29 agosto 2005

Café para el domingo

EL PRIMERO

Quise tenderle una "trampa", pero el café se enfría sobre la mesa. Está más preocupado de la gata allegada, de las infecciones, de los parásitos, de los arañazos, del borde de la escalera donde Agustina podría partirse la cabeza (también podría caer por el balcón).

Él me dice "nadie puede resistir tanto odio".

Silencio.

Explica "me tiraste todas las cosas a la calle y dejaste a tu madre que me vigilara... ningún ser humano puede resistir tanto odio..."

Me pregunto si el odio provenía de mi decisión o de mi madre.

Agrega "siempre me estás agrediendo al decirme que nunca te amé ¿cómo crees que me siento con tu violencia?".

Me defiendo "sólo expreso lo que "siento" y lo que "siento" es que nunca me amaste".

"¿Ves cómo me agredes?"

"No te agredo, lo digo desde mi subjetividad"

Ahí estamos otra vez, el mismo diálogo por años, el café ya está helado, me quedo en silencio, lo observo, pienso "estoy obsesionada con él, no hay otra explicación".

Últimas acotaciones "yo no soy como tú, yo no puedo estar con varias personas a la vez... basta de confundir las cosas... ¿no tienes una pareja?"

"Sí", contesto.

Ya se está yendo y la taza quedó sobre la mesa.

"Tenemos toda la vida por delante... dejemos que el tiempo calme las pasiones... no sigas actuando con la impulsividad que sólo daño nos ha provocado".

"Pero dame un beso", le digo en la puerta.

"¿Viste? A esa impulsividad me refiero. Actúa con racionalidad".

Se va.



EL SEGUNDO

María: Yo creía.
María: Yo también creía.
María: Yo quería creer.
María: Ése es el problema, una quiere creer.
María: Y todavía creo.
María: Yo ya no creo.
María: ¿No crees ya?
María: No y tú no deberías creer o ¿acaso crees que debes creer?
María: La verdad es que no creo que deba seguir creyendo.
María: No deberías querer seguir creyendo. Ya se acabó.
María: Es cierto, ahora pienso que no debo creer, pero vuelvo a creer.
María: Es lo que pasa, yo también creía.
María: ¿Quieres más café?
María: ¿Quieres más pastel?
María: Gracias.

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