08 octubre 2005

Cuerpos sin nada que me importe.

En todas partes es muy parecido.

Me subí a la moto y me llevó hasta un apart hotel frente a la playa. Intentamos algo, pero su cuerpo no respondió. Me dijo entonces que su madre, quien administraba todos los negocios de la familia, lo había amenazado y que producto de esta aventura lo obligaba a adelantar el matrimonio con la chica que ella le había elegido. Tenía unos ojos turquesa oscuro y abundantes pestañas. Así que lo miré, desnuda frente a él y la costa.

- ¿Al menos habrás ido alguna vez a Atenas?- le pregunté.
- Después de mi matrimonio pienso ir a tomar un curso para mejorar mi inglés.

Nos volvimos a subir en la moto y me dejó en la pensión de un amigo de su familia (y la verdad es que Syros es tan pequeño que no hay forma de no ser "amigo" de alguien). Se fue. Mientras hervía un tarro de leche condensada para hacer manjar y tarareaba qué pena siente el alma, el isleño me comentaba el duro matriarcado de aquella familia y, sobre todo, los inamovibles conceptos católicos que la regían.

Al otro día partí al puerto y tomé un barco de regreso al improvisado hogar que ya tenía en el albergue de Atenas. Es una pena porque el tipo tenía, literalmente, un cuerpo escultural.

Y él también.

Salí corriendo de la reunión del Colectivo de Ilustradores porque sé lo puntual y neurótico que es. Más tarde, en La Terraza, tratábamos de mantener alguna conversación que no fuera a parar en el mismo monólogo dual de siempre.

- Tal como dice Spinoza...- me citó alguna frase que no me di el trabajo de escuchar, salvo por las palabras claves para nuestro objetivo, nombrar, pensamiento concreto, pensamiento simbólico y perversión de las ideas.

- En fin, como es una niña tan pequeña que sólo tiene un pensamiento concreto, no creo que la afecten los contenidos simbólicos del cambio de nombre.

- Eres muy egoísta, piensas en ti y no en las consecuencias para la niña- siempre hablamos de "nuestra hija", de "la niña" o de "la chiquita". Ni él decía Agustina ni yo María Paz ni viceversa.

- La verdad es que, sea como sea, es el mal menor. Puesto que yo sí tengo pensamiento simbólico, de verdad para mi es importante nombrarla de una manera que no la asocie contigo para mejorar mi relación con ella.

Se acabó el tema con especulaciones legales acerca de la forma de agregarle los otros nombres.

Más tarde me dijo que estaba volviendo a creer en dios, que deploraba el nombre de la madre de dios (en tono irónico, claro, lo que me hizo pensar que está teniendo una fuerte influencia judía), que admiraba a Schopenhauer más que a cualquier otro filósofo, que era un cínico, que era un estético, que no lo tocara porque el mozo nos podía ver y él venía allí con la rucia flacuchenta.

Así más o menos transcurrió la noche, mientras más cerveza yo tomaba, menos me importaba lo que hablaba y más le insistía que me diera un beso, pero se resistía con fragor (era una batalla). Finalmente, se fumó un caño, se relajó y me dejó que lo besara, pero más tarde, pasado el efecto, parece que se arrepintió de lo hecho y me ahuyentó rápidamente. Alcancé a ver que llevaba un paño blanco o algo parecido con una estrella de David.

Caminé de regreso a casa por el Parque Forestal. Iba tranquila. Después de todo ya no lo odio tanto y otra vez me desilusionó lo suficiente para saber que me tengo que ir. Claro que no le dije nada de eso. No era el momento.

Tiene un cuerpo escultural, pero se nota que, salvo por ser la madre de su hija, le soy completamente indiferente. Y eso, más que nada, lo vuelve una escultura de museo para mi vida. Y además a mi no me importa que sea el padre de mi hija, claro está.

07 octubre 2005

El paraíso artificial

Syros se puede rodear en micro en una hora. Arriba van unas viejas vestidas de negro, con barba y bigote, con el mentón en un gesto de una amargura ancestral. A veces te topas con una ceremonia mortuoria, en una tabla llevan al difunto, sin protección como indica nuestra ley, y las mujeres atrás llorando. Las playass son límpidas, turquesas y eternas. Si hay luna llena todo resulta mejor, tanto para reír como para llorar. Y los hombres, ¡ay, los hombres!, son unas esculturas griegas, hermosos, perfectos, pero... hombres. Allí, las que mandan son las mujeres, las madres, es un matriarcado latente pero no patente, como acá, como la herencia mapuche.

Sin embargo, no es de esto de lo que quiero hablar. Esos son recuerdos del anhelo, pero anhelos que murieron con el viaje, a pesar de haber llorado desde la cumbre más alta de Syros, mirando la luna llena en el Mediterráneo (por despecho una vez más).

- ¿Te tomarías una cerveza conmigo sin hablar del pasado?

Largo silencio. Demasiado largo.

- Bueno ya.

Tuve la paciencia de esperar el largo silencio.

- ¿Te paso a buscar, entonces?
- ¿Me vas a pasar a buscar al Café Literario y me vas a dar un beso?
- ¿Ya empezaste?

De todas formas ¿cómo va a creer que me voy a tomar una cerveza con él y sólo eso?

En fin. Arreglos de último minuto, mentiras de último minuto, la niñera, la plata para la niñera, en fin... seguro que esto termina en desastre, pero ya sabes, María, que por alguna razón buscamos el desastre cuando se nos ofrece el paraíso de la estabilidad. Yo tampoco lo entiendo ni prentendo entenderme. El cuerpo es más fuerte, a veces. Después te cuento.

Hasta mañana.

- Bueno ya. Te espero.

Justo ella

- De todas las minas que se te cruzan ¿justo no te acostaste con ella que es mi amiga y mentora?
- Es que no me dieron ganas.
- ¡Cómo que no te dieron ganas!¿Acaso es fea? ¿Acaso es tonta?
- No, mi amor, es que...
- A ver, cuéntame de nuevo.
- Nada. Salimos un par de veces a tomarnos un café. Nos conocimos en un foro sobre literatura. A mi siempre me pareció fascinante, su trabajo, sus ensayos, las entrevistas que daba, pero cuando estuve frente a ella, algo falló. La primera vez la pasé a buscar a su casa y fuimos a un café de Palermo. Charlamos animadamente y me contó un poco de su vida, de su separación y esas cosas, pero pronto noté que me miraba de una forma especial. La jornada estuvo interrumpida por el dentista.
- ¿Por el dentista?
- Quiero decir que tenía que ir al dentista, ella. La acompañé y la traje de vuelta a casa. Entonces me dio un beso muy cerca de la boca.
- ¿Y tú no se lo diste? ¡Qué saco de huevas! Bueno y ¿la segunda?
- Fuimos a otro café, pero entonces la cosa fue más abierta.
- ¿Cómo la "cosa"?
- Digo... esteee... la seducción.
- ¡Ah! Más encima la sedujiste...
- No, no yo, ella, era evidente que quería que nos acostáramos.
- ¿Y?
- Y yo no quise ir más allá.
- ¿Por qué no?
- Porque no me pasaba nada.
- ¡Ay! ¿Cómo que no te pasaba nada?
- No me daban ganas.
- Bah... las ganas se hacen, cierras los ojos y piensas en lo que quieras.
- ¡Amor!
- Sí, claro. ¿Y se enojó mucho con tu negativa?
- Mucho.
- No me la imagino enojada a ella, pero tiene razón, eso no se le hace a una mujer, menos a una mujer como ella.
- Bueno ya, pero no quería empeorar las cosas.
- ¿Empeorar qué? Ya no se puede empeorar más ¿ahora con qué cara la miro? ¿con qué cara si mi marido la rechazó?
- Amorcito...
- Amorcito nada. Lo que debiste hacer es tratarla bien, ir a la cama con ella y allí ¡buuu! no se te para, te haces el impotente, total hay un montón de hombres impotentes dando vueltas, y ella se olvida del asunto.
- Tal vez no se hubiese olvidado.
- Claro que se hubiese olvidado ¿tú crees que a los cuarenta y cinco años uno va andar perdiendo el tiempo con un impotente?
- Pero se hubiese enterado todo el círculo...
- ¡Eso! ¡Justamente eso! Tu orgullo masculino no te permitió ser caballeroso y atento con una mujer como la Virginia por el "qué dirán". Esto es deplorable ¡haberla rechazado justo a ella! ¿Cómo quedo yo ahora?
- Como una mujer con un marido fiel.
- ¡Ja! Te puedo decir con certeza que cuando se entere de que tú eres mi marido, se acaba mi carrera profesional, pero aún peor es tener que sufrir en carne propia el doloroso despecho que debe sentir. No la culpo si me odia a mi también. Realmente, no debes hacerle eso a las mujeres, menos que menos a mis amigas ¿entendiste?
- Claro, cariño.

