07 septiembre 2005

Memorias de la educación sexual: "Deporte"

En la casa de mi abuela se juntaba mi madre con mis entrenadoras a beber, comer y conversar. Yo me sentaba detrás de las puertas a escuchar hasta que me quedaba dormida a alguna hora de la madrugada. Mi abuela era de una generación de mujeres pioneras que decidieron estudiar y ser profesionales universitarias por una cuestión de vocación personal en una época en que todavía no se hacía la diferencia entre las dueñas de casa y las otras mujeres. Mi madre era de una generación que se liberó sexualmente con la píldora anticonceptiva, pero que era dueña de casa sin culpa, ni vergüenza, ni ideología, de esas a las que incluso les habían enseñado que ser una “buena ama de casa” era un virtud, sobre todo para la economía doméstica: era lo que se era y se trabajaba fuera del hogar como una forma de liberación de tareas que les resultaban tediosas. Mis entrenadoras eran de una generación que había luchado ideológicamente por la igualdad de la mujer frente a los derechos de los hombres y que, de alguna manera, todavía estaban luchando. La dueña de casa era un ya un concepto transitivo. Y yo sería de una generación en que el concepto “dueña de casa” sería una ofensa, una suerte de reducción de la mujer a labores estúpidas que ella no merecería. A veces, entre ellas, había generaciones intermedias, como estudiantes universitarias que, por alguna razón, disfrutaban estas eternas veladas de toque de queda con vino de la bodega de mi abuela y lo que hubiese de comer. Yo tenía unos once años y el deporte era importante para mi porque era agresiva y ésta era la única forma de controlar mi agresividad, había dicho un psicólogo, cuando la psicología empezaba a ser importante.

- Yo- dijo Eugenia, una de mis entrenadoras, campeona panamericana, tercera en unos Juegos Olímpicos- quisiera tener un hombre por cada día.

“¡Un hombre por cada día!”, pensé detrás de la puerta.

- ¿No te bastaría con la mitad?- preguntó Maritza, mi entrenadora favorita, que me adoraba, campeona sudamericana.
- ¡Claro que no!- contestó una invitada, seleccionada universitaria.
- ¡Claro que no!- reafirmó Eugenia- Uno diferente cada día, y que al llegar la noche te haga el amor el que uno elija.
- Más de uno- acotó la universitaria- ya sabes, los hombres tienen sexo y después se duermen. Yo haría, cada día, una selección de cinco hombres de los 365, para que me hicieran el amor uno tras otro. Así si se duermen, no importa.
- Y que hubiese varios negros- agregó Eugenia.
- ¡Sí, claro!- contestaron varias al unísono.

“¿Y por qué varios negros?”, pensé detrás de la puerta.

- Y que todos esos hombres la mantengan a una- agregó mi madre para quien el verbo “mantener” tampoco era un insulto como lo sería para mí más tarde.
- ¡Eso!- gritaron todas- Que nos hagan muchos regalos…
- ¡Váyanse a conversar cochinadas a otra parte!- pasó mi abuela con su olla oliendo a pescado rancio.


Está claro que a esa edad mis entrenadoras eran mi modelo y si ése era su deseo yo debería intentarlo. En este instante debo reconocer que, a pesar de los esfuerzos que he puesto en ello, no he logrado superar los tres hombres por día, lo que algunos tienden a llamar promiscuidad, con un dejo de juicio valórico negativo, sin saber que si una mujer necesita tres o cinco hombres al día es porque ellos no son capaces de satisfacer todas las necesidades de una mujer ni siquiera en un solo día de sus vidas. Claro está que menos aún he logrado hacer el amor con 365 hombres (ni uno negro) en un año, menos aún que esos 365 hombres estén a mi disposición en el momento que yo desee, ni menos que esos 365 hombres trabajen para mantenerme y regalarme innumerables obsequios. Estas son cosas que hoy en día no se pueden admitir en voz alta, es decir, desear que 365 hombres la mantengan a una para una dedicarse al placer que cinco de ellos le dan diariamente. He llegado a pensar, incluso, que mis entrenadoras estaban un poco equivocadas, que esto no es posible en ninguna parte del mundo y que una se debe conformar un con un solo hombre que al primer intento se quede dormido mirando la otra pared (y si se tiene suerte, el cielo raso); sin embargo, hay que perseverar, tal vez algún día logre que 365 hombres me amen, me mantengan, me obsequien y me hagan el amor por lo menos cinco veces al día por toda una vida.

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