13 diciembre 2008

El miedo de la casera

"No quiero morir sin haber hecho nada. No quiero morir antes de probar el sabor del semen otra vez, no quiero morir ahora que soy toda huesos y arrugas, pedazo de tela apolillada y resquebrajada como el desierto después de la tormenta cien años atrás.

No quiero morir mientras escucho a los otros hacer el amor, mientras otros escriben lo que yo nunca pude escribir, mientras la puta de abajo me muestra su trasero abundante de carne y grasa y grita en las noches que ya no puede más de placer.

Yo ya no puedo más. Los años se me acumulan en los huesos de las articulaciones, los años se acumulan y el calcio desaparece junto con la humedad de mi cerebro. Ya no puedo más. Hubo un tiempo en que pensé que mi cuerpo, voluptusoso como el de la bataclana de abajo, lo podía todo. Luego pensé que sólo era cuestión de cultivar el cerebro mientras lo demás se degradaba. Entonces escribía. Escribía todo el tiempo de todo. Llené páginas de novelas y ensayos ¿para qué? Para terminar de casera de unos imbéciles.

"Se arrienda pieza a hombre solo" cuelga el aviso en la ventana que da a la calle, a ver si alguno de esos hombres solos le hace el favor a esta vieja, pero a nadie le gusta el charqui sin sal, a nadie el interesa el alimento del alma ni las capacidades intelectuales reducidas. No, porque para follar, para culear, para tirar, para tener sexo, para hacer el amor se necesita un trasero como el de la de abajo.

Y me voy a morir sola sin oler un pene de cerca ni plantar un árbol ni tener un hijo ni publicar mi gran novela, vieja, vieja y seca."

El miedo de la estudiante

"Tengo miedo. Afuera no deja de llover hojas quemadas y no me atrevo a salir de mi covacha al sol porque me puedo encender también hasta desaparecer hecha un polvo negro que se pega a la suela de los zapatos transeúntes.

¿Qué sería si fuera polvo carbonizado? No algo muy diferente de lo que soy hoy acurrucada en mi temor. Así estoy, acá adentro, mientras afuera llueve, las rodillas pegadas a la frente y la nariz rozando los vellos de mi pubis, oliendo el deseo, que es tan dulce. Ése es el aroma de la vida, el único indicador de una precaria existencia entre los seres humanos, pedazo reproductor, función biológica, canasto de cerezas de carne roja, soterrada por dientes gastados y amarillentos, pasados a cigarrillo y alcohol.

¿Qué sería si no fuera polvo quemado? Una más, piernas que se mueven a un ritmo acordado entre la multitud ciega, brazos que se alargan pasando un billete creyendo que la libertad está dada por la capacidad de elegir lo que puedo comprar, boca programada para emitir mensajes diseñados desde los medios, sería gente, sería multitud, sería masa, sería hojas quemadas que caen sobre el pavimento asfaltado."

Carne

Su carne era lo que le envidiaba.

A través del cristal empañado en verano podía verla transitar de un cuarto a otro en la planta baja. Aún así, su carne se dejaba esbozar bajo los camisones que caían con descuido, el balanceo de las nalgas abundantes, las caderas anchas, las piernas que dejaban caer su peso sobre los asientos, los brazos anchos, el vientre abultado como la colina de una venus atlética, toda era curvas prodigiosas de carne, carne, era pura carne sonrosada, cuando se volteaba, cuando se arrodillaba, cuando se agachaba.

No podía dejar de imaginarla desnuda cuando gritaba en las noches, la sabía bajo el cuerpo de un hombre y veía la carne apretarse contra las sábanas o contra los músculos de otro cuerpo, sentía las vibraciones musculares, ínfimas, ondulantes, como el agua interrumpida por el golpe de una piedra, suave y opresora, lacerada por la gravilla del fondo, acariciada por las algas, siendo materia acuática en cada pedazo de piel multiplicado por la bondad de sus volúmenes carnales.

No podía resistir cerca de ella tanta carne. La odiaba por ello. Al encontrarla en el patio de Villa Códice, regando el jazmín que se alzaba sobre el muro de su costado, se le acercó y la tocó. Puso su mano añosa sobre el vientre de la de abajo. Su cuerpo revivió a los deseos de juventud, en apenas unos segundos recordó el orgasmo hasta el desmayo, deseando poder deslizar la palma hasta la entre pierna apretada de la otra. La de abajo, sobresaltada, la miró.

