Hoy es la reunión de los foristas de Imaginaria en la tienda La Boutique del Libro, en Palermo. La verdad es que el día está como para una reunión de café, aunque me tomaría algo más fuerte. Es curiosa la idea de que un grupo de personas que suele hablar con mayor o menor liviandad sobre la literatura infantil quiera sentarse a *conversar* en el sector de la biblioteca de la librería. Primero me pregunto si quince o más personas podremos charlar en un lugar así y, segundo, si necesariamente tendremos que hacerlo sobre libros. Sin contar que llevo (tengo que llevar) a mi hija Paz, quien no está feliz si no anda arriba del coche, del auto o de la bicicleta dando tumbos por las calles empedradas (pero planas) de Buenos Aires.
Y sí, es una buena ocasión para convocar a varios personajes de quienes no tenemos (unos de los otros) más que un constructo imaginario de sus facciones, derivadas de las forma de escribir en el foro. Uno me imaginaba, por ejemplo, con turbante. Una persona que usa turbante puede significar tantas cosas. No puedo dejar de visualizar alguien vestido de túnica blanca, con una actitud de serenidad y hasta de beatitud o, por lo menos, de mucha espiritualidad. Evidentemente, no es el caso, siempre llego a los gritos y excesos más rápido de lo que quisiera.
En este sentido, es sorprendente las nuevas situaciones que puede crear la internet. Pensar que con todas estas personas hemos tenido contacto durante muchísimos meses a través de un bar virtual. Ya no nos suena rara la idea de las parejas formadas así, pero juntar esta cantidad de gente, ligada de un modo u otro a un tema en común, que se ha construido una idea sobre un lugar físico que no existe, el bar, sus mesas, sus sillas, el mozo que atiende, las servilletas con mesajes y hasta el patio con naranjos... bueno, elegir el lugar que se ha elegido para *aterrizar*, al menos nos habla del imaginario del quien hizo las reservas.
Bueno, ya sabremos con qué personajes nos encontramos.
29 octubre 2005
27 octubre 2005
Laconicidad
Es un estado precario que se instala en ciertos períodos. Hasta el sistema operativo de este computador donde escribo hoy es lacónico: la página en blanco, no me permite elegir tipografía ni menos agregar una imagen, luce solitario el título (que no puedo poner en negrilla) y el cuadro de texto donde avanzan las letras ahora.
Al frente del ventanal, está la plaza 25 de agosto. Creemos que es la fecha de la independencia de Uruguay, pero no estamos seguros. Al principio pensé que era alguna celebración religiosa porque en la esquina sureste se instala una gruta con una virgen que muchos transeúntes se detienen a saludar, incluso algunos paseadores de perros. O tal vez ambas fechas coincidan.
Abajo suena insistente el taca-taca, que no sé cómo llaman acá, y de pronto todo la luz se ha esfumado. Creo que va a llover de nuevo. Me parece ver unas gotas al trasluz. Aparte del taca-taca-taca-taca y de los buses que pasan de vez en cuando, hoy está especialmente silencioso.
Y Buenos Aires no es una ciudad silenciosa. Les gusta el escape libre, por ejemplo, algo que a nosotros a estas alturas, con transantiago más encima, nos resulta inusual y hasta peligroso. La medición de decibeles, la primera vez que lo mencioné, me pareció propio de una ciudad enferma, como también los dígitos de las patentes de aquellos vehículos que no pueden transitar. Mientras lo decía, tenía la impresión de que hablaba de una ciudad de ciencia ficción. Diría que aquí casi no hay reglas. El otro día al almacenero de la esquina, bajo nuestro departamento, se le ocurrió escuchar Credence y jugar taca-taca hasta más allá de las dos de la manana. Nada que hacer. Pablo no se atrevía a reclamarle por temor a las represalias. Sí, aquí no es cosa de llamar a los pacos y esconder la identidad de quien reclama. De hecho, creo que no existe esa costumbre. Pensé que allá, a un local comercial que hace eso, lo secan con una multa. Aunque ese pensamiento no me sirvió para quedarme dormida.
Cada vez me sorprende más la sociedad militarizada en que vivimos, pero sobre todo lo acostumbrados que estamos.
Sí, esta oscuro (aunque con el brillo de Buenos Aires) y ya comienza a llover.
Al frente del ventanal, está la plaza 25 de agosto. Creemos que es la fecha de la independencia de Uruguay, pero no estamos seguros. Al principio pensé que era alguna celebración religiosa porque en la esquina sureste se instala una gruta con una virgen que muchos transeúntes se detienen a saludar, incluso algunos paseadores de perros. O tal vez ambas fechas coincidan.
Abajo suena insistente el taca-taca, que no sé cómo llaman acá, y de pronto todo la luz se ha esfumado. Creo que va a llover de nuevo. Me parece ver unas gotas al trasluz. Aparte del taca-taca-taca-taca y de los buses que pasan de vez en cuando, hoy está especialmente silencioso.
Y Buenos Aires no es una ciudad silenciosa. Les gusta el escape libre, por ejemplo, algo que a nosotros a estas alturas, con transantiago más encima, nos resulta inusual y hasta peligroso. La medición de decibeles, la primera vez que lo mencioné, me pareció propio de una ciudad enferma, como también los dígitos de las patentes de aquellos vehículos que no pueden transitar. Mientras lo decía, tenía la impresión de que hablaba de una ciudad de ciencia ficción. Diría que aquí casi no hay reglas. El otro día al almacenero de la esquina, bajo nuestro departamento, se le ocurrió escuchar Credence y jugar taca-taca hasta más allá de las dos de la manana. Nada que hacer. Pablo no se atrevía a reclamarle por temor a las represalias. Sí, aquí no es cosa de llamar a los pacos y esconder la identidad de quien reclama. De hecho, creo que no existe esa costumbre. Pensé que allá, a un local comercial que hace eso, lo secan con una multa. Aunque ese pensamiento no me sirvió para quedarme dormida.
Cada vez me sorprende más la sociedad militarizada en que vivimos, pero sobre todo lo acostumbrados que estamos.
Sí, esta oscuro (aunque con el brillo de Buenos Aires) y ya comienza a llover.
14 octubre 2005
La estética
Tenía toda la intención (quizás no tanto) de contestar a otra bitácora, pero me parece que ya no vale la pena si voy a tener a la persona cara a cara. Tal vez no le diga nada entonces, puede que sólo la observe y dilucide que tan serias pueden ser sus divagaciones estético-literarias.
Le pregunté a Graciela Montes (escritora y teórica muy conocida en el ámbito de la literatura infantil) si acaso se podía decir que la literatura infantil era puro goce estético, único territorio en que los contenidos podían obviarse (esto a propósito de la bitácora anterior, en que una comentarista se concentraba en la hermosa forma del texto diciendo que lo demás, el contenido, era intrascendente... como me pareció que estaba equivocada, llegué a la vaga idea de que al escribir para niños muy chicos, uno tenía la verdadera libertad de engolozinarse con composiciones bellas que podrían, eventualmente, no tener sentido).
Graciela me respondió que el concepto "estética" le parecía añejo:
- "No sé si la palabra es "estética". Es una palabra un poco envejecida. Tal vez haya que pensar en otra en este mundo bello y fatal en que vivimos"
Aquí acabaron mis pensamientos al respecto.
Le pregunté a Graciela Montes (escritora y teórica muy conocida en el ámbito de la literatura infantil) si acaso se podía decir que la literatura infantil era puro goce estético, único territorio en que los contenidos podían obviarse (esto a propósito de la bitácora anterior, en que una comentarista se concentraba en la hermosa forma del texto diciendo que lo demás, el contenido, era intrascendente... como me pareció que estaba equivocada, llegué a la vaga idea de que al escribir para niños muy chicos, uno tenía la verdadera libertad de engolozinarse con composiciones bellas que podrían, eventualmente, no tener sentido).
Graciela me respondió que el concepto "estética" le parecía añejo:
- "No sé si la palabra es "estética". Es una palabra un poco envejecida. Tal vez haya que pensar en otra en este mundo bello y fatal en que vivimos"
Aquí acabaron mis pensamientos al respecto.
12 octubre 2005
Mi derecho mal elegido
No sé en qué momento de debilidad me inscribí. Lo que quiero decir es que no sé cuándo me viene esos momentos de debilidad que me hacen tomar malas decisiones. Lo otro lo sé. Estaba mirando la tele cuando aparece la Gladys Marín invitando a todos los jóvenes a ejercer el derecho que el viejo asesino nos había quitado. Me pareció el mejor argumento que había escuchado. Además era joven y necesitaba creer que un país mejor era posible. Así que al otro día estaba en el Parque Forestal estampando mi firma.
No sé para qué. Ahora pienso que debí ser consecuente con la no participación, aunque después te salgan con el argumento de que si no votas no opines, lo que es aún más estúpido. No votar es una manera de protestar. Ahora si quiero protestar tengo que de todas formas ir y anular el voto, pero no estoy segura de que eso lo tomen como una forma de descontento.
La verdad es que ya estoy aburrida de ver la payasadas del bufón número uno de este país, bufón que además dejó en la ruina y otra vez decaída a la comuna de Santiago. Muchas veces me encontré con partidarios de su inoperancia y llegué a los gritos porque, realmente, me desesperaba la idea de que pudiera hacer de Chile lo que hizo con mi comuna. Peor aún es ver que los otros candidatos y personeros del gobierno se dan el trabajo de contestarle. Ahí es cuando no sabes quién es peor, si el que dice las imbecilidades o si los que lo toman en serio.
El otro, patético, en la casa de un niña enferma de fibrosis quística le lleva de regalo una muñeca que puedes encontrar en el bazar de la esquina. No se puede creer que un tipo empresario, con tanto dinero, explotador legal de sus empleados, que apenas si arregla sus aviones, plagia a nuestros amigos, gasta millones en campañas publicitarias para sus productos, tenga la osadía de llevar semejante regalo a una niña utilizada con fines políticos. Por lo menos que gaste más y le lleve una muñeca bacán, mínimo importada de Nueva York o de Milán, descontado que también podría ser una enciclopedia para que estudie (pero eso no, claro, ya podemos ver por dónde irán sus políticas culturales). Por eso detesto a los pequeños burgueses, por más que se paseen en las poblaciones, no les entra nada, tienen una capa de cera recubierta de plomo frente a la pobreza de los demás y conflictos de los demás.
Bachellet. Salva. Claro que no cuando van haciendo un puerta a puerta, con una señora cara-de-socialista (viste... con el vestidito artesa, el pelo largo y canoso) que te explica que tienes que votar por Zaldívar para que el gobierno de Bachellet logre sus objetivos. ¿Perdón? ¿Zaldívar? ¿Lograr objetivos? Eso si asisten a la cámara y no se están gastando los 11 millones mensuales, eso si al menos estuviera de acuerdo con los demócrata cristianos.
Ya sé. Ya sé que podría ser peor. Pero ¿no podría ser mejor?
No, claro. Es lo que hay.
Y la verdad es que no me interesa lo que hay. Y peor, capaz que me toque de vocal y ni una colación nos van a dar ¿sabían que otros países les pagan un "incentivo" a los vocales? Ah, bueno, sí, eso es en otros países. Aquí, repito, hay que conformarse con lo que hay.
No sé para qué. Ahora pienso que debí ser consecuente con la no participación, aunque después te salgan con el argumento de que si no votas no opines, lo que es aún más estúpido. No votar es una manera de protestar. Ahora si quiero protestar tengo que de todas formas ir y anular el voto, pero no estoy segura de que eso lo tomen como una forma de descontento.
La verdad es que ya estoy aburrida de ver la payasadas del bufón número uno de este país, bufón que además dejó en la ruina y otra vez decaída a la comuna de Santiago. Muchas veces me encontré con partidarios de su inoperancia y llegué a los gritos porque, realmente, me desesperaba la idea de que pudiera hacer de Chile lo que hizo con mi comuna. Peor aún es ver que los otros candidatos y personeros del gobierno se dan el trabajo de contestarle. Ahí es cuando no sabes quién es peor, si el que dice las imbecilidades o si los que lo toman en serio.
El otro, patético, en la casa de un niña enferma de fibrosis quística le lleva de regalo una muñeca que puedes encontrar en el bazar de la esquina. No se puede creer que un tipo empresario, con tanto dinero, explotador legal de sus empleados, que apenas si arregla sus aviones, plagia a nuestros amigos, gasta millones en campañas publicitarias para sus productos, tenga la osadía de llevar semejante regalo a una niña utilizada con fines políticos. Por lo menos que gaste más y le lleve una muñeca bacán, mínimo importada de Nueva York o de Milán, descontado que también podría ser una enciclopedia para que estudie (pero eso no, claro, ya podemos ver por dónde irán sus políticas culturales). Por eso detesto a los pequeños burgueses, por más que se paseen en las poblaciones, no les entra nada, tienen una capa de cera recubierta de plomo frente a la pobreza de los demás y conflictos de los demás.
Bachellet. Salva. Claro que no cuando van haciendo un puerta a puerta, con una señora cara-de-socialista (viste... con el vestidito artesa, el pelo largo y canoso) que te explica que tienes que votar por Zaldívar para que el gobierno de Bachellet logre sus objetivos. ¿Perdón? ¿Zaldívar? ¿Lograr objetivos? Eso si asisten a la cámara y no se están gastando los 11 millones mensuales, eso si al menos estuviera de acuerdo con los demócrata cristianos.
Ya sé. Ya sé que podría ser peor. Pero ¿no podría ser mejor?
No, claro. Es lo que hay.
