29 junio 2006

La analista

Salió de su consulta a las 9:35 y todavía le quedaba asistir al diplomado de las 22 horas. Los últimos pacientes, los padres del Nene, la habían dejado agotada. Se subió a su Fiat Palio rojo y tomó el camino inverso a la universidad. Por un día que no asista, no pasará nada pensó, pero dos cuadras más allá se arrepintió y enfiló por la autopista rápida hacia el campus ubicado en el barrio universitario. Bueno, al fin y al cabo, nadie me espera. A las 11:15 se retiró del aula y aceleró para alcanzar a llegar al supermercado de la esquina de su casa antes de que cerrara. En el estacionamiento, una camioneta negra la pasó a llevar cuando la analista retrocedía, ¡ten cuidado, guatona!, gritó el conductor, ay, qué malo eres con la pobre gordita, le reprochó su acompañante, debí haber venido caminando, así no me topo con imbéciles como éste y, de paso, adelgazo un poquito, aunque el yoga creo que basta. Adentro, no se pudo decidir por un vino blanco o uno tinto, los taninos me dan jaqueca, los blancos son para los ignorantes, pero saben mejor con los ostiones que llevo, desechó la cerveza de plano y optó por un par de botellas de blanco orgánico del valle central, año 2001, que dicen es la mejor cosecha de los últimos tiempos.

A las 12 de la noche tenía la mesa puesta para uno como si fueran dos, mantel azul, velas violetas, flores y copa de cristal. Escuchando a Evora comenzó la degustación de quesos y mariscos con el vino blanco y media botella después miraba fijamente la puerta, si por allí entrara mi amante ávido de sexo, me empujara en el pasillo, me abriera las piernas y me penetrara una y otra vez, pero detrás de la puerta, muchos kilómetros más allá no había nadie. Acabó la primera botella y fue a buscar la segunda. Me dijo gorda, no, no me lo dijo, pero me lo sugirió, la muy puta.

A la 1:30 escuchó un automóvil estacionarse. Se asomó por el balcón y reconoció al vecino del piso de arriba, un hombre de unos treinta años, alto y fornido, que vivía solo, y ¿si lo invito a pasar por un trago? No, quizás me diga que no y no soportaría un rechazo, empinó otra copa de vino mientras escuchaba los pasos en su piso, tal vez ahora él toque a mi puerta, pero pasó de largo y empinó la botella esta vez, a lo mejor debiera yo tomar la iniciativa, para eso las mujeres ahora tenemos poder de decidir ¿no?, la muy puta, decirme que estaba un poco deteriorada, qué se cree, agarró las llaves, salió y subió. En la mano izquierda llevaba la botella, en la derecha las llaves y se sostenía del pasamanos para no caer, las piernas estaba tan débiles ya, toco o no toco, sí toco, ya ahora, el hombre se demoró en abrir. Allí estaba, alto, mirándola, con una botella de agua mineral, esas manos, qué grandes, agarran la botella como si se estuviera masturbando, qué pene debe de tener, yo lo quiero, inconscientemente se pasó la lengua por los labios...

- Yo... yo... quería...
- Señora, ¿qué le pasa, señora? ¿quiere que la ayude?

01 junio 2006

Interrogatorio Nº 10

- Según el testigo, Paul... Wil...c...zoc, sí, Paul Wilczoc...

- Sí, Wilczoc, igual que el violinista...

- ¿Perdón?

- No, nada.

- Bueno, continúo: según el testigo, Paul Wilczoc, usted gritó que lo mataría.

- ¿A quién?

- A la víctima, claro está.

- Ah, sí, creo que eso grité.

- ¿Cree?

- Sí, creo, no lo recuerdo bien, pero no fue más que una manifestación de ira sin sustento en la realidad.

- ¿Estaba usted, entonces, furiosa?

- Iracunda.

- Y ebria, según este informe.

- Sí, ebria e iracunda

- Y afirma usted que, debido a su ebriedad, no recuerda con claridad lo que sucedió ¿no es así?

- Sí.

- Entonces, no recuerda lo que hizo después de gritarle que lo iba a matar.

- Sí, me fui a dormir.

- ¿No corrió usted a tomar un cuchillo que le había regalado el señor Paolo de la Villa Códice?

- No.

- ¿No recogió usted el cuchillo y corrió tras de la víctima y le dio una puñalada por la espalda?

- No. En todo caso se la habría dado de frente.

- ¡Ah! Entonces sí lo apuñaló.

- No.

- ¿Nos podría decir dónde está la víctima, entonces?

- ¡Qué se yo! Ojalá que muerto para siempre.

- Ya.

- ...

- ¿Y Wladimir Brayard?

- ¿Qué pasa con Wladimir?

- ¿No le sugirió el señor Wladimir Brayard que una fosa debajo del piso de la trampa de la escalera sería un mejor lugar para enterrar un cuerpo?

30 mayo 2006

Narrador: "El sexo, cuando no da vida, mata"

La señora P., tres hijos, divorciada, va camino de la sesión nº 39. Hace semanas que se le ha hecho insoportable enfrentar a su analista, pero persiste en el intento de que la terapia de un buen resultado. De pronto, al doblar una esquina, se encuentra a boca de jarro con un antiguo compañero sexual. Lo encuentra igual que hace tres años, pues la señora P. ya ha entrado en esa etapa de la vida en que los años pasan tan rápidamente que parecen no pasar.

- Te ves bien- le comenta mientras su interlocutor le presenta a su acompañante, un tipo un poco más bajo que su ex compañero, pero fibroso y con un buen par (no vaya a ser un trío) de musculosas piernas. Demás está decir que el ex amante la mira con lascivia.

- ¿Por qué no vamos a tu casa?

- Ya no ando en esos trotes,- le advierte ella, pero la visión de su analista la hace cambiar de opinión- aunque una cervecita no me haría mal.