- ¡Por Dios que has engordado últimamente!- exclamó, la sonrisa detenida en el rictus cínico, la barbilla apenas conteniendo en estertores la excitación, mientras retiraba la mano de la carne de la otra.

Algunos instantes, la de abajo se quedó perpleja. El aroma del jazmín brotó al contacto del agua.
Entonces reaccionó:

- Sí. Mejor eso que una vieja seca a la que solo se le ven los huesos bajo la piel.

- Ah, pero tú todavía eres muy joven para estar tan "gordita".

- Y usted lo suficientemente vieja para estar seca... por todos lados.

La casera sostuvo la mirada, el costado derecho de su cuerpo temblando sin voluntad, con un párpado que se le caía.

- ¿Viste lo lindo que está mi jazmín? Mañana te doy una vitamina para que el tuyo mejore de aspecto.

- Sí, claro.

La casera entró en su casa apenas arrastrando una pierna sin mirar para atrás. Se tocó la cadera y solo sintió un hueso punzante en su mano.

28 noviembre 2008

La vieja se sentó a la sombra del naranjo maduro.

Era apenas una rama que salía de un macetero grande, se elevaba buscando el sol entre las altas paredes y lucía tres frutos inalcanzables.

Desde abajo, la vieja casera, con un vaso de cerveza, le gritaba a uno de los vecinos de más arriba.

- Así, así, con el palo, dale, un poco más a la izquierda ¡no! a la izquierda, zopenco, a la izquierda ¿nunca aprendiste cúal era la izquierda?

- ¿Para qué?

- ¿Cómo para qué, desgraciada criatura?

- ¿Para qué quiere una naranja? ¿de qué le sirve una sola naranja? ¿por qué no va al supermercado y se compra un kilo de naranjas mejor? Así hace jugo...

- Que saques esa naranja te dicen y te callas.

El vecino colgaba con un palo en la mano por la ventana del segundo piso mientras la vieja escritora lo observaba. Tiraba golpes sin darle nunca a la naranja. Tiraba golpes como si estuviese más entretenido en hacer bailar el palo por el aire mientras la mitad de su cuerpo apenas se sostenía del borde, como si el desafío estuviese en seguirle el ritmo sin caerse, como si lo que quisiera fuera dejar que la fruta se cayera pos sí sola.

- ¡Pobre! - gritó casi acertándole.

- ¡Qué pobre! Es solo una naranja.

- No, pobre la vecina de abajo ¡qué mal lo debe de haber pasado en la comisaría!

La vieja lo miró. No podía ser que no le diera a la naranja. Este tipo algo se traía entre manos. ¿Por qué pobre si ella se la buscó? Nadie la obligó a tomar tanto alcohol ni menos pegarle a una vieja indefensa como ella. No, claro, no era indefensa. No era como esa naranja. Quizás este pobre bastardo quería darle la naranja a la de abajo. Sí, por eso le decía "la pobre", como si fuera pobre, pobre nada.

- Ya. Mañana sigo ¿quiere? ¿por qué no me convida un vaso de cerveza mejor?

- ¡Mírelo! Más encima que quiere regalarle la naranja.

- ¿Qué?

- ¡Que no, que sigas hasta que botes esa naranja!

A esa hora la sombra ya era noche.

19 noviembre 2008

Encierro

Encerrada, no le quedó más que pensar.

Esta vez, la casera no la fue a buscar. Después del altercado pugilístico en el restaurante italiano, la vieja enfiló a Villa Códice, dejando a su suerte a la de abajo. Bien se lo merecía, pensaba, pendeja de veintiseis años dándoselas de mujer. La verdad es que no soportaba su suerte. La de ella y la de ella, por partida doble. Está bueno matar a alguien, pensó, pero si yo hablara, si yo hablara de la cocina y de lo que vi esa noche, no pasaría una noche en la comisaría, no, años en la cárcel, entonces ¿que haría?