Y la verdad es que no me interesa lo que hay. Y peor, capaz que me toque de vocal y ni una colación nos van a dar ¿sabían que otros países les pagan un "incentivo" a los vocales? Ah, bueno, sí, eso es en otros países. Aquí, repito, hay que conformarse con lo que hay.
10 octubre 2005
Pasajeros en tránsito
De chica me cambié varias veces de colegio, primero porque murió mi padre, después porque no me adapté, luego porque vino la recesión y finalmente llegué al liceo donde la cosa no era mejor. Todos los años, desde séptimo básico, nos cambiaban a las cuarenta y cinco alumnas que nos habíamos acostumbrado durante el año. Puesto que había catorce cursos por nivel, la combinatoria resultaba casi infinita, como supondrán. Tampoco nunca entendí los criterios de selección, salvo cuando hubo que elegir la orientación. Entonces, al optar por las matemáticas, quedé en el cuarto medio A, el mejor curso del colegio. Las "flojas", las "pavas", las "sin objetivos" claros se desmenbraban en el siguiente orden: biología, historia, lenguaje y arte. Pocos nombres quedaron en mi memoria de todas esas niñas con quienes compartí y ninguna amiga. La universidad no fue la excepción. Transité como un fantasma durante cuatro años por las salas de traducción, sólo por la necesidad a que me obligaba la pobreza de entonces, pensando que al terminar pronto, más luego podría trabajar. Por supuesto elegí muy mal. No era una carrera para enriquecerse bajo ningún punto de vista, pero ya estaba allí gracias a las becas de la universidad y del Estado. Al menos no pagué nada. De entonces, creo que apenas retengo dos o tres nombres que, a estas alturas ya no me dicen nada.
Digamos que el desapego fue la gran lección: el material y el afectivo. Y también la certeza de lo efímero que puede resultar todo. No significa esto que no guarde gran cariño por algunas personas, pero ese cariño no significa la prolongación de una amistad, en mi caso, aunque así he vivido las mejores experiencias con algunas personas. Tanto puedo amar como desaparecer al otro día, como Paula, la boliviana.
Oporto fue el escenario de uno de esos amores. Era la primavera europea cuando llegué al puerto. Viento y lluvia sobre el río y el océano. Otro color. Otro frío. El albergue miraba al mar. Tomábamos vino, comíamos pizza y sopas de sobre con los brasileros, los italianos y la francesa. Leandro era de Porto Alegre y estaba en España estudiando un magíster. Alexa era de un pueblo de Francia y estudiaba portugués en Porto al tiempo que hacía clases de francés. Los italianos eran parte de una ONG preocupada, por cierto, de las minorías. Una noche salimos al Bar Luso, donde nos encontramos con unos portugueses que luchaban contra el imperialismo y a favor de las etnias. Cristóbal Colón y Vasco da Gama eran los primeros demonios. Yo, con mis trenzas de india, mi color pálido verdoso, era el símbolo de los indígenas que ellos querían imaginar. Tomamos cerveza, mucha cerveza, bailé con unas chicas porteñas que me besaban y abrazaban. A la una de la madrugada se desató una tormenta. El albergue cerraba pronto. Todos los negocios de Porto debían cerrar también. Salimos a la calle y paramos un taxi. Cabían casi todos los del albergue, menos Leandro y yo, pero no nos importó. Nos quedamos bajo la lluvia besándonos mientras el vehículo se alejaba. El portugués nos llevó a una fiesta de cumpleaños de unos amigos. Bailamos mucho más al ritmo de canciones brasileras. Fuimos el centro de atención esa noche. En la madrugada, cuando ya no llovía, pero el viento se lo llevaba todo, corrimos contra la corriente hacia el albergue. Nos caíamos en las pozas, nos abrazábamos, nos besábamos. Al llegar, traté de resistirme por un segundo a Leandro, pero hicimos el amor en un pasillo y luego en su dormitorio. Desde entonces no nos separamos, recorrimos el puerto, las ferias, el cementerio, los parques, las playas, el vino de las cavas que pasaba dulce de una boca a la otra, fuimos a dejar a los italianos a la estación de trenes, llegamos juntos a la boletería.
- No te vayas.
- Me tengo que ir ya.
- Quédate dos días más, por favor.
Y él se quedó. Dso días después tomamos juntos el tren rumbo a España.
- Qué triste te ves en esa foto- me dice un amigo viendo mi reflejo en la ventana del tren, efecto del todo inesperado- ¿Extrañabas tu casa?
- Si.
Sin embargo, la verdad es que acababa de dejar a Leandro en la estación de Vigo, primera combinación hacia las ciudades de España. Lloré mucho en la estación cuando estaba a punto de subirse en su vagón. Me abrazó fuerte pero no dijo nada. Lo vi alejarse irremediablemente. Después esperé dos horas mi tren, dos horribles horas, recién abandonada a mi soledad otra vez. Una vez arriba de mi tren sólo pude ver el paisaje sin ver nada.
Y uno aprende que siempre es así.
Digamos que el desapego fue la gran lección: el material y el afectivo. Y también la certeza de lo efímero que puede resultar todo. No significa esto que no guarde gran cariño por algunas personas, pero ese cariño no significa la prolongación de una amistad, en mi caso, aunque así he vivido las mejores experiencias con algunas personas. Tanto puedo amar como desaparecer al otro día, como Paula, la boliviana.
Oporto fue el escenario de uno de esos amores. Era la primavera europea cuando llegué al puerto. Viento y lluvia sobre el río y el océano. Otro color. Otro frío. El albergue miraba al mar. Tomábamos vino, comíamos pizza y sopas de sobre con los brasileros, los italianos y la francesa. Leandro era de Porto Alegre y estaba en España estudiando un magíster. Alexa era de un pueblo de Francia y estudiaba portugués en Porto al tiempo que hacía clases de francés. Los italianos eran parte de una ONG preocupada, por cierto, de las minorías. Una noche salimos al Bar Luso, donde nos encontramos con unos portugueses que luchaban contra el imperialismo y a favor de las etnias. Cristóbal Colón y Vasco da Gama eran los primeros demonios. Yo, con mis trenzas de india, mi color pálido verdoso, era el símbolo de los indígenas que ellos querían imaginar. Tomamos cerveza, mucha cerveza, bailé con unas chicas porteñas que me besaban y abrazaban. A la una de la madrugada se desató una tormenta. El albergue cerraba pronto. Todos los negocios de Porto debían cerrar también. Salimos a la calle y paramos un taxi. Cabían casi todos los del albergue, menos Leandro y yo, pero no nos importó. Nos quedamos bajo la lluvia besándonos mientras el vehículo se alejaba. El portugués nos llevó a una fiesta de cumpleaños de unos amigos. Bailamos mucho más al ritmo de canciones brasileras. Fuimos el centro de atención esa noche. En la madrugada, cuando ya no llovía, pero el viento se lo llevaba todo, corrimos contra la corriente hacia el albergue. Nos caíamos en las pozas, nos abrazábamos, nos besábamos. Al llegar, traté de resistirme por un segundo a Leandro, pero hicimos el amor en un pasillo y luego en su dormitorio. Desde entonces no nos separamos, recorrimos el puerto, las ferias, el cementerio, los parques, las playas, el vino de las cavas que pasaba dulce de una boca a la otra, fuimos a dejar a los italianos a la estación de trenes, llegamos juntos a la boletería.
- No te vayas.
- Me tengo que ir ya.
- Quédate dos días más, por favor.
Y él se quedó. Dso días después tomamos juntos el tren rumbo a España.
- Qué triste te ves en esa foto- me dice un amigo viendo mi reflejo en la ventana del tren, efecto del todo inesperado- ¿Extrañabas tu casa?
- Si.
Sin embargo, la verdad es que acababa de dejar a Leandro en la estación de Vigo, primera combinación hacia las ciudades de España. Lloré mucho en la estación cuando estaba a punto de subirse en su vagón. Me abrazó fuerte pero no dijo nada. Lo vi alejarse irremediablemente. Después esperé dos horas mi tren, dos horribles horas, recién abandonada a mi soledad otra vez. Una vez arriba de mi tren sólo pude ver el paisaje sin ver nada.
Y uno aprende que siempre es así.
Paula
Me la encontré por primera vez en el Valle de los Reyes. Adentro de la tumba de Ramsés sexto nos dijimos lo indipensable.
- Soy boliviana.
- Y yo chilena.
- ¿Cómo te llamas?
- Nanu ¿y tú?
- Paula. ¿A dónde vas?
- Hasta Assuán.
- Yo vengo de regreso. Ahora me voy al Cairo, a encontrarme con un novio egipcio.
- ¿No se te hace difícil?- le pregunté mirando a la niña de cuatro años que la acompañaba.
- A veces, sobre todo por mi hija.
El cuidador de la tumba no se cansaba de abanicarnos con un diario. A la salida nos pidió unos dólares de propina y Paula desapareció en otra tumba.
Algunas semanas después la vi caminando por una callecita de Santorini. Nos saludamos y nos fuimos juntas a una pensión.
- ¿Cómo te fue?
- Más o menos. Al novio egipcio se le ocurrió presentarme en su familia. Por supuesto me rechazaron en cuanto me vieron entrar con pantalones cortos, el pelo suelto y la niña. Lo bueno es que me alcanzó a regalar varias joyas antes de escapar del Cairo.
Extendió sobre la cama varios collares, pulseras y aros de oro macizo.
- ¿Quieres ir a comer?- me invitó.
Nos fuimos a un restorán en lo alto de la isla, que miraba hacía el océano. Pedí carne a la pimienta con papas fritas y ensalada. Ella también y un vino tinto.
- ¿Y ahora?
- Me voy unos días a Atenas.
- Yo también, pero primero pasaré a Syros. Tal vez nos encontremos en Atenas después ¿tú crees?
- No sé. Nunca sé qué rumbo voy a tomar.
Paula viajaba hace dos años con su hija por diferentes países que no respondían a ninguna preferencia en particular. Trabajaba en cualquier cosa y se buscaba novios en cada lugar que la ayudaran económicamente.
- ¿Por qué viajas así?
- Me escapé de Bolivia.
- ¿Por qué?
- Odiaba al padre de mi hija.
No la entendí entonces.
- Parece más difícil de lo que es ¿sabes? Nunca logran encontrarme. A veces, muy rara vez, le mando cartas a mi madre, justo el día en que parto del lugar de manera que, cuando llegan a Bolivia, yo ya estoy lejos de la ciudad de donde la envié. Tampoco es difícil encontrar novios, a todos les gustan las sudamericanas y mientras más indias mejor. De todas formas, de todos los hombres con los que me he acostado desde que partí, ninguno se le iguala a los latinoamericanos, tan calientes, ni menos al padre de mi hija.
- Y ¿entonces?
- Estoy buscando a un hombre de verdad ¿entiendes? Mientras lo encuentro seguiré viajando.
Al día siguiente bajamos juntas al muelle. Paula y su hija abordaron un barco para Atenas y yo una lancha para Syros. Las vi marcharse primero y desde la cubierta me saludaban felices. Yo, en cambio, sentía tristeza.
Una semana después todavía estaban en el albergue de Atenas. Había formado un grupo con una venezolana, una uruguaya y una argentina alrededor de un marino griego que les mostraba su hijo recién nacido en Japón. El marino aseguraba que no había mezcla más hermosa que la de un griego con una japonesa. Miramos atentas las fotografías del parto de la chica en su departamento: el bebé, aún recién nacido, era precioso.
Paula había conocido a unas españolas que administraban la tienda Zara en esta ciudad y que en la noche nos habían invitado a bailar en el puerto. A cierta hora nos encontramos con las chicas hispanas, como recién salidas de una película de Almodóvar, narigonas, de gestos ostentonsos y muy arregladas. Bailamos mucho una mala música, pero no importaba. La belleza de las chicas griegas, casi desnudas, contrastaba con la amargura de las mayores que se encontraban en las calles y en los locales de Atenas, todas de negro.
Al otro día no encontré a Paula en el albergue. Desde entonces han pasado más de siete años.
- Soy boliviana.
- Y yo chilena.
- ¿Cómo te llamas?
- Nanu ¿y tú?
- Paula. ¿A dónde vas?
- Hasta Assuán.
- Yo vengo de regreso. Ahora me voy al Cairo, a encontrarme con un novio egipcio.
- ¿No se te hace difícil?- le pregunté mirando a la niña de cuatro años que la acompañaba.
- A veces, sobre todo por mi hija.
El cuidador de la tumba no se cansaba de abanicarnos con un diario. A la salida nos pidió unos dólares de propina y Paula desapareció en otra tumba.
Algunas semanas después la vi caminando por una callecita de Santorini. Nos saludamos y nos fuimos juntas a una pensión.
- ¿Cómo te fue?
- Más o menos. Al novio egipcio se le ocurrió presentarme en su familia. Por supuesto me rechazaron en cuanto me vieron entrar con pantalones cortos, el pelo suelto y la niña. Lo bueno es que me alcanzó a regalar varias joyas antes de escapar del Cairo.
Extendió sobre la cama varios collares, pulseras y aros de oro macizo.
- ¿Quieres ir a comer?- me invitó.
Nos fuimos a un restorán en lo alto de la isla, que miraba hacía el océano. Pedí carne a la pimienta con papas fritas y ensalada. Ella también y un vino tinto.
- ¿Y ahora?
- Me voy unos días a Atenas.
- Yo también, pero primero pasaré a Syros. Tal vez nos encontremos en Atenas después ¿tú crees?
- No sé. Nunca sé qué rumbo voy a tomar.