Ya en casa se sientan los tres a conversar en la sala. La señora P. le muestra los arreglos que está haciendo en la cocina. El ex amante no hace más que alabarla a ella y su amigo, Paul, con la intención de que se deseen mutuamente. Ella no da signos de entender, por lo que le dice en un rincón de la casa:

- ¿No te gusta Paul? ¿No te gustaría tener sexo con los dos?

Ella sólo ríe.

Más tarde el alcohol y Paul han hecho lo suyo. La señora P., desnuda en el piso de la biblioteca, es penetrada por Paul, quien ofrece a su amigo la apertura de ella.

-No, cuando estoy ebrio no puedo, culéala tú no más.

La señora P. se enfurece.

- ¿Qué te pasa?- le grita- ¿Acaso te doy asco que no me quieres culear?

- Cálmate- interrumpe Paul.

Los senos de la señora P. comienzan a hincharse y enrojecerse. Se produce un incomprensible intercambio de gritos. Paul está al medio.

- ¡Te voy a matar! ¡Te juro que te voy a matar!

- Loca, loca, loca de remate...

- Por favor, calma, por favor...

- Vamos, Paul.

- Eso es, me traes a un hombre para quitármelo.

- Vamos, Paul. Dejemos a esta puta...

- Perdón, señora P.

- Antes que te lo lleves, te mato.

La señora P. corre a la cocina y toma el cuchillo para sushi que le regalo de la Villa Códice.

- ¡Te mato!- gritó.

29 mayo 2006

Sesión Nº 34

- Usted dirá.

- Bueno, quisiera pedirle perdón.

- ¿A qué viene esto?

- Pensé que estaba equivocada, no quise escucharla ni menos hablarle de usted. Soy muy egoísta y sólo me preocupa mi persona.

- Si usted lo dice, pero ya no sirve de nada pedir perdón.

- ¿No? ¿por qué?

- ¿Por qué habría de pedir perdón si ya hizo el daño?

- Bien, supongo porque existe la necesidad de manifestarle a la persona dañada que uno reconoce que hizo mal.

- ¡Qué estupidez!

- ¿Perdón?

- Nada... entonces, luego usted irá a la fosa cubierta y le pedirá perdón al cuerpo yacente.

- ...

- ¿O no?

- No sé, no entiendo.

- ¿Qué caso tendría? ¿No se da cuenta de que sigue siendo un asunto personal y no del otro? Un problema de conciencia.

- ...

- Pedir perdón sólo hace más liviana su culpa, pero no repara el daño en el otro ¿entiende ahora?

- Yo sólo quería pedirle perdón por tener sexo con usted sin que usted, realmente, quisiera.

- Ya no sirve.

- Y también quería pedirle perdón por no escucharla...

- Ya es inútil.

-... por querer hablar sólo de mí y no decirle lo que usted necesitaba escuchar en ese momento...

- ¿De qué sirve ahora?

- ¡Entiéndame!

- Para eso me paga, limitémos a sus problemas que no me incluyan.

- ¿Cómo le iba a decir que no si estaba tan ansiosa?

- Cállese.

- ¿Cómo no iba a desnudarla si usted se me lanzaba con las ropas abiertas?

- Por favor, cállese.

- Por supuesto que me equivoqué, pero no me di cuenta de mi error en ese momento, no podía pensar, estaba sobrepasada por la situación, por las mía y por la suya, usted también entienda. Además yo también estaba vunerable, caliente. Y la estimo...

- No siga con sus inútiles explicaciones.

- ¡Por favor! No podía decirle lo que pensaba de usted, habría sido más cruel, decirle que la encuentro una mujer tan deteriora...

- ...

- ¡Por favor, por favor, perdóneme! ¡No quise decirlo!

- ...

- Por favor...

- Váyase.

- ...

- ...

24 mayo 2006

Libreta de la analista

" A la señora P., en su desesperación por comprar la pala, el recuerdo de sus intenciones (ya instaladas en el inconsciente como se deduce de las advartencias que había hecho al padre de su hija) se hace dominante y se puede expresar de la siguiente forma:

- ¿Por qué te apresuras tanto en comprar una pala para cavar la fosa? ¿Tanto empeño tienes en ocultar un cuerpo en ella? ¡Criminal! ¡El castigo está cercano!

Este pensamiento no se hace consciente, claro; sin embargo, la señora P. utiliza este momento sicológico para aprovechar los escombros de las reparaciones de la calle para autocastigarse. Es así como ni siquiera extiende los brazos para protegerse el rostro y, además, el accidente fue una forma de expresar el deseo de liberarse de ella misma, testigo y cómplice de sus actos no realizados (aún). Más aún, las advertencias que había hecho al padre de su hija, tenían como único fin que el sujeto no se dañara antes de que ella pudiese llevar a cabo los cometidos que ocupaban su mente en esos instantes".

20 mayo 2006

Narrador: "Aquel que cava una fosa para otro cae él mismo en ella"

La señora, de clase media, tenía tres hijos y casa propia. En contra de su voluntad se había sometido a un tratamiento sicológico, pues consideraba que poseía la fuerza suficiente para adaptarse a la vida. En cierta ocasión, al atravesar una calle en reparaciones, tropezó con unas piedras y fue a dar de cara al muro de una casa, lo que le dejó el rostro completamente desfigurado. Durante la sesión, su analista le preguntó:

- ¿Pero cómo se ha caido usted de esa manera?

- Pues no lo sé... yo misma advertí muchas veces al padre de mi hija sobre los peligros de aquellos arreglos en la calle.

- ¿Nada más?

- Bueno, en ese momento vi una pala en la ferretería del frente y crucé sin pensar para ver el precio. Estaba interesada en comprar una nueva porque a la mía se le había quebrado el mango.