Estaría obligada a escribir. Podría escribir todos los días todo el día. La vida sería mucho más fácil, las rutinas claras, la comida insípida, ningún otro horizonte que el cuarto compartido, ningún otro objetivo que llenar la famosa hoja en blanco, ése sería el destino si descubrieran el cuerpo bajo las baldosas de la cocina remodelada. La vida se limitaría a la responsabilidad de escribir.

Ya en la casa, la casera se encerró en la biblioteca y acarició sus libros, los olió, los besó, aroma a tinta añeja, a vida añeja, hija de puta, tan joven y yo con una pata en la tumba, la vulva seca, secarte en la cárcel, eso es lo que te mereces, que tu vientre se hinche, las tetas se te caigan, que cuando salgas no haya un solo pene a tu alrededor.

No pienso en el pene, pensó, sino en la hoja en blanco, yo soy esa hoja en blanco, tú ya estás toda surcada por el peso de la pluma, del lápiz o de la tinta impregnada en tu fibra, estás seca, tu cerebro seco ¿qué harás ahora?

La casera lloró. Lloró a oscuras y borracha sobre sus libros, que no se atrevía a leer otra vez.

La de abajo lloró. Lloró encerrada, a oscuras y borracha. Ella sólo deseaba llenar la hoja en blanco.

17 noviembre 2008

En "Il Bacio"

Después de tres o cuatro tragos asimilados en el cerebro, la de abajo le preguntó:

-Bueno, usted ¿alguna vez escribió?
-¿Yo?
- Sí, claro...
- Como todo el mundo, un diario, unas cartas, sí, por supuesto.
- No, quiero decir cuentos o novelas, un libro publicado, por ejemplo.

La casera bebió un sorbo grande de gin tonic. La de abajo pensó que la tenía acorralada y celebraba el éxito de su tesis. La vieja pensó largo rato. Cierto vago sentimiento de culpa, por el golpe en la cabeza de su vecina, le hacía considerar revelar su secreto, pero, en realidad, ese sentimiento se diluia cada vez más en el gas de la tónic.

- Una vez-, aclaró la voz- escribí una novelita para niños.
- ¡Una novelita para niños!

Touchée. La de abajo no se lo esperaba.

- Sí, una novelita para niños. Un editor, amigo mío, de una importante editorial, se atrevió a publicarlo, pero fue un fracaso rotundo. Él perdió su trabajo.
- ¿Sí? ¿Por qué?
- Bueno, la crítica dijo que tenía una "prosa débil".
- ¿Prosa débil? ¿Qué querían decir?
- No sé, tú eres la estudiante de literatura. Además, dijeron que la escritura era "tendenciosa en lo relativo a la descripción de los personajes, conduciendo la atención de los niños a los defectos de éstos". Ese, que yo recuerde, fui mi primer y único intento de escribir y publicar.

La de abajo no le creía, la estaba alejando de la verdad con la patraña de una literatura infantil, estaba segura que esa mujer era Rosa Cálida, estaba segura de que una mujer con ese impulso sexual que toda Villa Códice conocía era incapaz de escribir dos líneas para niños.

La casera y la de abajo bebieron otros largos sorbos sin quitarse la vista de encima.

- No le creo. Una persona no deja de escribir porque la crítica es negativa para ella. Usted seguramente escribió otras cosas que no me quiere contar.

En este punto la casera ya estaba cansada de la debilidad de su culpa. No tenía por qué contarle nada a esta pequeña golfa en la que ya había invertido suficiente tiempo y dinero debido a un cenicero mal encaminado. De pronto, sintió que se traicionaba a sí misma agasajando a la de abajo que, en rigor, tenía tanto más que ella. Sin duda, observó, hace falta que sólo mire a su alrededor para que alguno de esos machos se levante y le conceda todos los favores que quisiera. En cuanto a ella misma, tendría que hacer esfuerzos intelectuales de trapecio para que un hombre pasara por sobre sus arrugas hasta su entrepierna.

- ¡Tonta putita!- suspiró en voz baja, pero la de abajo escuchó.
- ¿Qué?
- Lo que dije, ya sabes...

No queda registro en la mente de nadie el momento exacto en que ambas mujeres se confundieron en una sola ola de golpes sobre la mesa. La de abajo se llevó la peor parte, pero por ser la más joven y, por lo tanto, la más fuerte terminó encerrada en la comisaría de turno.

