel.

- ¿Y el papel se saca de los árboles? Entonces... Los empresarios no-sé-qué ¿se hacen los billetes con los árboles que talan?

- Ya... ¡cómete tu comida!

- ¡Pucha! ¿por qué me obligan a comer todos los días?

Café para el domingo

EL PRIMERO

Quise tenderle una "trampa", pero el café se enfría sobre la mesa. Está más preocupado de la gata allegada, de las infecciones, de los parásitos, de los arañazos, del borde de la escalera donde Agustina podría partirse la cabeza (también podría caer por el balcón).

Él me dice "nadie puede resistir tanto odio".

Silencio.

Explica "me tiraste todas las cosas a la calle y dejaste a tu madre que me vigilara... ningún ser humano puede resistir tanto odio..."

Me pregunto si el odio provenía de mi decisión o de mi madre.

Agrega "siempre me estás agrediendo al decirme que nunca te amé ¿cómo crees que me siento con tu violencia?".

Me defiendo "sólo expreso lo que "siento" y lo que "siento" es que nunca me amaste".

"¿Ves cómo me agredes?"

"No te agredo, lo digo desde mi subjetividad"

Ahí estamos otra vez, el mismo diálogo por años, el café ya está helado, me quedo en silencio, lo observo, pienso "estoy obsesionada con él, no hay otra explicación".

Últimas acotaciones "yo no soy como tú, yo no puedo estar con varias personas a la vez... basta de confundir las cosas... ¿no tienes una pareja?"

"Sí", contesto.

Ya se está yendo y la taza quedó sobre la mesa.

"Tenemos toda la vida por delante... dejemos que el tiempo calme las pasiones... no sigas actuando con la impulsividad que sólo daño nos ha provocado".

"Pero dame un beso", le digo en la puerta.

"¿Viste? A esa impulsividad me refiero. Actúa con racionalidad".

Se va.



EL SEGUNDO

María: Yo creía.
María: Yo también creía.
María: Yo quería creer.
María: Ése es el problema, una quiere creer.
María: Y todavía creo.
María: Yo ya no creo.
María: ¿No crees ya?
María: No y tú no deberías creer o ¿acaso crees que debes creer?
María: La verdad es que no creo que deba seguir creyendo.
María: No deberías querer seguir creyendo. Ya se acabó.
María: Es cierto, ahora pienso que no debo creer, pero vuelvo a creer.
María: Es lo que pasa, yo también creía.
María: ¿Quieres más café?
María: ¿Quieres más pastel?
María: Gracias.

28 agosto 2005

Los otros

De verdad que hay personas que saben amar, que cada una de sus palabras y frases escritas dejan traslucir esa capacidad, textos dulces (verdaderamente dulces, como la fruta, no como el aspartame), que dejan adivinar, sutil y exquisitamente, la riqueza interior de sus "almas".

¿Cómo lo harán?
¿Cómo lo harán?
¿Cómo lo harán?
¿Cómo lo harán?
¿...


...?



http://registro6.blogspot.com

La gata y un beso que se escapa bajo la lluvia

Comienza a llover sobre Santiago y un hecho insignificante me llama la atención: afuera un maullido perturba el silencio de la noche.

No me asomo al balcón porque sé que puedo caer en la tentación de sentir lástima por el animal y entrarlo; sin embargo, no es necesaria tanta previsión, al salir a dejar la basura, se desliza entre las piernas.

¿Qué hacer ahora? Afuera llueve, hace frío, está inhóspito y la gata me mira fijamente. Minutos de incertidumbre que terminan con la gata llorando por el lado de afuera de la ventana.

Sigue lloviendo sobre Santiago. La vida recluída continúa en el interior, con los niños, con la música, con la pantalla del computador, con las dudas, la cama fría.

El domingo viene "él" a buscar a la chiquita. Lo miro, lo quiero besar cuando se me escapa a la calle, logro tocar sus labios, me interrumpe... "¡se entró un gato!".

Huye mientras la gata me vuelve a mirar. Debería echar a esta gata, pero Fernando la ve y ante la idea de dejarla expuesta a la intemperie, se larga a llorar.

- Yo no sé- me dice entre los sollozos- por qué no me gusta el ser humano si yo soy un ser humano.

¿Cómo debo interpretar esto?

Claro que me siento un ser humano vil, que asegurado en su guarida, expone al sufrimiento a los demás seres de este planeta.

Así que aquí está la gata. Ahora, lo primero, como siempre, pero tan inútil, nombrarla.

