Adriana era amiga de mis padres, cuando ellos peleaban, siempre acogía a uno de los dos, borracho y lloroso, para cuidarlo y consolarlo. La primera vez que huí de casa, también me recibió en su departamento por más de una semana. Tenía osteoporosis y por ello pasaba los días, semanas, meses y años, en cama, fumando y reuniéndose con las Legionarias de María para rezar. Yo, que siempre detesté el humo del cigarrillo, me tendía en el suelo de su dormitorio a repetir el rosario, con la esperanza de que a nivel del suelo no me alcanzara. Adriana me compensaba con helados, que nunca faltaban, con la disculpa de que la leche era buena para suplir el calcio que ella irremediablemente perdía.
Al pasar los años, dejé de visitarla, aunque me enteraba de ella a través de mi madre y, ayer fue la última vez, claro que el comienzo de la frase me indicó lo que, sin detalles, sucedía.
- Ayer hablé con la María M. Me llamó por Adriana… No sé si tú eres el pájaro de mal agüero- me dijo antes de partir al entierro de su hermana.
Tragué saliva:
- ¿Se murió?
- Todavía no, pero está hospitalizada.
Adriana (de ochenta años hoy) el último tiempo, desde que falleció su hermano menor, no había querido recibir a nadie en su departamento, lo que resultaba muy extraño, pero nadie quiso discutir. Ahora que estaba en el hospital, sin que la morfina pudiera aliviarle el dolor, María presionó un poco a la empleada para que dijera lo que sabía. La niña se confundió, pero terminó revelando que su patrona la mandaba todos los días a comprar varias botellas de cerveza y a veces también pisco y coca-cola. Un día se cayó en su departamento y, debido a la fragilidad de sus huesos, se quebró entera, con sus huesos hechos polvo.
- Mañana la vamos a ver.
- Qué bueno, pero que no pase de mañana.
- Ya… no sigas ¿ya?
07 enero 2006
05 enero 2006
(In)conclusiones de las últimas anotaciones
¿Lo pueden creer?
Pablo que, desde Buenos Aires, me juraba un amor como ninguno en su vida, me cuidaba, me motivaba, quizás aburrido de mi problema no solucionado con S, busca por internet, a través de la revista de literatura infantil, tal como sucedió conmigo, una chica un poco menor que yo, pintora, escritora, entre otras habilidades, le manda algunos correos privados, luego se comienzan a escribir periódicamente (como conmigo), la llama, se citan en un café, tal vez de Palermo, a conversar sobre literatura, un "par de veces" (ese número indefinido que en ciertas ocasiones puede significar un "par", que claramente no es dos), en cierta ocasión, una de las tantas que la va a dejar en su auto a casa de ella, la besa, suben al departamento y hacen el amor. Es tan reiterado que no necesito estar en Buenos Aires para enterarme.
S, a quien siempre atribuí una serie de defectos, como su drogadicción, su compulsividad a la mentira, su poco interés en las demás personas, pero a quien jamás pensé infiel, más aún con su firme discurso al respecto, con quien, entre otras cosas, sufrí la culpa de haberlo engañado con un amigo cuando estuvo internado en el centro de rehabilitación por varios meses, ahora me entero de que, aún mucho antes de que yo me dejara seducir por la idea de compañía que representaba Eric, él me puso el gorro muchas veces, con mujeres que conocía en fiestas y con prostitutas.
Me he quedado en blanco. No sé qué pensar ni menos qué esperar. Claro, porque no importa quién venga después, siempre será lo mismo. Miré de frente este año, con estas noticias, y pensé que, quizás, lo mejor es que no venga nadie, tal vez es mejor que me vaya a la India, que arregle mi casa, cuide mis niños, que nade, que escriba, pero que deje mi cuerpo, mi sexualidad, fuera de todo.
Pablo que, desde Buenos Aires, me juraba un amor como ninguno en su vida, me cuidaba, me motivaba, quizás aburrido de mi problema no solucionado con S, busca por internet, a través de la revista de literatura infantil, tal como sucedió conmigo, una chica un poco menor que yo, pintora, escritora, entre otras habilidades, le manda algunos correos privados, luego se comienzan a escribir periódicamente (como conmigo), la llama, se citan en un café, tal vez de Palermo, a conversar sobre literatura, un "par de veces" (ese número indefinido que en ciertas ocasiones puede significar un "par", que claramente no es dos), en cierta ocasión, una de las tantas que la va a dejar en su auto a casa de ella, la besa, suben al departamento y hacen el amor. Es tan reiterado que no necesito estar en Buenos Aires para enterarme.
S, a quien siempre atribuí una serie de defectos, como su drogadicción, su compulsividad a la mentira, su poco interés en las demás personas, pero a quien jamás pensé infiel, más aún con su firme discurso al respecto, con quien, entre otras cosas, sufrí la culpa de haberlo engañado con un amigo cuando estuvo internado en el centro de rehabilitación por varios meses, ahora me entero de que, aún mucho antes de que yo me dejara seducir por la idea de compañía que representaba Eric, él me puso el gorro muchas veces, con mujeres que conocía en fiestas y con prostitutas.
Me he quedado en blanco. No sé qué pensar ni menos qué esperar. Claro, porque no importa quién venga después, siempre será lo mismo. Miré de frente este año, con estas noticias, y pensé que, quizás, lo mejor es que no venga nadie, tal vez es mejor que me vaya a la India, que arregle mi casa, cuide mis niños, que nade, que escriba, pero que deje mi cuerpo, mi sexualidad, fuera de todo.
Reencuentros
Sentados uno frente al otro, separados por una mesa con un vaso de cerveza y una copa de vino, a las dos de la madrugada.
- Ya pues, véngase a sentar a mi lado...
- No.
- ¿Qué le pasa? ¿Por qué anda tan esquiva?
- Ya sabes, siempre quise otra cosa y hacer el amor sólo confunde más la situación.
- No te reconozco... siempre supiste separar las cosas.
- Con los otros, pero no contigo.
Silencio. Enciende un pucho y piensa por un momento.
- En todo caso debes reconocer que tú no pusiste de tu parte para que esto funcionara.
- ¿Yo?
- Fuiste una bruja, como todas las mujeres, no sé cómo me dejé brujear así por ti. En eso eres única. Juro que nunca más voy a dejar que una mujer intente ordenar mi vida. Inventaba que iba a arrendar una película sólo para fumarme un pito. Nunca más.
- No creo que eso haya sido la causa. En todo caso todo murió definitivamente el día en que te engañé con Eric. Ahora entiendo que eso no se perdona ni menos se olvida.
- ¿Eso? Ya lo olvidé. Además yo también te puse muchas veces el gorro.
Silencio profundo y atragantado.
- ¿Me pusiste el gorro muchas veces? Jamás lo noté... eh... ¿cuándo?
- No sé, muchas veces, algunas en fiestas, otra cuando te fuiste en enero esa vez... pero cosas pasajeras, nada de correos o más de un encuentro. Algunas prostitutas.
- Ah.
Silencio mareado, pecho extinguido, ceguera, el piso se desvanece.
- Venga... ve que me tomé este viagra para usted.
- No, ándate con tus putas.
- Ya no sea tonta, si me gusta usted.
- No, si un día, cuando andabas con la judía me dijiste que estaba deteriorada y gorda...
- ¿Yo? Lo habré dicho para molestarte... si me encantas... ¿o ya no te gustan los hombres?
- Desgraciadamente sí, si no otra sería mi vida ¿no te parece?
- ¿O te enamoraste de la Reina? ¿Ahora te gustan las mujeres? Cuéntame...
- Eso es algo que no te incumbe.
- Bueno, pero venga a mi lado.
Más tarde, en el segundo piso, a las cuatro de la madrugada.
- Ya, ándate.
- ¿A esta hora?
- Sí. No quiero que los niños te vean en casa, menos la Paz.
- Déjame quedarme y te ayudo con los niños mañana.
- No, no quiero que nos vea juntos y alimente una ilusión que es imposible.
- ¿Qué ilusión?
- La que tienen todos los niños de padres separados, verlos juntos, despertar y correr a meterse en la cama entre los dos...
- ¿A esta hora? Estoy muy borracho...
- No es cierto, has manejado en peores condiciones. Ándate por favor.
Toma sus cosas, sale y se va por la calle solitaria.
- Ya pues, véngase a sentar a mi lado...
- No.
- ¿Qué le pasa? ¿Por qué anda tan esquiva?
- Ya sabes, siempre quise otra cosa y hacer el amor sólo confunde más la situación.
- No te reconozco... siempre supiste separar las cosas.
- Con los otros, pero no contigo.
Silencio. Enciende un pucho y piensa por un momento.
- En todo caso debes reconocer que tú no pusiste de tu parte para que esto funcionara.
- ¿Yo?
- Fuiste una bruja, como todas las mujeres, no sé cómo me dejé brujear así por ti. En eso eres única. Juro que nunca más voy a dejar que una mujer intente ordenar mi vida. Inventaba que iba a arrendar una película sólo para fumarme un pito. Nunca más.
- No creo que eso haya sido la causa. En todo caso todo murió definitivamente el día en que te engañé con Eric. Ahora entiendo que eso no se perdona ni menos se olvida.
- ¿Eso? Ya lo olvidé. Además yo también te puse muchas veces el gorro.
Silencio profundo y atragantado.
- ¿Me pusiste el gorro muchas veces? Jamás lo noté... eh... ¿cuándo?
- No sé, muchas veces, algunas en fiestas, otra cuando te fuiste en enero esa vez... pero cosas pasajeras, nada de correos o más de un encuentro. Algunas prostitutas.
- Ah.
Silencio mareado, pecho extinguido, ceguera, el piso se desvanece.
- Venga... ve que me tomé este viagra para usted.
- No, ándate con tus putas.
- Ya no sea tonta, si me gusta usted.
- No, si un día, cuando andabas con la judía me dijiste que estaba deteriorada y gorda...
- ¿Yo? Lo habré dicho para molestarte... si me encantas... ¿o ya no te gustan los hombres?
- Desgraciadamente sí, si no otra sería mi vida ¿no te parece?