15 noviembre 2008

El secreto

La casera también era una escritora anónima. Muy pocos sabían que había publicado varios libros eróticos con el pseudónimo Rosa Cálida. Deslenguada, atrevida, mordaz y correcta en el uso del lenguaje, había dicho uno de los críticos más importantes varios años atrás; sin embargo, sus libros habían desaparecido durante la dictadura, la mayoría de los ejemplares quemados, hoy solo unos poco coleccionistas se podían jactar de tener en su biblioteca títulos como "La vana vanidad de sus labios" o "Nunca más estarás dentro". Era su secreto.

Tenía una casa de pensión en Villa Códice para poder sobrevivir. Si bien los derechos de autor por sus obras le permitieron comprar esta vivienda, hace tiempo, debido a la quema, ya no recibía regalías y el Estado le daba una pensión asistencial mínima.

La de abajo algo sospechaba. Estudiante de literatura, se había encontrado con recortes de diarios donde se mencionaba el nombre de Rosa Cálida y uno de sus maestros, viejo escritor que no cesaba en el intento de obtener los favores sexuales de la joven, le hizo una descripción detallada de la narradora que encajaba con su vecina, la casera.

De manera que la tarde en que la casera la invitó a cenar al carísimo restaurante italiano "Il bacio", la joven estaba dispuesta a descubrir su identidad de escritora como fuera posible. Sería, pensaba, una magnífica oportunidad para realizar su tesis de titulación.

Se sentaron frente a frente. Ambas se observaban con desconfianza, pero aparentaban simpatía la una por la otra.

- ¿Un trago?
- Por supuesto.

12 noviembre 2008

Después del cenicero fugaz

La de abajo no alcanzó a darse cuenta de que volaba hacia ella el cenicero de cristal. Todo lo que vio fue un brillo en el cielo y pidió un deseo. Ahora, hace horas, hace años, hace siglos que siente que tiene un pene apretado en su mano. Al comienzo era una sensacion grata y excitante y quiso llevárselo a la boca; sin embargo, los músculos no respondieron a la orden del cerebro y una leve angustia se instaló en alguna parte de ella. Una y otra vez lo intentó, hasta que el deseo y la excitación se volvieron un tormento, tener en la mano algo que nos puede dar placer, pero que es imposible alcanzar. Unos años después, la humedad y la piel rugosa comenzaron a disgustarle y, al año siguiente, experimentaba arcadas. Prefirió intentar pensar en otra cosa, pero cuando no sentía el calor mojado entre sus dedos, sólo podía ver esa lucecita en el cielo, moviéndose como una estrella fugaz, mientras pedía un deseo que no podía recordar. A veces le parecía que estaba a punto de salirse de su cuerpo, pero solo sus pies y piernas alcanzaban a levantarse en forma de gas u, otra veces, lograba incluso llegar al pecho; en cambio sus manos estaban estacadas a una superficie.

La casera no había dejado de visitar a su vecina en el hospital. La noche del evento nadie dijo nada, aunque todos habían visto todo. Al llegar la ambulancia, callaron. No quisieron que Villa Códice se ensuciara con los pormenores sexuales de sus habitantes, que se convirtiera en una suerte de farándula de portada barata, que la casera se transformara en la vieja libidinosa a la cual, por un lado o por otro, juzgarían. Algunos saben, como los vecinos de Villa Códice, que las mujeres de más de setenta años, a veces adjetivadas con el sucraloso "ancianita", pueden experimentar deseos sexuales incluso más intensos que los de una joven de veinte años, que son las que más compran viagra para sus parejas (muchos de los cuales mueren felices, ya sabemos), mientras que otra parte de la población prefiere pensar que ya a cierta edad "esas cosas" han desaparecido por completo de la vida de las mujeres, situándolas en una suerte de altar virginal, solo compartido por María misma y las madres abnegadas.

Al tercer día, la de abajo volvió en sí y lo primero que vio fue el rostro de la casera. No fue exactamente como volver a nacer y observar los ojos de la madre; sin embargo, el pene de su mano se esfumó por fin. La casera entró en mil explicaciones que la de abajo no alcanzaba a escuchar, su cabeza todavía estaba metida en una suerte de globo rojo, no tenía idea cuántos siglos habían pasado, si es que había vivido antes, ni siquiera tenía conciencia de su cuerpo.