El baño




Llegó más temprano a los baños, se desnudó y se tendió en el mármol caliente. Siempre le ayudaba a pensar en lo recién pasado el mirar como los haces de luz se filtraban a través de la cúpula entre el vapor del agua. Nesrim recién entraba con su hija más pequeña. ¡Qué linda era Nesrim! Ya tenía cuarenta y siete y su piel parecía aún de seda, pero sobre todo tenía unas manos tan suaves como los pétalos de su nombre que se deslizaban por el cuerpo como nadie podía hacerlo.

- Nesrim- la llamó- ¿Me bañas hoy?

La mujer se terminó de desnudar, tomó un balde, el saco de algodón, vació jabón y perfume y se se acercó a Clara. Primero deslizó las manos por su espalda.

Las manos deslizándose por la espalda era el primer placer que encontraba con Ömer. Sabía que no podía llegar y desnudarse frente al vendedor de alfombras, pero ser extranjera le daba ciertas libertades que las otras chicas no tenían en el Sultanahmet, como beber vino y dejarse hacer el amor sin estar casada.

- Ömer- le dijo- se acabó el vino.
- No tengo de dónde sacarte otra botella a estas horas.
- Además se quebró la pipa de agua ¿vamos al mercado?

El vendedor de alfombras dudó. Las oraciones de la mañana ya habían comenzado y Clara esperó a que terminara de rezar. Luego insistió.

- Ömer, ¿vamos al mercado?
- Ve tú sola, yo me quedo con Erdem.
- ¡Ömer, vamos al mercado! ¿Qué te pasa?

Salieron juntos, pero el vendedor iba cinco pasos más atrás de Clara, con la sensación de que cada transeúnte adivinaba lo que había hecho con la mujer que iba adelante.

"¡Qué hijo de puta!", pensaba ella "¡qué hijo de puta!", sentía el escozor dentro del cuerpo. Llegando al puerto, Clara echó a correr por las calles atestadas de mercaderes, de aromas, de frutillas, de carnes asadas, de alfombras, de trastos, de joyas.

- ¿Te gusta así, Clara?- le preguntó introduciendo las manos bajo las axilas en dirección a los senos y tirando los pezones. La espuma la cubría casi por completo. Nesrim no esperó respuesta, la empujó y la tendió de espaldas para bañarla por delante.

- Dame un beso, Nesrim.

Apenas se tocaron los labios.

- Dame otro beso, Nesrim.

Bajó y apenas le tocó los labios de la vulva.

- Otro, Nesrim.

Subió y le besó los párpados. Un silencio de desvanecimiento la envolvió. "Es un hijo de puta", pensó y al pensar esto lo vio erecto delante de ella, con las espaldas anchas y tónicas, las caderas angostas, las piernas largas y fibrosas, cada músculo dibujado con perfección masculina, las manos grandes con dedos gruesos pero esbeltos, los ojos claros envueltos en una maraña tupida de vellos oscuros.

- ¿Te puedo besar?- le preguntó.
- Sí, preciosita- y Clara se acercó a su entrepierna.

- ¿Quieres otro?
Clara asintió apenas moviendo la cabeza y Nesrim tocó sus labios otra vez, su pecho, su ombligo, sus piernas y cada dedo del pie.

05 octubre 2005

Memorias de la educación sexual: "La profesora de castellano"

Nuestra profesora de castellano todavía era vivaz, soñadora y creativa cuando llegó al liceo, estaba aún en una etapa intermedia entre nosotras, las niñas de trece años, y los adultos que dirigían todas las políticas de educación. Nos comprendía y entendía que el currículo incluía muchos libros que en vez de promover la lectura, la desincentivaban, pero sobre todo respetaba el derecho que cada una de nosotras teníamos de detestar o de adorar el Mio Cid, por ejemplo, por eso al final, en las evaluaciones, premiaba más la creatividad o la curiosidad que el cumplimiento de una lectura obligatoria. Varias de nosotras nos entendíamos muy bien intelectualmente con ella porque nos permitía ese espacio de libertad que los otros profesores ya habían abortado en sus propias vidas. Y, sin embargo, a pesar de las satisfacciones que nos entregábamos mutuamente con ensayos atrevidos, obras de teatro críticas y conversaciones literarias, ella prefería a una de nosotras que se destacaba por su frivolidad, una chica menuda, morena, de un cuerpecito muy bien formado, caderas anchas, pelo reluciente y rostro seductor. El grupito de las aplicadas, de las lectoras, de las ambiciosas intelectuales no lográbamos comprender esta preferencia en la sala de clases hasta que descubrimos que su amistad se prolongaba más allá del liceo, que se paseaba por el barrio hacia el supermercado tomadas de la mano, justo en frente de las ventanas de la casa de mi abuela, cuando ensayábamos las Preciosas Ridículas.

Las Preciosas Ridículas, justamente cuando la considerábamos a ella, a nuestra compañera favorita de la profesora, una preciosa ridícula, que a pesar de su ignorancia, de su nulo interés por cualquier tipo de conocimiento que no se remitiera a datos de belleza, había cautivado a Cecilia. Ninguna de las que estábamos allí dijo nada en ese momento ni nunca, a lo sumo comprendimos que aunque nuestra puesta en escena de la obra de Molière fuera extraordinaria, como lo sería, no nos ganaríamos más el cariño de nuestra profesora. El silencio, por lo demás, era necesario porque Cecilia era militante comunista, al igual que nuestro magnífico profesor de historia, quien un año después fue acusado por la directora de homosexual y expulsado del liceo. Todas entendíamos que era una acusación absurda en un colegio de niñas, todas entendíamos que había sido expulsado por participar en manifestaciones políticas y, Cecilia, que hasta el momento había luchado contra la dictadura y, lo principal, por entregarnos una educación enriquecedora, después de la salida de Florindo, ya nunca volvió a ser la profesora vivaz, soñadora y creativa que nos impulsó hacia un conocimiento crítico.