- ¿O te enamoraste de la Reina? ¿Ahora te gustan las mujeres? Cuéntame...
- Eso es algo que no te incumbe.
- Bueno, pero venga a mi lado.
Más tarde, en el segundo piso, a las cuatro de la madrugada.
- Ya, ándate.
- ¿A esta hora?
- Sí. No quiero que los niños te vean en casa, menos la Paz.
- Déjame quedarme y te ayudo con los niños mañana.
- No, no quiero que nos vea juntos y alimente una ilusión que es imposible.
- ¿Qué ilusión?
- La que tienen todos los niños de padres separados, verlos juntos, despertar y correr a meterse en la cama entre los dos...
- ¿A esta hora? Estoy muy borracho...
- No es cierto, has manejado en peores condiciones. Ándate por favor.
Toma sus cosas, sale y se va por la calle solitaria.
04 enero 2006
La parca
Blanca, 71 años, operada de cáncer a las mamas y a los glangios, recientemente le descubirieron dos nuevos tumores en el pulmón, el resultado de la operación que le harán en unos días es incierto.
Luisa, 71 años, completamente sana y en constante estado de queja.
Matilde, 97, hermana de Luisa.
Yo.
Yo dice:
- ¡Ey! No me habían contado nada que su amiga Helena había muerto.
Luisa dice:
- Sí, murió ayer a las seis de la tarde, me llamó la Nelly con su vocecita de circunstancia y me dejó el mensaje....
Blanca dice:
- A mi también me llamó ella. Hoy la vi en el velatorio.
Luisa dice:
- ¡Uy! Sí... yo nunca miro los muertos en el ataúd, pero de lejos vi el desorden que tenían encima, fotos agolpadas, flores, de todo, qué manera de tener horrible el ataúd...
Yo dice:
- ¿Es que tú no puedes dejar de raclamar ni cuándo se muere alguien?
Blanca secunda la opinión de Yo.
Luisa grita:
- ¡Ustedes no aceptan ni una opinión!
Yo grita más fuerte.
- ¡Tú no nos dejas opinar!
Luisa va a gritar más fuerte.
Blanca la amenaza con la mano, como si se tratara de un niño chico.
Silencio.
Luisa dice:
- Además, qué ridículo eso de pedir que le escribas para leer en su funeral.
Blanca dice:
- Ella no me lo pidió. Sólo me dijo que la acompañara y le llevara flores.
Luisa dice:
- ¿Se piden esas cosas cuando uno se está muriendo?
Yo dice:
- ¿Por qué no? No toda la gente niega la muerte como tú... ¿por qué crees que la tía Albina nos hizo llamar un día antes de morir? Se quería despedir y tú hablándole de que la ibas a visitar en una semana más, como si ella no supiera que ya no nos vería más. A veces, creo yo, uno no necesita que le nieguen un hecho casi consumado, sino que necesita el apoyo del otro.
Luisa dice:
- De todas formas no me gusta ver a la gente demacrada.
Yo dice:
- Eso es muy egoísta de tu parte ¿acaso el día que me esté muriendo no me vas a ir a ver porque estoy demacrada? ¿qué te parecería que tus amigas no te fueran a ver en tu lecho de muerte porque estás "demacrada"?
Blanca dice:
- Sí...
Luisa se incomoda.
Suena el teléfono. Luisa contesta y se demora un momento. Regresa a la mesa y dice:
- Matilde acaba de morir, ahora, a las cuatro de la tarde.
Largo silencio.
Yo dice:
- Tampoco la fuiste a ver. Desde hace más de dos años que decías que ibas a ir... ¿sabes? Deberías ir a ver a tus amigas Maruja y Victoria. No creo que se tarden mucho tampoco.
Silencio definitivo.
Luisa, 71 años, completamente sana y en constante estado de queja.
Matilde, 97, hermana de Luisa.
Yo.
Yo dice:
- ¡Ey! No me habían contado nada que su amiga Helena había muerto.
Luisa dice:
- Sí, murió ayer a las seis de la tarde, me llamó la Nelly con su vocecita de circunstancia y me dejó el mensaje....
Blanca dice:
- A mi también me llamó ella. Hoy la vi en el velatorio.
Luisa dice:
- ¡Uy! Sí... yo nunca miro los muertos en el ataúd, pero de lejos vi el desorden que tenían encima, fotos agolpadas, flores, de todo, qué manera de tener horrible el ataúd...
Yo dice:
- ¿Es que tú no puedes dejar de raclamar ni cuándo se muere alguien?
Blanca secunda la opinión de Yo.
Luisa grita:
- ¡Ustedes no aceptan ni una opinión!
Yo grita más fuerte.
- ¡Tú no nos dejas opinar!
Luisa va a gritar más fuerte.
Blanca la amenaza con la mano, como si se tratara de un niño chico.
Silencio.
Luisa dice:
- Además, qué ridículo eso de pedir que le escribas para leer en su funeral.
Blanca dice:
- Ella no me lo pidió. Sólo me dijo que la acompañara y le llevara flores.
Luisa dice:
- ¿Se piden esas cosas cuando uno se está muriendo?
Yo dice:
- ¿Por qué no? No toda la gente niega la muerte como tú... ¿por qué crees que la tía Albina nos hizo llamar un día antes de morir? Se quería despedir y tú hablándole de que la ibas a visitar en una semana más, como si ella no supiera que ya no nos vería más. A veces, creo yo, uno no necesita que le nieguen un hecho casi consumado, sino que necesita el apoyo del otro.
Luisa dice:
- De todas formas no me gusta ver a la gente demacrada.
Yo dice:
- Eso es muy egoísta de tu parte ¿acaso el día que me esté muriendo no me vas a ir a ver porque estoy demacrada? ¿qué te parecería que tus amigas no te fueran a ver en tu lecho de muerte porque estás "demacrada"?
Blanca dice:
- Sí...
Luisa se incomoda.
Suena el teléfono. Luisa contesta y se demora un momento. Regresa a la mesa y dice:
- Matilde acaba de morir, ahora, a las cuatro de la tarde.
Largo silencio.
Yo dice:
- Tampoco la fuiste a ver. Desde hace más de dos años que decías que ibas a ir... ¿sabes? Deberías ir a ver a tus amigas Maruja y Victoria. No creo que se tarden mucho tampoco.
Silencio definitivo.
El jardín mágico
Parecía que el fin de año se venía encima, con una serie de yunques que me aplastaban contra el pavimento caliente. Era todo lo contrario, fue excelente: estuve a punto de olvidar a S., viajé mucho con Pablo, se publicaron tres de mis libros infantiles, tuve trabajo como ilustradora, la Revista Ají logró sobrevivir, conocí a María y a Malayo, establecí una relación de amor puro con Paz (aún a coste de la pelea por el nombre) y él último día del año comprendí que tenía que relajarme con todo y aceptar el cambio.
En Buenos Aires Pablo estuvo saliendo (o está haciéndolo, no lo sé) con otra chica de un perfil muy parecido al mío. Me enojé mucho al enterarme de los detalles, le escribí correos furiosa, pero la verdad es que me resulta imposible estar tan enojada, sino simplemente herida en mi ego. Pablo fue fundamental para que le diera un giro a mi vida, con su cariños, atenciones, halagos y comprensión. En realidad, siempre supe que era mujeriego, pero sólo ahora vine a comprobar que seguía siéndolo y que, a su edad, difícilmente, dejará de serlo.
Ese día primero de enero, me desperté con la certeza de que, a pesar de que me dijeran lo contrario, era el momento de volver a dedicarme a mis niños y a mi casa. Así que estoy pasando las vacaciones con ellos, pintando y arreglando la casa, dejar de lado un poco esas ambiciones de la mujer "exitosa", trabajo y dinero, ya saben... La Reina de tanto repetirme que no tuviera más hijos me hizo recordar que la vida es efímera y que antes de que me de cuenta ya no tendré ninguno.
Dedicar los intervalos de tranquilidad para sentarme en un lugar de mi casa que me guste, la terraza, la sala o mi taller, a leer o escribir, sin apuros, sin tantas ambiciones, sin desesperarme. No hay apuro, el tiempo pasa solo.
En Buenos Aires Pablo estuvo saliendo (o está haciéndolo, no lo sé) con otra chica de un perfil muy parecido al mío. Me enojé mucho al enterarme de los detalles, le escribí correos furiosa, pero la verdad es que me resulta imposible estar tan enojada, sino simplemente herida en mi ego. Pablo fue fundamental para que le diera un giro a mi vida, con su cariños, atenciones, halagos y comprensión. En realidad, siempre supe que era mujeriego, pero sólo ahora vine a comprobar que seguía siéndolo y que, a su edad, difícilmente, dejará de serlo.
Ese día primero de enero, me desperté con la certeza de que, a pesar de que me dijeran lo contrario, era el momento de volver a dedicarme a mis niños y a mi casa. Así que estoy pasando las vacaciones con ellos, pintando y arreglando la casa, dejar de lado un poco esas ambiciones de la mujer "exitosa", trabajo y dinero, ya saben... La Reina de tanto repetirme que no tuviera más hijos me hizo recordar que la vida es efímera y que antes de que me de cuenta ya no tendré ninguno.
Dedicar los intervalos de tranquilidad para sentarme en un lugar de mi casa que me guste, la terraza, la sala o mi taller, a leer o escribir, sin apuros, sin tantas ambiciones, sin desesperarme. No hay apuro, el tiempo pasa solo.
02 enero 2006
Sin palabras

No alcanzan los sentidos para retener tanta belleza. El intento por describirla, el anquilosamiento de los dedos al dibujarla, la memoria en la obscuridad, todo lo que no sea ella, la corrompe. Se escapa por todas las rendijas de mi habitación. Ya no queda de ella ni el aroma. Apenas la prenda olvidada.