27 agosto 2005

Las drogas, el alcohol y el amor

"Él" se drogaba y entonces yo desaparecía de su expectro visual, auditivo, táctil y mnémico o, al menos, eso era lo que yo quería creer para no aceptar que las carencias eran otras, ausencias que recién vine a notar ahora que, justamente todo lo contrario, sólo cuando se droga, y por alguna razón coincidimos en el mismo lugar, se pone cariñoso conmigo (¿acaso no resulta evidente?).

Sin embargo, entonces mi lectura de la situación era otra: "él" se drogaba y la desidia lo agarraba para soltarlo sólo si necesitaba conseguir más droga. Por supuesto, me desesperaba, me ofuscaba, me llenaba de ira porque nada de lo que le dijera, ni los cariños ni las amenazas, lo conmovían de su estado.

No se puede sentir casi nada peor que la ira contenida, de una fuerza que podría matar a un potro, en los sesos calientes de uno. Encontré una forma de calmarme: la fantasía de la venganza. Y la venganza era la infidelidad sexual, lo único que dañaría su amor propio, tan sólidamente asentado en el pensamiento de Schopenhauer.

Así que cuando me ignoraba, ausente en sus estados de conciencia alterada, cuando ni mis aullidos de dolor lo hubiesen sacado de su ensimismamiento, me sentaba mirando el lago y me repetía: "Ya verás, hijo de puta, ahora no te puedo hacer nada, pero en cuanto pueda dejaré que otros me toquen, que otros me penetren...".

Sin embargo, no era más que una fantasía que me ayudaba a calmarme, pues de haber querido hacerlo de verdad, hubiese bastado con que tomara un caballo, me fuera hacia el bosque y le hiciera alguna seña a su primo, que había sido mi novio, para ir a tirar entre las zarzas. "Él" lo sabía y por eso se volvía loco cada vez que yo salía a montar.

El año pasado, justo para estas fechas, cuando estaba a una semana de volver de su internación, me emborraché mal en un asado de cumpleaños. Y es que lo había hecho. En su ausencia, llamé a un compañero de colegio de "él", con el que alguna vez tuvimos un trío, y reanudamos nuestras relaciones sexuales interrumpidas por mi loco, ciego y estúpido amor. Varios meses, casi todos los que duraba su tratamiento, estuvimos saliendo y acostándonos esporádicamente.

Fue un golpe bajo... para todos.

Gritaba que lo amaba, golpeaba a mi amigo porque me trataba de calmar, aullaba más cuando un psiquiatra que estaba en la fiesta procuró inmovilizarme con la efectiva técnica de doblarme los brazos por la espalda y pegarme bofetadas, a las que yo respondía con más ira, mientras alguien, quien sabe quién, cuidaba a mi niña de nueve meses.

Y gritaba y aullaba y chillaba su nombre, como si realmente con ese acto, el de nombrar, yo lo hubiese podido poseer.

Más tarde estaba en la casa de sus padres, todavía llorando a gritos, mi hija llorando a gritos, tal vez por primera vez intuyendo que en todo esto las drogas no tenían nada que ver.

Falso aviso: no escribo por unos días

Si alguien lee esto, que no lo sé, a pesar de que puse un contador, les quiero contar que no escribiré por algunos días... me acaba de venir un bajón y no estoy dispuesta a escribir más sandeces que de las que escribo casi a diario y empezar con temas manidos, adoloridos y hasta dulcificados como los cuentos que tengo que leer.

Aunque esto de los "blogs" es muy entretenido por esa dualidad tan discutida de lo público y lo privado (¡sí que lo discutimos mil veces en los temas de la fotografía!), a veces me leo algunos sólo por meterme en la vida de los demás y otras porque realmente me entretienen.

Así que todo está bien con la exhibición, pero el pudor ante mi propia estupidez tiene límites extraños y ahora he llegado a uno de esos. Punto. Esperaré a que pueda hablar de otra cosa que no sea "él" (por supuesto) y de toda la maraña sangrienta que corre por la nieve.

Además no sé nada.

Fulanito, protagonista de la literatura infantil

Tenemos que definir la línea editorial para la colección de literatura infantil y ya nos han llegado varias propuestas de escritores que todavía no conozco más allá de su forma de escribir.

Es curioso pasar del lado de los editores.

¡Y terrible!

Sobre tod0 cuando me encuentro con una serie de cuentos muy dulcificados y de frases tan cortas que rayan en el lenguaje extranjero.