Paula viajaba hace dos años con su hija por diferentes países que no respondían a ninguna preferencia en particular. Trabajaba en cualquier cosa y se buscaba novios en cada lugar que la ayudaran económicamente.
- ¿Por qué viajas así?
- Me escapé de Bolivia.
- ¿Por qué?
- Odiaba al padre de mi hija.
No la entendí entonces.
- Parece más difícil de lo que es ¿sabes? Nunca logran encontrarme. A veces, muy rara vez, le mando cartas a mi madre, justo el día en que parto del lugar de manera que, cuando llegan a Bolivia, yo ya estoy lejos de la ciudad de donde la envié. Tampoco es difícil encontrar novios, a todos les gustan las sudamericanas y mientras más indias mejor. De todas formas, de todos los hombres con los que me he acostado desde que partí, ninguno se le iguala a los latinoamericanos, tan calientes, ni menos al padre de mi hija.
- Y ¿entonces?
- Estoy buscando a un hombre de verdad ¿entiendes? Mientras lo encuentro seguiré viajando.
Al día siguiente bajamos juntas al muelle. Paula y su hija abordaron un barco para Atenas y yo una lancha para Syros. Las vi marcharse primero y desde la cubierta me saludaban felices. Yo, en cambio, sentía tristeza.
Una semana después todavía estaban en el albergue de Atenas. Había formado un grupo con una venezolana, una uruguaya y una argentina alrededor de un marino griego que les mostraba su hijo recién nacido en Japón. El marino aseguraba que no había mezcla más hermosa que la de un griego con una japonesa. Miramos atentas las fotografías del parto de la chica en su departamento: el bebé, aún recién nacido, era precioso.
Paula había conocido a unas españolas que administraban la tienda Zara en esta ciudad y que en la noche nos habían invitado a bailar en el puerto. A cierta hora nos encontramos con las chicas hispanas, como recién salidas de una película de Almodóvar, narigonas, de gestos ostentonsos y muy arregladas. Bailamos mucho una mala música, pero no importaba. La belleza de las chicas griegas, casi desnudas, contrastaba con la amargura de las mayores que se encontraban en las calles y en los locales de Atenas, todas de negro.
Al otro día no encontré a Paula en el albergue. Desde entonces han pasado más de siete años.
08 octubre 2005
Cuerpos sin nada que me importe.
En todas partes es muy parecido.
Me subí a la moto y me llevó hasta un apart hotel frente a la playa. Intentamos algo, pero su cuerpo no respondió. Me dijo entonces que su madre, quien administraba todos los negocios de la familia, lo había amenazado y que producto de esta aventura lo obligaba a adelantar el matrimonio con la chica que ella le había elegido. Tenía unos ojos turquesa oscuro y abundantes pestañas. Así que lo miré, desnuda frente a él y la costa.
- ¿Al menos habrás ido alguna vez a Atenas?- le pregunté.
- Después de mi matrimonio pienso ir a tomar un curso para mejorar mi inglés.
Nos volvimos a subir en la moto y me dejó en la pensión de un amigo de su familia (y la verdad es que Syros es tan pequeño que no hay forma de no ser "amigo" de alguien). Se fue. Mientras hervía un tarro de leche condensada para hacer manjar y tarareaba qué pena siente el alma, el isleño me comentaba el duro matriarcado de aquella familia y, sobre todo, los inamovibles conceptos católicos que la regían.
Al otro día partí al puerto y tomé un barco de regreso al improvisado hogar que ya tenía en el albergue de Atenas. Es una pena porque el tipo tenía, literalmente, un cuerpo escultural.
Y él también.
Salí corriendo de la reunión del Colectivo de Ilustradores porque sé lo puntual y neurótico que es. Más tarde, en La Terraza, tratábamos de mantener alguna conversación que no fuera a parar en el mismo monólogo dual de siempre.
- Tal como dice Spinoza...- me citó alguna frase que no me di el trabajo de escuchar, salvo por las palabras claves para nuestro objetivo, nombrar, pensamiento concreto, pensamiento simbólico y perversión de las ideas.
- En fin, como es una niña tan pequeña que sólo tiene un pensamiento concreto, no creo que la afecten los contenidos simbólicos del cambio de nombre.
- Eres muy egoísta, piensas en ti y no en las consecuencias para la niña- siempre hablamos de "nuestra hija", de "la niña" o de "la chiquita". Ni él decía Agustina ni yo María Paz ni viceversa.
- La verdad es que, sea como sea, es el mal menor. Puesto que yo sí tengo pensamiento simbólico, de verdad para mi es importante nombrarla de una manera que no la asocie contigo para mejorar mi relación con ella.
Se acabó el tema con especulaciones legales acerca de la forma de agregarle los otros nombres.
Más tarde me dijo que estaba volviendo a creer en dios, que deploraba el nombre de la madre de dios (en tono irónico, claro, lo que me hizo pensar que está teniendo una fuerte influencia judía), que admiraba a Schopenhauer más que a cualquier otro filósofo, que era un cínico, que era un estético, que no lo tocara porque el mozo nos podía ver y él venía allí con la rucia flacuchenta.
Así más o menos transcurrió la noche, mientras más cerveza yo tomaba, menos me importaba lo que hablaba y más le insistía que me diera un beso, pero se resistía con fragor (era una batalla). Finalmente, se fumó un caño, se relajó y me dejó que lo besara, pero más tarde, pasado el efecto, parece que se arrepintió de lo hecho y me ahuyentó rápidamente. Alcancé a ver que llevaba un paño blanco o algo parecido con una estrella de David.
Caminé de regreso a casa por el Parque Forestal. Iba tranquila. Después de todo ya no lo odio tanto y otra vez me desilusionó lo suficiente para saber que me tengo que ir. Claro que no le dije nada de eso. No era el momento.
Tiene un cuerpo escultural, pero se nota que, salvo por ser la madre de su hija, le soy completamente indiferente. Y eso, más que nada, lo vuelve una escultura de museo para mi vida. Y además a mi no me importa que sea el padre de mi hija, claro está.
Me subí a la moto y me llevó hasta un apart hotel frente a la playa. Intentamos algo, pero su cuerpo no respondió. Me dijo entonces que su madre, quien administraba todos los negocios de la familia, lo había amenazado y que producto de esta aventura lo obligaba a adelantar el matrimonio con la chica que ella le había elegido. Tenía unos ojos turquesa oscuro y abundantes pestañas. Así que lo miré, desnuda frente a él y la costa.
- ¿Al menos habrás ido alguna vez a Atenas?- le pregunté.
- Después de mi matrimonio pienso ir a tomar un curso para mejorar mi inglés.
Nos volvimos a subir en la moto y me dejó en la pensión de un amigo de su familia (y la verdad es que Syros es tan pequeño que no hay forma de no ser "amigo" de alguien). Se fue. Mientras hervía un tarro de leche condensada para hacer manjar y tarareaba qué pena siente el alma, el isleño me comentaba el duro matriarcado de aquella familia y, sobre todo, los inamovibles conceptos católicos que la regían.
Al otro día partí al puerto y tomé un barco de regreso al improvisado hogar que ya tenía en el albergue de Atenas. Es una pena porque el tipo tenía, literalmente, un cuerpo escultural.
Y él también.
Salí corriendo de la reunión del Colectivo de Ilustradores porque sé lo puntual y neurótico que es. Más tarde, en La Terraza, tratábamos de mantener alguna conversación que no fuera a parar en el mismo monólogo dual de siempre.
- Tal como dice Spinoza...- me citó alguna frase que no me di el trabajo de escuchar, salvo por las palabras claves para nuestro objetivo, nombrar, pensamiento concreto, pensamiento simbólico y perversión de las ideas.
- En fin, como es una niña tan pequeña que sólo tiene un pensamiento concreto, no creo que la afecten los contenidos simbólicos del cambio de nombre.
- Eres muy egoísta, piensas en ti y no en las consecuencias para la niña- siempre hablamos de "nuestra hija", de "la niña" o de "la chiquita". Ni él decía Agustina ni yo María Paz ni viceversa.
- La verdad es que, sea como sea, es el mal menor. Puesto que yo sí tengo pensamiento simbólico, de verdad para mi es importante nombrarla de una manera que no la asocie contigo para mejorar mi relación con ella.
Se acabó el tema con especulaciones legales acerca de la forma de agregarle los otros nombres.
Más tarde me dijo que estaba volviendo a creer en dios, que deploraba el nombre de la madre de dios (en tono irónico, claro, lo que me hizo pensar que está teniendo una fuerte influencia judía), que admiraba a Schopenhauer más que a cualquier otro filósofo, que era un cínico, que era un estético, que no lo tocara porque el mozo nos podía ver y él venía allí con la rucia flacuchenta.
Así más o menos transcurrió la noche, mientras más cerveza yo tomaba, menos me importaba lo que hablaba y más le insistía que me diera un beso, pero se resistía con fragor (era una batalla). Finalmente, se fumó un caño, se relajó y me dejó que lo besara, pero más tarde, pasado el efecto, parece que se arrepintió de lo hecho y me ahuyentó rápidamente. Alcancé a ver que llevaba un paño blanco o algo parecido con una estrella de David.
Caminé de regreso a casa por el Parque Forestal. Iba tranquila. Después de todo ya no lo odio tanto y otra vez me desilusionó lo suficiente para saber que me tengo que ir. Claro que no le dije nada de eso. No era el momento.
Tiene un cuerpo escultural, pero se nota que, salvo por ser la madre de su hija, le soy completamente indiferente. Y eso, más que nada, lo vuelve una escultura de museo para mi vida. Y además a mi no me importa que sea el padre de mi hija, claro está.
07 octubre 2005
El paraíso artificial
Syros se puede rodear en micro en una hora. Arriba van unas viejas vestidas de negro, con barba y bigote, con el mentón en un gesto de una amargura ancestral. A veces te topas con una ceremonia mortuoria, en una tabla llevan al difunto, sin protección como indica nuestra ley, y las mujeres atrás llorando. Las playass son límpidas, turquesas y eternas. Si hay luna llena todo resulta mejor, tanto para reír como para llorar. Y los hombres, ¡ay, los hombres!, son unas esculturas griegas, hermosos, perfectos, pero... hombres. Allí, las que mandan son las mujeres, las madres, es un matriarcado latente pero no patente, como acá, como la herencia mapuche.
Sin embargo, no es de esto de lo que quiero hablar. Esos son recuerdos del anhelo, pero anhelos que murieron con el viaje, a pesar de haber llorado desde la cumbre más alta de Syros, mirando la luna llena en el Mediterráneo (por despecho una vez más).
- ¿Te tomarías una cerveza conmigo sin hablar del pasado?
Largo silencio. Demasiado largo.
- Bueno ya.
Tuve la paciencia de esperar el largo silencio.
- ¿Te paso a buscar, entonces?
- ¿Me vas a pasar a buscar al Café Literario y me vas a dar un beso?
- ¿Ya empezaste?
De todas formas ¿cómo va a creer que me voy a tomar una cerveza con él y sólo eso?
En fin. Arreglos de último minuto, mentiras de último minuto, la niñera, la plata para la niñera, en fin... seguro que esto termina en desastre, pero ya sabes, María, que por alguna razón buscamos el desastre cuando se nos ofrece el paraíso de la estabilidad. Yo tampoco lo entiendo ni prentendo entenderme. El cuerpo es más fuerte, a veces. Después te cuento.
Hasta mañana.
- Bueno ya. Te espero.
Sin embargo, no es de esto de lo que quiero hablar. Esos son recuerdos del anhelo, pero anhelos que murieron con el viaje, a pesar de haber llorado desde la cumbre más alta de Syros, mirando la luna llena en el Mediterráneo (por despecho una vez más).
- ¿Te tomarías una cerveza conmigo sin hablar del pasado?
Largo silencio. Demasiado largo.
- Bueno ya.
Tuve la paciencia de esperar el largo silencio.
- ¿Te paso a buscar, entonces?
- ¿Me vas a pasar a buscar al Café Literario y me vas a dar un beso?
- ¿Ya empezaste?
De todas formas ¿cómo va a creer que me voy a tomar una cerveza con él y sólo eso?
En fin. Arreglos de último minuto, mentiras de último minuto, la niñera, la plata para la niñera, en fin... seguro que esto termina en desastre, pero ya sabes, María, que por alguna razón buscamos el desastre cuando se nos ofrece el paraíso de la estabilidad. Yo tampoco lo entiendo ni prentendo entenderme. El cuerpo es más fuerte, a veces. Después te cuento.
Hasta mañana.
- Bueno ya. Te espero.
Justo ella
- De todas las minas que se te cruzan ¿justo no te acostaste con ella que es mi amiga y mentora?
- Es que no me dieron ganas.
- ¡Cómo que no te dieron ganas!¿Acaso es fea? ¿Acaso es tonta?
- No, mi amor, es que...
- A ver, cuéntame de nuevo.
- Nada. Salimos un par de veces a tomarnos un café. Nos conocimos en un foro sobre literatura. A mi siempre me pareció fascinante, su trabajo, sus ensayos, las entrevistas que daba, pero cuando estuve frente a ella, algo falló. La primera vez la pasé a buscar a su casa y fuimos a un café de Palermo. Charlamos animadamente y me contó un poco de su vida, de su separación y esas cosas, pero pronto noté que me miraba de una forma especial. La jornada estuvo interrumpida por el dentista.
- ¿Por el dentista?
- Quiero decir que tenía que ir al dentista, ella. La acompañé y la traje de vuelta a casa. Entonces me dio un beso muy cerca de la boca.
- ¿Y tú no se lo diste? ¡Qué saco de huevas! Bueno y ¿la segunda?