Sin embargo, Cecilia nos mostró algo que ninguna educación sexual explícita puede enseñar y que no comprendimos racionalmente sino hasta muchos años después. La relación de Cecilia y Carolina no era la única relación de amor que había entre nosotras y al decir nosotras me limito a las cuarenta y cinco alumnas del curso porque el universo de cuatro mil es demasiado extenso para abarcarlo. Y aún más, me limito a mi propia relación con otra Carolina del curso, en un enamoramiento tan evidente que mi madre, en un ataque de puritanismo insospechado, comenzó a deplorar nuestra “amistad”. Carolina y yo no teníamos una amistad, teníamos un noviazgo que atravesaba por todas las circunstancias dolorosas de tales relaciones, principalmente las manipulaciones y los celos. A todos lados íbamos juntas, estudiábamos juntas, dormíamos juntas, en su casa, en la mía, en la playa, nos abrazábamos, nos tomábamos de las manos, nos besábamos, nos tocábamos y odiábamos a cualquier otra chica o chico que quisiera meterse en medio de las dos, pero nunca se nos ocurrió la idea que pudiésemos ser lesbianas, nunca nos cuestionamos nuestra condición y preferencias sexuales y agradezco a Cecilia y a las precarias políticas de educación de aquella época que nadie nos haya insinuado que, tal vez, sólo tal vez, éramos lesbianas y teníamos todo el derecho de serlo porque en vez de ayudarnos, nos habrían confundido y hasta atormentado en una relación que no era más que la manifestación natural de una etapa de nuestro crecimiento, en que nos buscábamos tan intensamente, tan amorosa y celosamente, como una forma de conocernos a nosotras mismas. Más tarde Carolina comenzó a salir con Camila y me dejó como se deja a una pareja, sin vernos, ni hablarnos nunca más. Luego, al salir del liceo, embarazada, se casó y tuvo más hijos. Cecilia continúa aún hoy, después de diecinueve años, su relación con la otra Carolina. Y yo nunca dudé de que me gustaran los hombres, como me gustan tanto, pero tampoco nunca me negué la posibilidad de estar o hacer el amor con otra mujer, como lo he hecho.

04 octubre 2005

La alfombra mágica

Las cosas parecen pasar por dentro. Me pregunto si lo que sucede afuera es un catalizador de lo interno. Como sea, estos últimos días casi no he pisado la calle. Tiramos la alfombra en la terraza del techo, unos cojines, una mesita de cinco centímetros de alto y parece que allí nos quedamos casi por una semana, entrando sólo cuando llovía. Sushi y cerveza.

- No te vayas a caer por la escalera.
- Y si nunca me caí, ni cuando la vida se nos pasaba aquí tomando cerveza, una tras otra, cuando los niños no me llamaban para esto y para lo otro, cuando de verdad estaba sola, pero me sentía más acompañada.

Algunos días no estaban los niños. María Paz en lo de sus abuelos y Fernando en la plaza con mi madre.

Adentro hace frío. Afuera el sol entibia las planchas de zinc y la madera. Salmón crudo. Más cerveza. Me olvidé que tengo que trabajar y escribir en el blog. Me quedé reposada, sin ningún pensamiento que se me cruzara, salvo la luz a través de las plantas.

- Aquí no había nada, sólo zinc y muro. Nada. Al principio tomábamos cerveza sobre un colchón en el techo.

Quise volver, pero no pude. Estoy plantada aquí. Desde hace un tiempo la realidad se ha hecho más dura, irreversible, a menudo me siento como en una condena sin indulto, claro. Lo hecho, hecho está, y todo mal.

El Gitano está lejos. A veces tengo fantasías con él, pero cuando se queda una semana en mi casa, pronto vuelve a las típicas dinámicas de los hombres chilenos, su modelo paterno.

- ¡Ándate de aquí!- le grito- Menos mal que me recuerdas por qué me separé de ti.

Me pide perdón y vuelve otro fin de semana a ver a su hijo, pero estoy fría nuevamente, mantengo una distancia sana, menos comidas y salidas juntos, de lo contrario se siente en "familia" y me trata como su mujer, o sea, mal. Lo prefiero amigo. Es un muy buen amigo si uno lo busca.

En cambio, al otro, ni siquiera de amigo. Ni lo miro a los ojos.

- ¿Quieres pasar a tomar un café?- caí en la tentación la última vez que vino dejar a María Paz.
- No.

"Ándate a la mierda, hijo de puta", pensé despechada y le cerré la puerta en las narices. Creo que cuando más lo odio es cuando me dice no. Casados y yo en la mañana quería hacer el amor y él no, primero el café, primero el pucho, primero el caño de la mañana y yo caliente de mirarlo, caliente y sola en los restos de la cama, masturbándome. Y sigue diciéndome no. No sé si algún día sea yo quien diga un rotundo no.

"De verdad, eres el hombre que más deseo, sólo hay una pija que cada noche quiero chupar, álabado sea Dios que por fin me vienes a desear- le diría- pero, tal como me has dicho que tú eres de hacer el amor con una sola persona, yo también ahora, aunque te desee, porque él se ha ganado mi lealtad y mi fidelidad, no como tú... (etc., etc.,)".

O le diría "¿y ella no es rubiecita y anoréxica como a ti te gustan, además de cuica?"... pero es demasiado patético.

Lo peor de todo es que quizás no me resistiría, a pesar de que él se merece toda mi lealtad y fidelidad, a pesar de que ella sea rubia, flaca y cuica. Lo que es aún peor es que esperaré en vano que un día me desee.

Así que, tirada allí en la alfombra, cara arriba, cerveza en mano, todo tibio, quería cerrar los ojos y volver atrás, que nada de esto hubiese sucedido, que abajo no hubiesen niños, que abajo me esperara mi pasaje a Nueva York, la perra que ya murió, los gatos que ya desaparecieron, mis amigos de entonces, que todo sucediera de otra forma.

- ¿Acaso no eres feliz ahora?
- En este preciso instante lo soy- le dije para no lastimarlo, al fin y al cabo él me daba esta paz pasajera- pero tengo un odio que me corroe- y sé que con esto le decía tanto más.
- Ya todo pasará.
- Sí... si- contesté pero sólo pude ver a mi abuela agonizando en su cama, odiando, todavía odiando, y me imagine toda mi vida por delante así, un desastre.
- La vida sigue.
- Sí, la vida (desgraciadamente) sigue.

Pero yo quería volver atrás.

28 septiembre 2005

Memorias de la educación sexual: "La yegua"

En el campo de mi tío había una yegua mansa y a los niños que íbamos para las vacaciones nos gustaba montarla para trotar por los pastizales hasta el roble que señalaba el límite con el fundo adyacente. Los potreros parecían de cuento, siempre cubiertos por maleza alta en un sinfín de pequeñas lomas atravesadas por esteros de agua clara todavía. Nos tendíamos bajo el árbol con panes amasados y queso de la lechería del lado. Nos gustaba darnos besos a escondidas entre mi prima Sofía y nuestro primo Rodrigo. Besos en la boca que nadie veía sino la yegua que nos acompañaba. Mi tío tenía un peón de quince años que cuidaba las huertas y los corrales de las aves. Luis un día nos siguió y descubrió nuestros besos de niños. Desde entonces nunca más quiso que sacáramos a la yegua sin él porque, ahora me resulta evidente, quería participar en nuestro juego. Nosotros no lo dejábamos porque yo, en el campo, me sumaba inconscientemente a esa jerarquía de patrón y de sirviente, sobre todo porque mi prima desde chiquita hacía gala de una soberbia de princesa consentida que, en lugar de molestarse por la presencia de Luis, pronto lo tomó como la obligación de servirla. “¡Luis!”, gritaba “¡Prepara la yegua, huaso bruto!”. Sin embargo, Luis era huaso ladino. Pronto se las arregló para ahuyentar a Rodrigo, que no le interesaba, y descubrir que yo verdaderamente no entraba en el juego de las jerarquías porque venía de la ciudad. De manera que se hizo mi amigo, sacaba a la yegua sólo para llevarme a mí por los campos, a los esteros donde me perdía entre las malezas y las flores silvestres.