Más o menos así:

"Fulanito miró por la ventana. Fulanito vio que estaba lloviendo. Fulanito quiso enconderse detrás de la cortina. La cortina era gruesa y peluda. Fulanito se escondió detrás de la cortina. Detrás de la cortina hacía más frío. De pronto, Fulanito vio una vela. Entonces Fulanito vio a un monstruo. El monstruo no era malo..."

Y sí, más o menos así durante una página y media a un espacio.

No se resiste, a pesar de que mientras leo trato de imaginar qué ilustraciones podrían mejorar los textos que me adormecen y me hacen fijarme el lo amarilla que es la luz de mi escritorio:

Cuestión uno: las ilustraciones no deberían "mejorar" un texto aburrido ni ningún otro, sino cooperar en significados e imaginarios.

Cuestión dos: trato de rescatar la "buena idea" que esconde el texto, pero evidentemente una buena idea no brillará nunca si está mal escrita.

Cuestión tres: ¿cómo puedo decir lo que pienso sin ser la bruta que soy al hablar?

Solución uno: con urgencia debo discutir estos temas con mi socia para intercambiar impresiones (ella, por fortuna, se deja impresionar más por el lado positivo de las cosas) y dejarla, como siempre, que presente el discruso adecuado.

Solución dos: no hay si no quiero perder el trabajo.

Mientras tanto veré que es lo que le sucedió a los Fulanitos en cuestión.

25 agosto 2005

Hacer el amor con austeridad

Reconozco que a menudo he tenido la tentación de dormir cada noche con el mismo hombre, la fantasía de cada día tener sexo con amor, arranques de estoicismo que me invitan a ser una mujer abnegada y soportar y sacrificar muchas cosas con el único fin de que, terminada la jornada, ese mismo hombre me acaricie, me bese, me ame y me penetre (aclaro: ese hombre que no sólo me ame, sino, más difícil, que yo ame).

Reconozco que muchas veces lo pensé mientras estaba con “él”, cuando en la noche lo sentía a su costado de la cama, tan al alcance de la mano, pensaba “soy capaz de soportar su drogadicción, su desidia amorosa, sus celos compulsivos, su inseguridad disfrazada de citas de famosos filósofos, todo con tal de no perder la posibilidad de que esté aquí a mi lado para hacerme el amor, para ver ese cuerpo fibroso y grande, esa expresión de deseo y de placer, soy capaz de todo”.

Reconozco que no lo fui.

Desde niña, después que mi padre murió, aprendí a vivir en la precariedad (al borde de la pobreza, sin llegar a serlo nunca) tapando los agujeros de las suelas de los zapatos con papel de diario, descosiendo el jumper escolar que, cada año, me quedaba más estrecho y brillaba de tanto lavarlo y plancharlo, a ver si este año, agregando un trozo de tela, me acomodaba un poco, cuando llovía me ponía bolsas de plástico debajo de los calcetines y durante todo el año caminaba una hora hasta el liceo porque no me alcanzaba para el pasaje escolar, sin nada que me protegiera en invierno, comiendo sopa de cebolla los días más helados.

Fueron los buenos años, aquellos que me permitieron salir del agujero de la falsa pequeña burguesía y que me enseñaron esto que ahora aplico en otro escenario: si no hay amor, por lo menos hay sexo y cada vez que lo practico, con el amigo que sea, cuando siento que no hay otra alternativa para los cuerpos con piel, logro alejar a esa extraña tentación de querer dormir cada noche con el mismo hombre (con “ése” hombre).

24 agosto 2005

Memorias de la educación sexual: "Comerse todo"

Soy de la generación de niños que escucharon cientos de veces, sino miles o hasta millones, decir a sus madres que el alimento no se podía desperdiciar, que botar un resto de comida de un plato era un crimen cuando había en el mundo, y en el propio país, tantos otros niños muriendo de hambre (evidentemente soy de una generación de niños que no conocíamos nuestro derecho a opinar y hasta a diferir de las opiniones de nuestros padres). De manera que fueron muchas las tardes que pasé frente a un plato de sesos o de lengua de vaca viendo cómo en el patio la gallina de la pasión se paseaba feliz sin que nadie la obligara a comer más granos o más lombrices. Incluso, una tarde de verano, en el patio, frente a una enorme porción de tallarines, vi cómo la gallinita literalmente estiraba la pata.

- Se murió- aullé en un llanto desesperado. Esa tarde, mi dolor sincero me salvó de la pasta, pero fue la excepción. No recuerdo nunca haber dejado ni un grano de arroz en un plato (aunque hay evidencia de que en otras familias había que dejar una pequeña porción al final para indicar que uno no estaba muerto de hambre, eso que las señoras llamaban “la política”, vaya a saber uno por qué).