- Fuimos a otro café, pero entonces la cosa fue más abierta.
- ¿Cómo la "cosa"?
- Digo... esteee... la seducción.
- ¡Ah! Más encima la sedujiste...
- No, no yo, ella, era evidente que quería que nos acostáramos.
- ¿Y?
- Y yo no quise ir más allá.
- ¿Por qué no?
- Porque no me pasaba nada.
- ¡Ay! ¿Cómo que no te pasaba nada?
- No me daban ganas.
- Bah... las ganas se hacen, cierras los ojos y piensas en lo que quieras.
- ¡Amor!
- Sí, claro. ¿Y se enojó mucho con tu negativa?
- Mucho.
- No me la imagino enojada a ella, pero tiene razón, eso no se le hace a una mujer, menos a una mujer como ella.
- Bueno ya, pero no quería empeorar las cosas.
- ¿Empeorar qué? Ya no se puede empeorar más ¿ahora con qué cara la miro? ¿con qué cara si mi marido la rechazó?
- Amorcito...
- Amorcito nada. Lo que debiste hacer es tratarla bien, ir a la cama con ella y allí ¡buuu! no se te para, te haces el impotente, total hay un montón de hombres impotentes dando vueltas, y ella se olvida del asunto.
- Tal vez no se hubiese olvidado.
- Claro que se hubiese olvidado ¿tú crees que a los cuarenta y cinco años uno va andar perdiendo el tiempo con un impotente?
- Pero se hubiese enterado todo el círculo...
- ¡Eso! ¡Justamente eso! Tu orgullo masculino no te permitió ser caballeroso y atento con una mujer como la Virginia por el "qué dirán". Esto es deplorable ¡haberla rechazado justo a ella! ¿Cómo quedo yo ahora?
- Como una mujer con un marido fiel.
- ¡Ja! Te puedo decir con certeza que cuando se entere de que tú eres mi marido, se acaba mi carrera profesional, pero aún peor es tener que sufrir en carne propia el doloroso despecho que debe sentir. No la culpo si me odia a mi también. Realmente, no debes hacerle eso a las mujeres, menos que menos a mis amigas ¿entendiste?
- Claro, cariño.
- Es que no me dieron ganas.
- ¡Cómo que no te dieron ganas!¿Acaso es fea? ¿Acaso es tonta?
- No, mi amor, es que...
- A ver, cuéntame de nuevo.
- Nada. Salimos un par de veces a tomarnos un café. Nos conocimos en un foro sobre literatura. A mi siempre me pareció fascinante, su trabajo, sus ensayos, las entrevistas que daba, pero cuando estuve frente a ella, algo falló. La primera vez la pasé a buscar a su casa y fuimos a un café de Palermo. Charlamos animadamente y me contó un poco de su vida, de su separación y esas cosas, pero pronto noté que me miraba de una forma especial. La jornada estuvo interrumpida por el dentista.
- ¿Por el dentista?
- Quiero decir que tenía que ir al dentista, ella. La acompañé y la traje de vuelta a casa. Entonces me dio un beso muy cerca de la boca.
- ¿Y tú no se lo diste? ¡Qué saco de huevas! Bueno y ¿la segunda?
- Fuimos a otro café, pero entonces la cosa fue más abierta.
- ¿Cómo la "cosa"?
- Digo... esteee... la seducción.
- ¡Ah! Más encima la sedujiste...
- No, no yo, ella, era evidente que quería que nos acostáramos.
- ¿Y?
- Y yo no quise ir más allá.
- ¿Por qué no?
- Porque no me pasaba nada.
- ¡Ay! ¿Cómo que no te pasaba nada?
- No me daban ganas.
- Bah... las ganas se hacen, cierras los ojos y piensas en lo que quieras.
- ¡Amor!
- Sí, claro. ¿Y se enojó mucho con tu negativa?
- Mucho.
- No me la imagino enojada a ella, pero tiene razón, eso no se le hace a una mujer, menos a una mujer como ella.
- Bueno ya, pero no quería empeorar las cosas.
- ¿Empeorar qué? Ya no se puede empeorar más ¿ahora con qué cara la miro? ¿con qué cara si mi marido la rechazó?
- Amorcito...
- Amorcito nada. Lo que debiste hacer es tratarla bien, ir a la cama con ella y allí ¡buuu! no se te para, te haces el impotente, total hay un montón de hombres impotentes dando vueltas, y ella se olvida del asunto.
- Tal vez no se hubiese olvidado.
- Claro que se hubiese olvidado ¿tú crees que a los cuarenta y cinco años uno va andar perdiendo el tiempo con un impotente?
- Pero se hubiese enterado todo el círculo...
- ¡Eso! ¡Justamente eso! Tu orgullo masculino no te permitió ser caballeroso y atento con una mujer como la Virginia por el "qué dirán". Esto es deplorable ¡haberla rechazado justo a ella! ¿Cómo quedo yo ahora?
- Como una mujer con un marido fiel.
- ¡Ja! Te puedo decir con certeza que cuando se entere de que tú eres mi marido, se acaba mi carrera profesional, pero aún peor es tener que sufrir en carne propia el doloroso despecho que debe sentir. No la culpo si me odia a mi también. Realmente, no debes hacerle eso a las mujeres, menos que menos a mis amigas ¿entendiste?
- Claro, cariño.
El baño

Llegó más temprano a los baños, se desnudó y se tendió en el mármol caliente. Siempre le ayudaba a pensar en lo recién pasado el mirar como los haces de luz se filtraban a través de la cúpula entre el vapor del agua. Nesrim recién entraba con su hija más pequeña. ¡Qué linda era Nesrim! Ya tenía cuarenta y siete y su piel parecía aún de seda, pero sobre todo tenía unas manos tan suaves como los pétalos de su nombre que se deslizaban por el cuerpo como nadie podía hacerlo.
- Nesrim- la llamó- ¿Me bañas hoy?
La mujer se terminó de desnudar, tomó un balde, el saco de algodón, vació jabón y perfume y se se acercó a Clara. Primero deslizó las manos por su espalda.
Las manos deslizándose por la espalda era el primer placer que encontraba con Ömer. Sabía que no podía llegar y desnudarse frente al vendedor de alfombras, pero ser extranjera le daba ciertas libertades que las otras chicas no tenían en el Sultanahmet, como beber vino y dejarse hacer el amor sin estar casada.
- Ömer- le dijo- se acabó el vino.
- No tengo de dónde sacarte otra botella a estas horas.
- Además se quebró la pipa de agua ¿vamos al mercado?
El vendedor de alfombras dudó. Las oraciones de la mañana ya habían comenzado y Clara esperó a que terminara de rezar. Luego insistió.
- Ömer, ¿vamos al mercado?
- Ve tú sola, yo me quedo con Erdem.
- ¡Ömer, vamos al mercado! ¿Qué te pasa?
Salieron juntos, pero el vendedor iba cinco pasos más atrás de Clara, con la sensación de que cada transeúnte adivinaba lo que había hecho con la mujer que iba adelante.
"¡Qué hijo de puta!", pensaba ella "¡qué hijo de puta!", sentía el escozor dentro del cuerpo. Llegando al puerto, Clara echó a correr por las calles atestadas de mercaderes, de aromas, de frutillas, de carnes asadas, de alfombras, de trastos, de joyas.
- ¿Te gusta así, Clara?- le preguntó introduciendo las manos bajo las axilas en dirección a los senos y tirando los pezones. La espuma la cubría casi por completo. Nesrim no esperó respuesta, la empujó y la tendió de espaldas para bañarla por delante.
- Dame un beso, Nesrim.
Apenas se tocaron los labios.
- Dame otro beso, Nesrim.
Bajó y apenas le tocó los labios de la vulva.
- Otro, Nesrim.
Subió y le besó los párpados. Un silencio de desvanecimiento la envolvió. "Es un hijo de puta", pensó y al pensar esto lo vio erecto delante de ella, con las espaldas anchas y tónicas, las caderas angostas, las piernas largas y fibrosas, cada músculo dibujado con perfección masculina, las manos grandes con dedos gruesos pero esbeltos, los ojos claros envueltos en una maraña tupida de vellos oscuros.
- ¿Te puedo besar?- le preguntó.
- Sí, preciosita- y Clara se acercó a su entrepierna.
- ¿Quieres otro?
Clara asintió apenas moviendo la cabeza y Nesrim tocó sus labios otra vez, su pecho, su ombligo, sus piernas y cada dedo del pie.
05 octubre 2005
Memorias de la educación sexual: "La profesora de castellano"
Nuestra profesora de castellano todavía era vivaz, soñadora y creativa cuando llegó al liceo, estaba aún en una etapa intermedia entre nosotras, las niñas de trece años, y los adultos que dirigían todas las políticas de educación. Nos comprendía y entendía que el currículo incluía muchos libros que en vez de promover la lectura, la desincentivaban, pero sobre todo respetaba el derecho que cada una de nosotras teníamos de detestar o de adorar el Mio Cid, por ejemplo, por eso al final, en las evaluaciones, premiaba más la creatividad o la curiosidad que el cumplimiento de una lectura obligatoria. Varias de nosotras nos entendíamos muy bien intelectualmente con ella porque nos permitía ese espacio de libertad que los otros profesores ya habían abortado en sus propias vidas. Y, sin embargo, a pesar de las satisfacciones que nos entregábamos mutuamente con ensayos atrevidos, obras de teatro críticas y conversaciones literarias, ella prefería a una de nosotras que se destacaba por su frivolidad, una chica menuda, morena, de un cuerpecito muy bien formado, caderas anchas, pelo reluciente y rostro seductor. El grupito de las aplicadas, de las lectoras, de las ambiciosas intelectuales no lográbamos comprender esta preferencia en la sala de clases hasta que descubrimos que su amistad se prolongaba más allá del liceo, que se paseaba por el barrio hacia el supermercado tomadas de la mano, justo en frente de las ventanas de la casa de mi abuela, cuando ensayábamos las Preciosas Ridículas.
Las Preciosas Ridículas, justamente cuando la considerábamos a ella, a nuestra compañera favorita de la profesora, una preciosa ridícula, que a pesar de su ignorancia, de su nulo interés por cualquier tipo de conocimiento que no se remitiera a datos de belleza, había cautivado a Cecilia. Ninguna de las que estábamos allí dijo nada en ese momento ni nunca, a lo sumo comprendimos que aunque nuestra puesta en escena de la obra de Molière fuera extraordinaria, como lo sería, no nos ganaríamos más el cariño de nuestra profesora. El silencio, por lo demás, era necesario porque Cecilia era militante comunista, al igual que nuestro magnífico profesor de historia, quien un año después fue acusado por la directora de homosexual y expulsado del liceo. Todas entendíamos que era una acusación absurda en un colegio de niñas, todas entendíamos que había sido expulsado por participar en manifestaciones políticas y, Cecilia, que hasta el momento había luchado contra la dictadura y, lo principal, por entregarnos una educación enriquecedora, después de la salida de Florindo, ya nunca volvió a ser la profesora vivaz, soñadora y creativa que nos impulsó hacia un conocimiento crítico.
Sin embargo, Cecilia nos mostró algo que ninguna educación sexual explícita puede enseñar y que no comprendimos racionalmente sino hasta muchos años después. La relación de Cecilia y Carolina no era la única relación de amor que había entre nosotras y al decir nosotras me limito a las cuarenta y cinco alumnas del curso porque el universo de cuatro mil es demasiado extenso para abarcarlo. Y aún más, me limito a mi propia relación con otra Carolina del curso, en un enamoramiento tan evidente que mi madre, en un ataque de puritanismo insospechado, comenzó a deplorar nuestra “amistad”. Carolina y yo no teníamos una amistad, teníamos un noviazgo que atravesaba por todas las circunstancias dolorosas de tales relaciones, principalmente las manipulaciones y los celos. A todos lados íbamos juntas, estudiábamos juntas, dormíamos juntas, en su casa, en la mía, en la playa, nos abrazábamos, nos tomábamos de las manos, nos besábamos, nos tocábamos y odiábamos a cualquier otra chica o chico que quisiera meterse en medio de las dos, pero nunca se nos ocurrió la idea que pudiésemos ser lesbianas, nunca nos cuestionamos nuestra condición y preferencias sexuales y agradezco a Cecilia y a las precarias políticas de educación de aquella época que nadie nos haya insinuado que, tal vez, sólo tal vez, éramos lesbianas y teníamos todo el derecho de serlo porque en vez de ayudarnos, nos habrían confundido y hasta atormentado en una relación que no era más que la manifestación natural de una etapa de nuestro crecimiento, en que nos buscábamos tan intensamente, tan amorosa y celosamente, como una forma de conocernos a nosotras mismas. Más tarde Carolina comenzó a salir con Camila y me dejó como se deja a una pareja, sin vernos, ni hablarnos nunca más. Luego, al salir del liceo, embarazada, se casó y tuvo más hijos. Cecilia continúa aún hoy, después de diecinueve años, su relación con la otra Carolina. Y yo nunca dudé de que me gustaran los hombres, como me gustan tanto, pero tampoco nunca me negué la posibilidad de estar o hacer el amor con otra mujer, como lo he hecho.