- ¿Pero cómo no miró dónde pisaba?

- No, fíjese usted. He llegado a creer que quizás haya sido un castigo por lo que iba pensando en ese momento.

- ¿Y en qué iba pensando?

Aquí la señora detiene sus confesiones. La analista sabe muy bien que iba pensando en reemplazar la pala del mango quebrado, por supuesto: necesitaba una nueva para seguir cavando la fosa en la cocina. Hace un par de anotaciones que le servirán más tarde para analizar las situaciones de autoagresiones, pero que de nada le servirán, cincuenta años después, al fiscal que investiga la aparición de los restos de un cuerpo humano en la demolición de una cuadra antigua de la ciudad.

19 mayo 2006

Sesión Nº 32

- Quédese tranquila, por favor.

- No puedo.




No puedo dejar de mover las manos, cosiendo, bordando, doblando papeles, pintando, cortando, tejiendo, tecleando, pegando cartones, enhebrando agujas, escarmenando lanas, haciendo trenzas, masturbándome a veces (ya muy escasamente), deshaciendo todo lo anterior para volver a empezar. No puedo leer, las manos se inquietan y la vista se cansa. Puedo ver televisión sólo si estoy haciendo otra cosa que me impide mirar la pantalla de fijo (generalmente unos palillos en las manos).



- Me dijo que parecía una anciana, la "abuelita Pita", dijo literal.

- Y usted ¿qué hizo?

- Nada. Me sentí muy mal y pensé que así nunca me iba a excitar.

- ¿Cómo?

- ¿Usted se excitaría con un hombre que le dice "abuelita Pita"?

- Bueno, estamos hablando de usted.

- Ya lo sé. Quería saber qué pensaba.


No puedo dejar de mover las manos, con furia raspaba los muslos entre las piernas y en el culo, más fuerte, la piel enrojecida, casi quemada. El espejo era (es) implacable. El tiempo lo es. Mucha carne, pensé. Muchas toxinas, pensé además. Un porcentaje de grasa excesivo. Nada de alcohol, por favor. Los límites se pierden, se borran, desaparecen hasta olvidar esas piernas. Más fuerte, más rojo. Me imaginé el culo en su cara. Era patético. Tapé todo con un buen par de medias apretadas, de malla, como si mi cadáver fuese a verse mejor, más atractivo, más sexy, enmallado en un par de pantis.



- Y usted ¿qué piensa de mi?

- Creí que estábamos hablando de mi.

- Sí, pero me gustaría saber su opinión sobre... usted sabe... nuestro encuentro... yo... mi cuerpo.

- Dijimos que no volveríamos a hablar sobre aquello, que era asunto olvidado.

- No lo es.

- ¿No?

- No la puedo perdonar.

- ¿Usted no me puede perdonar?

- Por no haberme dicho que no, por haberme dejado exponer de esa forma, por ayudarme a desvestir, dejar mi cuerpo al descubierto, por besarme, por tocarme, por dejar en evidencia mi calentura. No la puedo perdonar por no haberme rechazado.

- Bueno, no sé qué decirle.

- Dígame lo que piensa de mi.




No puedo dejar de mover las manos, mientras más adentro las meto buscando una pared, menos encuentro, los dedos se pierden en un mar de fluidos, los vellos se enredadan en los nudillos, las adiposidades de las piernas cuelgan, el vientre se desparrama hacia los costados, dónde está el fin, dónde la contención, no puedo dejar de mover las manos porque ella me pide más, si tuviera un pene, pienso, pero si tuviera un pene ¿qué haría con él? ¿se lo metería? ¿sería suficiente? ¿se me pararía? si tuviera un consolador, pienso, si me hubiese fabricado un pene de arcilla, con las venas marcadas, como las de él, pero si me hubiese fabricado un pene de arcilla, no lo andaría trayendo en la cartera, tendría, además que haber sido muy grande, no puedo dejar de mover las manos, quizás logre que tenga un orgasmo y la dejo feliz.



- ¿Sabe? No me gusta hablar de otra persona que no sea yo misma.

- ¿No me va a decir lo que piensa de mi, entonces?

- No.

- ¿Nada?

- No.

- Muy bien, entonces dígame como se siente usted en relación a mi persona.

06 mayo 2006

Sesión Nº 25

Un cuerpo. Un cuerpo cualquiera. Da lo mismo.


- Esto ya se lo conté.

- No.

- Sí, estoy segura.

- Quizás pensó contármelo, pero no lo hizo.

- Bueno, entonces lo repito.

- Sí, claro.

- En fin. Pensé que si cavaba un hoyo en la casa y enterraba ciertos artículos que odio, me recuperaría de ese odio.

- ¿Por qué no botarlos a la basura simplemente?

- Usted sabe que no es lo mismo. Pensé que pasarían los años, que me olvidaría, me cambiaría de casa y un día, al ser demolida, otros encontrarían esos objetos malditos, con apenas la curiosidad de mirarlos antes de desprenderse de ellos.

- ¿Y por qué no un cuerpo?

- No podría vivir sabiendo que el cuerpo está allí enterrado. Sería una maldición aún mayor.

- ¿El cuerpo?

- Bueno, quiero decir un cuerpo, un cuerpo cualquiera. Esto es impensable.

29 abril 2006

Interrogatorio Nº 8

- A ver, volvamos al tema de la fosa...

- ¿Qué fosa?

- La que se cavó en el piso de la cocina de su casa.

- Ah, otra vez...

- Señora, por favor.

- Disculpe, su señoría.

- ¿Con qué objeto cavó esa fosa?

- Ese "hoyo" lo hice para enterrar algunos objetos que quería "olvidar".

- ¿Como un cuerpo, por ejemplo?

- No, señor, como fotografías, pinturas, esculturas, ropa, las dedicatorias de algunos libros, cartas...