Y así crecí hasta hoy (que ya no crezco más), de tal forma que nunca me he permitido dejar nada al final de una comida, por satisfecha que esté, porque en mi inconsciente ronda esa preocupación social tan sólida que me inculcó mi madre y, como a mis hijos no los obligo a comer todo en consideración a sus derechos, siempre que dejan algo me lo como yo antes que botarlo a la basura.

De manera que las explicaciones freudianas a mi apetito sexual no son del todo válidas y se fundamentan más que en la inseguridad en esa austeridad económica que permanece en mí, pues cuando estoy con un hombre y voy conociendo sus pequeños encantos (porque todos los seres humanos tenemos pequeños encantos) llega un momento en que me digo a mi misma ¿cómo desperdiciar a este hombre? ¿cómo no me lo voy a comer? Sobre todo que algunos se ven tan sabrosos cuando hablan sobre cosas fundamentales y profundas. De pronto esa boca de la que salen frases para celebrar se convierte en el único objetivo de mi paladar. Y es que las palabras tampoco hay que desperdiciarlas. Y de la boca paso a los ojos y de los ojos a la piel y de la piel a las manos y de las manos a las piernas y de las piernas, claro, al pene. Debo confesar que llega un momento en que decido que las palabras encerradas en sus frases inteligentes y sabias deben pasar a mi cuerpo. En ese momento me muero por besar, pero ahí depende del que esté enfrente a una, pues siempre cabe la posibilidad de un rechazo, aunque ya se sabe que es muy difícil que un hombre rechace a una mujer o lo que le ofrece esa mujer.

Una entiende a esos hombres que dicen que están enamorados de todas las mujeres. Lo malo es que los hombres no entienden que una esté enamorada de un pedacito en particular de cada hombre, que sus atenciones, que su inteligencia, que su humor, que la forma de mirar al decir ciertas cosas, que la manera de expresarse… ¿cómo dejarlo pasar? Una se quiere poner sobre su cuerpo tanto encanto disipado y comprobar por sí misma si todo esto está a la altura de su comportamiento sexual, o más exactamente, si su comportamiento sexual está a la altura de todos sus o de su encanto. Hay que comer todo y de todo, sólo así se sabe que es lo que más le gusta a uno.

Y sí, otras de las enseñanzas de mi madre incentivaban la variedad cuando me decía “si hay mucho más que chocolate ¿para qué vas a comer todos los días chocolate?” ¡Qué cierto era! Había (hay) tanto por probar en la vida, tantas comidas de otros lugares que no habría apreciado si no fuera por esta tolerancia al sabor. Algunas veces sucede que no gusta y uno no se vuelve a repetir el plato, aunque de todas formas se lo come todo. Y eso también me sucede con los hombres, algunos están como para repetírselos y otros no o a algunos me los comí tantas veces que ya no me los vuelvo a repetir más. Ellos vuelven, vuelven porque a la mayoría le cuesta encontrar mujeres que coman hombres como se comen un yogur dietético, sin ninguna culpa, lo que no saben es que esos lácteos desgrasados y sin azúcar terminan siendo bastante desabridos. Vuelven y les digo algo que suelen interpretar como “mira, estoy enamorada y no me estoy acostando con otros hombres”. Eso lo piensan ellos en su lógica de la fidelidad, pero lo que en realidad les estoy diciendo es “mira, encontré otro hombre que me resulta más sabroso que tú, tú que ahora de verdad me sabes insípido”.

Sin embargo, hay platos que me repetiría siempre, sobre todo los que tienen palta o salmón crudo. También hay hombres que me repetiría siempre y para siempre.

La columna sobre Fernando-al-Rashid

Estamos almorzando con Fernando un rico lomo con papas fritas (ciertamente me hacía falta comer carne cocida, tranquila, sin pelear por la comida con él) cuando se detiene en seco y pierde la vista en su hermana chica que se hace masajes de palta y lechuga por el pelo y la cara (¡qué se la va a hacer!).

- ¡Qué complejo es el Ser!- suspira.

- ¡¿Qué?!- me atraganto con una papa.

- Digo que complicado es ser humano, mamá.

A pesar de que se me enfríe el bistec, mi conciencia de madre de un niño de seis años con problemas existenciales me obliga a decirle:

- ¿Podemos dejar esta conversación para después de almuerzo?

Me mira comprensivo.

- ¿Para qué, mamá, si no tiene respuesta?- se levanta y deja su plato a medio comer.