Esa misma tarde ya estaba consciente otra vez. En el intertanto, la casera se percató de que la de abajo no recordaba nada y, ahora, se ahorró las explicaciones. Uno de los vecinos ofreció su automóvil para traerla de regreso a casa y durante la semana siguiente la casera se encargó de cuidar a su vecina con mimos que resultaban sospechosos. La de abajo prefirió no preguntar nada y entregarse a los cuidados excesivos por mucho más tiempo del necesario.

11 noviembre 2008

Lo de la casera

Lo que la casera más codiciaba eran los hombres de la del piso de abajo. Era una señora de más de setenta años que mantenía una pensión para hombres solos y con trabajo en su casa. Algunos eran jóvenes. Luego de un par de cervezas, le solía decir a sus amigas, sentadas en el patio central: "lo que yo necesito es un hombre de unos cuarenta y cinco años, potente, fuerte, vertiginoso y no un viejo decrépito al que no se la para sin viagra".

El viejo decrépito tenía ochenta años, varias propiedades y fondos mutuos que se iban adelgazando con la casera y con una amante de treinta años, esposa de un taxista cansado que veía con buenos ojos el nuevo ingreso de su mujer, mal que mal había deudas que pagar.

El viejo decrépito se murió un día en Brasil de un ataque al corazón: la casera le había tal sobredosis del fármaco.

A los setenta años no es fácil conseguir amantes jóvenes, bien lo sabe la casera. Desde el segundo piso observa los movimientos de la planta baja. Allí el tiempo no se desperdicia, piensa. Más tarde, a eso de las tres de las madrugada, los gritos y quejidos de placer no la dejan dormir. Se levanta con un pesado cenicero de cristal:

- ¡Cállate, puta de mierda!, le grita a la de abajo.

La de abajo se asoma con las tetas al aire y besándose con una amiga. Atrás observa un muchacho desnudo.

- ¡Hasta cuándo gritas, bataclana!, insiste la casera.

La de abajo se ríe, toma a su amigo del pene y se lo muestra por la ventana:

- Esto es lo que quieres, vieja envidiosa.

La casera no soporta tanta ofensa, se le revuelve el estómago, nubla la vista y la sangre se le agolpa en la mano que sostiene el cenicero, sin poder controlar todo el temblor de su cuerpo.

Los vecinos de Villa Códice lo vieron todo. El cenicero voló desde el segundo piso hasta la cabeza de la de abajo, que cayó inconsciente (y desnuda) al patio del naranjo solitario, mientras la casera bajaba llorando "malditos hombres, malditos hombres, maldito pene ausente".

02 noviembre 2008

Villa Códice

Lo hermoso de Villa Códice es el patio central. A él confluyen la mayoría de las ventanas de las habitaciones. Si un residente se siente aburrido o abrumado por el peso de la vida, simplemente se asoma en la penumbra a espiar a sus vecinos. A una de las caseras le fascina sobremanera contar a los amantes de la mujer del piso de abajo. Durante estos doce años ha llevado una libretita para tales efectos y la mujer de abajo se preocupó de diseñar un enorme ventanal sin cortinas para facilitarle la tarea a la comunidad, incluso antes de remodelar la cocina.

Las dos mujeres se preocuparon de plantar un naranjo justo en el centro del patio.

- Es más bello que un estanque de carpas- dijo la de abajo.
- Y las naranjas armonizan perfectamente con el juego del living de su casa- agregó la casera.
- Ciertamente.
- Ciertamente.

08 octubre 2008

(1) Nunca más Rosa

Rosa llegó a la estación a las 8:31, después del accidente. Su bus acababa de partir y debería esperar otra media hora más. Se dejó caer en una de las bancas al sol. Contemplaba el trajín de las gentes, llegando, saliendo, bebiendo un café, fumando el último cigarrillo antes de subir. Sin darse cuenta, su vista se detuvo en un hombre frente a ella, al borde del andén y pensó, como si el pensamiento fuera de otra, que así era el hombre que siempre había deseado y, como si todavía no pudiese recuperar su identidad, mantuvo la mirada que él le dirigió.