Fotografía: Dollhouse Noah's Gallery
30 diciembre 2005
Por donde pecas, pagas: I PARTE
No sabes lo que pasa detrás de las persianas blancas de una casa azul, no sabes que en la sala está tu mujer sentada junto a tu mejor amigo de la infancia y frente a ellos otra mujer, pelo negro en rulos enredados y mirada todavía tan juvenil, que cuenta los detalles de su nueva vida en un caserío al interior de la cordillera, no sabes que tu mujer y tu amigo se tocan las rodillas, a veces se toman de la mano o se acarician la espalda, se ríen juntos abrazándose, no sabes que beben un vino tinto un poco helado por el frío invernal, pero que lo calientan con sus manos, no sabes: tu ausencia lejana, tu ausencia mental, tu ausencia recluida te impiden ver. Tu amigo escolar escucha las historias de C., mientras en su mente se anticipan las escenas de este espectáculo que él mismo ha convocado y en el que no se pueden saltar etapas. Al acabar la primera botella de vino, C. y tu mujer salen bajo la lluvia a buscar otra sabiendo a medias, porque nunca se sabe del todo, la que la otra deseaba y lo que tu amigo buscaba. Ya tu mujer había descubierto en C. esa mirada de juego dulce e ingenuo, un poco curioso y anhelante que despertó el deseo de tocarla. El camino a la botillería les resultaba hermoso aquella noche fría de humedad mientras a cada una las intensas luces de la calle se les ocurría el eterno espía urbano. Al volver, en el zaguán, tu mujer besó a C. De pronto se le ocurrió un beso masculino, pero C. estaba demasiado excitada para calmar la angustia de su lengua. Tu mujer la separó de sí. Entraron a la sala, mientras le pasaban a tu amigo la botella para descorcharla dándole a entender cuál era el papel que de él esperaban. Durante algún tiempo más hicieron la comedia de la seducción, aunque tu mujer sabía que C. ya había violado su complicidad contándole a tu amigo el beso oculto. Trajeron un jarro de agua para que la embriaguez del vino no perturbara la lucidez de aquel momento. Entonces C. decidió romper el distancia que había entre ellos corriendo la mesa de centro y sentándose a los pies de tu mujer junto al fuego, como una gata remolona que busca la mano que la acaricie. Y tu mujer acarició el cabello y el rostro de C. diciéndole que era hermosa y dulce, posó las manos en cada una de sus mejillas, la presionó suavemente y la atrajo hacía sí mientras se deslizaba al suelo para besarla una vez más al tiempo que C. comenzaba a explorar con timidez el cuerpo de tu mujer que, sin embargo, con algún rasgo varonil albergado en ella, impidió a C. continuar con este juego y se adelantó a desvestirla primero manifestando así su dominio sobre la situación. La tomó de los brazos y se la entregó a tu amigo y mientras él la sujetaba y acariciaba la fue liberando de sus prendas a un ritmo pausado en contemplaciones de la piel que iba surgiendo blanca y suave en tranquilas lomas de carne. C. era hermosa. Su cuerpo estaba moldeado por el continuo trabajo en las acrobacias del teatro, por las caminatas en los cerros de la cordillera, mantenía todavía cierto aspecto adolescente por la falta de hijos y tenía la tersura de una piel desintoxicada. Tu mujer recorrió uno a uno sus lunares con la lengua, enloqueciendo de a poco a C., quien en cierto punto ya no pudo resistir el impulso de desvestirla también. Tu mujer actuaba como una maestra y C. la iba superando en cada acción y sentimiento, ponía más pasión y desenfreno, tironeaba y mordisqueaba, apretaba y hería mientras tu amigo trataba de cooperar con dificultad. Tu mujer lo miró entonces, pues permanecía completamente vestido, descolocado, intentando meter las manos donde las de C. lo permitían y que, en realidad, no era mucho. Deslizó a C. hacia un costado y se lanzó a la bragueta del pantalón, con los dientes desabrochó el botón, empujó el cierre y bajó apenas el calzoncillo hasta que su pene apareció. A ella, a tu mujer, y tal vez tú nunca lo llegarás a saber, le excitaba sobremanera ver este miembro carnoso y erecto fuera del contexto corporal, emergiendo de la ropa como un tótem prohibido que no podía dejar de saborear; de manera que se lo metió en la boca mientras su lengua era un remolino alrededor del glande macizo al mismo tiempo que buscaba a C. para atraerla hacia su delicia y juguetear ambas lenguas con el mismo premio. Tu amigo dejó escapar un quejido.
Maldita ausencia. ¿Dónde estabas tú cuando se revolcaba este trío en la sala? ¿Dónde estabas cuando ese amigo que un día tú mismo metiste en la cama de tu mujer para verlos penetrarse se estaba solazando en tu casa? Entonces, dirás, en ese lejano entonces yo no amaba a mi mujer y me preocupaba más mi pene abrumado y muerto por las drogas que saber que un amigo mío poseía a la mujer que yo deseaba. Nunca imaginaste que un día llegarías a amarla y que, cuando por fin lo lograras, es decir sentir amor por otro, tu ausencia sería el escondite en que ellos se volverían a poseer con extrañeza y confusión. Ahora no sabes ni te imaginas a tu mujer atragantándose con el pene de tu amigo, enredando la lengua en la de otra mujer y esa otra mujer obsesionándose con un orgasmo mutuo, dichosa y curiosa explorando por primera vez una vagina que no es la suya, escarbando entre la multitud de vellos, negros y gruesos, que recubren esos labios húmedos de tu mujer, dejándose explorar mientras le acaricia con ternura el cabello enredado. A C. no le importaba el pene de tu amigo y tu mujer sólo deseaba la boca de él gritando con desesperación en su mente “bésame… por favor bésame y mójame”. En un principio, este hombre se turbaba al tener que repartir sus caricias por igual, temiendo dejar a una de lado por la otra, pero demasiado pronto se dio cuenta de que C. ya no estaba interesada en él, muchas veces, durante muchos años, habían ido conociendo sus cuerpos en sesiones sexuales desesperadas (ella era ardiente, loca, libre y bella). Tu mujer lo buscaba y C. la alejaba. Estaban las dos enajenadas por el deseo y el placer, no cedían en sus posiciones de poder y luchaban por tener el control del éxtasis de la otra, pero C. se dejó dominar, alargada en el suelo, extendiendo su belleza, su claro cuerpo sobre la oscura tabla, entregada al goce de la lengua de tu mujer reconociendo el secreto detrás de esos labios apenas depilados entre las piernas hasta que la lengua se hizo corta y la elongación mayor para admitir dentro de sí varios dedos telúricos que la asfixiaban como si la recorriera un halo antes de la muerte. Se quejó, se quejó más, más, más, más pedía y tu mujer más le daba pensando que era su reflejo, ella misma en sus fantasías, desdoblada, al otro lado del frágil cristal de plata.
Entonces, nadie te recordó, las dudas se desvanecieron como las mentiras con que nos golpearon cuando niños. Ni siquiera había por ahí una imagen tuya con la mirada de hierro invocando a la fidelidad. No estabas ahí, en el momento en que se produjo una pausa y C. sacó un cigarrillo, lo prendió y siguió buscando a tu mujer mientras exhalaba el espeso humo sobre su cuerpo, aquel que tu ya conocías, delgado, cuyos embarazos tanto le había agregado como quitado, unos pezones exultantes, furiosos, quisquillosos, unas caderas anchas para sostenerla, empujarla y agarrarla, pero con esos pequeños quiebres en la piel, que habían convertido el camino liso y terso en un paisaje erosionándose. A tu mujer eso no le importaba, aunque dudaba de que existiera el amor necesario para cegar esos desgastes del cuerpo que ya se ha vaciado en otro más pequeño. Volvió a buscar a tu amigo, sentado en el sillón verde, ahora desnudándolo y refugiándose en sus brazos. Él la besó furiosamente (experimentaba una extraña furia) y ella se entregó por completo al placer que le regalaban, se dejó sentir un objeto de amor y deseo, aunque se preguntaba si tu amigo la quería. C. se concentró en sus pechos, tironeando esos pezones elásticos y duros y en buscar el fin de su vagina con los dedos mientras él la seguía besando, tonificando sus labios en los de ella, mordiéndose, mojándose y, con una de las manos, buscando el ano. Tu mujer penetrada por todos lados, con violencia y ternura, logró llegar al orgasmo en la boca (y más allá de la boca, tal vez en el centro) de tu amigo. Entonces se levantó, bebió un vaso de agua, se sentó en el suelo y empujó a C. encima de él. Lo miró intensamente. Deseaba ver como tu amigo penetraba a su compañera; sin embargo, C. pronto se aburrió de lamer el pene erecto y se dedico a darle unos besos furtivos en el rostro. Después descansó sobre su pecho mientras tu mujer podía ver como ese monumento que tanto deseaba iba encorvándose hasta casi perderse inocente entre los testículos. Hubo un largo silencio en que no se miraron. Inesperadamente tu amigo se levantó, se vistió y avisó que se marchaba, sin escuchar los reproches de las mujeres. Recogió las botellas vacías, las copas a medio beber, las colillas y las cenizas y llevó todo a la cocina. Allí tu mujer le rogó que no se marchara, que durmieran juntos, que se levantaran al otro día a desayunar con los niños, lo abrazó. Volvieron a la sala. C. se montó, a medio vestir, encima de tu amigo y él, con cólera contenida, le dijo que se bajara, que lo molestaba, que le estaba aplastando los testículos. Ella no lo escuchó, insistió, le habló suavemente de la pradera, de los cerros, del agua, del río, del duende. Más tarde se fueron a dormir todos juntos a tu cama, C. al lado de tu amigo y él pegado a tu mujer. Llovía mucho. Tu mujer y tu amigo permanecieron despiertos hasta que ella se hubo dormido profundamente. Entonces se besaron, se acariciaron, se penetraron, ella al fin tuvo su miembro erecto, duro, grueso, mojado en la boca atragantándole la garganta, tuvo sus quejidos y, finalmente, el semen mezclado con su saliva y untado en el rostro, el cuello y el cabello. Tu amigo la acarició, la atrajo hacia arriba, juntando sus mejillas y, en cada movimiento, sus fluidos desperdigándose en las mismas sábanas en que tú, ahora, no estabas.