Las Preciosas Ridículas, justamente cuando la considerábamos a ella, a nuestra compañera favorita de la profesora, una preciosa ridícula, que a pesar de su ignorancia, de su nulo interés por cualquier tipo de conocimiento que no se remitiera a datos de belleza, había cautivado a Cecilia. Ninguna de las que estábamos allí dijo nada en ese momento ni nunca, a lo sumo comprendimos que aunque nuestra puesta en escena de la obra de Molière fuera extraordinaria, como lo sería, no nos ganaríamos más el cariño de nuestra profesora. El silencio, por lo demás, era necesario porque Cecilia era militante comunista, al igual que nuestro magnífico profesor de historia, quien un año después fue acusado por la directora de homosexual y expulsado del liceo. Todas entendíamos que era una acusación absurda en un colegio de niñas, todas entendíamos que había sido expulsado por participar en manifestaciones políticas y, Cecilia, que hasta el momento había luchado contra la dictadura y, lo principal, por entregarnos una educación enriquecedora, después de la salida de Florindo, ya nunca volvió a ser la profesora vivaz, soñadora y creativa que nos impulsó hacia un conocimiento crítico.
Sin embargo, Cecilia nos mostró algo que ninguna educación sexual explícita puede enseñar y que no comprendimos racionalmente sino hasta muchos años después. La relación de Cecilia y Carolina no era la única relación de amor que había entre nosotras y al decir nosotras me limito a las cuarenta y cinco alumnas del curso porque el universo de cuatro mil es demasiado extenso para abarcarlo. Y aún más, me limito a mi propia relación con otra Carolina del curso, en un enamoramiento tan evidente que mi madre, en un ataque de puritanismo insospechado, comenzó a deplorar nuestra “amistad”. Carolina y yo no teníamos una amistad, teníamos un noviazgo que atravesaba por todas las circunstancias dolorosas de tales relaciones, principalmente las manipulaciones y los celos. A todos lados íbamos juntas, estudiábamos juntas, dormíamos juntas, en su casa, en la mía, en la playa, nos abrazábamos, nos tomábamos de las manos, nos besábamos, nos tocábamos y odiábamos a cualquier otra chica o chico que quisiera meterse en medio de las dos, pero nunca se nos ocurrió la idea que pudiésemos ser lesbianas, nunca nos cuestionamos nuestra condición y preferencias sexuales y agradezco a Cecilia y a las precarias políticas de educación de aquella época que nadie nos haya insinuado que, tal vez, sólo tal vez, éramos lesbianas y teníamos todo el derecho de serlo porque en vez de ayudarnos, nos habrían confundido y hasta atormentado en una relación que no era más que la manifestación natural de una etapa de nuestro crecimiento, en que nos buscábamos tan intensamente, tan amorosa y celosamente, como una forma de conocernos a nosotras mismas. Más tarde Carolina comenzó a salir con Camila y me dejó como se deja a una pareja, sin vernos, ni hablarnos nunca más. Luego, al salir del liceo, embarazada, se casó y tuvo más hijos. Cecilia continúa aún hoy, después de diecinueve años, su relación con la otra Carolina. Y yo nunca dudé de que me gustaran los hombres, como me gustan tanto, pero tampoco nunca me negué la posibilidad de estar o hacer el amor con otra mujer, como lo he hecho.
04 octubre 2005
La alfombra mágica
Las cosas parecen pasar por dentro. Me pregunto si lo que sucede afuera es un catalizador de lo interno. Como sea, estos últimos días casi no he pisado la calle. Tiramos la alfombra en la terraza del techo, unos cojines, una mesita de cinco centímetros de alto y parece que allí nos quedamos casi por una semana, entrando sólo cuando llovía. Sushi y cerveza.
- No te vayas a caer por la escalera.
- Y si nunca me caí, ni cuando la vida se nos pasaba aquí tomando cerveza, una tras otra, cuando los niños no me llamaban para esto y para lo otro, cuando de verdad estaba sola, pero me sentía más acompañada.
Algunos días no estaban los niños. María Paz en lo de sus abuelos y Fernando en la plaza con mi madre.
Adentro hace frío. Afuera el sol entibia las planchas de zinc y la madera. Salmón crudo. Más cerveza. Me olvidé que tengo que trabajar y escribir en el blog. Me quedé reposada, sin ningún pensamiento que se me cruzara, salvo la luz a través de las plantas.
- Aquí no había nada, sólo zinc y muro. Nada. Al principio tomábamos cerveza sobre un colchón en el techo.
Quise volver, pero no pude. Estoy plantada aquí. Desde hace un tiempo la realidad se ha hecho más dura, irreversible, a menudo me siento como en una condena sin indulto, claro. Lo hecho, hecho está, y todo mal.
El Gitano está lejos. A veces tengo fantasías con él, pero cuando se queda una semana en mi casa, pronto vuelve a las típicas dinámicas de los hombres chilenos, su modelo paterno.
- ¡Ándate de aquí!- le grito- Menos mal que me recuerdas por qué me separé de ti.
Me pide perdón y vuelve otro fin de semana a ver a su hijo, pero estoy fría nuevamente, mantengo una distancia sana, menos comidas y salidas juntos, de lo contrario se siente en "familia" y me trata como su mujer, o sea, mal. Lo prefiero amigo. Es un muy buen amigo si uno lo busca.
En cambio, al otro, ni siquiera de amigo. Ni lo miro a los ojos.
- ¿Quieres pasar a tomar un café?- caí en la tentación la última vez que vino dejar a María Paz.
- No.
"Ándate a la mierda, hijo de puta", pensé despechada y le cerré la puerta en las narices. Creo que cuando más lo odio es cuando me dice no. Casados y yo en la mañana quería hacer el amor y él no, primero el café, primero el pucho, primero el caño de la mañana y yo caliente de mirarlo, caliente y sola en los restos de la cama, masturbándome. Y sigue diciéndome no. No sé si algún día sea yo quien diga un rotundo no.
"De verdad, eres el hombre que más deseo, sólo hay una pija que cada noche quiero chupar, álabado sea Dios que por fin me vienes a desear- le diría- pero, tal como me has dicho que tú eres de hacer el amor con una sola persona, yo también ahora, aunque te desee, porque él se ha ganado mi lealtad y mi fidelidad, no como tú... (etc., etc.,)".
O le diría "¿y ella no es rubiecita y anoréxica como a ti te gustan, además de cuica?"... pero es demasiado patético.
Lo peor de todo es que quizás no me resistiría, a pesar de que él se merece toda mi lealtad y fidelidad, a pesar de que ella sea rubia, flaca y cuica. Lo que es aún peor es que esperaré en vano que un día me desee.
Así que, tirada allí en la alfombra, cara arriba, cerveza en mano, todo tibio, quería cerrar los ojos y volver atrás, que nada de esto hubiese sucedido, que abajo no hubiesen niños, que abajo me esperara mi pasaje a Nueva York, la perra que ya murió, los gatos que ya desaparecieron, mis amigos de entonces, que todo sucediera de otra forma.
- ¿Acaso no eres feliz ahora?
- En este preciso instante lo soy- le dije para no lastimarlo, al fin y al cabo él me daba esta paz pasajera- pero tengo un odio que me corroe- y sé que con esto le decía tanto más.
- Ya todo pasará.
- Sí... si- contesté pero sólo pude ver a mi abuela agonizando en su cama, odiando, todavía odiando, y me imagine toda mi vida por delante así, un desastre.
- La vida sigue.
- Sí, la vida (desgraciadamente) sigue.
Pero yo quería volver atrás.
- No te vayas a caer por la escalera.
- Y si nunca me caí, ni cuando la vida se nos pasaba aquí tomando cerveza, una tras otra, cuando los niños no me llamaban para esto y para lo otro, cuando de verdad estaba sola, pero me sentía más acompañada.
Algunos días no estaban los niños. María Paz en lo de sus abuelos y Fernando en la plaza con mi madre.
Adentro hace frío. Afuera el sol entibia las planchas de zinc y la madera. Salmón crudo. Más cerveza. Me olvidé que tengo que trabajar y escribir en el blog. Me quedé reposada, sin ningún pensamiento que se me cruzara, salvo la luz a través de las plantas.
- Aquí no había nada, sólo zinc y muro. Nada. Al principio tomábamos cerveza sobre un colchón en el techo.
Quise volver, pero no pude. Estoy plantada aquí. Desde hace un tiempo la realidad se ha hecho más dura, irreversible, a menudo me siento como en una condena sin indulto, claro. Lo hecho, hecho está, y todo mal.
El Gitano está lejos. A veces tengo fantasías con él, pero cuando se queda una semana en mi casa, pronto vuelve a las típicas dinámicas de los hombres chilenos, su modelo paterno.
- ¡Ándate de aquí!- le grito- Menos mal que me recuerdas por qué me separé de ti.
Me pide perdón y vuelve otro fin de semana a ver a su hijo, pero estoy fría nuevamente, mantengo una distancia sana, menos comidas y salidas juntos, de lo contrario se siente en "familia" y me trata como su mujer, o sea, mal. Lo prefiero amigo. Es un muy buen amigo si uno lo busca.
En cambio, al otro, ni siquiera de amigo. Ni lo miro a los ojos.
- ¿Quieres pasar a tomar un café?- caí en la tentación la última vez que vino dejar a María Paz.
- No.
"Ándate a la mierda, hijo de puta", pensé despechada y le cerré la puerta en las narices. Creo que cuando más lo odio es cuando me dice no. Casados y yo en la mañana quería hacer el amor y él no, primero el café, primero el pucho, primero el caño de la mañana y yo caliente de mirarlo, caliente y sola en los restos de la cama, masturbándome. Y sigue diciéndome no. No sé si algún día sea yo quien diga un rotundo no.
"De verdad, eres el hombre que más deseo, sólo hay una pija que cada noche quiero chupar, álabado sea Dios que por fin me vienes a desear- le diría- pero, tal como me has dicho que tú eres de hacer el amor con una sola persona, yo también ahora, aunque te desee, porque él se ha ganado mi lealtad y mi fidelidad, no como tú... (etc., etc.,)".
O le diría "¿y ella no es rubiecita y anoréxica como a ti te gustan, además de cuica?"... pero es demasiado patético.
Lo peor de todo es que quizás no me resistiría, a pesar de que él se merece toda mi lealtad y fidelidad, a pesar de que ella sea rubia, flaca y cuica. Lo que es aún peor es que esperaré en vano que un día me desee.
Así que, tirada allí en la alfombra, cara arriba, cerveza en mano, todo tibio, quería cerrar los ojos y volver atrás, que nada de esto hubiese sucedido, que abajo no hubiesen niños, que abajo me esperara mi pasaje a Nueva York, la perra que ya murió, los gatos que ya desaparecieron, mis amigos de entonces, que todo sucediera de otra forma.
- ¿Acaso no eres feliz ahora?
- En este preciso instante lo soy- le dije para no lastimarlo, al fin y al cabo él me daba esta paz pasajera- pero tengo un odio que me corroe- y sé que con esto le decía tanto más.
- Ya todo pasará.
- Sí... si- contesté pero sólo pude ver a mi abuela agonizando en su cama, odiando, todavía odiando, y me imagine toda mi vida por delante así, un desastre.
- La vida sigue.
- Sí, la vida (desgraciadamente) sigue.
Pero yo quería volver atrás.
28 septiembre 2005
Memorias de la educación sexual: "La yegua"
En el campo de mi tío había una yegua mansa y a los niños que íbamos para las vacaciones nos gustaba montarla para trotar por los pastizales hasta el roble que señalaba el límite con el fundo adyacente. Los potreros parecían de cuento, siempre cubiertos por maleza alta en un sinfín de pequeñas lomas atravesadas por esteros de agua clara todavía. Nos tendíamos bajo el árbol con panes amasados y queso de la lechería del lado. Nos gustaba darnos besos a escondidas entre mi prima Sofía y nuestro primo Rodrigo. Besos en la boca que nadie veía sino la yegua que nos acompañaba. Mi tío tenía un peón de quince años que cuidaba las huertas y los corrales de las aves. Luis un día nos siguió y descubrió nuestros besos de niños. Desde entonces nunca más quiso que sacáramos a la yegua sin él porque, ahora me resulta evidente, quería participar en nuestro juego. Nosotros no lo dejábamos porque yo, en el campo, me sumaba inconscientemente a esa jerarquía de patrón y de sirviente, sobre todo porque mi prima desde chiquita hacía gala de una soberbia de princesa consentida que, en lugar de molestarse por la presencia de Luis, pronto lo tomó como la obligación de servirla. “¡Luis!”, gritaba “¡Prepara la yegua, huaso bruto!”. Sin embargo, Luis era huaso ladino. Pronto se las arregló para ahuyentar a Rodrigo, que no le interesaba, y descubrir que yo verdaderamente no entraba en el juego de las jerarquías porque venía de la ciudad. De manera que se hizo mi amigo, sacaba a la yegua sólo para llevarme a mí por los campos, a los esteros donde me perdía entre las malezas y las flores silvestres.
No sé cómo Luis me convenció de que él tenía un secreto para mí y sólo para mí. Un día me lo mostró en el entretecho del granero: era su pene erecto. No me pareció gran cosa comparado con el del potro, pero de inmediato sentí unos intensos cosquilleos en el pubis y deseos de orinar. “Quiero hacer pichi”, el comenté sentada sobre la paja. El se rió. “Haz pichi no más”, me contestó. Me levanté las faldas, bajé los calzones y dejé, con mucho placer, caer sonoramente el líquido. Olía. Mojaba. Aliviaba. Descubrí los ojos estupefactos de Luis. “¡Te hiciste pichi!”, dijo, “¿Y ahora que le voy a decir al patrón?”. “Nada. ¿Por qué el tío tiene que saber que me hice pichi en el granero contigo?”.