Pasaron diez minutos en que Rosa estuvo sentada contemplando al sujeto mientras él, de vez en vez, giraba sobre sí mismo para devolverle la mirada.

Esto es absurdo. Debo hacer algo.

Se había olvidado de Andrés desde el instante en que decidió dirigirse a la estación en lugar de llamar a su esposo para avisarle del accidente que acaba de ocurrir, desde ese momento, cuando enfilaba sus pasos en la dirección opuesta a su hogar, la decisión del olvido era irrevocable y, con el olvido, la suplantación de una nueva identidad era necesaria.

El hombre la observó por última vez y subió al bus. Un impulso involuntario hizo saltar a Rosa del asiento. Se apoyó en una de las columnas mientras lloraba en silencio. Una opresión de pérdida le dificultaba respirar. Sintió que dejaba ir a alguien importante, que en ese bus se iba la persona con la que había vivido un amor que, sin embargo, nunca había vivido.

Tengo que hacer algo, tengo que hacer algo ¿qué puedo hacer?

La máquina encendía los motores, los últimos pasajeros abordaban y Rosa, sin controlar ya sus pensamientos ni sus actos, corrió, subió al bus también y buscó al hombre del suéter verde y las manos grandes. Al verse sonrieron. Rosa se sentó a su lado y quiso presentarse.

Inesperadamente se dio cuenta de que no sabía cúal era su nombre ahora ni a dónde se dirigía en ese viaje.

30 septiembre 2008

La cocina por fin está remodelada

Caminar por el piso blanco y negro de la cocina remodelada significaba un placer mucho más profundo que un orgasmo. Ponía un pie aquí y se decía "aquí está la cabeza", daba un pequeño paso "acá el pecho con un corazón inútil", otro paso "por aquí ya no quedará nada". Horas enteras podía pasar distraída en el juego de ajedrez que cubría el cuerpo de la víctima. Uno de los niños le tira la falda:

- Quisiera tener un cráneo.

- Espera unos años más y te regalo uno.

- No, me gustaría uno ahora.

Había leído recientemente que si se quemaba un cuerpo, los huesos quedadan limpios y blancos, pero no sabía si valía la pena, para ello, romper el piso de la cocina remodelada.

29 noviembre 2006

Deseos

Julia, además de ponerse tetas, hubiese querido ser una tecla, blanca o negra, del piano, quizás así, hubiese tenido el placer de sentir sus manos. Erika, por su parte, no podía desear redondearse hasta convertirse en una pelota, primero porque no le gustaría recibir más patadas de las que ya había recibido de sus compañeros y, segundo, porque intuía que la pelota tampoco significaba nada sin el juego y los participantes. Sin duda, hacer el amor no era comparable con el esfuerzo que significaba el juego. Claro que no lo era, pensaba, si por fortuna alguien (y no ése alguien) llegaba a acercársele lo suficiente para tocarla, apresuraba la penetración en unos pocos minutos, lo que no se comparaba con la hora y media que le destinaban al juego de la pelota. Se consolaba recordando las experiencias de otras mujeres y sabiendo que no era la única que deseaba ser dueña del juego por esos inalcanzables noventa minutos (sin contar, eso sí, los festejos posteriores). De la experiencia más inmediata, se podía entender que muy pocas mujeres tenían el honor de ser complacidas por tanto tiempo seguido. Julia no era la excepción. Peor aún, no había logrado ni una mirada perdida del pianista. Erika, al menos, encontró al violinista en un momento de debilidad y había conseguido una penetración distraída.

27 noviembre 2006

Daños incomprensibles

Erika se sentía dañada y, como tal, experimentaba el impulso de dañar a quienes creía sus victimarios. Aún así hacía todos los esfuerzos que podía para hacerse visible, sin lograrlo, por más que caminara por la cuerda floja sobre la cabeza del violinista, no pudiendo contener que la sangre corriera por sus piernas y cayera sobre el preciado instrumento del músico. Nada interrumpía la concentración sobre las notas. Ella misma no perdía la concentración sobre sus pies en la cuerda, sin notar lo que derramaba.

Jimena tomó una copa vacía y la reventó en el pecho de Erika, quien, despertando de pronto su vista hacia la otra muchacha, no compredió lo que había sucedido. Por el momento, el más inmediato, trataba de dilucidar los orígenes de la sangre derramada más abajo, el los pies rítmicos del violinista, que seguía ausente.