No sé cómo Luis me convenció de que él tenía un secreto para mí y sólo para mí. Un día me lo mostró en el entretecho del granero: era su pene erecto. No me pareció gran cosa comparado con el del potro, pero de inmediato sentí unos intensos cosquilleos en el pubis y deseos de orinar. “Quiero hacer pichi”, el comenté sentada sobre la paja. El se rió. “Haz pichi no más”, me contestó. Me levanté las faldas, bajé los calzones y dejé, con mucho placer, caer sonoramente el líquido. Olía. Mojaba. Aliviaba. Descubrí los ojos estupefactos de Luis. “¡Te hiciste pichi!”, dijo, “¿Y ahora que le voy a decir al patrón?”. “Nada. ¿Por qué el tío tiene que saber que me hice pichi en el granero contigo?”.

A partir de ese momento los paseos en yegua con mi prima perdieron interés, pues prefería ir al entretecho del granero a observar el pene de Luis para tener esos deseos intensos de orinar frente a él. Me gustaba mucho el juego. A veces también íbamos al estero y yo volvía con los calzones mojados y manchados con pasto verde. Me parecía que ahora sí que compartíamos un gran secreto, que verdaderamente éramos cómplices.

- ¿Te gustaría ver un pene?- le dije un día a mi prima.
- Sí, me encantaría ¿dónde hay uno?
- Luis tiene uno grande, aunque no tan grande como el del caballo que hay en el potrero de atrás.
- ¿Y puedo verlo?
- No sé- me jacté- Tendría que preguntarle a Luis porque sólo me lo muestra a mí.

Le pregunté al peón y nos citó a las dos en el gallinero principal a la hora de sacar los huevos. Nos sentó sobre unos mesones llenos de granos y sacó el pene para lucirlo.

- ¿Qué les parece?- nos preguntó.
- Está lindo, pero es verdad que no como el del potro… ¿puedo tocarlo?- dijo Sofía.
- No, sólo ella puede tocarlo y tenerlo- contestó Luis, claramente vengándose de la patrona, aunque hasta el momento yo nunca lo había tocado.
- Pero yo quiero tenerlo- acotó la princesa consentida mientras yo, una vez más, tenía deseos de orinar. Luis me miró y adivinó. De pronto me tomó en brazos y me acomodó a horcajadas sobre su vientre. Sentí el calor de su pene en mi entrepierna.
- Es de ella- dijo.

Sofía cada día le rogaba que también pusiera su pene tibio entre sus piernas, y cada día Luis me deleitaba con su calorcillo desafiando a la princesita que, esta vez, no tenía lo que quería. Así que ahora el juego consistía en que cada vez que yo tenía ganas de orinar él colocaba su miembro en mi entrepierna para que, en vez de mojar la paja, lo mojara a él mientras Sofía moría de celos.

No sé cuánto duró ese verano en el casa del campo de mi tío, pero sé que todas la vacaciones estuve en este juego con Luis y que cuando con mi abuela nos marchamos por la alameda lamenté mucho tener que dejarlo. Al verano siguiente volví con las esperanzas de encontrar a Luis, pero ya no estaba porque había decidido terminar la secundaria. Entonces los paseos en yegua con mis primos me parecieron tan aburridos.

25 septiembre 2005

Algo inusitado

De regreso del nuevo local de un amigo, con los dos niños, uno adelante en la patineta, la otra arrastrando su propio coche, me topo con seis rezagados de la marcha por el orgullo gay. Dos ellos son travestis. Uno, pelo largo, rubio, bluyines y blusita ajustados, alto, tosco, maquillado. El otro, un mulato más delgado, pantalones negros delineando las piernas, el pelo tomado en cientos de trencitas que le llegan a la cintura. Están a un costado de la iglesia de los salesianos y al verme venir y pasar comentan algo que escucho, pero ciertamente no entiendo. ¿Qué pueden comentar seis gays en la alameda de una "señora" como yo?, pienso mientras camino entre ellos. Al doblar en la esquina, los olvido, observo un velatorio y su gente alrededor, tratando de imaginar quién era el difunto, si, por los rostros, puedo deducir si la muerte era esperada o no, más allá algunas jóvenes entrando a la iglesia. De pronto, alguien me golpea fuertemente las espaldas, tanto que pensé que algún amigo bruto me estaba dando una sorpresa, pero acto seguido, o sincrónico a mi pensamiento, siento un apretón furioso en mi culo. Por el ángulo visual más alejado del centro, aparece la figura del travesti rubio, que me dice "perdón".

¿Perdón?

Varias cuadras más allá todavía sentía el escozor del pellizcón en mi nalga, un apretón que, por cierto, no tenía nada de erótico, ni sensual, ni morboso... y varias cuadras más allá, todavía seguía perpleja, sin poder entender qué había pasado, ni menos que llevó al travesti a agarrarme así.


Un sólo pensamiento

Uno solo ocupa mi mente, incluso cuando las burbujas del organillero nos rodean y los niños nos aplastan bajo su deseo de tomar lo intagible ¡puf! ya creen que las tienen en la mano cuando se desvanecen, pero vuelven a correr tras las pompas de jabón, cayéndose, saltando, gritando, desesperándose, riendo, empujándose ¡puf! ya las alcanzan y revientan en millones de gotas invisibles. Así persigo yo al sujeto de mi deseo.

Jean Lahor

He vivido, he soñado ¿habré creado nada más que un sueño?
El dolor y la lucha y el duro trabajo humano
Y la felicidad y la ebriedad o la alegría tan breve
¿no fue todo para mi, mortal, un vano sueño?

He vido, he soñado, he conocido el engaño
El engaño de amar y creerme amado
y los besos y el llanto ¿no era todo sino un ensueño
como la dulzura de los ojos que me han encantado?

Sueño, habría pasado por el sueño de las cosas
Y el extraño encanto y la tierra y el cielo
Al huir ¿no habrán dejado una huella real
a mis ojos muertos bajo los párpados cerrados?

El universo vacio es un reflejo de mi ser
He pasdo, he soñado, atormentado por igual
¿Será real sólo la sombra en la desapareceré
juntos con los recuerdos de las luces que me dio?

24 septiembre 2005

La llave

María, estoy leyendo el libro que me prestaste. Claro, después de leer a C. Millet, después de leer fantasías eróticas de estricta descripción biológica, llena de fluidos candentes o de miembros caninos en aberturas femeninas, ésta resulta ser una novela de una exquisita y sutil perversión. Tiene tantas aristas que uno se pierde en su profundidad, en los recovecos del deseo humano que bien se puede manifestar en un matrimonio de más de veinte años que deja entrever, sólo eso, apenas desde la palabra disimulada, los inusitados giros que el sicoanálisis, desde una mirada bastante reduccionista, podría clasificar en claras patologías. Sin embargo, no, aquí no, la lujuria no es una desviación mental, la lujuria es parte de una condición que se alimenta de celos, de deseos, de fetiches, de paciencia, de velos, de máscaras. Fascinante. Gracias, María, algo mejor a lo que aspirar.

22 septiembre 2005

No me llames por mi nombre

Extendió su brazo óseo hueco, las órbitas desencajadas en el suelo, con las garras enterradas en la piel fresca y sangrante.