- Pero terminó enterrando un cuerpo.

- ...

25 abril 2006

Sesión Nº 30

- ¿Quisiera hablar de algo en particular?

- No. ¿Y usted?

- No. Es usted la que debe hablar.

- Por una vez, podría hacerlo usted... ¿no tiene nada que decirme?

- No.




Estaba ebria de deseo. Es literal. No, no es una metáfora. Ebria, tambaleante, la boca temblorosa. Apenas se atrevió a dar el primer beso y se abrió de piernas cuanto pudo. La penetré. Era inmensa, ancha, una bolsa. Sentí miedo, mucho miedo ¿acaso yo era así por dentro? La besé otra vez porque la quiero mucho. La acaricié. Mucho. La contemplé. Aunque no me gustaba, no me causaba repulsión como los hombres, con sus penes erectos oliendo a orines del día, empujando el rostro para saciarse en la boca. La abracé fuerte, pero sólo quería ser penetrada y yo no podía satisfacerla con mis dedos ni menos con mi lengua. Hacía lo que podía, buscaba algún objeto sustituto entre los muebles. De pronto sonó el teléfono. La sesión había terminado hace rato. Afuera esperaban.

- Esto no debió haber sucedido- me dijo.

- ¿No?

- Lo siento, le pido disculpas, he abusado de usted.

- No.



- ¿Todavía sigue sin deseo sexual?

- Sí. Me lo paso haciendo origamis, tejiendo y bordando.

- ¿No siente excitanción frente a nadie?

- Bueno... realmente no.

- ¿No será que está vacía?

- ¿Cómo?

- ¿Que no ama a nadie?

- ¿No dijo que iba a callar esta vez?




Le dije a Wladimir que tenía miedo de ser tan ancha que un pene se perdiera en mis entrañas. me dijo que no podía ser. Le dije que lo había experimentado, que había penetrado una vagina hueca. Quizás eso también me había sucedido a mí después de los partos.

- ¿No podríamos hacer una prueba de tipo científico?

- ¿Cómo?

- ¿Podrías meterme los dedos para verifcar cuán ancha soy?

- ¿Sin excitación?

- Sí, como un médico. Te lo pido a ti por tu objetividad, comprenderás que si se lo pido a uno de mis amantes, no me dirían la verdad.

- Bueno. Probemos.

- ¿Me juras decirme la verdad aunque parezca un océano sin agua?

Fuimos al baño. Me subí la falda, me bajé los calzones, apoyada contra el muro, me metió uno o dos dedos. Me dijo que estaba apretada. Por supuesto, no le creí: es mi amigo.


- ¿No ama a nadie? ¿Está vacía? ¿Perdió las ilusiones? ¿Se ha dejado llevar por los intereses? ¿Se justifica en una vida más tranquila?

- ¿Es necesario dar explicaciones?

- No. Salta a la vista. Su corazón ya no bombea sangre. Es como un océano sin agua. Usted lo dijo.

03 abril 2006

Sesión Nº 29

El lugar era extrañamente pastel, matices de café con leche, cortinas beige con guardas vainilla y lúcuma, una planta moribunda al lado de una ventana que, probablemente, daba a un balcón cerrado. Mi sillón era cómodo. El de ella era ostentoso, de cuero, café también, acolchado. Detrás, un cuadro enmarcando un afiche de un estilo que podría adivinarse impresionista: más tonos pastel, un paisaje de flores, un sombrero que dejaba ver el rostro de un mujer feliz. Movió el lápiz dorado sobre el papel de roneo cuadriculado.

- Bueno, quiero que hablemos de sexo- me dijo.

- ¿De sexo?

- De su sexualidad.

- ¿De la mía?

- Sí, claro ¿de quién pensaba?

-...

- Vamos, siéntase en la libertad de comenzar por donde quiera.

-...

-...

-...

- Y ¿bueno?

- No sé por dónde empezar.

- Está bien. ¿Le gustaría empezar por el final?

- ¿Cuál final?

- El último tiempo, ¿cómo se ha sentido?




Hace unos días, el Gitano me convidó a unas cervezas en la noche. Ésa es una vieja estrategia que todos, alguna vez, han practicado. Un par de copas en el cuerpo y la calentura se desenfrenaba. "La autodestrucción", me dijo una amiga evocando una relación en el baño del tren. Lo encontré excitante, aunque no me excitaba... ahora. A los veintiún años, yo también lo hice, pero no en el baño, sino en las puertas abiertas entre dos vagones, sintiendo el viento helado recorrerme mientras un sujeto, que también conocí en el bar, lamía mi vagina. Por supuesto que podría haberme caido del tren o contagiarme alguna enfermedad sexual. Eso temía mi amiga. "No te lamentes", le dije, "ya pasó". "Yo, en cambio" agregué, "he aprendido a sublimar". Sin embargo, era yo quien ahora lo lamentaba, más allá de los peligros, de la irresponsabilidad, deseé no haber aprendido a dirigir mi energía sexual para otros lados, como si fuera un globo lleno de agua que cae en un cactazal. Hace tiempo que la cerveza no hace lo suyo.

- Ya no soy la mina caliente que conociste- le advertí cuando sólo sentía sueño.

- Nunca lo fuiste.

- ¿No? ¿Y por qué me lo decías?

- No había conocido otras mujeres.

- Yo pensé que era insaciable.

- Pues, no.




- No he sentido nada.

- ¿Nada?

- ...

- ¿Nada?

- No quisiera decirlo, pero he sentido desagrado. No puedo hacer el amor, no puedo tener relaciones placenteras... como antes... quisiera que no me importara... como antes.

- ¿Qué no le importaba antes?

- Gozar... No sé.

- ...

