15 mayo 2009

El final

El naranjo de Villa Códice primero dejó de tener color, se desvaneció hasta fluir por el resumidero. Le siguieron las otras plantas que, poco a poco, lloraban sus últimas lágrimas, ellas las mismas lágrimas. Los habitantes de la casa se hicieron de sal al comienzo, estáticos en sus últimos pensamientos. El gato logró escapar a la catástrofe. Los peces vacilaban chocando contra los vidrios. El muerto enterrado en la cocina rompió las baldosas en su intento, pero una vez afuera no supo que hacer: el cerebro se le había podrido. Allí se quedó con la mirada perdida de todos los muertos, sin óvalos ni retina. La vecina pensaba en un pene con una pluma. La de abajo mordía arena. La tierra, entonces, se sacudió tanta molestia. Los postigos se cerraban y abrían horrorizados de tanto dolor. Los vasos se trataban de sujetar, pero los cristales reventaron en una música clara contra el piso. Los muros de abobe vomitaban paja, tierra y piedras.
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Después llovió.

No quedó nada de Villa Códice.