- ¡Suéltame! ¡No quiero morir!- gritaba la niña.
- ¡No quiero morir!- aullaba la vieja- ¡Perdóname! ¡Llámame María Magdalena!

La atraía hacia el lecho de muerte, la grieta profunda, las sábanas blancas, recién planchadas.

- Suéltame. No quiero morir- lloraba.
- ¡No digas mi nombre! ¡Llámame María Magdalena!- seguía aullando.

El rostro se iba hundiendo en la blando vacío, la sangre fluía por los extremos, el último suspiro quedó grabado en una arruga.

- Yo soy María Magdalena- dijo su cuerpo rejuvenecido.

21 septiembre 2005

La fiesta soñada

- Tu té verde, amor.
- Gracias.
- ¿Viste que la Tierra está sobre el inodoro?
- Ya lo sabía. Siéntate a mi lado.
- No, gracias, me parece escuchar un ruido en la puerta de calle.

Sale. Dos personas, un hombre joven y una mujer madura, forcejean con la puerta de madera.

- No hay que dejarlos entrar.

Están enfurecidos y ya casi entran. Del otro lado, intentan detenerlos, juntar las alas lo suficiente para correr la traba, pero los de afuera se abren paso y se desata una lucha de golpes a mano y objetos contudentes. El hombre joven cae primero, luego la mujer desvanecida.

- Está muerto.

Corre por el largo pasillo que conduce al patio trasero. Algunos bailan, otros beben, unos comen, aquellos charlan.

- ¡Maté a un hombre!
- ¿Venía solo?
- No, con una mujer.
- Entonces, hay que matarla a ella también- sentencia la anciana.

Los cuerpos yacen en el patio apenas iluminado por los faroles entre el follaje. A un costado del espino, cavan un agujero. Entre los rosales, otro. Mientras, el cádaver de la mujer se esconde entre los arbustos y el muro. El del hombre no entra en el hoyo.

- Me duelen las manos de tanto cavar, hay muchas piedras.
- Debes seguir, aunque te sangren las los dedos.

Debo seguir cavando la tumba del hombre. Debo seguir, yo lo maté.

Intentan meterlo, pero siempre algún miembro queda afuera, a pesar de las cortosiones que le practican.

- No cabe, no puedo cavar más profundo.
- Entonces, corténle la cabeza.

El cuerpo anudado, la cabeza en su pecho, mucha tierra encima, todos apisonan hasta casi no dejar huellas.

- Habría que poner una lámina de pasto.
- No, un rosal.

El cuerpo de la mujer espera tras los arbustos.
El timbre.
Silencio.

- Apaguen esa radio.
- Silencio.
- No abran la puerta.

Silencio.
Entran dos hombres buscando al primero.

- Ése es el que se robó al niño- murmura alguien.
- El día que salió sin su madre a comprar un dulce en el almacén.
- Y la madre no podía articular palabra.
- Olvidó todo, hasta el nombre de su hijo.
- Ella lo mató.

Los dos jóvenes buscan en el patio. Uno de ellos se encuentra con el cadáver de la mujer mientras el otro recorre los gallineros del fondo. La anciana le envuelve el cuello con una camisa que se secaba, están rojos, los dos.

- No podemos dejar vivo al amigo.

Un cuerpo está enterrado bajo los rosales, otro al lado del espino, otros dos en sendos maceteros.

- Tu té verde, amor.
- Gracias.
- ¿Apareció el niño?
- Sí, lo habían dejado en la playa.
- ¿Alguien preguntó por los muertos?
- No, nadie.
- ¿Alguien de la fiesta habló?
- No, nunca.

Memorias de la educación sexual: "Las Misses"

Al morir mi padre, ante la vulnerabilidad de mi madre, transité por una serie de colegios hasta que llegué a uno privado de unas hermanas inglesas: Dacia, Marjorie y Connie. Miss Dacia era la directora, miss Marjorie era la profesora de inglés y miss Connie era la profesora básica que me recibió comprensiva y cariñosamente a los siete años. Ella se preocupó de que los otros niños me integraran al grupo que ya venía unido desde el prekinder. Recuerdo que la sala era grande, de amplios ventanales que daban a un patio por entonces extenso en la precordillera de Santiago y que daba la sensación de estar en medio del campo, pues al salir aún se podían ver en las parcelas adyacentes vacas pastando y mujeres cosechando moras. El colegio de a poco se fue atiborrando de edificios, el barrio de nuevas casas y calles y nosotros creciendo imperceptiblemente. A lo largo de esos años, miss Connie siempre me quiso especialmente, tal vez viendo cómo sus criaturitas se iban trasformando en niños y niñas, en hombrecitos y mujercitas porque ya estábamos al borde de la pubertad, en algunos despertando ciertas sensibilidades antes que en otros. Y de pronto mis compañeros comenzaron a interesarse más en hacer agujeros en los camarines que en la clase de gimnasia. Yo que siempre dibujé, que siempre fui lenta hasta en mi desarrollo hormonal no me di cuenta de este cambio y accedía feliz a dibujar a mis compañeras desnudas en el camarín para después cambiar las láminas de tal o cual por colaciones más apetitosas que las mías. Y también sin apercibirme de ello, comencé a recibir los más insólitos agarrones en el trasero que respondía, a mi acostumbrada manera, con puñetazos y patadas. A pesar de ello, mis compañeros, y hasta algunos del curso paralelo, no escarmentaban y más bien aumentaban sus toqueteos hasta que un día tomé a uno de ellos por los cabellos, lo giré como trompo y luego lo lancé por un desnivel de terreno. El chico quedó bastante mal y su madre fue a reclamar a la dirección. Una vez más de todos esos años, míster Calderón, que no sé bien qué función cumplía, me llamó a su oficina en el edificio principal.

- Pero, Niñita- y era el único que me trataba con ese diminutivo- ¿por qué le pega a sus compañeros?
- Porque me agarran el culo, míster.
- Ay, Niñita, pero una señorita como usted no puede comportarse así. Usted lo que debiera hacer es informar a algún profesor o inspector del colegio para que castigue a esos chicos.

De manera que decidí tomar los consejos de míster Calderón y esperar la próxima ocasión en que algunos de mis amigos osara tocarme el trasero otra vez. Por supuesto la ocasión no tardó en llegar. Ocurrió en la clase de inglés. Me levanté de mi puesto a sacar punta al lápiz en el otro extremo de la sala donde estaba el basurero y al pasar por el pasillo, uno de mis compañeros, uno que nunca que me había tocado, mete la mano por debajo del júmper y me pellizca una nalga. Me giro y lo miro. Él me devuelve una mirada entre asustada y desafiante, a ver si me atrevía a pegarle en la clase de miss Marjorie, que era temible de verdad. Sin embargo, vuelvo a girar, camino y me detengo al lado de la profesora frente a toda la clase.

- Miss, Bruno me acaba de agarrar el culo.
- ...

Silencio total en la sala. Miss Marjorie detiene en seco la tiza en el pizarrón.

- ¿Y más encima me lo viene a contar?
- Pero, es que yo…- no entendía nada.
- Lo que sucede es que a usted le gusta que la vayan toqueteando por ahí- sentenció.

En medio del silencio, miré a una compañera y nos sonreímos al pensar “¡Esta vieja está loca!”

- ¡Ajá! Y encima se ríe ¿tanto le gusta? ¡Tan chica y pensando en acostarse con hombres! ¡A inspectoría general!- apuntó la puerta de salida, en una condena que significaba suspensión por varios días, seguro.