Recordé su cuerpo erguido sobre el mío, yo entre sus piernas, él masturbándose, yo tratando de agarrar su pene con mi boca, el espejo sujeto con unas cintas en el televisor frente a la cama, los anillos negros en nuestras manos, mi cuerpo extendido, bella, insaciable para él. Me excité.

- Ahora hay cosas que me dan asco, como chupar un pene.

- ¿Siempre le da asco?

- No.

- ¿Qué quiesiera hacer?

- Masturbarme.

- ¿Ahora?

- ...

- ¿Conmigo?

- ¿Puedo?

29 marzo 2006

Interrogatorio Nº 5

- Volvamos sobre el tema de los posibles cómplices. ¿Con quién se encontraba la semana del 13 al 18 de mayo, cuando fue levantado el piso?

- Con mi marido.

- ¿Cuál de los dos?

- ¿Cómo cuál de los dos?

- Cito:

"Lo que yo necesito son dos maridos, uno más cerca que el otro, pero ambos fuera de mi casa. Sucede que el primero tiene tendencia al mal trato, aún deseando lo contrario, pero posee los ingresos necesarios para, en su constante plan de conquista, sostener a mi familia, los colegios de los niños, las comidas fuera de casa, el cine, el teatro, los arreglos de la casa, de manera que puedo trabajar sin presiones y educar a mis criaturas. Parece ideal, salvo la tendencia que mencioné más arriba. En cuanto se siente seguro de que su conquista está siendo existosa, comienza con pequeños comentarios como el siguiente:

- Oye, F...ita, ¿por qué note sacas los bigotes?

Una vez acomodado en mi cama, ya no tendría pudor de decirme, como cierta vez lo hizo:

- ¡Cómo vas a subir ese cerro si pareces una vaca!

Por el contrario, el segundo, que está aún más lejos, cuyos viajes se hacen cada vez espaciados, tiene la virtud de tratarme, siempre, como si fuera la mujer más hermosa y deseable que se le ha cruzado en la vida. Y si yo llegara a mencionarle mi bigote, me diría:

- Eres tan hermosa que nada te puede opacar.

Tiene la edad y la paciencia para pasarse horas peinándome y acariciándome... en definitiva, cualquier cosa que necesite o le pida, le parece poco para complacerme.

He llegado a combinar perfectamente las estadías de ambos en mi casa y, como se ve, a estas alturas, me sería imposible vivir sin alguno de ellos. Una semana el primero, otra semana el segundo, otra sola y la última sigue siendo un resabio de los espacios que abrió un desgraciado que prefiero no mencionar"

- Yo jamás he dicho eso, señor.

- ¿Está segura?

- Segura de que no he dicho nada semejante.

- Puede ser que no lo haya dicho, pero no puede negar que acaba de escribirlo en su blog.

- ...

- De manera que ¿con quién se encontraba la semana del 13 al 18 de mayo?

- Con mi marido número dos.

- ¿Puede ser más precisa?

- Con Paolo de la Villa Códice.

- Entiendo, según su escrito, que el señor Paolo de la Villa Códice no vive en esta ciudad.

- No, señor. Vive en Buenos Aires.

- ¿Qué hacía el señor Paolo de la Villa Códice en su casa durante la semana del 13 al 18 de mayo?

- Vino con el objetivo de terminar la remodelación de la casa, particularmente la cocina.

- ¿A levantar el piso de la cocina?

- Entre otras cosas.

- ¿Estaba el señor Paolo de la Villa Códice el día que usted efectuó el llamado urgente al hombre en cuestión?

- No.

- ¿Se fue sin terminar la remodelacióny sin encementar el piso?

- Sí.

- ¿Por qué? ¿No debería haber terminado lo que había empezado?

- En fin... le tocaba venir a mi marido número uno.

- ¿Y usted efectuó el llamado entre ambas visitas?

- Efectivamente.

- Por lo que podemos suponer que su marido número uno le ayudó a encementar, con urgencia, el piso de la cocina después de la visita del que, también podemos suponer, usted llama "un desgraciado" en su post.

- Ajá.

- ¿Perdón? ¿Puede responder con claridad a la pregunta que le acabo de hacer?

- Sí.

- Sí ¿qué?

- Sí, señor.

- Sí, señor ¿qué?

- Sí, señor: mi marido número uno me compró los materiales para encementar el piso de la cocina, pero el trabajo lo hice yo sola.

21 marzo 2006

Interrogatorio Nº 11

Por aquellos días estábamos remodelando la planta baja de la casa. El piso de la cocina estaba levantado con el objeto de aplicar cemento y luego, sobre él, las cerámicas blancas y negras que ya había comprado. Cierta tarde, sin que nadie lo supiera, hice un llamado. Era mi secreto estúpido. Me avergonzaba mi propia debilidad e inconsecuencia. A las veintitrés horas, puntual, sonó el timbre. Entró mostrándome su figura.

- ¿Cómo estoy?
- No sé. Dímelo tú.
- ¿No te parece que tengo la figura de un atleta olímpico?
- Pues...
- ¿O me encuentras muy flaco?
- ...
- Ciertamente estoy muy flaco, casi no me alimento, pero observa la tonicidad de mis músculos, la fibra que compone mi cuerpo, pura fibra, algo que muy pocos pueden decir a mi edad, sobre todo tus amigos, esos amantes de mala muerte, o algunos al borde de la muerte, que dices que te gustan...



- Señora- me interrumpió- Esos detalles son irrelevantes para el proceso.

- ¿Usted cree? ¿No puede acaso hacerse la idea de lo desquiciado que estaba?

- ¿Quién?

- El sujeto en cuestión.

- ¿O usted?
-...

- Por favor responda lo que se le pregunta. Ahora, dígame, si usted dice que no fue premeditado...

- No fue conscientemente premeditado, por lo menos.