29 diciembre 2005
Jairo y la comida
Es el título del último libro publicado por mi amiga Bernardita Muñoz. Es una historia de corte sicológico que trata el sempiterno problema de la alimentación de nuestros hijos. Lograr que los niños se alimenten es uno de los primeros puntos que trata cualquier manual de sicología en el capítulo referido a la nutrición. Por supuesto, también fue lo primero que leí con primer hijo. El clásico consejo, ante la negativa de algunos chicos de alimentarse, es dejarlos libres, no obligarlos, pues tarde o temprano la fisiología y el instinto de supervivencia hará lo suyo y el niño tendrá la imperiosa necesidad de alimentarse si no quiere morir y, en consecuencia, no ver más tele ni jugar con sus amigos ni ir al parque o sentarse frente al computador. Suena tan razonable que uno lo practica. La desilusión no tarda en llegar, el chico o chica efectivamente tiene hambre, pero todavía no está dispuesto a comerse el nutritivo plato que su madre (o padre) se ha preocupado de elaborar. Es más, se conformaría con un chocolate o un paquete de papas fritas. Ese un punto que no he encontrado en ningún manual de sicología: no se trata de que los chicos no quieran alimentarse (o lo hagan en demasía), sino de que, ante todo, casi por naturaleza cultural o falta de instinto, prefieren todo aquello que abulta, pero no nutre.Bernardita toma a su personaje Jairo para contarnos la historia de un chico que no quiere comer desde la perspectiva del niño. Les cuento, a los que no tienen hijos, que la perspectiva de los padres no es mejor. Algunos logran dejar al pequeño sin comer, si son fuertes incluso llegan hasta la hora de la cena sin dar su brazo a torcer, pero la mayoría cede antes, desesperados ante el hecho de que el muchachito o muchachita se está desnutriendo. Peor aún, tan ansiosos están, que les da lo mismo lo que se echen a la boca: ¡el punto es que coma! Así es. El padre de Jairo lo deja sin comer y no le manda su colación a la escuela (o colegio, no me acuerdo), de modo que el niño en vez de ver cosas, ve alimentos, y llega muerto de hambre donde su padre que ¡oh! lo espera con un delicioso almuerzo que, en realidad (debo decírselo a Bernardita) ningún padre estará dispuesto a repetir por más de tres días. Esto me recuerda un maravilloso libro que saldrá pronto en Argentina, Hugo tiene hambre, ilustrado por Mónica Weiss y escrito por Silvia Schujer, sólo que en este caso Hugo es un chico de la calle que no tiene qué comer y para quién, como Jairo, todo se transforma en la imagen de un alimento.
(Si quieren saber más sobre el libro de Bernardita, hay un adelanto en la Revista Ají, y si quieren saber aún más, pueden escribirle al correo que allí aparece).
Construcción fotográfica: Yuri Dojc
28 diciembre 2005
Espejo, solo veo carne

En medio de la inesperada soledad en que quedé cuando él se internó en un centro de rehabilitación, me refugié en un lugar como éste, mundo virtual, de amigos con palabras, pero sin voces ni rostros, el foro de la revista de literatura infantil Imaginaria. Allí estaba él, llamándose Starosta, uno más de una serie de participantes de este grupo, hasta que, de pronto dejó de ser uno más. En ese momento, salió del complejo terapeútico, pero seguí tan sola como antes, tan amiga de Starosta como si mi pareja, mi amor enfermo, no hubiese regresado a Santiago. Las cosas no mejoraron mucho, salvo por los correos que iban y venían desde Buenos Aires. Me parecía un tipo excepcional y, puesto que deseaba escapar, ya saben, crucé la cordillera en busca de ese hombre que me había encantado sólo con sus escritos.
Nunca lo había visto, apenas sabía que era mayor que yo. Algunos me dijeron, antes, que estaba loca y me citaron varios casos mal terminados de relaciones establecidas por medio de la internet, incluso de raptos, violaciones y muertes. Sin embargo, yo lo conocía bien, a Pablo (aunque todavía no sabía cómo se llamaba).
Anoche Andrés me dijo:
- Aunque tengo unos deseos enormes de amar y construir una vida con Erica, me sucede que después involucrarme con la bailarina, no sé, la encuentro gordita, a veces su olor no me gusta e incluso me parece que ya no nos ajustamos sexualmente, como si mi pico flotara dentro de ella.
- Es patético- le contesté- Eres patético y triste.
Lo critiqué mucho, tanto que decidió cortar la conversación antes de que termináramos hiriéndonos. Lo que Andrés no sabe es que cada una de las cosas que me contó, cada una de las críticas que le hice, golpeaban mi carne porque, sí, yo estoy siendo tan estúpida y patética como él, dejándome llevar por exteriores que, de todos modos, se degradarán día tras día, tal como mi cuerpo ya se ha ido deteriorando, buscando, en cambio, un cuerpo donde no hay nada.
También, alguna vez , hace tan poco que lo pueden leer, pensé algo así de triste, lo amo, me encanta, no hay nadie que me haya tratado con tanto afecto y comprensión, mi vida es interesante y vital junto a él, pero... no me gusta tanto su cuerpo, sus piernas son tan flaquitas y su altura apenas supera la mía...
- Eres patética- me dije- Patética y triste.
Fotografía: Jo Ann Callis, Man Standing on Bed.
27 diciembre 2005
Sinfín

Mi vida se acabó el día en que lo conocí a él.
Antes pensaba que se había malogrado con la muerte de mi padre, el consecuente alcoholismo de mi madre o las violaciones sexuales. Ahora todo eso me parece pequeño, menos duro o, por lo menos, terminado. Nunca más vi a mi padre. Nunca más al triste y patético violador. Muchas veces me ha parecido que toda esta relación fue aún peor que las violaciones.
- ¿Por qué?- me preguntó alguien práctico- Si tú consentiste y hasta tuviste un hijo de él con tu venia y, para que haya violación…
- Ya sé lo que dice la ley- interrumpí- pero me temo que cuando niña, de alguna manera, también consentí, a punta de los engaños del hombre.
- Nadie te obligó a estar con él.
- Y a él nadie lo obligó a mentirme ni menos fingir que me quería.
Cada vez que abro esa puerta, seis veces por semana, para entregarle o recibir a mi hija, me siento como Prometeo encadenado, apenas vengo recuperándome de sus heridas, llega la rapiña a destrozarme las entrañas.
Nadar es como estar volando o como guarecerse en el útero o como deslizarse hacia la muerte, respiro profundo y rápido, boto las burbujas de mi aliento, abajo no hay nada más que mi piel acogida por el agua, afuera está el aire inundado de las canciones de Rafaella Carrá.
Siempre me gustó. Algún tiempo, niña, me obsesioné por tener un cuerpo como el de ella o por ser recorrida por tantas manos masculinas como sus acompañantes. Descanso de mi circuito de nado mientras escucho para hacer bien el amor hay que venir al sur… (etc., etc.)… búscate otro más bueno, vuélvete a enamorar… Así como mi genotipo me impedía llegar a poseer un cuerpo como el suyo, es probable que tampoco pueda vivir como en una de sus canciones. Miro alrededor. Mi vista se detiene en un pene espectacular con un cuerpo espectacular… ojalá lo conociera, ojalá me cayera bien, ojalá me acostara con él… pienso inútilmente. Quito la vista y vuelvo a nadar.
Más tarde, recibo a mi hija en la puerta, me desangro como cada vez, la dejo en su cuarto, besándola, porque no puedo hacer nada más, y lloro porque, claro, la amo, pero preferiría que nada de esto hubiese sucedido.
Al beber unas copas de vino pienso en invitar a algún amigo a beber conmigo (me encuentro contigo en el mensajero, ves...), a dormir conmigo y, quizás, hacer el amor, pero temo una negativa y, sobre todo, sé que no me servirá de nada.
Entonces, escribo esto.
Fotografía: Toni Frissel
Lebu Jazz
Lebu está a tres horas de Concepción por un camino tortuoso y alto, pasando por plantaciones de pinos y magníficas vistas al mar. Es un pueblecito un poco aislado al lado del río Leufú, ventoso, frío, desabrido, dedicado a la pesca y, antiguamente, a la minería del carbón. Allí nació Fulvio y allí vive después de haber transitado por otros lugares estudiando o trabajando. También yo viví allí por quince días que se me hicieron insoportables, en un intento por reconciliarme con uno de mis ex. No lo resistí y pensé que jamás volvería.
Ahora Fulvio, después de un largo camino de tropiezos, pero insistente en sus pasiones, ha organizado un Festival de Jazz que se realiza por segundo año consecutivo y que debe de ser el evento cultural más importante de la octava región. Ha invitado a las mejores bandas de jazz del país. Es imperdible. A partir del lunes, los de Santiago, podrán ver en las estaciones del metro el afiche del festival con el detalle de los invitados.
Pensé que no podría ir, pero inesperadamente, él, el mismo, me ha abierto la posibilidad: me avisó que para la fiesta de fin de año tendría que quedarme yo con nuestra hija porque él se iba a la playa a celebrar. Por supuesto, en un principio, me enrabié pensando que estaba atrapada (¡me cagó una vez más!, pensé) en mi casa para las fiestas, pero ahora le veo la ganancia: si él sale para año nuevo ¿no es justo que a mí me toque el fin de semana siguiente?
Me haría bien. Creo que a todos nos haría bien encontrarnos en las extensas playas de Lebu después de escuchar el mejor jazz de Chile.
Ahora Fulvio, después de un largo camino de tropiezos, pero insistente en sus pasiones, ha organizado un Festival de Jazz que se realiza por segundo año consecutivo y que debe de ser el evento cultural más importante de la octava región. Ha invitado a las mejores bandas de jazz del país. Es imperdible. A partir del lunes, los de Santiago, podrán ver en las estaciones del metro el afiche del festival con el detalle de los invitados.
Pensé que no podría ir, pero inesperadamente, él, el mismo, me ha abierto la posibilidad: me avisó que para la fiesta de fin de año tendría que quedarme yo con nuestra hija porque él se iba a la playa a celebrar. Por supuesto, en un principio, me enrabié pensando que estaba atrapada (¡me cagó una vez más!, pensé) en mi casa para las fiestas, pero ahora le veo la ganancia: si él sale para año nuevo ¿no es justo que a mí me toque el fin de semana siguiente?