El silencio era sepulcral. Yo no entendía nada. Nadie entendía nada. Bruno me miraba como diciéndome que él nunca había querido provocarme este problema. Miss Marjorie me agarró de las patillas y me arrastró hasta la oficina de la inspectora general, a quien le dijo algunas palabras. Me senté frente a miss Juana en medio de una oficina desordenada. En un rincón se acumulaba un cerro de ropas perdidas. En otra esquina, una sección destinada a los objetos requisados. Más allá una serie de cajoneras rebosantes de papeles. Miss Juana había comenzado a charlar conmigo y entre frases como “pues, sí, la sexualidad es así” yo miraba el cerro de ropa a ver si encontraba mi zapatilla antes de que mi madre se diera cuenta de que la había perdido, “en cierta ocasión mi marido me engañó con otra mujer, es decir, tuvo relaciones sexuales con otra mujer, pero yo lo perdoné por…”, esa polera de allá parecía ser la que Lorena había dejado en el club deportivo, “y es que una relación sexual debe ir unida de un sentimiento de amor”, y esa bufanda debía ser la de Claudia porque tenía un monito de Hello Kittie pegado en un extremo, “estos sentimientos y sensaciones son normales al crecer, los niños desean tocar a las niñas, pero…”, ay, por favor, que apareciera mi zapatilla y ¿ese sweater?, “¿Entendiste, mi amor?”. Miré a miss Juana.

- Sí, miss Juana.
- Ya te puedes ir.
- ¿No me va a castigar?
- ¡Pero, linda, vaya no más!

En la sala me esperaban mis compañeros expectantes.

- ¿Cuántos días te suspendieron?
- No me suspendieron- sorpresa general.
- ¿Entonces que te dijo la miss Juana?
- No, nada, me dejó sentada allí un rato- no me atrevía a contar la historia del marido, parecía demasiado confidencial. Entre tanto, mis compañeros parecían muy desilusionados.
- ¡Ah! Juan Pablo,- dije- estaba tu sweater en la inspectoría y también vi el yo-yo de Felipe.

A pesar de todo, los toqueteos seguidos de puñetazos, patadas y volcamientos en el suelo continuaron. Un día me di cuenta de que miss Connie ya no me miraba como antes, sino con cierto desprecio y que, además, miss Marjorie no dejaba de acusarme de comportamientos inapropiados, a su manera claro, como en cierta ocasión en que estaba conversando con un compañero en clases, cállese, me dice, y junte las piernas, ah, pero claro, si a la señorita le gusta abrir bien las piernas, ya sabemos para qué, y me imagino que la mayoría de nosotros no sabíamos para qué querría tener siempre las piernas bien abiertas. Y sin siquiera darme cuenta fui adquiriendo una fama entre los profesores que estaba demasiado lejos de lo que yo era por entonces, hasta que para un ensayo general de navidad cantando no sé qué canción, muy callada riéndome con un amigo que cantaba aún peor que yo, de pronto, miss Dacia detiene el ensayo en que participaban todos los cursos y con cierto tono que recuerdo al borde de la histeria, grita:

- Miss P., usted está hecha toda una vampiresa ¡Váyase de aquí!

No supe qué pensar porque la palabra vampiresa nunca había figurado en mi vocabulario, a lo sumo pensaba que era la hembra del murciélago y que miss Dacia me tomaba por sorpresa con un término que debía conocer. Recién al llegar a casa y ver lo enfurecida que se puso mi madre con la historia, comprendí que debía tomarlo como un insulto, pero todavía sin saber qué suerte de insulto.

Afortunadamente para las misses y para mí, llegó la recesión económica en medio de la dictadura y, puesto que mi abuela ya no pudo pagar más el colegio privado, me cambié al liceo de niñas.

20 septiembre 2005

El café está bueno, María, aunque sea nescafé

El café tiene olor a calle fría, a soledad transeúnte, a ausencia de destino.
De pronto, parece que todos parten hacia otro lugar, se van, no sé a donde, ya se me confunden los nombres de ciudades, los países, las universidades, los motivos y esta urbe se trasforma en el gran albergue transitorio.

Los días frí0s de invierno, la nieve cubriendo el parque, cámara en mano helada, dedos irresolutos, el único cobijo era una cafetería, aunque todos los cafés eran descafeinados en esa ciudad, todas las cremas descremadas, sabor a nada, le decía a Matt, el baterista y Matt preparaba mokka, irlandés, chocolate, cubano, pero ninguno tenía sabor a café ni a crema.

En el albergue estábamos todos solos, pero todos nos acompañábamos, en un día se entrelazaban amistades profundas, en una semana se sentía inseparable del otro, justo cuando uno tenía que partir, verlo bajar con las mochilas por el metro o alejarse en el taxi. La tristeza nos invadía, el peso de que cada uno de nosotros un día partiría en la misma soledad, dejando aún más desvalidos a los que se quedaban en el albergue.

Entonces, un café en la librería, aunque fuera descafeinado.

No existía la posibilidad de decir no te vayas, tal como ahora, que todos parten hacia otro lugar.

Está bueno el café, María, incluso mejor que entonces.

18 septiembre 2005

Certeza fatal

Algunas noches, pues siempre ocurre cuando la luz se ha desvanecido, me asalta la certeza de la muerte. Es difícil trasmitirlo. En aquellas ocasiones me hago conciente de mi mortalidad, del deterioro del cuerpo, del paso del tiempo, de la nimiedad de la (mi) existencia.

Suelo levantarme, pasear, ver mis trabajos, empezar uno nuevo, para disipar la angustia que me persigue como una rata asustada por los rincones de mi casa.

Sueño.

Una habitación clara, una gran cama al centro, al costado una silla contra la ventana enorme, fresca, ventosa y sentado en la silla, él. Me parece que intento algún tipo de reconciliación o de entedimiento, pero él mantiene la distancia, repitiendo, como siempre, siento un gran afecto por ti, que se golpea como un martilleo en mi mente, como una cefalea, siento un gran afecto por ti, siento un gran afecto por ti, palabras que van tejiendo un alambre de púas a su alrededor... una rata enorme, horrible, mojada, surge por entre las tablas. Está desesperada, corre, choca contra los muros, los muebles. Yo le grito que abra la puerta. Él se ríe de mí. Por favor, que abra la puerta para que el animal encuentre una salida. Él sigue riendo. La rata trepa por las sábanas y sube por mi cuerpo enterrando sus garras filosas en mi carne. Me duele. Le pido que me la saque, pero él no deja de reir como si presenciara el teatro más absurdo. La rata llega a mi nuca, se mete bajo el pelo, hunde los colmillos en mis venas.

La misma rata me persigue ciertas noches con la certeza de la muerte. No sé qué hacer, si es que tengo que hacer algo, de pronto se me desvanecen todos los sentidos que me he inventado y me pregunto cómo irá a ser ese momento, pero sobre todo para qué... para qué todo.

Sueño.

La casa de mi abuela, de mi infancia, por primera vez no está en mis sueños, sino que se levanta el edificio que en realidad ahora tapa ese suelo que fue nuestro. Lloro un momento, camino por la calle Suecia hacia la avenida Irarrázaval y, como nunca antes, me siento perdida. Me parece simple tomar una micro que me lleve por la Alameda. Me equivoco, se interna en barrios desconocidos y oscuros y, cuando creo reconocer una plaza, me bajo. ¿Cómo pude confundir la plaza? Camino entre las casas, me meto por calles sin salida, paso por el lado de dos hombres que me fuman apoyados en un poste, los miro bien, son exactamente iguales. Más allá, dos chicas deciden ayudarme y una de ellas se ofrece a salir conmigo hacia la avenida principal. Me siento más segura con ella, vamos de la mano. De pronto vemos que una chica que se está drogando nos observa e, inmediatamente, corre hacia nosotras con un cuchillo. Luchamos y yo sólo pienso que no quiero morir, pero antes de terminar siento que, por la espalda, me penetra el cuchillo y comienzo a desvanecerme hasta caer al suelo herida. No puedo ver que fue de la niña que me acompañaba y pido que, por favor, llegue una ambulancia, antes de que ya no resista más el desangramiento. La chica drogadicta se va con mi mochila, mi abrigo, indiferente, la veo alejarse en medio de la bruma de mis ojos.