- No me interrumpa, por favor. Si no fue premeditado, como usted asevera, cómo puede explicar que en su casa hubiese drogas que usted utilizó para hacerlo dormir y cómo explica que lo haya llamado justo cuando el piso de la cocina estaba levantado.

- Bueno, claro, yo jamás tengo ninguna clase de drogas en mi casa, pero unos días atrás tuve que llamar a la niñera para poder asistir a una reunión. Ella, que hace poco fue operada de un tumor y que, debido precisamente a esto, estaba angustiada y ya casi no dormía, trajo sus calmantes y somníferos.

- ¿Usted contrató a una niñera con problemas sicológicos?

- No, simplemente estaba "estresada" por su operación y, además, era una emergencia, no tenía con quién dejar a los niños.

- De manera que esas drogas quedaron en su casa "accidentalmente".

- Así es.

- Justo unos días antes de que usted tuviera la imperiosa necesidad de hacer ese llamado.

- Así es.

- En momentos en que el piso de la cocina de su casa estaba levantado.

- Sí.

- ¿No le parecen demasiadas coincidencias?

- No.

- ¿Usted pretende que le creamos?

- Sí.



Del otro lado de la pared aún escuchaba ciertas zalamerías. Me había dicho, entre medio de ellas, "tráeme un gin-tónic". Me levanté sin expresión y me fui a la cocina. Apoyada sobre un mesón lleno de polvo, pensé "dios mío, ¿en qué estaría? ¿cómo me libro de esta condena?". Entonces, al mirar la cajonera del mueble, recordé las drogas de la niñera. Luego, rocé el cuchillo que había adquirido para mi nueva afición al sushi. Me llegó (o despertó) el aroma a tierra húmeda bajo mis pies. Abrí el cajón y tomé las cápsulas. Le grité desde la cocina "¿lo quieres con limón y hielo?".



-
Sin embargo, ¿cómo es posible que usted describa esta misma escena en su blog aún antes de hacer aquella llamada, incluso antes de que tuviera que asistir a la mentada reunión para la que, más tarde, tuvo que llamar a la niñera deprimida que traería las drogas y, sobre todo, con bastante antelación al arreglo de la cocina para el que, según me informa un arquitecto, no era necesario levantar el piso de baldosas y dejar la tierra a la vista?

- Eso era pura fantasía. Llámelo terapia, si quiere.

- Exactamente, eso es exactamente lo que escribió el 21 de marzo, con varios meses de anticipación. Ahora, si leemos el "post" del 6 de abril... ¿todavía quiere que creamos que todo fue una coincidencia, un acto sin premeditación?

- Sí. Bueno, no sé...

-¿Qué es lo que quiere, señora?

-...

- ¿Qué es lo que quiere?

12 marzo 2006

Sesión Nº51

Solía escuchar los pasos de goma avanzar por el pasillo de parqué. No puedo explicar la razón exacta, racional o irracional, pero me sentía profundamente culpable, me escondía en mi cuarto, pero como no podía permanecer allí todo el día, al final optaba por tomar unos pañales de género, dos o tres, cubrírmelos con un calzón de goma y vestirme con un camisón largo y grueso.

- Entonces, usted comprenderá mejor que muchas personas el dolor y el daño que eso puede provocar en la vida de una niña de ahí en adelante.

- Claro que sí- le contesté al siquiatra- Y me parece que muchas veces es irreversible, sobre todo cuando uno no tiene el valor de enfrentarlo, verbalizarlo y declararse una víctima del abuso.

- Pero usted ha tenido el valor...- agregó.

- Creo que sí y desde el primer momento en que se lo dije a otra persona comencé a sentir que la culpa se disipaba, aunque, sin embargo, hasta que nació mi primer hijo, creo que todavía mi vida era una ruina autodestruida sólo por ese hecho.

- Quizás, entonces, los hijos son una oportunidad para recomenzar la vida, la oportunidad de sanar heridas en pos de la crianza de seres humanos que lleguen a ser generosos y sanos.

- Sí...

- Luego ¿usted permitiría que alguien arruinase la vida de su hija sólo porque no escucha sus propias advertencias interiores e, incluso, la de otras personas?

- Eh... Es que no estoy segura.

- ¿No siente que ha sido suficientemente dañada?

- Sí, pero he llegado a un punto que ya no escucho ni las más estentóreas palabras en mi contra.

- ¿Esas palabras no la dañan ya?

- No.

- Y ¿qué es lo único que la podría dañar?

- ...

- ¿Acaso que dañen a sus hijos, particularmente a su hija?

- Sí- me ahogué con mi saliva.

- Si alguien la odia a usted ¿acaso no podría, conciente o inconcientemente, dañar a su hija para hacerla sufrir a usted?

- Sería de una maldad absoluta, pero creo que sí...

- ¿Ha observado la risa y la mirada de su hija?

- Claro, es brillante, transaparente, cristalina, como esos cristales de las lámparas antiguas cuando chocaban entre sí.

- Eso, si usted no la cuida, se puede acabar de un día para otro, para toda la vida, como le sucedió a ustedi ¿no es su responsabilidad cuidarla? Si algo le sucediera, usted sería la única culpable, no puede decir que no fue advertida, como lo fue en tantas otras cosas y se equivocó igual.

-...

- Ella, escúchelo bien, ahora que está mejor, es el único lado vulnerable que tiene, pero si le pasara algo, no sólo se arruinaría su vida, sino la suya otra vez, no lo resistiría ¿entiende?

- Sí.

- ¿Lo va a pensar?

- Sí.


Entonces el hombe me preguntó qué diablos llevaba debajo del camisón mientras metía su mano entre las piernas. Creo que lo único que deseé en ese momento fue no tener cuerpo, desaparecer, quitar la carne de por medio, ser el pañal que quedaba desprendido y correr, correr tan lejos, donde mi padre, estirando su brazo desde lo alto, porque allí me habían dicho que estaba, desde un avión probablemente, pudiera recogerme.