Me haría bien. Creo que a todos nos haría bien encontrarnos en las extensas playas de Lebu después de escuchar el mejor jazz de Chile.
26 diciembre 2005
Cuentos ñoños
Me dice:
- No te aflijas, hay tanto que hacer en la vida.
Le respondo:
- Si fuera sólo el hacer, la solución sería tan fácil, pero el verdadero problema es ser, y es allí donde me siento desintegrada.
Pensé:
- Bueno, de todas formar hay que hacer algo.
Y agarré seis libritos de la colección Barco de Vapor para estudiarlos, encontrar el patrón común y ponerme a escribir un cuento para el concurso de marzo. El primero: no pasé la primera página. El segundo: la correspondencia entre dos niños de un país nórdico queda en la sexta página. El tercero: ¡oh, no! esta novelita se la tuve que leer a un niño de nueve años cuando hacia clases particulares de reforzamiento, no pasé de la portada. El cuarto: tres páginas. El quinto: dos páginas. El sexto: la primera página y, haciendo un esfuerzo, el primer párrafo de algunos capítulos.
Dejé los libros sobre la mesa, miré a mi hijo y le pregunté:
- ¿Yo también escribo cuentos tan aburridos?
Me mira abrumado:
- Esteee… déjame pensar.
Lo interrumpo, total no hace falta insistir:
- Ya, no importa.
Él se apura en contestar:
- No, mamá, si son buenos… es decir, son más buenos que malos.
¡Qué más da! Tampoco me iba a dar una opinión objetiva. Allí quedan los libros de la dicha colección. Me siento frente al computador. Estoy tentada de interrumpir a María por el mensajero para contarle mis aprehensiones respecto a la literatura infantil. Desisto… desde que estoy cesante creo que todo el mundo tiene tiempo de sobra. Abro el procesador de texto, una página en blanco para comenzar el cuento, escribo la primera frase colmada de resabios de lo que acabo de leer. Lo borro. Escribo. Horrible. Lo borro. Escribo. Estúpido. Lo borro. Escribo:
“En la calle siempre se encuentran las cosas más raras...”
Lo borro… ¿qué me pasa? ¿estoy dando una cátedra sobre las cosas que se encuentran en la calle? Escribo. Borro. Escribo. Borro. Escribo. Borro.
Entonces, escribo esta anotación. No la borro.
- No te aflijas, hay tanto que hacer en la vida.
Le respondo:
- Si fuera sólo el hacer, la solución sería tan fácil, pero el verdadero problema es ser, y es allí donde me siento desintegrada.
Pensé:
- Bueno, de todas formar hay que hacer algo.
Y agarré seis libritos de la colección Barco de Vapor para estudiarlos, encontrar el patrón común y ponerme a escribir un cuento para el concurso de marzo. El primero: no pasé la primera página. El segundo: la correspondencia entre dos niños de un país nórdico queda en la sexta página. El tercero: ¡oh, no! esta novelita se la tuve que leer a un niño de nueve años cuando hacia clases particulares de reforzamiento, no pasé de la portada. El cuarto: tres páginas. El quinto: dos páginas. El sexto: la primera página y, haciendo un esfuerzo, el primer párrafo de algunos capítulos.
Dejé los libros sobre la mesa, miré a mi hijo y le pregunté:
- ¿Yo también escribo cuentos tan aburridos?
Me mira abrumado:
- Esteee… déjame pensar.
Lo interrumpo, total no hace falta insistir:
- Ya, no importa.
Él se apura en contestar:
- No, mamá, si son buenos… es decir, son más buenos que malos.
¡Qué más da! Tampoco me iba a dar una opinión objetiva. Allí quedan los libros de la dicha colección. Me siento frente al computador. Estoy tentada de interrumpir a María por el mensajero para contarle mis aprehensiones respecto a la literatura infantil. Desisto… desde que estoy cesante creo que todo el mundo tiene tiempo de sobra. Abro el procesador de texto, una página en blanco para comenzar el cuento, escribo la primera frase colmada de resabios de lo que acabo de leer. Lo borro. Escribo. Horrible. Lo borro. Escribo. Estúpido. Lo borro. Escribo:
“En la calle siempre se encuentran las cosas más raras...”
Lo borro… ¿qué me pasa? ¿estoy dando una cátedra sobre las cosas que se encuentran en la calle? Escribo. Borro. Escribo. Borro. Escribo. Borro.
Entonces, escribo esta anotación. No la borro.
Nada es suficientemente lejos
El año pasado en esta misma fecha mi único objetivo en la vida era escapar. Tenía dos alternativas: o partía con mis dos hijos a algún lugar lo suficientemente lejano para que él no llegara, ya fuera por imposibilidad real o por desidia... o abandonar a mi hija en la casa de sus abuelos y olvidarme de que alguna vez había conocido a este hombre ni menos que había cometido la locura de embarazarme de él. Aunque me sentía culpable de solo pensarlo, ejemplos no me faltaban, por lo menos fílmicos: Todo sobre mi madre o Las Horas, por nombrar sólo dos que tenía más cercanos. Claro que un sentimiento de responsabilidad con mis hijos me lo impedía, sobre todo con la Paz, sabía que cualquiera fuera la alternativa, le arruinaría la vida con un acto así.
De todos modos, tomé algunos ahorros de ese año y compré un pasaje a Buenos Aires por veinte días, con la esperanza de pasar la mejor fiesta de mi vida, conocer en persona a Pablo y olvidarme de todo por un rato. Apenas unos días antes del viaje, le avisé a todos mis intenciones. Dice él que fue un golpe bajo... si supiera que lo en realidad quería era huir con la niña, pero que el sentido común me lo impedía...
Estuve veinte días en Buenos Aires. Al despegar, como siempre me sucede, sentí que me invadía la libertad, que dejaba atrás tanta mugre y dolor y, al llegar, dejé que todo lo nuevo me colmara como si estuviese naciendo otra vez. Así era, durante esos días olvidé a mis hijos y tenía el impulso de no volver más, de dejar que cada padre y abuelos se encargaran de ellos, cambiar de nombre, ser otra, no recordar o recordar como se recuerda una novela. Además, conocí a Pablo, quien me recibió y me trató tan bien, sin preguntar nada. A horas del regreso, de nuevo el sentido común, no podía abandonar a mis hijos y volví.
Así fue todo este año, el constante deseo de huir con los niños a Buenos Aires. Y hubiese podido hacerlo, de atreverme, allá hice contactos laborales y Pablo había arreglado su casa para recibirme con mis hijos. Sin embargo, me parecía que no podía irme a vivir con él sólo por escapar de lo que, en realidad, no se puede escapar y, por otro lado, nunca dejé de tener la esperanza de que él reaccionara a tiempo, lo que me pareció que había sucedido después de mi último viaje, cuando me dijo que me amaba, se quedó a dormir conmigo y me invitó a pasar la vacaciones, como siempre, en el Lago. Pensé que había llegado el momento de la reconciliación y de recuperar todo lo que se había perdido, incluso los sueños. No pasó más de una semana para que él diera las señales contrarias y yo me diera cuenta de todo había sido una manipulación cuyos objetivos desconozco.
Después de este año entiendo que no tengo escapatoria y que, citando una película barata que me encontré una noche de desvelo, se ama aunque no se vea.
De todos modos, tomé algunos ahorros de ese año y compré un pasaje a Buenos Aires por veinte días, con la esperanza de pasar la mejor fiesta de mi vida, conocer en persona a Pablo y olvidarme de todo por un rato. Apenas unos días antes del viaje, le avisé a todos mis intenciones. Dice él que fue un golpe bajo... si supiera que lo en realidad quería era huir con la niña, pero que el sentido común me lo impedía...
Estuve veinte días en Buenos Aires. Al despegar, como siempre me sucede, sentí que me invadía la libertad, que dejaba atrás tanta mugre y dolor y, al llegar, dejé que todo lo nuevo me colmara como si estuviese naciendo otra vez. Así era, durante esos días olvidé a mis hijos y tenía el impulso de no volver más, de dejar que cada padre y abuelos se encargaran de ellos, cambiar de nombre, ser otra, no recordar o recordar como se recuerda una novela. Además, conocí a Pablo, quien me recibió y me trató tan bien, sin preguntar nada. A horas del regreso, de nuevo el sentido común, no podía abandonar a mis hijos y volví.
Así fue todo este año, el constante deseo de huir con los niños a Buenos Aires. Y hubiese podido hacerlo, de atreverme, allá hice contactos laborales y Pablo había arreglado su casa para recibirme con mis hijos. Sin embargo, me parecía que no podía irme a vivir con él sólo por escapar de lo que, en realidad, no se puede escapar y, por otro lado, nunca dejé de tener la esperanza de que él reaccionara a tiempo, lo que me pareció que había sucedido después de mi último viaje, cuando me dijo que me amaba, se quedó a dormir conmigo y me invitó a pasar la vacaciones, como siempre, en el Lago. Pensé que había llegado el momento de la reconciliación y de recuperar todo lo que se había perdido, incluso los sueños. No pasó más de una semana para que él diera las señales contrarias y yo me diera cuenta de todo había sido una manipulación cuyos objetivos desconozco.
Después de este año entiendo que no tengo escapatoria y que, citando una película barata que me encontré una noche de desvelo, se ama aunque no se vea.