Olvidar

Y yo que pensé que lo peor había pasado.
Los abusos sexuales.
La violación de niña.
La muerte del padre.
El alcoholismo de la madre.
Había pasado, pero no era lo peor.

Algún día, olvidar.
Entonces no quedará nada.
Nada.
La memoria fundida en el recuerdo de un dolor que ya no se siente.

Aquellos son dolores que ya no se sienten.

Y, sin embargo, lo peor estaba por venir.
Vino justo cuando parece que aparece la madurez.
Pero es locura.
Locura.

Ella es el hilito de plata.
La cadena de carne que no permite el olvido.
El recuerdo que también puede ser peor.
Ella no permite el asesinato.

Tal vez tenga que esperar veinte años para poder empezar a olvidar.
O para poder matar.
Pero, veinte años no es nada.

Antes de eso, estaré en el borde de la tumba.

16 septiembre 2005

Nada extraordinario

En un sobre pongo el dinero para la autorización de viaje que tiene que firmar, el carné de María Paz y las fechas probables de ida y regreso. Luego de enlatarnos en el metro con los chicos, la dejo en casa de sus abuelos y a Fernando en el colegio. Sigo caminando rumbo a la oficina de la editorial.

Es jueves. En la oficina, nada especial, salvo que me dedico el día entero a escribir un guión y dibujar un cómic para un proyecto específico, entre llamada y llamada. Al salir, lo llamo para que vaya a dejar a María Paz a casa.

Llego y ya está allí, esperando. Me devuelve el sobre con el permiso.

- Te saqué mil pesos del vuelto para el metro.
- ¿...?
- El pasaje de ida y vuelta por venir a dejar a la Agustina.
- ...
- ...
- ¿Así que ahora cada vez que veas a tu hija voy a tener que pagarte la locomoción?
- Es que no tengo plata.

Más tarde, a la una y media de la madrugada estaba esperando micro en Providencia después del cumpleaños de mi amiga y socia. No quise tomar un taxi, a pesar de que la línea que me sirve nunca pasó. Una mujer me conversaba de su vida, que trabajaba vendiendo dulces afuera del canal nacional y que este día había sido particularmente bueno porque no le quedaba nada (¿no era la declaración de la Larraín en el Rojo?). Ahora se iba a su casa a planchar el traje de huaso del hijo mayor (que luego cosería para el menor), que a las siete tenía que estar en la distribuidora de dulces y antes de las ocho se instalaba otra vez afuera del canal. Me sentí miserable.

Se fue. Segui esperando, pero no sé qué, porque ya las micros casi no pasaban. Tal vez a que suceda algo extraordinario... No me decidía a tomar un taxi ni a caminar. De pronto, un automóvil se detiene.

- ¿No te da miedo subirte al auto de un desconocido?
- No.
- ¿No piensas que te pueda suceder algo?
- Sí, pero puede ser en cualquier lugar

Pienso que ya no tengo miedo, me miro al espejo, soy una mujer de treinta y tantos, con dignas arrugas, ya soy más una señora que un objeto sexual. Tampoco tengo nada que me roben.

- ¿Por qué no me das tu mail?
- No.
- ¿No quieres que sigamos en contacto?
- No.
- ¡Qué rara eres!

Me bajo en el Museo de Bellas Artes. El trayecto fue corto y el interrogatorio del tipo, largo. Camino a casa por Catedral. Dos cabros hippientos se me acercan, avanzamos un par de cuadras cuando me dicen que van al Túnel.

- Pues ya se pasaron.

Sigo.

La Plaza de Armas está iluminada y habitada. Me siento un momento a mirar la Catedral, que a esta hora no se refleja en el edificio del vidrio, en esa imagen tan recurrente de las fotografías. Están armando unos puestos y un escenario.

No hay ningún fotógrafo, pienso.

Reanudo la marcha. Un hombre, mal vestido, de un aspecto un poco amenazante, comienza a seguirme. Va detrás mío, muy cerca, lo siento respirar. Me sumerjo en mis pensamientos mientras, a lo largo de una cuadra, lo llevo casi al lado sin saber que pretende. Adelanta un paso y se pone a mi costado, me observa por segundos y cruza la calle. Del frente me grita si tengo hora.

- No.

Ya llegué a Santa Ana.

En mi casa, por fin veo a los niños. Es lo que quería. Es lo único que quería: volver para verlos. Y allí están.

Hago la última llamada teléfonica y me duermo.

14 septiembre 2005

Memorias de la educación sexual: "Floripe"

Uno no podría creer la educación liberal que las mujeres solas pueden entregar a su progenie femenina, incluso cuando por allí anda circulando una tía que cada día te hace rezar el rosario, te explica las virtudes de María y te lleva a todas las misas necesarias, que no siempre son los domingos, por lo que recuerdo. Mi tía Albina era católica observante y demócrata cristiana. Mi tía Adriana no solo era católica observante, sino que además pertenecía a un grupo de mujeres que se autodenominaban “Legión de María”. Mi abuela se decía católica, pero detestaba a los curas y las monjas porque decía “quizás qué cochinadas hicieron cuando se tomaron la Catedral”. En aquella época yo me imaginaba que las tales “cochinadas” era que, si se habían tomado la iglesia, no podían salir de ella y, por lo tanto, andaban cagando y meando a los pies de los santos; aunque ahora sé que no se refería a eso, siempre se me ha quedado esa imagen. Mi madre también se decía católica, aunque no iba a misa, ni se confesaba, detestaba a curas y monjas, pero quizás por una cosa jerárquica, tan propia de nuestra idiosincrasia, no se podía hablar mal del Papa delante de ella. Mi tía Albina, Adriana, Matilde, Victoria, mi abuela y mi madre, viudas, divorciadas (en rigor, anuladas según la ley de entonces) y solteras (aunque no fanáticas, dirían ellas mismas). De manera que me crié en un ambiente profuso en mujeres solas que, a diferencia de lo que se podría pensar, tenían una visión muy liberal del sexo ¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Quién sino ellas sabían lo necesario que era tener un hombre al lado?