25 noviembre 2006

Daños

Hay muchas más formas de hacerle daño a una persona que ahorcarla o acuchillarla y enterrarla en el piso de una cocina remodelada. Está el daño soterrado, el que nunca dice nada evidente, el que nunca le dice al otro "eres un imbécil" o "te ves cada día más deteriorado", el que nunca hace nada, y justamente ese "hacer nada" a veces es el más doloroso cuando se espera que se haga algo, aún en contra de alguien. Tal como le sucedía a Erika, que en silencio se esmeraba por llamar la atención de su ser amado (y consideremos aquí que su concepto de "amar" nada tenía en común con el pensamiento oriental), pero él tomaba todas sus decisiones sin ella... por momentos quizás hubiese preferido que hubiesen sido contra ella, con la mínima evidencia de que significaba por lo menos una bruma en su camino. Claro, que en estos casos, el victimario no es consciente del daño que hace, circula por la vida preocupándose de si mismo sin nunca asumir su condición de número en la existencia social, tal como él, ciertamente, considera a los demás, un número, número sin colores con pies que los mueven por las calles, números con bocas que no dicen nada que valga la pena escuchar, número que, eso sí, tienen oídos para escucharlo, a él, el que no es número, el que tiene tantas cosas interesantes que decir de su persona, que tiene tanta filosofía que enseñar mirada por el espejo que lo refleja a sí mismo. Entonces personas como Erika terminan trasformándose en el espejo de estos seres, el reflejo que anula su propia individualidad y puede ser que lo que él vea de si mismo en ella (o en estas personas que podemos ser nosotros mismos) no le guste nada y evite mirarlas o, por el contrario, que, narciso, se enamore de sí, pasando por alto la materia que lo refleja, o sea, el otro.

Desde esta perspectiva, Jimena consideraba el cuchillazo y la tumba en el piso de la cocina un acto de benevolencia con el resto de la humanidad, aunque siempre temiendo que, con la humedad, la maleza otra vez comenzara a aflorar entre las junturas de las baldosas.

23 noviembre 2006

Microfono

- El viernes podríamos inaugurar el nuevo departamento ¿no crees?

- ¿Podríamos?

- Sí.

- El departamento es tuyo, yo no tengo nada que ver.

- Bueno, deja las sutilezas atrás... ¿te parece?

- Y sí, claro... pero yo no voy a ir.

- ¿Por qué?

La inocencia de un niño saliendo del útero o quizás, igualmente, un ser que olvida todo.

- ¿Por qué?

- Sí, ¿por qué?


(- La última vez me ahorcaste ¿no te acuerdas?)


- Bueno, porque no quiero exponerme a situaciones potencialmente dañinas.

- ¿Potencialmente dañinas?


(_ ¿Te estás haciendo el estúpido o qué? No me apetece morir en tus manos, francamente.)


- Sí. Celebra sin mí. Luego podemos hacer una cena privada, aunque no íntima ¿no te parece?

- ...

- ¿Te pido un café?

28 agosto 2006

Evidencia Nº 1

"No, nada de eso. Simplemente, en la mañana, cuando te escribí, estaba en clases y no tenía tiempo de argumentar nada, pero la duda me daba vueltas.

Bueno, pensaba que de todos modos no te acordabas mucho de esa ocasión, cuando A, contra toda la naturaleza que le adjudicamos al verlo tan tranquilo, se lanzó a tu cuello sobre mi cama para ahorcarte, al tiempo que yo me lanzaba sobre él para impedirlo. Claro que no te acuerdas mucho, estaban los dos muy borrachos, lo suficiente para dejar escapar a los monstruos que nos habitan.

El punto, más absurdo todavía, es que me preguntaba por qué, de todas las formas de agresión, del puñetazo, el cuchillazo o el botellazo, había elegido justamente el de "ahorcar", de enterrar sus pulgares en tu garganta con el fin de quitarte el aire y si en el el hecho de "ahorcar" de esa forma hay más intención de muerte que en lanzar un puñetazo en el ojo.

Estas son cosas que a uno le pasan desapercibidas hasta que "accidentalmente" muere alguien. Parece hasta una metáfora, pero te aseguro que no lo es".