22 diciembre 2005
DORA (Tres: Pececito y Lolita)
Chalasai Chupua, Lukipla, o simplemente “Pececito” para nosotros, nació en un hospital pobre de Bangkok, donde su madre, sin lugar a dudas pobre también y joven, la abandonó. Desde entonces vagó por las calles de esa ciudad hasta que una noche, cuando ella era aún una niña de pocos años, cuatro tal vez, el rey Bhumibol Adulyadej, se compadeció y la llevó a palacio para criarla. La muchachita fue creciendo allí, donde muy cerca circulaba el príncipe Yugala, de unos treinta y seis años por entonces. Un día, Yugala decidió que se llevaría a la mocita a su palacio para el servicio doméstico personal y de su madre enferma. A los nueve años Pececito ya debe haber sido una pequeña nínfula que estaba allí, ignorante de todo el poder fantástico que ejercía sobre el príncipe play boy, ese tipo de hombre que tan bien nos ha descrito Humbert Humbert, el Humbert Humbert que casi enloquece por la pasión que sentía hacia Dolores Haze, Lolita, simplemente Lo, un sentimiento que iba más allá de la simple atracción sexual que le infligía la niña o, que tal vez a partir del deseo de poseer la tersura de esos brazos de piel de damasco, ese cuerpo delgado y algo informe como una fruta a punto de madurar, fueron decididamente extrapolando este deseo en algo mucho mayor, una obsesión de amor, un amor sin derroteros hasta que… pero detengámonos aquí y veamos que pasó con Pececito. A los nueve años, decía, ya debe haber habitado en ella ese pequeño demonio voluptuoso que el príncipe, sin duda, podía percibir bajo un constante martirio porque ¿qué no podría obtener un príncipe, un play boy con un sin número de amantes y mujeres deseosas de pasar una noche con él? ¿No podría conseguir en un país tan pobre otra niña cualquiera para satisfacer ese deseo? Algunos años soportó el martirio, debemos decir que bajo su perspectiva, muchos años sufrió la presencia de esa niña diferente de sus contemporáneas. A los once años de Pececito, el príncipe, logró entrar su vida. No sabemos cómo lo hizo, cómo la convenció, cómo reaccionó esta niñita, tal vez exactamente como lo hiciera Lolita, con esa especie de desparpajo infantil, aburrida, como cumpliendo con los deberes escolares, resignada y hasta asqueada de tanto complacer los infinitos deseos del hombre, pero dependiente, solas en el mundo, porque Lolita también estaba sola, sin padre ni madre, en manos de este hombre que no sólo la poseía sino que también trataba de darles todos los gustos a sus antojos y pataletas infantiles. Yugala se llevó a Pececito a su habitación como su amante, dejó a todas las demás, todas las mujeres hermosas que tenía más que a su alcance y la colmó de los más lujosos regalos, todo lo que podía darle, le compró oro y joyas, un Ferrari, un avión privado… a cambio del placer que ella podía entregarle y lo que ni él de Humbert Humbert nunca obtuvieron.
¿Qué ocurre después con estas nínfulas? Se preguntaba Humbert Humbert. Creo saber la respuesta, qué sucede con estas niñas que, de un día para otro, sin darse cuenta, se trasforman en mujeres, como tampoco se han dado cuenta de la forma en se trasformaron en diminutos objetos de deseo ni nunca lo supieron que lo eran, circulando por sus vidas inocentes del mal que las acechaba. Sin embargo, antes de contar cómo creo que han terminado estas pequeñas nínfulas después de que su infancia las abandona y cómo acaban estos ninfulómanos después de que sus nínfulas los dejan, quisiera extenderme un poco en la conclusión de mi calidad de pequeña nínfula ignorante de aquella condición que tantos momentos olvidables me trajo, no obstante no me gustaría traer a colación episodios desagradables y quisiera sólo referir aquellos que prueban mi hipótesis y en los cuales prefiero imaginar un ninfulómano, cualquiera que hoy no me produzca arcadas (es decir, no áquel que es mejor definido como "sicópata"), agobiado por el torturante deseo no consumado, aunque a claras vistas, lo mejor de estas historias es precisamente el esperanza de recompensa que encierra ese deseo voluptuoso.
¿Qué ocurre después con estas nínfulas? Se preguntaba Humbert Humbert. Creo saber la respuesta, qué sucede con estas niñas que, de un día para otro, sin darse cuenta, se trasforman en mujeres, como tampoco se han dado cuenta de la forma en se trasformaron en diminutos objetos de deseo ni nunca lo supieron que lo eran, circulando por sus vidas inocentes del mal que las acechaba. Sin embargo, antes de contar cómo creo que han terminado estas pequeñas nínfulas después de que su infancia las abandona y cómo acaban estos ninfulómanos después de que sus nínfulas los dejan, quisiera extenderme un poco en la conclusión de mi calidad de pequeña nínfula ignorante de aquella condición que tantos momentos olvidables me trajo, no obstante no me gustaría traer a colación episodios desagradables y quisiera sólo referir aquellos que prueban mi hipótesis y en los cuales prefiero imaginar un ninfulómano, cualquiera que hoy no me produzca arcadas (es decir, no áquel que es mejor definido como "sicópata"), agobiado por el torturante deseo no consumado, aunque a claras vistas, lo mejor de estas historias es precisamente el esperanza de recompensa que encierra ese deseo voluptuoso.
21 diciembre 2005
Cuentos de navidad
He estado buscando algunos tomos de Astérix para la colección de mi hijo, pero sorpresivamente me encuentro con que... no los encuentro... salvo en la Librería Francesa, que ha decidido traer unos volúmenes de lujo con un precio acorde con tanta elegancia, de manera que tuve que renunciar al regalo de Fernando, y buscar otro libro que, seguramente, no será de tanto agrado como el de los galos.
En un mercado tan floreciente y extenso como el de los libros, buscar uno para regalar puede parecer fácil, pero no. Tres horas y media recorrí los estantes de algunas librerías, quedándome estática por varios minutos, sin saber qué elegir, al mismo tiempo que no podía evitar la crítica personal y un cierto escepticismo punzante: textos vacuos con ilustraciones desacordes (también encontré mi último libro en estas estanterías, aquel cuya ilustración por querer mejorar, empeoré, y que, ciertamente, de ser extraña a mi misma, no compraría).
Pensé en mi mamá porque elegir para ella era de lo más fácil, pero estaba descartada en los regalos por ser adulta (incluso pensé en el Gitano y hasta pasó como una ráfaga su figura- la de él, ustedes comprenden- pero esos estaban eliminados por ser (1)adultos, (2)hombres y (3)ex parejas).
Así que dedicarme a lo más complicado: los libros de los niños. A Paz le encontré uno muy entretenido para aprender a contar, de cartón, con ilustraciones hechas de paño lenci y diez botones encajados en la tapa para sacar y volver a encajar en el interior según la cantidad indicada por el texto. Sé que le encantarían los botones, que encajar ayudaría a la motricidad fina, pero me pareció excesivo el precio sólo por aprender a contar hasta diez con botones cuando para el mismo objetivo pueden servir cualesquiera objetos, de los tantos, de casa. Mientras buscaba y más miraba, menos sentido le encontraba a todo. Finalmente, para ella, me decidí por uno con una historia muy simple, sin grandes ambiciones didácticas ni valóricas, pero rebosante de figuras de papel que, al tirarlas, saltaban o se escondían en nubes, estrellas, lunas, soles, flores y cosas por el estilo.
El libro de Fernando, no me dejó conforme, y es que ya es un niño con mayores complejidades, sabe leer pero no lo suficiente para una novela (¡uh! ¡las novelas! He allí aún mayor complejidad, adaptaciones del Quijote, por ejemplo, aunque estoy en contra de las adaptaciones... lo tomé, dudé, pensé si no lo empezaría a acostumbrar desde pequeño a los resúmenes- tan arbitarios, por lo demás-, lo abrí, observé las ilustraciones y lo dejé en el estante de vuelta). Bueno, no voy detallar todo lo que consideré, enciclopedias de ciencia, de arte, de actividades (para el verano, pensé), cuentos ñoños, cuentos hermosos, pero fuera de sus intereses... ¿por qué nadie tiene Astérix?
Lo peor de todo, al final, no fueron las horas recorriendo librerías en medio dela muchedumbre navideña, ni el fracaso de la empresa de vieja pascuera, sino la completa incerteza en que quedaron mis convicciones sobre la literatura infantil y los objetivos laborales de mi vida.
(PD: a pesar de todo, sigo escribiendo las entregas semanales en la REVISTA AJÍ, casi como un ejercicio literario que espero tenga un buen fin, de manera que le pido a aquellos que visitan la revista que no vacilen en criticar mi trabajo y destrozarme si es necesario).
En un mercado tan floreciente y extenso como el de los libros, buscar uno para regalar puede parecer fácil, pero no. Tres horas y media recorrí los estantes de algunas librerías, quedándome estática por varios minutos, sin saber qué elegir, al mismo tiempo que no podía evitar la crítica personal y un cierto escepticismo punzante: textos vacuos con ilustraciones desacordes (también encontré mi último libro en estas estanterías, aquel cuya ilustración por querer mejorar, empeoré, y que, ciertamente, de ser extraña a mi misma, no compraría).
Pensé en mi mamá porque elegir para ella era de lo más fácil, pero estaba descartada en los regalos por ser adulta (incluso pensé en el Gitano y hasta pasó como una ráfaga su figura- la de él, ustedes comprenden- pero esos estaban eliminados por ser (1)adultos, (2)hombres y (3)ex parejas).
Así que dedicarme a lo más complicado: los libros de los niños. A Paz le encontré uno muy entretenido para aprender a contar, de cartón, con ilustraciones hechas de paño lenci y diez botones encajados en la tapa para sacar y volver a encajar en el interior según la cantidad indicada por el texto. Sé que le encantarían los botones, que encajar ayudaría a la motricidad fina, pero me pareció excesivo el precio sólo por aprender a contar hasta diez con botones cuando para el mismo objetivo pueden servir cualesquiera objetos, de los tantos, de casa. Mientras buscaba y más miraba, menos sentido le encontraba a todo. Finalmente, para ella, me decidí por uno con una historia muy simple, sin grandes ambiciones didácticas ni valóricas, pero rebosante de figuras de papel que, al tirarlas, saltaban o se escondían en nubes, estrellas, lunas, soles, flores y cosas por el estilo.
El libro de Fernando, no me dejó conforme, y es que ya es un niño con mayores complejidades, sabe leer pero no lo suficiente para una novela (¡uh! ¡las novelas! He allí aún mayor complejidad, adaptaciones del Quijote, por ejemplo, aunque estoy en contra de las adaptaciones... lo tomé, dudé, pensé si no lo empezaría a acostumbrar desde pequeño a los resúmenes- tan arbitarios, por lo demás-, lo abrí, observé las ilustraciones y lo dejé en el estante de vuelta). Bueno, no voy detallar todo lo que consideré, enciclopedias de ciencia, de arte, de actividades (para el verano, pensé), cuentos ñoños, cuentos hermosos, pero fuera de sus intereses... ¿por qué nadie tiene Astérix?