A partir de ese momento los paseos en yegua con mi prima perdieron interés, pues prefería ir al entretecho del granero a observar el pene de Luis para tener esos deseos intensos de orinar frente a él. Me gustaba mucho el juego. A veces también íbamos al estero y yo volvía con los calzones mojados y manchados con pasto verde. Me parecía que ahora sí que compartíamos un gran secreto, que verdaderamente éramos cómplices.
- ¿Te gustaría ver un pene?- le dije un día a mi prima.
- Sí, me encantaría ¿dónde hay uno?
- Luis tiene uno grande, aunque no tan grande como el del caballo que hay en el potrero de atrás.
- ¿Y puedo verlo?
- No sé- me jacté- Tendría que preguntarle a Luis porque sólo me lo muestra a mí.
Le pregunté al peón y nos citó a las dos en el gallinero principal a la hora de sacar los huevos. Nos sentó sobre unos mesones llenos de granos y sacó el pene para lucirlo.
- ¿Qué les parece?- nos preguntó.
- Está lindo, pero es verdad que no como el del potro… ¿puedo tocarlo?- dijo Sofía.
- No, sólo ella puede tocarlo y tenerlo- contestó Luis, claramente vengándose de la patrona, aunque hasta el momento yo nunca lo había tocado.
- Pero yo quiero tenerlo- acotó la princesa consentida mientras yo, una vez más, tenía deseos de orinar. Luis me miró y adivinó. De pronto me tomó en brazos y me acomodó a horcajadas sobre su vientre. Sentí el calor de su pene en mi entrepierna.
- Es de ella- dijo.
Sofía cada día le rogaba que también pusiera su pene tibio entre sus piernas, y cada día Luis me deleitaba con su calorcillo desafiando a la princesita que, esta vez, no tenía lo que quería. Así que ahora el juego consistía en que cada vez que yo tenía ganas de orinar él colocaba su miembro en mi entrepierna para que, en vez de mojar la paja, lo mojara a él mientras Sofía moría de celos.
No sé cuánto duró ese verano en el casa del campo de mi tío, pero sé que todas la vacaciones estuve en este juego con Luis y que cuando con mi abuela nos marchamos por la alameda lamenté mucho tener que dejarlo. Al verano siguiente volví con las esperanzas de encontrar a Luis, pero ya no estaba porque había decidido terminar la secundaria. Entonces los paseos en yegua con mis primos me parecieron tan aburridos.
No sé cómo Luis me convenció de que él tenía un secreto para mí y sólo para mí. Un día me lo mostró en el entretecho del granero: era su pene erecto. No me pareció gran cosa comparado con el del potro, pero de inmediato sentí unos intensos cosquilleos en el pubis y deseos de orinar. “Quiero hacer pichi”, el comenté sentada sobre la paja. El se rió. “Haz pichi no más”, me contestó. Me levanté las faldas, bajé los calzones y dejé, con mucho placer, caer sonoramente el líquido. Olía. Mojaba. Aliviaba. Descubrí los ojos estupefactos de Luis. “¡Te hiciste pichi!”, dijo, “¿Y ahora que le voy a decir al patrón?”. “Nada. ¿Por qué el tío tiene que saber que me hice pichi en el granero contigo?”.
A partir de ese momento los paseos en yegua con mi prima perdieron interés, pues prefería ir al entretecho del granero a observar el pene de Luis para tener esos deseos intensos de orinar frente a él. Me gustaba mucho el juego. A veces también íbamos al estero y yo volvía con los calzones mojados y manchados con pasto verde. Me parecía que ahora sí que compartíamos un gran secreto, que verdaderamente éramos cómplices.
- ¿Te gustaría ver un pene?- le dije un día a mi prima.
- Sí, me encantaría ¿dónde hay uno?
- Luis tiene uno grande, aunque no tan grande como el del caballo que hay en el potrero de atrás.
- ¿Y puedo verlo?
- No sé- me jacté- Tendría que preguntarle a Luis porque sólo me lo muestra a mí.
Le pregunté al peón y nos citó a las dos en el gallinero principal a la hora de sacar los huevos. Nos sentó sobre unos mesones llenos de granos y sacó el pene para lucirlo.
- ¿Qué les parece?- nos preguntó.
- Está lindo, pero es verdad que no como el del potro… ¿puedo tocarlo?- dijo Sofía.
- No, sólo ella puede tocarlo y tenerlo- contestó Luis, claramente vengándose de la patrona, aunque hasta el momento yo nunca lo había tocado.
- Pero yo quiero tenerlo- acotó la princesa consentida mientras yo, una vez más, tenía deseos de orinar. Luis me miró y adivinó. De pronto me tomó en brazos y me acomodó a horcajadas sobre su vientre. Sentí el calor de su pene en mi entrepierna.
- Es de ella- dijo.
Sofía cada día le rogaba que también pusiera su pene tibio entre sus piernas, y cada día Luis me deleitaba con su calorcillo desafiando a la princesita que, esta vez, no tenía lo que quería. Así que ahora el juego consistía en que cada vez que yo tenía ganas de orinar él colocaba su miembro en mi entrepierna para que, en vez de mojar la paja, lo mojara a él mientras Sofía moría de celos.
No sé cuánto duró ese verano en el casa del campo de mi tío, pero sé que todas la vacaciones estuve en este juego con Luis y que cuando con mi abuela nos marchamos por la alameda lamenté mucho tener que dejarlo. Al verano siguiente volví con las esperanzas de encontrar a Luis, pero ya no estaba porque había decidido terminar la secundaria. Entonces los paseos en yegua con mis primos me parecieron tan aburridos.
25 septiembre 2005
Algo inusitado
De regreso del nuevo local de un amigo, con los dos niños, uno adelante en la patineta, la otra arrastrando su propio coche, me topo con seis rezagados de la marcha por el orgullo gay. Dos ellos son travestis. Uno, pelo largo, rubio, bluyines y blusita ajustados, alto, tosco, maquillado. El otro, un mulato más delgado, pantalones negros delineando las piernas, el pelo tomado en cientos de trencitas que le llegan a la cintura. Están a un costado de la iglesia de los salesianos y al verme venir y pasar comentan algo que escucho, pero ciertamente no entiendo. ¿Qué pueden comentar seis gays en la alameda de una "señora" como yo?, pienso mientras camino entre ellos. Al doblar en la esquina, los olvido, observo un velatorio y su gente alrededor, tratando de imaginar quién era el difunto, si, por los rostros, puedo deducir si la muerte era esperada o no, más allá algunas jóvenes entrando a la iglesia. De pronto, alguien me golpea fuertemente las espaldas, tanto que pensé que algún amigo bruto me estaba dando una sorpresa, pero acto seguido, o sincrónico a mi pensamiento, siento un apretón furioso en mi culo. Por el ángulo visual más alejado del centro, aparece la figura del travesti rubio, que me dice "perdón".
¿Perdón?
Varias cuadras más allá todavía sentía el escozor del pellizcón en mi nalga, un apretón que, por cierto, no tenía nada de erótico, ni sensual, ni morboso... y varias cuadras más allá, todavía seguía perpleja, sin poder entender qué había pasado, ni menos que llevó al travesti a agarrarme así.
Un sólo pensamiento
Uno solo ocupa mi mente, incluso cuando las burbujas del organillero nos rodean y los niños nos aplastan bajo su deseo de tomar lo intagible ¡puf! ya creen que las tienen en la mano cuando se desvanecen, pero vuelven a correr tras las pompas de jabón, cayéndose, saltando, gritando, desesperándose, riendo, empujándose ¡puf! ya las alcanzan y revientan en millones de gotas invisibles. Así persigo yo al sujeto de mi deseo.
Jean Lahor
He vivido, he soñado ¿habré creado nada más que un sueño?
El dolor y la lucha y el duro trabajo humano
Y la felicidad y la ebriedad o la alegría tan breve
¿no fue todo para mi, mortal, un vano sueño?
He vido, he soñado, he conocido el engaño
El engaño de amar y creerme amado
y los besos y el llanto ¿no era todo sino un ensueño
como la dulzura de los ojos que me han encantado?
Sueño, habría pasado por el sueño de las cosas
Y el extraño encanto y la tierra y el cielo
Al huir ¿no habrán dejado una huella real
a mis ojos muertos bajo los párpados cerrados?
El universo vacio es un reflejo de mi ser
He pasdo, he soñado, atormentado por igual
¿Será real sólo la sombra en la desapareceré
juntos con los recuerdos de las luces que me dio?
De regreso del nuevo local de un amigo, con los dos niños, uno adelante en la patineta, la otra arrastrando su propio coche, me topo con seis rezagados de la marcha por el orgullo gay. Dos ellos son travestis. Uno, pelo largo, rubio, bluyines y blusita ajustados, alto, tosco, maquillado. El otro, un mulato más delgado, pantalones negros delineando las piernas, el pelo tomado en cientos de trencitas que le llegan a la cintura. Están a un costado de la iglesia de los salesianos y al verme venir y pasar comentan algo que escucho, pero ciertamente no entiendo. ¿Qué pueden comentar seis gays en la alameda de una "señora" como yo?, pienso mientras camino entre ellos. Al doblar en la esquina, los olvido, observo un velatorio y su gente alrededor, tratando de imaginar quién era el difunto, si, por los rostros, puedo deducir si la muerte era esperada o no, más allá algunas jóvenes entrando a la iglesia. De pronto, alguien me golpea fuertemente las espaldas, tanto que pensé que algún amigo bruto me estaba dando una sorpresa, pero acto seguido, o sincrónico a mi pensamiento, siento un apretón furioso en mi culo. Por el ángulo visual más alejado del centro, aparece la figura del travesti rubio, que me dice "perdón".
¿Perdón?
Varias cuadras más allá todavía sentía el escozor del pellizcón en mi nalga, un apretón que, por cierto, no tenía nada de erótico, ni sensual, ni morboso... y varias cuadras más allá, todavía seguía perpleja, sin poder entender qué había pasado, ni menos que llevó al travesti a agarrarme así.
Un sólo pensamiento
Uno solo ocupa mi mente, incluso cuando las burbujas del organillero nos rodean y los niños nos aplastan bajo su deseo de tomar lo intagible ¡puf! ya creen que las tienen en la mano cuando se desvanecen, pero vuelven a correr tras las pompas de jabón, cayéndose, saltando, gritando, desesperándose, riendo, empujándose ¡puf! ya las alcanzan y revientan en millones de gotas invisibles. Así persigo yo al sujeto de mi deseo.
Jean Lahor
He vivido, he soñado ¿habré creado nada más que un sueño?
El dolor y la lucha y el duro trabajo humano
Y la felicidad y la ebriedad o la alegría tan breve
¿no fue todo para mi, mortal, un vano sueño?
He vido, he soñado, he conocido el engaño
El engaño de amar y creerme amado
y los besos y el llanto ¿no era todo sino un ensueño
como la dulzura de los ojos que me han encantado?
Sueño, habría pasado por el sueño de las cosas
Y el extraño encanto y la tierra y el cielo
Al huir ¿no habrán dejado una huella real
a mis ojos muertos bajo los párpados cerrados?
El universo vacio es un reflejo de mi ser
He pasdo, he soñado, atormentado por igual
¿Será real sólo la sombra en la desapareceré
juntos con los recuerdos de las luces que me dio?
24 septiembre 2005
La llave
María, estoy leyendo el libro que me prestaste. Claro, después de leer a C. Millet, después de leer fantasías eróticas de estricta descripción biológica, llena de fluidos candentes o de miembros caninos en aberturas femeninas, ésta resulta ser una novela de una exquisita y sutil perversión. Tiene tantas aristas que uno se pierde en su profundidad, en los recovecos del deseo humano que bien se puede manifestar en un matrimonio de más de veinte años que deja entrever, sólo eso, apenas desde la palabra disimulada, los inusitados giros que el sicoanálisis, desde una mirada bastante reduccionista, podría clasificar en claras patologías. Sin embargo, no, aquí no, la lujuria no es una desviación mental, la lujuria es parte de una condición que se alimenta de celos, de deseos, de fetiches, de paciencia, de velos, de máscaras. Fascinante. Gracias, María, algo mejor a lo que aspirar.
22 septiembre 2005
No me llames por mi nombre
Extendió su brazo óseo hueco, las órbitas desencajadas en el suelo, con las garras enterradas en la piel fresca y sangrante.
- ¡Suéltame! ¡No quiero morir!- gritaba la niña.
- ¡No quiero morir!- aullaba la vieja- ¡Perdóname! ¡Llámame María Magdalena!
La atraía hacia el lecho de muerte, la grieta profunda, las sábanas blancas, recién planchadas.
- Suéltame. No quiero morir- lloraba.
- ¡No digas mi nombre! ¡Llámame María Magdalena!- seguía aullando.
El rostro se iba hundiendo en la blando vacío, la sangre fluía por los extremos, el último suspiro quedó grabado en una arruga.
- Yo soy María Magdalena- dijo su cuerpo rejuvenecido.
- ¡Suéltame! ¡No quiero morir!- gritaba la niña.
- ¡No quiero morir!- aullaba la vieja- ¡Perdóname! ¡Llámame María Magdalena!
La atraía hacia el lecho de muerte, la grieta profunda, las sábanas blancas, recién planchadas.
- Suéltame. No quiero morir- lloraba.
- ¡No digas mi nombre! ¡Llámame María Magdalena!- seguía aullando.
El rostro se iba hundiendo en la blando vacío, la sangre fluía por los extremos, el último suspiro quedó grabado en una arruga.
- Yo soy María Magdalena- dijo su cuerpo rejuvenecido.
21 septiembre 2005
La fiesta soñada
- Tu té verde, amor.
- Gracias.