08 marzo 2006

Sesión Nº 20

Estaba a mi lado en el café y, sin embargo, no recuerdo su rostro. Sobre la mesa y bajo sus manos, tenía una colección de pequeños libros ilustrados sobre gatos.

Recuerdo:

- 30 años aproximadamente
- estatura media
- pelo largo bajo los hombros, liso y castaño
- delgada

El siquiatra me dijo que si acaso no me estaba describiendo a mi misma.

- No, señor- le dije- Estoy segura de que era otra, estaba a mi lado.
- ¿No habría un espejo?- insistió suspicaz.
- ¿Cree que estoy loca? No, le digo que era otra que estaba mi lado y, además, no se parecía en nada a mi.
- ¿Por qué?
- Bueno, no sé, qué se yo, no le vi el rostro, pero seguramente sus facciones eran muy diferentes.
- ¿Cómo puede ser que estando a su lado no haya visto su rostro?
- A pesar de que dibujo, soy muy mala fisonomista. Además, estaba más concentrada en mi hija pequeña, que lloraba, volcaba la leche sobre los libros e insistía en leer los suyos mientras los adultos trataban de conversar.

Era cierto. Quizás ella tenía el pelo sobre el rostro, pero por alguna razón, si es que lo ví, ya no lo recuerdo.

- ¿Qué lleva ahí?
- Unos libros.
- ¿Sobre qué?
- Sobre gatos.
- Y usted insiste en que no era un espejo.
- ¡Por favor! Es mera coincidencia, después de todo, si lo analiza con cuidado, son todas características que la mayoría de la gente comparte.

Más tarde me fui. Desde el otro lado de la biblioteca, ya no la veía, pero si veía a uno de los hombres muy ocupado en mirarla. Le hice señas. No me vio. Le volví a hacer señas. Tampoco. En ese momento sentí mucha rabia porque la miraba con tanta atención.

- ¿Por qué?
- Porque había quedado de llevarme a casa y no hacía sino contemplarla.
- ¿Entonces se fue?
- Sí, tomé mis cosas y a la niña.
- Y pensó en matarla.
- No. En matarlo a él.
- Y ¿qué salió mal?
- No sé.

04 marzo 2006

En las noches

Al anochecer suelo pensar en la muerte, cómo voy envejeciendo y acercando mis pies a la tumba sin saber qué es lo que he hecho y cómo he vivido. También pienso en las soluciones a problemas muy prácticos, que son los más, el almuerzo del día siguiente, la pintura pendiente, el trozo de madera que falta para terminar la puerta, los textos para el libro, toda una variada gama de tareas pendientes que ocupan el día sin pensar en el mañana. Tal cual. O recuerdo algún amante, la figura de S. de pie masturbándose, Nir en la escalera mientras me desmayo, el Negro persiguiéndome, imágenes por el estilo.

Pablo, a mi lado en la cama, me pregunta:

- ¿Qué quieres?
- No sé. Nada. No quiero nada.

Se desilusiona. Sé que espera que le diga que deseo vivir una vida entera con él, en Buenos Aires, en Santiago, en Valparaíso, como cuando me gustaba soñar en voz alta que nos íbamos a Colonia de Sacramento. Me corrijo:

-Es decir, lo que quisiera no es lo que quiero.
- ¿Y cuál es la diferencia?
- Que lo quiero es aquello que estoy segura que puedo materializar, como reformar la cocina del primer piso, pero lo que quisiera es todo lo demás, todo aquello que me gustaría que sucediera, pero que es poco probable que ocurra, como que desaparezca S. de mi vida o que pudiese vivir una vida nueva y reluciente contigo.
- Tal vez es poco probable, pero posible.
- Ahora yo no sé cuál es la diferencia.
- No importa. Sé que lo sabes.

Más tarde no podemos hacer el amor. Pablo piensa en lo que no dije y se entristece. Lo acaricio y le propongo:

- ¿Te parece que mañana hagamos una cena de despedida en la terraza y olvidemos estos temas?
- Sí, claro, me encantaría.

Apago las velas antes de dormir. Todavía me queda tiempo para pensar que una fotografía en un marco rojo mandarín se vería muy bien en el nuevo ventanal blanco que estamos arreglando. Dos fotografías, en realidad, una de la Paz y otra de Fernando. Y un futón... y un macetero cuadrado y blanco con un ficus... y una alfombra...

03 marzo 2006

El metro

El metro es mi lugar de pensamiento por excelencia, no hago más que subirme a uno de sus vagones cuando mi mente se abstrae de todos los conflictos para concentrarse en sofismas y paradojas, incluso si llevo un libro u hojeo el pasquín, cualquier frase se detiene en el tiempo eterno del ruido incesante del tren (incluso si mi hijo me habla, porque no lo escucho, incluso si voy con Paz, porque ya me acostumbré a que se tire al suelo y protegerla de un eventual pisotón es un acto completamente mecánico a estas alturas).

¿Le pasará a muchas personas esto cuando van encerradas en el túnel sin más posibilidad de observar a (y ser observado por) los vecinos? ¿U otros aprovecharán la ocasión para disfrutar la diversidad humana en sus proporciones físicas (o quizás también sus expresiones sicológicas)? (Un amigo miraba a las mujeres, o ciertas zonas de la mujeres en el metro, con el exclusivo propósito de excitarse y masturbarse más tarde).

Y claro, ya estoy de vuelta en el tren subterráneo, rutina que había olvidado por completo durante las vacaciones escolares y, tal vez por ello también, hubiese perdido la costumbre de reflexionar sobre asuntos sin importancia o, mirado de otro punto de vista, tan importantes que no tienen respuesta y ocupan el vacío del vagón lleno.