Lo peor de todo, al final, no fueron las horas recorriendo librerías en medio dela muchedumbre navideña, ni el fracaso de la empresa de vieja pascuera, sino la completa incerteza en que quedaron mis convicciones sobre la literatura infantil y los objetivos laborales de mi vida.
(PD: a pesar de todo, sigo escribiendo las entregas semanales en la REVISTA AJÍ, casi como un ejercicio literario que espero tenga un buen fin, de manera que le pido a aquellos que visitan la revista que no vacilen en criticar mi trabajo y destrozarme si es necesario).
Paula P. (II)
Paula había heredado de su abuelo una casa bastante grande en la cima de uno de los cerros, con vista al mar. A un costado de la cocina, unido por una puerta que pasaba desapercibida detrás de un estante, había un pasillo abierto que separaba la casa del terreno contiguo. Una tarde, tomando té, pensó que ése era el lugar ideal para sus propósitos y se sentó a esperar que llegara el momento.
Siempre había sido una niña contemplativa, paciente y perseverante, en parte gracias a la educación que había recibido de su tío Kowayashi mientras vivió en esta casa, en otra parte, quizás, por rasgos heredados, lo cierto era que no le importaría esperar uno o veinte años a que se presentara la ocasión propicia porque Paula también había recibido en su sangre toda la sed de venganza de su abuelo.
Tarde tras tarde, desde entonces, sentada en la mesa de la cocina, mirando la vitrina del estante, con un té caliente entre sus manos, esperaba sin esperar el día en que la campana de la calle sonara con ese leve temblor que le indicaría que debía actuar dejándose llevar sólo por el plan que ya había trazado minuciosamente.
Mientras tanto, en otras horas del día, se dedicaba a cuidar el jardín de su abuelo, los damascos, las bugavillas, las lavandas, los limones, los helechos, los bonsais que había dejado el tío Kowayashi, a limpiar los vidrios de las ventanas que miraban hacia el puerto, lavar y cocer las fundas blancas de los muebles, a cocinar para las visitas que pudiesen llegar, a bordar las arpilleras que vendía en la feria, a ordenar las herramientas, las palas, el chuzo, la picota, el hacha.
Y en las noches, mientras fumaba, miraba las luces de los barcos que permanecían quietos o aquellos que zarpaban o llegaban a la bahía. Ya los conocía casi todos, recordaba los detalles, la sirena, los colores, la marcha de cada buque que había pasado por el puerto. Siempre esperaba el mismo, ése que nunca había esperado.
La sirena y el timbre, ésas serían las señales, pensaba justo antes de dormirse.
Siempre había sido una niña contemplativa, paciente y perseverante, en parte gracias a la educación que había recibido de su tío Kowayashi mientras vivió en esta casa, en otra parte, quizás, por rasgos heredados, lo cierto era que no le importaría esperar uno o veinte años a que se presentara la ocasión propicia porque Paula también había recibido en su sangre toda la sed de venganza de su abuelo.
Tarde tras tarde, desde entonces, sentada en la mesa de la cocina, mirando la vitrina del estante, con un té caliente entre sus manos, esperaba sin esperar el día en que la campana de la calle sonara con ese leve temblor que le indicaría que debía actuar dejándose llevar sólo por el plan que ya había trazado minuciosamente.
Mientras tanto, en otras horas del día, se dedicaba a cuidar el jardín de su abuelo, los damascos, las bugavillas, las lavandas, los limones, los helechos, los bonsais que había dejado el tío Kowayashi, a limpiar los vidrios de las ventanas que miraban hacia el puerto, lavar y cocer las fundas blancas de los muebles, a cocinar para las visitas que pudiesen llegar, a bordar las arpilleras que vendía en la feria, a ordenar las herramientas, las palas, el chuzo, la picota, el hacha.
Y en las noches, mientras fumaba, miraba las luces de los barcos que permanecían quietos o aquellos que zarpaban o llegaban a la bahía. Ya los conocía casi todos, recordaba los detalles, la sirena, los colores, la marcha de cada buque que había pasado por el puerto. Siempre esperaba el mismo, ése que nunca había esperado.
La sirena y el timbre, ésas serían las señales, pensaba justo antes de dormirse.
20 diciembre 2005
Pesadilla
Sueño con que voy en un camión por la costenera del río Mapocho que, sin embargo, no es un triste canal, si no un mar con aguas claras e intranquilas. La bocina suena tres veces...
Es el timbre. Afuera está él esperando que baje a la Paz. Estamos todos durmiendo aún y lo hago pasar. Mientras se instala en la pieza de la niña, me dice:
- Me podrías convidar un café- (omito los signos de interrogación a próposito).
Voy a poner la tetera y vuelvo al cuarto de mi hija que ya despertó.
- La Paz está acostadita- le dice a su padre.
- No te llamas Paz, te llamas linda, Agustina linda- le está diciendo él. Me ve en la puerta.
- ¿Ya se fue Eduardo?- me pregunta.
- ¿Qué Eduardo?- no sé qué pensar, no conozco ningún Eduardo... ¿tal vez quiera referirse a Pablo, a quién nunca nombró así? No lo sé, pero de él se puede esperar cualquier cosa y estoy atenta.
- Eduardo... el padre de José, tu hijo - (mi hijo Fernando, ya saben).
Creo que todos hemos tenido la sensación de una patada en el vientre que nos revuelve hasta el cerebro. Mi primer impulso sería pegarle un puñetazo, pero ya sabemos que así no se arreglan las cosas entre los seres civilizados, así que, puesto que no sé cómo reaccionar, me quedó estática y en un silencio que él aprovecha para explicar el dardo:
- ¿No te gusta andar cambiando los nombres?... Y... ¿el café?
Sigo en silencio, me dirijo a la cocina, desconecto la tetera y regreso al cuarto.
- ¿Puedes esperar abajo, por favor, mientras visto a la Paz?- le digo.
- ¡Ay! ¿Se ofendió?... ¡No seas grave! ¡Eres una exagerada!
- Puedes bajar, por favor... lo mínimo que espero es que no me vengas a molestar a mi casa.
- ¡Ja! ¡Qué agresiva! Tú empiezas con las estupideces y después te enojas.
- Es fácil acusar a los demás cuando uno los provoca... ¿puedes esperar abajo, por favor?... Y de paso, ya que no puedes tomar decisiones por ti mismo ¿por qué no le preguntas a tu sicóloga por qué la niña prefiere el nombre Paz?
Un poco después bajé con la Paz para acomodarla en la bicicleta... mientras lo miraba, pensé en King Kong, cómo pude comparar a ese pobre animal-engredro-fílmico con este miserable, pero peor aún, después de mirarlo otro poco, retumbaron en mis oídos la frase que otras personas han dicho de él, "ojalá se muera de una sobredosis". Cerré los ojos para concentrarme en otro pensamiento más positivo; sin embargo, todo lo que sentí fue el infinito peso de tener que compartir mi hija con este hombre.
Es el timbre. Afuera está él esperando que baje a la Paz. Estamos todos durmiendo aún y lo hago pasar. Mientras se instala en la pieza de la niña, me dice:
- Me podrías convidar un café- (omito los signos de interrogación a próposito).
Voy a poner la tetera y vuelvo al cuarto de mi hija que ya despertó.
- La Paz está acostadita- le dice a su padre.
- No te llamas Paz, te llamas linda, Agustina linda- le está diciendo él. Me ve en la puerta.
- ¿Ya se fue Eduardo?- me pregunta.
- ¿Qué Eduardo?- no sé qué pensar, no conozco ningún Eduardo... ¿tal vez quiera referirse a Pablo, a quién nunca nombró así? No lo sé, pero de él se puede esperar cualquier cosa y estoy atenta.
- Eduardo... el padre de José, tu hijo - (mi hijo Fernando, ya saben).
Creo que todos hemos tenido la sensación de una patada en el vientre que nos revuelve hasta el cerebro. Mi primer impulso sería pegarle un puñetazo, pero ya sabemos que así no se arreglan las cosas entre los seres civilizados, así que, puesto que no sé cómo reaccionar, me quedó estática y en un silencio que él aprovecha para explicar el dardo:
- ¿No te gusta andar cambiando los nombres?... Y... ¿el café?
Sigo en silencio, me dirijo a la cocina, desconecto la tetera y regreso al cuarto.
- ¿Puedes esperar abajo, por favor, mientras visto a la Paz?- le digo.
- ¡Ay! ¿Se ofendió?... ¡No seas grave! ¡Eres una exagerada!
- Puedes bajar, por favor... lo mínimo que espero es que no me vengas a molestar a mi casa.
- ¡Ja! ¡Qué agresiva! Tú empiezas con las estupideces y después te enojas.
- Es fácil acusar a los demás cuando uno los provoca... ¿puedes esperar abajo, por favor?... Y de paso, ya que no puedes tomar decisiones por ti mismo ¿por qué no le preguntas a tu sicóloga por qué la niña prefiere el nombre Paz?
Un poco después bajé con la Paz para acomodarla en la bicicleta... mientras lo miraba, pensé en King Kong, cómo pude comparar a ese pobre animal-engredro-fílmico con este miserable, pero peor aún, después de mirarlo otro poco, retumbaron en mis oídos la frase que otras personas han dicho de él, "ojalá se muera de una sobredosis". Cerré los ojos para concentrarme en otro pensamiento más positivo; sin embargo, todo lo que sentí fue el infinito peso de tener que compartir mi hija con este hombre.