De todas ellas, mi abuela era la más hipócrita. Y mi tía Albina también. Mi abuela, en épocas que no se usaba como hoy, tuvo dos hijos sin casarse, uno se murió a los pocos meses de nacido y la otra, mi madre, sobrevivió a pesar de que mi abuela no le diera de mamar durante casi todo el primer mes porque lloraba mucho (¿cómo no iba a llorar la pobre criatura?). Después le contrató una nodriza y ella siguió trabajando sin preocuparse más. El detalle es que mi abuela había concebido a esta cría con su tío, hermano de su padre, y sólo se casó con él cuando se enamoró de Rubén, quien quiso poner todo en orden ante la ley civil y divina antes de vivir con ella, para que mi madre quedara protegida. Y mi tía Albina, dicen que de jovencita se había enamorado del chofer de su padre, el mismo de mi madre, que había quedado embarazada, que había abortado y que por eso después nunca pudo tener hijos con su esposo. Mi tía Matilde se había enamorado de un hombre de familia acaudalada de la zona que, poco antes de la fecha de su matrimonio, tuvo un accidente en un río, donde murió ahogado. Mi tía Matilde, sin consuelo, abandonó sus estudios de leyes, se fue a vivir sola a un pueblito y comenzó a trabajar en el registro civil, actividad que le permitió obtener un bebé en un hospital e inscribirlo como suyo sin problemas. Mi tía Victoria tenía relaciones con un hombre casado, quedó embarazada y poco antes de que naciera el niño, el hombre murió de un infarto en una casa de prostitutas. Sin embargo, entre ellas faltaba mi tía Floripe, preciosa cuentan, colorina, muy blanca y de ojos profundamente negros. Dicen que poco tiempo después de su primera menstruación, mi abuela, la enésima mujer de mi abuelo, notó algo fuera de lo común en ella y se lo comunicó a su conviviente, pero él no la escuchó (¡qué extraño! ¿no?). Este comportamiento fuera de lo común se fue manifestando con mayor fuerza con el paso del tiempo y no consistía en otra cosa que la hermosa muchacha asomándose por el balcón de su casa en la plaza principal de Santa Cruz mostrando sus desnudos senos, blancos con su aureola tan rosada como sus cabellos, a todos los hombres que por allí transitaban. Tenía un afán, muy familiar por lo demás, de adorar los cuerpos masculinos sobre ella, le gustaba pasearse desnuda por los campos, gritar que amaba a los hombres y dejarse acariciar por todo aquel que ella deseara. En aquella época prefirieron pensar que estaba loca y mi abuelo, sin escuchar más consejos que sus propias limitaciones, la mandó a una clínica siquiátrica en Santiago donde, a falta de otros recursos, le practicaron terapias de golpes eléctricos. La muchacha volvió, por supuesto, peor que antes y como siguiera buscando hombres para calmar el blanco ardor de su deseo, el patriarca decidió encerrarla en su dormitorio, tapiar todas las ventanas que daban al exterior. Sólo se le permitía comer en la mesa familiar, pero la chica escupía el plato de su padre, le agarraba el pedazo de carne asada para lanzárselo al gato que por allí circulaba, le quebraba la copa de vino en su narices y no dejaba de hablar sobre sus deseos insatisfechos de una manera que escandalizaba hasta a sus propias hermanas. Pronto ni siquiera la dejaban salir a comer y se corrió la voz de que se trataba de una loca agresiva y peligrosa. Mi mamá, que por entonces era pequeñita, entraba a escondidas a su dormitorio y, a veces, dormía con ella. Floripe se dejaba peinar sus largos, crespos y rojos cabellos sólo por ella y hasta consentía vestirse para lucir sus trajes. Las versiones sobre su muerte son confusas y ya no podremos saberlo porque todas mis tías han muerto, si es que hubiesen querido contar la verdad. Sólo sabemos que aún era bastante joven.

Al pensar en la historia de mi tía Floripe no puedo dejar de pensar en la historia calenturienta de todas las mujeres de la familia y, claro, en la mía propia. ¿Qué me hubiera pasado en aquella época, bajo el dominio de mi abuelo, cuando me subí desnuda al mástil de un barco hundido en la bahía de Cocholgüe? Una escena que puede resultar hermosa para unos, otros heridos por sus propias represiones prefieren llamar locura. Sí, porque yo no me puedo imaginar nada más hermoso que el cuerpo de Floripe desnudo por los campos de Santa Cruz gritando a todos los vientos que desea hacer el amor o yo misma, a los veintitrés años, en medio del mar, nadando desnuda hasta llegar a ese mástil que se erigía ya saben como qué, para montar hasta la cima y desde allí, gritar a quien quisiera escuchar que deseaba hacer el amor con Reinaldo (y Reinaldo no quiso escuchar) mientras treinta alumnos de mi curso de la Universidad y los pescadores de la caleta observaban estupefactos, por diferentes razones, esta escena.

¿Se puede imaginar algo más hermoso?

Nombrar María Paz

Adolescente.

En el barrio, vivía una chica argentina. La adoraba, era su sueño dormido y despierto, la buscaba, la contemplaba, le escribía poemas, le dedicaba novelitas donde aparecen sus tempranas inquitudes por la filosofía. Y todos sabían de este amor. Aún lo recuerdan sus compañeros de colegio, sus padres, sus amigos de aquella época.

La niña se llamaba Agustina.

Ahora, ya tiene unos marcados surcos en su frente, en los ojos y alrededor de la boca.

Al nacer dijo que la llamaría así.

Apenas sugerí un "María" y un "Paz", pero estaba demasiado cansada para discutir el nombre, tenía demasiado miedo de perderlo como para insistir, estaba demasiado ciega de amor como para no darle esa felicidad, demasiado convencida de que yo era la victimaria como para reclamar nada; en una palabra, estaba convertida en un estúpida.

Y mi niña fue inscrita como Agustina, sin más, omitió cualquiera de los nombres que yo también quería.

Y tenemos más arrugas después de dos años.

Un día desperté lúcida y le cambié el nombre. Juntas nos metimos en la tina con sales, apenas la luz de una vela, la abracé en el agua y la llamé "María Paz", los dos nombres que su padre omitió en el registro civil.

Me siento mejor. Lo sigo odiando, sin poder hacer nada, pero al menos el nombre de mi hija no me lo recuerda a "él", sus amores del pasado, vivos o muertos.

Días de oficina

Hoy tocaba la columna sobre la memoria de la educación sexual, pero estoy en una oficina haciendo de secretaria. Anoche, cuando cenaba con unos amigos, me llamaron de la editorial para pedirme este favor en tiempo de crisis, cuando un número considerable de trabajadores está con permiso.

Y extraño el bullicio de mis hijos (¿te acuerdas, Daniel, que odiabas esa palabra... "bulla"?)

Y me cuesta tanto llamar para confirmar la asistencia a un evento (nunca he sido buena para hablar...).

Y tengo hambre.

Y ya no tengo libido.

- ¿Qué pasó?

- Nada.

- ¿Qué cambió?

- Nada.

- ¿Ya no lo repetiremos?


Es que tengo demasiado odio para hacer el amor.

O quizás, en el fondo, por un imperativo biológico asociado al sexo femenino, sólo quería hacer el amor con "él". Quizás hacerlo con otros, anónimos, era una forma de vengarme. Ahora ni eso tiene sentido. Nada.

Alguien pide tono de fax... la máquina me complica mi primer día de oficina.

12 septiembre 2005

Escribir

Mientras decido en qué dirección tomar el rumbo, tal vez deba escribir en complicado... en ocasiones parece que mientras menos claro eres, mientras más alargas la frases en tortuosas oraciones intercaladas, engolosinándote en descripciones cinematográficas tan similares y detalladas como Madame Bovary, disfrazando la primera persona en una ajena tercera, todo va mejor en el circuito.

- ¿El circuito eléctrico?

- Ese mismo, ése que no funciona si no es con cobre.

- Pelo de cobre, me decían allá en Chuqui...

- ¿Por lo colorín?

- No, por lo eléctrico, era como una pirinola de verbos y adjetivos haciendo cortacircuito... Por eso dejé de escribir.

- Tal vez haya sido la mejor decisión... Yo, en cambio, no escuché las mal habidas sugerencias de mis compañeros de taller en la universidad... Quizás era el momento de retirarse, aquel día que salí cabizabaja, con el texto arrugado entre mis manos, que fue a parar al basurero...

- Quizás...