26 febrero 2006

Trizas

Sucedió así:

S. viene a nuestro último encuentro donde yo pretendo rechazar su propuesta de matrimonio sin entar en explicaciones que, creo, es incapaz de comprender ahora (es decir, ni siquiera de querer escuchar). Es ese día en que me ofrece sexo, drogas y placer y en que trata de convencerme de consumir cocaína. A los dos días se va a Valdivia con una amiga (mientras me decía que los engaños se debían acabar, intentaba engañarme diciendo que esta amiga era la novia de otro). No sólo en el blog me dijeron que debía dejarlo, muchas otra voces me decían lo mismo, incluso una interior mía. Ya ni siquiera se trataba de un problema de "amor". S., entre otra cosas, me dijo que mi accidente era un castigo divino por quitarle la posibilidad de llevar a su hija en bicicleta. No pude negar que en esa expresión, la de "castigo divino", había un horroroso placer de su parte. Por otro lado, que la imagen quese había construido sobre mi era totalmente equivocada y servicial a sus propósitos (en el convencimiento de que soy una mujer sexualmente insaciable, me ofreció el pene de sus amigos, los labios de sus amigas, sin nunca querer escuchar mis verdaderso anhelos).

Así que llamó Pablo de Buenos Aires y le dije que sí, que lo esperaba... Y vino, nos fuimos unos días a la cordillera con los niños. Son aquellos días felices, pero tristes, pero felices, pero tristes...

Y S. llamó varios días y una mañana contesté.

- Mi amor, te quiero ver inmediatamente, quiero hacer el amor contigo ahora...- me dijo.
- No puedo, la verdad es que en este momento estoy con mi novio argentino.

En ese momento me amenazó que estaba muy jalado, que seguiría drogándose hasta matarse, o matar a Pablo, me dijo (otra vez) que era una puta que "chupaba el pico" por plata, que me odiaría toda la vida, que jamás me perdonaría, que me amaba y que yo no era más que una puta. No le dije nada. Llamó varias veces en el día, completamente drogado, hasta que desesperado se fue a la casa de sus padres.

Hablé con la madre por asuntos prácticos, como los días y horarios de visitas de la Paz.

Sin embargo, a pesar de la felicidad, de la tranquilidad que me da Pablo, la que siempre me ha dado, no pude dejar de pensar en S. Ciertamente hubiese corrido a abrazarlo y hacer el amor con él si de algo hubiera servido.

Hoy fui a dejar a la Paz a la casa de sus abuelos en la mañana, temprano. S, salió a recibirla. No me miró, no me saludó, no me habló y me cerró la reja en las narices a modo de despedida. Me quedé mirándolo cómo entraba en la casa y me fui.

Sentí rabia, aunque sabía que no debía sentirla. Después quise llorar. Luego, otra vez, deseé escapar lejos, muy lejos y, finalmente, vi cómo, a pesar de todo, la vida se hace trizas.

25 febrero 2006

Me amenazó con matarse y dije "no".
Me amenazo con matar a Pablo, mi novio argentino, y dije "no".
Lloró diciendo que lo salvara y dije "no".
Me gritó "puta" y dije "no".
Me dijo con rencor "pensé que eras la mujer que me amaba... jamás te voy a perdonar si no vienes inmediatamente a hacer el amor conmigo" y dije "no".

Supongo que nunca adivinará el dolor que sentí cada vez que dije "no" y también supongo que nunca sabrá que lo que lanzó era cierto, que lo amo, aunque diga "no".

17 febrero 2006

No más poetas, por favor.

Tengo que seleccionar lecturas para un texto escolar de lenguaje y comunicación de sexto básico. He definido, con el propósito de ordenarme en la búsqueda, cuatro grandes temas, un poco orientada por el programa del Ministerio de Educación. Entonces pienso por qué nunca, de niña, leí las lecturas que se incluían en estos manuales, en qué fallaban que a uno le daba fastidio el sólo verlos ¿eran los textos seleccionados o el mero hecho de que estuviesen en un libro escolar y, por eso, fueran "obligatorios"? ¿o acaso los profesores del ramo? ¿en quién debo pensar: en los evaluadores del Ministerio, en los profesores, en los niños? Un amigo, profesor, me decía que si un docente se sentía "desafiado" por el texto, por ejemplo que suscitara preguntas difíciles de responder, sería inmediatamente desechado.

El año pasado no ganamos la licitación. No puedo asegurarlo, pero después de leer el programa ministerial, creo saber la razón: el manual sólo contenía textos literarios y, desde hace un tiempo, el enfoque de la educación es muy diferente, no interesa que los niños aprendan sobre literatura o que lean literatura, no, el objetivo es más tecnocrático, interesa que los ciudadados de este país, después de fracasar rotundamente en pruebas de medición, como PISA, "comprendan" lo que leen, es decir, que sepan seguir las intrucciones de un manual sin equivocarse, por ejemplo; por lo tanto, un texto de lenguaje y comunicación no es, como nosotros lo concebimos, un libro de "castellano", sino de todos los lenguajes. Así, el manual escolar, debe necesariamente incluir, además de diversos géneros literarios, textos periodísticos, instructivos, notas científicas, señalética, textos técnicos, publicidad, etc.

No podría, en este momento, entregar ningún juicio acerca de los objetivos de la educación porque, primero que nada, no soy una experta, pero adhiero firmemente, casi por intuición, a lo que un académico decía el otro día: ya no esperen más que en Chile vuelvan a salir grandes poetas de pequeños poblados, ya no habrá ni Nerudas ni Parras ni Mistrales (pero, no se preocupen, quizás seamos tan buenos "comprensores de lectura" que prodremos seguir luciendo -y leyendo- cifras macroeconómicas admirables).

Y en eso estoy... ¡ja!