19 diciembre 2005
Llorar por llorar
Mi hijo mayor, de siete años, y yo fuimos a ver King Kong. La película es, por supuesto, invérosimil incluso para su lógica interna, con ciertos añadidos que no podían dejar de fascinar a un niño, como larguísimas escenas de dinosaurios e, incluso, con King Kong luchando con tres tiranosaurios al mismo tiempo mientras se pasaba a la rubia de las manos a las patas en su intento por salvarla de las fauces de los prehistóricos, momentos en que uno, como adulto, claro, no deja de preguntarse cómo ya no se había desnucado hace rato. A pesar de eso, de la exageración que llegaba a anestesiar el terror, lloré junto con mi hijo (y lloraba por adelantado, diciéndole en el oído "ay, esta no es la peor parte, ya verás"). Es que el animal enternece, aunque no deja de ser una parodia del comportamiento masculino (entre tanto, pensaba, si este animal bruto, pero tierno, me conmueve ¿cómo es posible que él no me conmueva?).
Evidentemente, no hay más conclusiones que sacar de la película, salvo que mi hijo insiste en ir a verla otra vez conmigo, negándose a invitar a mi madre (quizás porque lloramos juntos y eso lo reconforta). De manera que, de las decenas de películas que podría ver a mi entero gusto, probablemente mañana me esté repitiendo la historia enorme macho peludo que me hace llorar.
Evidentemente, no hay más conclusiones que sacar de la película, salvo que mi hijo insiste en ir a verla otra vez conmigo, negándose a invitar a mi madre (quizás porque lloramos juntos y eso lo reconforta). De manera que, de las decenas de películas que podría ver a mi entero gusto, probablemente mañana me esté repitiendo la historia enorme macho peludo que me hace llorar.
17 diciembre 2005
Navidades
María me preguntó algo de la navidad (Fran leía la carta de una sobrina de cinco años que lo conminaba a partir al sur para estas fiestas).
Recordé.
(Hace tiempo, en una reunión de curso estuve obligada a recordar "mi navidad más bella de la infancia" -el propósito de la profesora era que los padres de sus alumnos se conocieran entre sí. Lo peor es que, en esas circunstancias, no quería parecer patética).
Si podía recordar una navidad especial era sólo aquella en que la memoria me permitía retener conscientemente la presencia de mi padre, la última navidad que celebré (hasta ahora). Luego, en los primeros días de enero, mi padre murió. De manera que, a medida que estas fechas se aproximaban, mi madre iba cayendo en una profunda depresión que terminaba conmigo en cualquier otra casa que no fuera la mía, generalmente con gente desconocida porque me mandaba con diferentes amigas de ella o de mi abuela. Era el momento de mayor soledad que recuerdo. Ningún otro día del año era peor, sentada frente a un luminoso árbol de pascua, rebosante de regalos si había más niños, o desierto si era la casa de alguna vieja, obligada a sentarme a cenar lo que me dieran y siempre pensando que quería llegar pronto a mi casa para compartir con los gatos, las gallinas, los loros, la coneja, en vez de todas estas personas ajenas (a veces, con mi tía de la Legión de María, nos íbamos a la misa del gallo, que siempre era mejor que cualquier otra posibilidad). Además mi madre detestaba los regalos... la verdad es que dos semanas antes de navidad hasta la fecha de la muerte de mi padre, detestaba todo más que nunca (y todavía).
- ¿Cómo los adultos pueden ser tan desatinados?- se preguntaba María al rememorar los grandes regalos que se le hacían a algunos niños, generalmentelos dueños de casa, contra aquellos minúsculos (si no ausentes) de los chicos visitantes.
Y, claro, ya lo sabemos todos, no se trata de que los regalos sean lo principal, pero ningún niño se queda inmune cuando el del lado no para de abrir y abrir paquetes. Mi madre en una muestra extrema de austeridad (y de amargura de paso) mezclada con un curioso sentimiento religioso, simplemente había abolido los regalos, aduciendo que era la más asquerosa muestra de consumismo y capitalismo en un día tan particular como era el nacimiento de Jesús Cristo.
Los niños me ha cambiado las cosas, es necesario hacer un árbol de bolas de colores, luces, cintas y brillos. Así que, a falta de uno verdadero (el que compré el año pasado se secó) cosí uno con la tela que dejó él para la funda de los sillones. Es un verde bien parco, pero cambia con luces y los "adornos" que le pegué (cierta cantidad indefinible de cachureos que he guardado a lo largo de mi vida). Tiene bolsillos, el árbol, para esconder dulces, chocolates y mazapanes que, en rigor, se comen el seis de enero. Tiene bolsillos, pero todavía no tiene una sola golosina, así que mis conocidos pueden, si lo desean, proveerme de aquellas curiosidades. Todavía luce sin regalos, pero los chicos no los extrañan hasta la medianoche del veinticuatro, por lo que todavía tengo tiempo. También hicimos un pesebre en un cajón de fruta con las figuras que aún sobreviven de la primera y única familia que mi padre alcanzó a regalarme. A Paz le encanta, aunque a él se le revuelva el estómago de saber que existe esta referencia "religiosa" en casa (que ignoró en su última visita sexual).
Siempre quise que las cosas fueran diferentes. Espero que ahora lo sean, aunque sigan faltando los padres.
Recordé.
(Hace tiempo, en una reunión de curso estuve obligada a recordar "mi navidad más bella de la infancia" -el propósito de la profesora era que los padres de sus alumnos se conocieran entre sí. Lo peor es que, en esas circunstancias, no quería parecer patética).
Si podía recordar una navidad especial era sólo aquella en que la memoria me permitía retener conscientemente la presencia de mi padre, la última navidad que celebré (hasta ahora). Luego, en los primeros días de enero, mi padre murió. De manera que, a medida que estas fechas se aproximaban, mi madre iba cayendo en una profunda depresión que terminaba conmigo en cualquier otra casa que no fuera la mía, generalmente con gente desconocida porque me mandaba con diferentes amigas de ella o de mi abuela. Era el momento de mayor soledad que recuerdo. Ningún otro día del año era peor, sentada frente a un luminoso árbol de pascua, rebosante de regalos si había más niños, o desierto si era la casa de alguna vieja, obligada a sentarme a cenar lo que me dieran y siempre pensando que quería llegar pronto a mi casa para compartir con los gatos, las gallinas, los loros, la coneja, en vez de todas estas personas ajenas (a veces, con mi tía de la Legión de María, nos íbamos a la misa del gallo, que siempre era mejor que cualquier otra posibilidad). Además mi madre detestaba los regalos... la verdad es que dos semanas antes de navidad hasta la fecha de la muerte de mi padre, detestaba todo más que nunca (y todavía).
- ¿Cómo los adultos pueden ser tan desatinados?- se preguntaba María al rememorar los grandes regalos que se le hacían a algunos niños, generalmentelos dueños de casa, contra aquellos minúsculos (si no ausentes) de los chicos visitantes.
Y, claro, ya lo sabemos todos, no se trata de que los regalos sean lo principal, pero ningún niño se queda inmune cuando el del lado no para de abrir y abrir paquetes. Mi madre en una muestra extrema de austeridad (y de amargura de paso) mezclada con un curioso sentimiento religioso, simplemente había abolido los regalos, aduciendo que era la más asquerosa muestra de consumismo y capitalismo en un día tan particular como era el nacimiento de Jesús Cristo.
Los niños me ha cambiado las cosas, es necesario hacer un árbol de bolas de colores, luces, cintas y brillos. Así que, a falta de uno verdadero (el que compré el año pasado se secó) cosí uno con la tela que dejó él para la funda de los sillones. Es un verde bien parco, pero cambia con luces y los "adornos" que le pegué (cierta cantidad indefinible de cachureos que he guardado a lo largo de mi vida). Tiene bolsillos, el árbol, para esconder dulces, chocolates y mazapanes que, en rigor, se comen el seis de enero. Tiene bolsillos, pero todavía no tiene una sola golosina, así que mis conocidos pueden, si lo desean, proveerme de aquellas curiosidades. Todavía luce sin regalos, pero los chicos no los extrañan hasta la medianoche del veinticuatro, por lo que todavía tengo tiempo. También hicimos un pesebre en un cajón de fruta con las figuras que aún sobreviven de la primera y única familia que mi padre alcanzó a regalarme. A Paz le encanta, aunque a él se le revuelva el estómago de saber que existe esta referencia "religiosa" en casa (que ignoró en su última visita sexual).
Siempre quise que las cosas fueran diferentes. Espero que ahora lo sean, aunque sigan faltando los padres.
16 diciembre 2005
Almas gemelas
Le gustaban (quizás todavía le gustan) las prostitutas. Decía que una especie de hilo unía sus almas (el hilo de la soledad, probablemente). La señora del burdel le hacía un precio mensual, muy módico, para que las chicas lo fueran a visitar a casa en unas cuatro o seis sesiones, generalmente en aquellas ocasiones en que la droga y el alcohol (o el resabio) lo hacían sentir más abandonado. Me decía que con la coca era muy difícil excitarse y tener una erección. Me decía que a las putas no se las besaba. Todo lo demás era posible si eras amable con ellas. Ponía una cámara frente a su cama, conectada al televisor de varias pulgadas, y se miraba y admiraba en el cuerpo de alguna de las chicas mientras grababa, una tras otra, cintas de ocho milímetros. Tenía cientos, que botó cuando llegó a casa, por temor a que alguien las descubriera (temor, tal vez, a que yo las viera, pero nunca lo hice, pues no alcancé, un día me metí en el ropero donde guardaba la cámara y ya no estaban las pequeñas cintas, revisé los otros videos, donde sólo encontré a sus alumnos del colegio en deplorables representaciones escolares). Llegué a su vida cuando las prostitutas eran su única compañía. En tres ocasiones fui de madrugada, con una amiga, a su casa de Bilbao, pero no nos abrió. Le dejaba notas que no me contestaba. Entonces, a la mierda, pensé. Apareció poco después y me besó, aunque por la coca no podía tener relaciones sexuales conmigo y le pidió a un amigo que lo sustituyera. Todos aceptamos. Entonces, me besaba, aunque fuera otro el que me montaba (o yo al otro). Ahora, a veces, tiene sexo conmigo, nunca me besa ni quiere penetraciones vaginales (cuando lo libo me dice "¿cómo te voy a olvidar?") y al terminar se va sin decirme nada más, quizás como lo hacía con sus almas gemelas, las prostitutas.
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