- ¿Viste que la Tierra está sobre el inodoro?
- Ya lo sabía. Siéntate a mi lado.
- No, gracias, me parece escuchar un ruido en la puerta de calle.
Sale. Dos personas, un hombre joven y una mujer madura, forcejean con la puerta de madera.
- No hay que dejarlos entrar.
Están enfurecidos y ya casi entran. Del otro lado, intentan detenerlos, juntar las alas lo suficiente para correr la traba, pero los de afuera se abren paso y se desata una lucha de golpes a mano y objetos contudentes. El hombre joven cae primero, luego la mujer desvanecida.
- Está muerto.
Corre por el largo pasillo que conduce al patio trasero. Algunos bailan, otros beben, unos comen, aquellos charlan.
- ¡Maté a un hombre!
- ¿Venía solo?
- No, con una mujer.
- Entonces, hay que matarla a ella también- sentencia la anciana.
Los cuerpos yacen en el patio apenas iluminado por los faroles entre el follaje. A un costado del espino, cavan un agujero. Entre los rosales, otro. Mientras, el cádaver de la mujer se esconde entre los arbustos y el muro. El del hombre no entra en el hoyo.
- Me duelen las manos de tanto cavar, hay muchas piedras.
- Debes seguir, aunque te sangren las los dedos.
Debo seguir cavando la tumba del hombre. Debo seguir, yo lo maté.
Intentan meterlo, pero siempre algún miembro queda afuera, a pesar de las cortosiones que le practican.
- No cabe, no puedo cavar más profundo.
- Entonces, corténle la cabeza.
El cuerpo anudado, la cabeza en su pecho, mucha tierra encima, todos apisonan hasta casi no dejar huellas.
- Habría que poner una lámina de pasto.
- No, un rosal.
El cuerpo de la mujer espera tras los arbustos.
El timbre.
Silencio.
- Apaguen esa radio.
- Silencio.
- No abran la puerta.
Silencio.
Entran dos hombres buscando al primero.
- Ése es el que se robó al niño- murmura alguien.
- El día que salió sin su madre a comprar un dulce en el almacén.
- Y la madre no podía articular palabra.
- Olvidó todo, hasta el nombre de su hijo.
- Ella lo mató.
Los dos jóvenes buscan en el patio. Uno de ellos se encuentra con el cadáver de la mujer mientras el otro recorre los gallineros del fondo. La anciana le envuelve el cuello con una camisa que se secaba, están rojos, los dos.
- No podemos dejar vivo al amigo.
Un cuerpo está enterrado bajo los rosales, otro al lado del espino, otros dos en sendos maceteros.
- Tu té verde, amor.
- Gracias.
- ¿Apareció el niño?
- Sí, lo habían dejado en la playa.
- ¿Alguien preguntó por los muertos?
- No, nadie.
- ¿Alguien de la fiesta habló?
- No, nunca.
- Gracias.
- ¿Viste que la Tierra está sobre el inodoro?
- Ya lo sabía. Siéntate a mi lado.
- No, gracias, me parece escuchar un ruido en la puerta de calle.
Sale. Dos personas, un hombre joven y una mujer madura, forcejean con la puerta de madera.
- No hay que dejarlos entrar.
Están enfurecidos y ya casi entran. Del otro lado, intentan detenerlos, juntar las alas lo suficiente para correr la traba, pero los de afuera se abren paso y se desata una lucha de golpes a mano y objetos contudentes. El hombre joven cae primero, luego la mujer desvanecida.
- Está muerto.
Corre por el largo pasillo que conduce al patio trasero. Algunos bailan, otros beben, unos comen, aquellos charlan.
- ¡Maté a un hombre!
- ¿Venía solo?
- No, con una mujer.
- Entonces, hay que matarla a ella también- sentencia la anciana.
Los cuerpos yacen en el patio apenas iluminado por los faroles entre el follaje. A un costado del espino, cavan un agujero. Entre los rosales, otro. Mientras, el cádaver de la mujer se esconde entre los arbustos y el muro. El del hombre no entra en el hoyo.
- Me duelen las manos de tanto cavar, hay muchas piedras.
- Debes seguir, aunque te sangren las los dedos.
Debo seguir cavando la tumba del hombre. Debo seguir, yo lo maté.
Intentan meterlo, pero siempre algún miembro queda afuera, a pesar de las cortosiones que le practican.
- No cabe, no puedo cavar más profundo.
- Entonces, corténle la cabeza.
El cuerpo anudado, la cabeza en su pecho, mucha tierra encima, todos apisonan hasta casi no dejar huellas.
- Habría que poner una lámina de pasto.
- No, un rosal.
El cuerpo de la mujer espera tras los arbustos.
El timbre.
Silencio.
- Apaguen esa radio.
- Silencio.
- No abran la puerta.
Silencio.
Entran dos hombres buscando al primero.
- Ése es el que se robó al niño- murmura alguien.
- El día que salió sin su madre a comprar un dulce en el almacén.
- Y la madre no podía articular palabra.
- Olvidó todo, hasta el nombre de su hijo.
- Ella lo mató.
Los dos jóvenes buscan en el patio. Uno de ellos se encuentra con el cadáver de la mujer mientras el otro recorre los gallineros del fondo. La anciana le envuelve el cuello con una camisa que se secaba, están rojos, los dos.
- No podemos dejar vivo al amigo.
Un cuerpo está enterrado bajo los rosales, otro al lado del espino, otros dos en sendos maceteros.
- Tu té verde, amor.
- Gracias.
- ¿Apareció el niño?
- Sí, lo habían dejado en la playa.
- ¿Alguien preguntó por los muertos?
- No, nadie.
- ¿Alguien de la fiesta habló?
- No, nunca.
Memorias de la educación sexual: "Las Misses"
Al morir mi padre, ante la vulnerabilidad de mi madre, transité por una serie de colegios hasta que llegué a uno privado de unas hermanas inglesas: Dacia, Marjorie y Connie. Miss Dacia era la directora, miss Marjorie era la profesora de inglés y miss Connie era la profesora básica que me recibió comprensiva y cariñosamente a los siete años. Ella se preocupó de que los otros niños me integraran al grupo que ya venía unido desde el prekinder. Recuerdo que la sala era grande, de amplios ventanales que daban a un patio por entonces extenso en la precordillera de Santiago y que daba la sensación de estar en medio del campo, pues al salir aún se podían ver en las parcelas adyacentes vacas pastando y mujeres cosechando moras. El colegio de a poco se fue atiborrando de edificios, el barrio de nuevas casas y calles y nosotros creciendo imperceptiblemente. A lo largo de esos años, miss Connie siempre me quiso especialmente, tal vez viendo cómo sus criaturitas se iban trasformando en niños y niñas, en hombrecitos y mujercitas porque ya estábamos al borde de la pubertad, en algunos despertando ciertas sensibilidades antes que en otros. Y de pronto mis compañeros comenzaron a interesarse más en hacer agujeros en los camarines que en la clase de gimnasia. Yo que siempre dibujé, que siempre fui lenta hasta en mi desarrollo hormonal no me di cuenta de este cambio y accedía feliz a dibujar a mis compañeras desnudas en el camarín para después cambiar las láminas de tal o cual por colaciones más apetitosas que las mías. Y también sin apercibirme de ello, comencé a recibir los más insólitos agarrones en el trasero que respondía, a mi acostumbrada manera, con puñetazos y patadas. A pesar de ello, mis compañeros, y hasta algunos del curso paralelo, no escarmentaban y más bien aumentaban sus toqueteos hasta que un día tomé a uno de ellos por los cabellos, lo giré como trompo y luego lo lancé por un desnivel de terreno. El chico quedó bastante mal y su madre fue a reclamar a la dirección. Una vez más de todos esos años, míster Calderón, que no sé bien qué función cumplía, me llamó a su oficina en el edificio principal.
- Pero, Niñita- y era el único que me trataba con ese diminutivo- ¿por qué le pega a sus compañeros?
- Porque me agarran el culo, míster.
- Ay, Niñita, pero una señorita como usted no puede comportarse así. Usted lo que debiera hacer es informar a algún profesor o inspector del colegio para que castigue a esos chicos.
De manera que decidí tomar los consejos de míster Calderón y esperar la próxima ocasión en que algunos de mis amigos osara tocarme el trasero otra vez. Por supuesto la ocasión no tardó en llegar. Ocurrió en la clase de inglés. Me levanté de mi puesto a sacar punta al lápiz en el otro extremo de la sala donde estaba el basurero y al pasar por el pasillo, uno de mis compañeros, uno que nunca que me había tocado, mete la mano por debajo del júmper y me pellizca una nalga. Me giro y lo miro. Él me devuelve una mirada entre asustada y desafiante, a ver si me atrevía a pegarle en la clase de miss Marjorie, que era temible de verdad. Sin embargo, vuelvo a girar, camino y me detengo al lado de la profesora frente a toda la clase.
- Miss, Bruno me acaba de agarrar el culo.
- ...
Silencio total en la sala. Miss Marjorie detiene en seco la tiza en el pizarrón.
- ¿Y más encima me lo viene a contar?
- Pero, es que yo…- no entendía nada.
- Lo que sucede es que a usted le gusta que la vayan toqueteando por ahí- sentenció.
En medio del silencio, miré a una compañera y nos sonreímos al pensar “¡Esta vieja está loca!”
- ¡Ajá! Y encima se ríe ¿tanto le gusta? ¡Tan chica y pensando en acostarse con hombres! ¡A inspectoría general!- apuntó la puerta de salida, en una condena que significaba suspensión por varios días, seguro.
El silencio era sepulcral. Yo no entendía nada. Nadie entendía nada. Bruno me miraba como diciéndome que él nunca había querido provocarme este problema. Miss Marjorie me agarró de las patillas y me arrastró hasta la oficina de la inspectora general, a quien le dijo algunas palabras. Me senté frente a miss Juana en medio de una oficina desordenada. En un rincón se acumulaba un cerro de ropas perdidas. En otra esquina, una sección destinada a los objetos requisados. Más allá una serie de cajoneras rebosantes de papeles. Miss Juana había comenzado a charlar conmigo y entre frases como “pues, sí, la sexualidad es así” yo miraba el cerro de ropa a ver si encontraba mi zapatilla antes de que mi madre se diera cuenta de que la había perdido, “en cierta ocasión mi marido me engañó con otra mujer, es decir, tuvo relaciones sexuales con otra mujer, pero yo lo perdoné por…”, esa polera de allá parecía ser la que Lorena había dejado en el club deportivo, “y es que una relación sexual debe ir unida de un sentimiento de amor”, y esa bufanda debía ser la de Claudia porque tenía un monito de Hello Kittie pegado en un extremo, “estos sentimientos y sensaciones son normales al crecer, los niños desean tocar a las niñas, pero…”, ay, por favor, que apareciera mi zapatilla y ¿ese sweater?, “¿Entendiste, mi amor?”. Miré a miss Juana.
- Sí, miss Juana.
- Ya te puedes ir.
- ¿No me va a castigar?
- ¡Pero, linda, vaya no más!
En la sala me esperaban mis compañeros expectantes.
- ¿Cuántos días te suspendieron?
- No me suspendieron- sorpresa general.
- ¿Entonces que te dijo la miss Juana?
- No, nada, me dejó sentada allí un rato- no me atrevía a contar la historia del marido, parecía demasiado confidencial. Entre tanto, mis compañeros parecían muy desilusionados.
- ¡Ah! Juan Pablo,- dije- estaba tu sweater en la inspectoría y también vi el yo-yo de Felipe.
A pesar de todo, los toqueteos seguidos de puñetazos, patadas y volcamientos en el suelo continuaron. Un día me di cuenta de que miss Connie ya no me miraba como antes, sino con cierto desprecio y que, además, miss Marjorie no dejaba de acusarme de comportamientos inapropiados, a su manera claro, como en cierta ocasión en que estaba conversando con un compañero en clases, cállese, me dice, y junte las piernas, ah, pero claro, si a la señorita le gusta abrir bien las piernas, ya sabemos para qué, y me imagino que la mayoría de nosotros no sabíamos para qué querría tener siempre las piernas bien abiertas. Y sin siquiera darme cuenta fui adquiriendo una fama entre los profesores que estaba demasiado lejos de lo que yo era por entonces, hasta que para un ensayo general de navidad cantando no sé qué canción, muy callada riéndome con un amigo que cantaba aún peor que yo, de pronto, miss Dacia detiene el ensayo en que participaban todos los cursos y con cierto tono que recuerdo al borde de la histeria, grita:
- Miss P., usted está hecha toda una vampiresa ¡Váyase de aquí!
No supe qué pensar porque la palabra vampiresa nunca había figurado en mi vocabulario, a lo sumo pensaba que era la hembra del murciélago y que miss Dacia me tomaba por sorpresa con un término que debía conocer. Recién al llegar a casa y ver lo enfurecida que se puso mi madre con la historia, comprendí que debía tomarlo como un insulto, pero todavía sin saber qué suerte de insulto.
Afortunadamente para las misses y para mí, llegó la recesión económica en medio de la dictadura y, puesto que mi abuela ya no pudo pagar más el colegio privado, me cambié al liceo de niñas.
- Pero, Niñita- y era el único que me trataba con ese diminutivo- ¿por qué le pega a sus compañeros?
- Porque me agarran el culo, míster.
- Ay, Niñita, pero una señorita como usted no puede comportarse así. Usted lo que debiera hacer es informar a algún profesor o inspector del colegio para que castigue a esos chicos.