Y después los obligamos a leer la abuelita Opalina ¿me entienden?

23 agosto 2005

Las batallas perdidas

A propósito de las batallas perdidas con los muertos amados... las batallas perdidas en la literatura infantil (y supongo que cada uno podrá hablar de tantas otras...)

De pronto me encuentro, eufórica, defendiendo a la "nueva literatura infantil" en nuestro país, ya saben, ésa que no trata a los niños como recipientes de conocimientos, ésa que define a la literatura infantil, ante todo, como literatura, ésa que vislumbro como un movimiento renovador tanto por sus creadores como por sus receptores, en fin, allí estoy al borde del grito cuando, de pronto me doy cuenta de que estoy meando fuera del tiesto y que ¡mierda! mojé la alfombra de otros. Silencio absoluto por unos segundos. No hay respuesta. Ni un sí ni un no. Ni un de acuerdo ni un desacuerdo. Sólo silencio mientras siento correr el líquido tibio entre mis piernas.

Unos momentos después me secunda mi socia, con un discurso más aplacado, más práctico, más diplomático (como es ella ¿no? por eso hacemos excelente sociedad), pero siento que también ella siente que estamos frente a una batalla perdida, no porque no haya una nueva literatura infantil, como postulamos, como creemos, como profesamos, si no porque nos enfrentamos a seres absolutamente desvinculados de otra visibilidad que no sea la de ellos mismos a través de libritos que se distribuyen entre sus amigos.

Más tarde un pisco sour con una sóla pregunta enredándose en mis cabellos ¿para dónde voy? mientras se conversa de las próximas autoediciones.

Dejo el dinero para pagar el trago y escapo a la calle, con la llovizna que me refresca (es increíble que ahora una copita me deje tropezando y botando las cosas) mientras pienso que lo a mi me gusta es que me miren como objeto sexual cuando hablo...

¿Qué tiene que ver eso con la nueva literatura infantil?

Qué sé yo. Será algo etílico-hormonal, pero eso fue lo que se me vino a la mente cuando salí del bar.

22 agosto 2005

Amamos a los muertos

Me la encontré inesperadamente a la salida del tren subterráneo. Mi primera reacción, con los chicos colgando a cada lado, fue dirigirle una sonrisa amplia con un gesto de saludo. Me arrepentí inmediatamente. "¿Y si no me saluda?", pensé; sin embargo, la pillé tan desprevenida que, por segundos, debe de haber olvidado su enojo conmigo y me devolvió la sonrisa. No le quedó más que detenerse a charlar. Yo la hubiese invitado a un café, pero demostraba tener los pies sólidamente pegados a ese exacto pedazo de pavimento.

Nos contamos las novedades de los dos últimos años, cuánto han crecido los chicos, cómo va el trabajo (¿siguen siendo tan élitistas en las artes visuales?) y esas cosas ("La provincia es una mierda, tan chata", me dice... "No, claro, pienso yo, aquí estamos en el centro cultural del mundo"), hasta que llegamos al punto central (para mí, evidente), me preguntó por "él". Ella siempre lo odió y nunca disimuló el deseo de verlo muerto. Ya sabrán por qué. Hice un brevísimo resumen hasta que me encontré diciendo esto:

- Y ahora le ha dado por declararse enamorado de ...- Uuuups, me detuve en seco.

Iba a decir:

- Y ahora le ha dado de por declararse enamorado de la drogadicta ésa que se mató ¡Hay que estar loco! ¡Enamorado de una muerta!

Me corregí:

- Y ahora le ha dado por declararse enamorado de A... ¿te acuerdas la chica que se murió?

Me miró sin expresión. Claro, por un momento olvidé que ella también estaba enamorada de un muerto y a los minutos siguientes me hablaba de su marido como si estuviese vivo, de que la chiquita, que ya cumplió cuatro años, hablaba como si su padre estuviese vivo.

Entonces recordé con qué angustia había descubierto a través de ella, cuando éramos inseparables, que "él" como ella compartían ese amor por un muerto que no había dejado más que huellas hermosas, a pesar del suicidio y del abandonodo que eso implicaba, con qué angustia descubrí que estaba frente a una batalla perdida.

Y, lo peor, yo no debería haberlo olvidado, por años tuve que tolerar los llantos solapados de mi madre y de mi abuela cuando recordaban a mi padre, por años el alcoholismo de mi madre que no se resignaba a la muerte de mi padre, por años, aún hoy, ese amor infinito e inquebrantable que sienten por los muertos amados.