22 agosto 2006

La fiscal

El asunto es más o menos así: A quiere matar a B porque B está enamorado de C y, al mismo tiempo B quiere matar a C porque C ha sido, de alguna manera, un canalla; sin embargo, C quiere matar a A porque piensa que B ama a A y no a C, él mismo.

La víspera de la noche en cuestión, A y B terminan de cavar la fosa en la cocina y dejan todos los materiales para taparla luego de asesinar y enterrar a C. Al menos eso es lo que cree B, mientras que A piensa que B no sabe que está cavando su propia tumba.

A intentará postergar la visita de C todo lo posible esa noche con el objeto de asesinar a B sin la interrupción de nada ni de nadie. B tiene todo planeado para atraer a C a la trampa.

Sin embargo, C quiere aprovechar la visita de A en la casa de B para terminar con esa vida de una vez. Para ello involucra a D, quien servirá de carnada para B a cierta hora inapropiada de la madrugada, la misma hora en que B tiene planeado llamar a C para atraerlo a su trampa.

D no sabe nada de esto. Simplemente se siente atraído por B y piensa que está siendo leal con C al prestarle este servicio.

A las 24:31 la tumba está lista. Sólo falta un cuerpo.

20 agosto 2006

Interrogatorio

¿Experimenta un gran cansancio hoy?


Pues lo sentimos mucho. Igualmente, nos tendrá que contestar algunas preguntas acerca de la marca en el cuello.


¿Cuál? Pues esta que vemos más claramente en la fotografía, pero que usted lleva escondida bajo el pañuelo negro.


No nos parece sin importancia. De hecho pensamos que se la hizo la víctima al defenderse.


¿Cómo?


¿Que usted era la víctima? Perdone mi manifestación de hilaridad, pero usted no es precisamente el cuerpo que yace en el piso de su cocina.


¿Perdón?


¡Pero sin nadie está hablando de amor! De odio, eso es odio.


Disculpe, para comprenderá que no es la primera persona que nos hace notar la semejanza.


¿No podría hablar más fuerte?


¿No? ¿Le duele la garganta?


Aún así ¿algo habrá hecho usted? ¿no?

04 agosto 2006

Interrogatorio

"Si lo ponemos así, señor juez, enamorarse es lo peor que le puede suceder a un ser humano".

...

"¿Cómo que no viene al caso? Claro que sí, le voy a explicar: el amor es un imperativo biológico, un mar de feromonas que nos hacen reaccionar hacia un individuo que resulta ser un par genético excelente para la reproducción, una atracción biológica que asegura la supervivencia de la especie".

...

"Bueno, que esa atracción, ese imperativo biológico, nos enceguece, nos impide ver los vacíos culturales, sociales y sicológicos que separan a esos dos mismos individuos que han decidido, no por efecto de la razón, unirse para reproducir la especie humana. Es por eso que se dice que el amor es ciego. Otros le llaman pasión. Si no hilamos fino, es lo mismo".

...

"¿A dónde quiero llegar? Que ese fue precisamente mi error, si se le puede llamar equivocación a la ciega atracción de feromonas, como quien dice me "enamoré ciegamente" de un par incompatible en todos los aspectos que no conciernen a la reproducción en sí misma. Lo mismo le sucedió a él. La eviednte consecuencia era el fracaso de la unión a largo plazo y la muerte de uno de los dos".

...

"Si usted tuviera que elegir ¿dejaría de vivir por la persona que le ha hecho pasar una buena temporada en el infierno?".

...

"Claro que no es algo que me pueda contestar aquí y ahora, pero piénselo".

...

"¿Después?"

...

"En el intertanto sucedió que yo no quería matarlo".

...

"Es cierto".

...

"Claro que tenía motivos para matarlo, pero surgió una nueva situación".

...

"Otro imperativo biológico..."

...

"No sé si puedo explicarme mejor".

...

"No. No era él, la "víctima" como usted dice. Él era el único canal de acceso al origen de mi nueva necesidad de reproducción".

...

"Así de simple: no quería matar a la gallina de los huevos de oro, pero al mismo tiempo no debía saber que ahora era eso: un puente. Eso me habría generado dependencia de su persona".

...

"¿Cómo dice usted?