De manera que decidí tomar los consejos de míster Calderón y esperar la próxima ocasión en que algunos de mis amigos osara tocarme el trasero otra vez. Por supuesto la ocasión no tardó en llegar. Ocurrió en la clase de inglés. Me levanté de mi puesto a sacar punta al lápiz en el otro extremo de la sala donde estaba el basurero y al pasar por el pasillo, uno de mis compañeros, uno que nunca que me había tocado, mete la mano por debajo del júmper y me pellizca una nalga. Me giro y lo miro. Él me devuelve una mirada entre asustada y desafiante, a ver si me atrevía a pegarle en la clase de miss Marjorie, que era temible de verdad. Sin embargo, vuelvo a girar, camino y me detengo al lado de la profesora frente a toda la clase.
- Miss, Bruno me acaba de agarrar el culo.
- ...
Silencio total en la sala. Miss Marjorie detiene en seco la tiza en el pizarrón.
- ¿Y más encima me lo viene a contar?
- Pero, es que yo…- no entendía nada.
- Lo que sucede es que a usted le gusta que la vayan toqueteando por ahí- sentenció.
En medio del silencio, miré a una compañera y nos sonreímos al pensar “¡Esta vieja está loca!”
- ¡Ajá! Y encima se ríe ¿tanto le gusta? ¡Tan chica y pensando en acostarse con hombres! ¡A inspectoría general!- apuntó la puerta de salida, en una condena que significaba suspensión por varios días, seguro.
El silencio era sepulcral. Yo no entendía nada. Nadie entendía nada. Bruno me miraba como diciéndome que él nunca había querido provocarme este problema. Miss Marjorie me agarró de las patillas y me arrastró hasta la oficina de la inspectora general, a quien le dijo algunas palabras. Me senté frente a miss Juana en medio de una oficina desordenada. En un rincón se acumulaba un cerro de ropas perdidas. En otra esquina, una sección destinada a los objetos requisados. Más allá una serie de cajoneras rebosantes de papeles. Miss Juana había comenzado a charlar conmigo y entre frases como “pues, sí, la sexualidad es así” yo miraba el cerro de ropa a ver si encontraba mi zapatilla antes de que mi madre se diera cuenta de que la había perdido, “en cierta ocasión mi marido me engañó con otra mujer, es decir, tuvo relaciones sexuales con otra mujer, pero yo lo perdoné por…”, esa polera de allá parecía ser la que Lorena había dejado en el club deportivo, “y es que una relación sexual debe ir unida de un sentimiento de amor”, y esa bufanda debía ser la de Claudia porque tenía un monito de Hello Kittie pegado en un extremo, “estos sentimientos y sensaciones son normales al crecer, los niños desean tocar a las niñas, pero…”, ay, por favor, que apareciera mi zapatilla y ¿ese sweater?, “¿Entendiste, mi amor?”. Miré a miss Juana.
- Sí, miss Juana.
- Ya te puedes ir.
- ¿No me va a castigar?
- ¡Pero, linda, vaya no más!
En la sala me esperaban mis compañeros expectantes.
- ¿Cuántos días te suspendieron?
- No me suspendieron- sorpresa general.
- ¿Entonces que te dijo la miss Juana?
- No, nada, me dejó sentada allí un rato- no me atrevía a contar la historia del marido, parecía demasiado confidencial. Entre tanto, mis compañeros parecían muy desilusionados.
- ¡Ah! Juan Pablo,- dije- estaba tu sweater en la inspectoría y también vi el yo-yo de Felipe.
A pesar de todo, los toqueteos seguidos de puñetazos, patadas y volcamientos en el suelo continuaron. Un día me di cuenta de que miss Connie ya no me miraba como antes, sino con cierto desprecio y que, además, miss Marjorie no dejaba de acusarme de comportamientos inapropiados, a su manera claro, como en cierta ocasión en que estaba conversando con un compañero en clases, cállese, me dice, y junte las piernas, ah, pero claro, si a la señorita le gusta abrir bien las piernas, ya sabemos para qué, y me imagino que la mayoría de nosotros no sabíamos para qué querría tener siempre las piernas bien abiertas. Y sin siquiera darme cuenta fui adquiriendo una fama entre los profesores que estaba demasiado lejos de lo que yo era por entonces, hasta que para un ensayo general de navidad cantando no sé qué canción, muy callada riéndome con un amigo que cantaba aún peor que yo, de pronto, miss Dacia detiene el ensayo en que participaban todos los cursos y con cierto tono que recuerdo al borde de la histeria, grita:
- Miss P., usted está hecha toda una vampiresa ¡Váyase de aquí!
No supe qué pensar porque la palabra vampiresa nunca había figurado en mi vocabulario, a lo sumo pensaba que era la hembra del murciélago y que miss Dacia me tomaba por sorpresa con un término que debía conocer. Recién al llegar a casa y ver lo enfurecida que se puso mi madre con la historia, comprendí que debía tomarlo como un insulto, pero todavía sin saber qué suerte de insulto.
Afortunadamente para las misses y para mí, llegó la recesión económica en medio de la dictadura y, puesto que mi abuela ya no pudo pagar más el colegio privado, me cambié al liceo de niñas.
20 septiembre 2005
El café está bueno, María, aunque sea nescafé
El café tiene olor a calle fría, a soledad transeúnte, a ausencia de destino.
De pronto, parece que todos parten hacia otro lugar, se van, no sé a donde, ya se me confunden los nombres de ciudades, los países, las universidades, los motivos y esta urbe se trasforma en el gran albergue transitorio.
Los días frí0s de invierno, la nieve cubriendo el parque, cámara en mano helada, dedos irresolutos, el único cobijo era una cafetería, aunque todos los cafés eran descafeinados en esa ciudad, todas las cremas descremadas, sabor a nada, le decía a Matt, el baterista y Matt preparaba mokka, irlandés, chocolate, cubano, pero ninguno tenía sabor a café ni a crema.
En el albergue estábamos todos solos, pero todos nos acompañábamos, en un día se entrelazaban amistades profundas, en una semana se sentía inseparable del otro, justo cuando uno tenía que partir, verlo bajar con las mochilas por el metro o alejarse en el taxi. La tristeza nos invadía, el peso de que cada uno de nosotros un día partiría en la misma soledad, dejando aún más desvalidos a los que se quedaban en el albergue.
Entonces, un café en la librería, aunque fuera descafeinado.
No existía la posibilidad de decir no te vayas, tal como ahora, que todos parten hacia otro lugar.
Está bueno el café, María, incluso mejor que entonces.
De pronto, parece que todos parten hacia otro lugar, se van, no sé a donde, ya se me confunden los nombres de ciudades, los países, las universidades, los motivos y esta urbe se trasforma en el gran albergue transitorio.
Los días frí0s de invierno, la nieve cubriendo el parque, cámara en mano helada, dedos irresolutos, el único cobijo era una cafetería, aunque todos los cafés eran descafeinados en esa ciudad, todas las cremas descremadas, sabor a nada, le decía a Matt, el baterista y Matt preparaba mokka, irlandés, chocolate, cubano, pero ninguno tenía sabor a café ni a crema.
En el albergue estábamos todos solos, pero todos nos acompañábamos, en un día se entrelazaban amistades profundas, en una semana se sentía inseparable del otro, justo cuando uno tenía que partir, verlo bajar con las mochilas por el metro o alejarse en el taxi. La tristeza nos invadía, el peso de que cada uno de nosotros un día partiría en la misma soledad, dejando aún más desvalidos a los que se quedaban en el albergue.
Entonces, un café en la librería, aunque fuera descafeinado.
No existía la posibilidad de decir no te vayas, tal como ahora, que todos parten hacia otro lugar.
Está bueno el café, María, incluso mejor que entonces.
18 septiembre 2005
Certeza fatal
Algunas noches, pues siempre ocurre cuando la luz se ha desvanecido, me asalta la certeza de la muerte. Es difícil trasmitirlo. En aquellas ocasiones me hago conciente de mi mortalidad, del deterioro del cuerpo, del paso del tiempo, de la nimiedad de la (mi) existencia.
Suelo levantarme, pasear, ver mis trabajos, empezar uno nuevo, para disipar la angustia que me persigue como una rata asustada por los rincones de mi casa.
Sueño.
Una habitación clara, una gran cama al centro, al costado una silla contra la ventana enorme, fresca, ventosa y sentado en la silla, él. Me parece que intento algún tipo de reconciliación o de entedimiento, pero él mantiene la distancia, repitiendo, como siempre, siento un gran afecto por ti, que se golpea como un martilleo en mi mente, como una cefalea, siento un gran afecto por ti, siento un gran afecto por ti, palabras que van tejiendo un alambre de púas a su alrededor... una rata enorme, horrible, mojada, surge por entre las tablas. Está desesperada, corre, choca contra los muros, los muebles. Yo le grito que abra la puerta. Él se ríe de mí. Por favor, que abra la puerta para que el animal encuentre una salida. Él sigue riendo. La rata trepa por las sábanas y sube por mi cuerpo enterrando sus garras filosas en mi carne. Me duele. Le pido que me la saque, pero él no deja de reir como si presenciara el teatro más absurdo. La rata llega a mi nuca, se mete bajo el pelo, hunde los colmillos en mis venas.
La misma rata me persigue ciertas noches con la certeza de la muerte. No sé qué hacer, si es que tengo que hacer algo, de pronto se me desvanecen todos los sentidos que me he inventado y me pregunto cómo irá a ser ese momento, pero sobre todo para qué... para qué todo.
Sueño.
La casa de mi abuela, de mi infancia, por primera vez no está en mis sueños, sino que se levanta el edificio que en realidad ahora tapa ese suelo que fue nuestro. Lloro un momento, camino por la calle Suecia hacia la avenida Irarrázaval y, como nunca antes, me siento perdida. Me parece simple tomar una micro que me lleve por la Alameda. Me equivoco, se interna en barrios desconocidos y oscuros y, cuando creo reconocer una plaza, me bajo. ¿Cómo pude confundir la plaza? Camino entre las casas, me meto por calles sin salida, paso por el lado de dos hombres que me fuman apoyados en un poste, los miro bien, son exactamente iguales. Más allá, dos chicas deciden ayudarme y una de ellas se ofrece a salir conmigo hacia la avenida principal. Me siento más segura con ella, vamos de la mano. De pronto vemos que una chica que se está drogando nos observa e, inmediatamente, corre hacia nosotras con un cuchillo. Luchamos y yo sólo pienso que no quiero morir, pero antes de terminar siento que, por la espalda, me penetra el cuchillo y comienzo a desvanecerme hasta caer al suelo herida. No puedo ver que fue de la niña que me acompañaba y pido que, por favor, llegue una ambulancia, antes de que ya no resista más el desangramiento. La chica drogadicta se va con mi mochila, mi abrigo, indiferente, la veo alejarse en medio de la bruma de mis ojos.
Suelo levantarme, pasear, ver mis trabajos, empezar uno nuevo, para disipar la angustia que me persigue como una rata asustada por los rincones de mi casa.
Sueño.
Una habitación clara, una gran cama al centro, al costado una silla contra la ventana enorme, fresca, ventosa y sentado en la silla, él. Me parece que intento algún tipo de reconciliación o de entedimiento, pero él mantiene la distancia, repitiendo, como siempre, siento un gran afecto por ti, que se golpea como un martilleo en mi mente, como una cefalea, siento un gran afecto por ti, siento un gran afecto por ti, palabras que van tejiendo un alambre de púas a su alrededor... una rata enorme, horrible, mojada, surge por entre las tablas. Está desesperada, corre, choca contra los muros, los muebles. Yo le grito que abra la puerta. Él se ríe de mí. Por favor, que abra la puerta para que el animal encuentre una salida. Él sigue riendo. La rata trepa por las sábanas y sube por mi cuerpo enterrando sus garras filosas en mi carne. Me duele. Le pido que me la saque, pero él no deja de reir como si presenciara el teatro más absurdo. La rata llega a mi nuca, se mete bajo el pelo, hunde los colmillos en mis venas.
La misma rata me persigue ciertas noches con la certeza de la muerte. No sé qué hacer, si es que tengo que hacer algo, de pronto se me desvanecen todos los sentidos que me he inventado y me pregunto cómo irá a ser ese momento, pero sobre todo para qué... para qué todo.
Sueño.
La casa de mi abuela, de mi infancia, por primera vez no está en mis sueños, sino que se levanta el edificio que en realidad ahora tapa ese suelo que fue nuestro. Lloro un momento, camino por la calle Suecia hacia la avenida Irarrázaval y, como nunca antes, me siento perdida. Me parece simple tomar una micro que me lleve por la Alameda. Me equivoco, se interna en barrios desconocidos y oscuros y, cuando creo reconocer una plaza, me bajo. ¿Cómo pude confundir la plaza? Camino entre las casas, me meto por calles sin salida, paso por el lado de dos hombres que me fuman apoyados en un poste, los miro bien, son exactamente iguales. Más allá, dos chicas deciden ayudarme y una de ellas se ofrece a salir conmigo hacia la avenida principal. Me siento más segura con ella, vamos de la mano. De pronto vemos que una chica que se está drogando nos observa e, inmediatamente, corre hacia nosotras con un cuchillo. Luchamos y yo sólo pienso que no quiero morir, pero antes de terminar siento que, por la espalda, me penetra el cuchillo y comienzo a desvanecerme hasta caer al suelo herida. No puedo ver que fue de la niña que me acompañaba y pido que, por favor, llegue una ambulancia, antes de que ya no resista más el desangramiento. La chica drogadicta se va con mi mochila, mi abrigo, indiferente, la veo alejarse en medio de la bruma de mis ojos.
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