15 noviembre 2008

El secreto

La casera también era una escritora anónima. Muy pocos sabían que había publicado varios libros eróticos con el pseudónimo Rosa Cálida. Deslenguada, atrevida, mordaz y correcta en el uso del lenguaje, había dicho uno de los críticos más importantes varios años atrás; sin embargo, sus libros habían desaparecido durante la dictadura, la mayoría de los ejemplares quemados, hoy solo unos poco coleccionistas se podían jactar de tener en su biblioteca títulos como "La vana vanidad de sus labios" o "Nunca más estarás dentro". Era su secreto.

Tenía una casa de pensión en Villa Códice para poder sobrevivir. Si bien los derechos de autor por sus obras le permitieron comprar esta vivienda, hace tiempo, debido a la quema, ya no recibía regalías y el Estado le daba una pensión asistencial mínima.

La de abajo algo sospechaba. Estudiante de literatura, se había encontrado con recortes de diarios donde se mencionaba el nombre de Rosa Cálida y uno de sus maestros, viejo escritor que no cesaba en el intento de obtener los favores sexuales de la joven, le hizo una descripción detallada de la narradora que encajaba con su vecina, la casera.

De manera que la tarde en que la casera la invitó a cenar al carísimo restaurante italiano "Il bacio", la joven estaba dispuesta a descubrir su identidad de escritora como fuera posible. Sería, pensaba, una magnífica oportunidad para realizar su tesis de titulación.

Se sentaron frente a frente. Ambas se observaban con desconfianza, pero aparentaban simpatía la una por la otra.

- ¿Un trago?
- Por supuesto.

12 noviembre 2008

Después del cenicero fugaz

La de abajo no alcanzó a darse cuenta de que volaba hacia ella el cenicero de cristal. Todo lo que vio fue un brillo en el cielo y pidió un deseo. Ahora, hace horas, hace años, hace siglos que siente que tiene un pene apretado en su mano. Al comienzo era una sensacion grata y excitante y quiso llevárselo a la boca; sin embargo, los músculos no respondieron a la orden del cerebro y una leve angustia se instaló en alguna parte de ella. Una y otra vez lo intentó, hasta que el deseo y la excitación se volvieron un tormento, tener en la mano algo que nos puede dar placer, pero que es imposible alcanzar. Unos años después, la humedad y la piel rugosa comenzaron a disgustarle y, al año siguiente, experimentaba arcadas. Prefirió intentar pensar en otra cosa, pero cuando no sentía el calor mojado entre sus dedos, sólo podía ver esa lucecita en el cielo, moviéndose como una estrella fugaz, mientras pedía un deseo que no podía recordar. A veces le parecía que estaba a punto de salirse de su cuerpo, pero solo sus pies y piernas alcanzaban a levantarse en forma de gas u, otra veces, lograba incluso llegar al pecho; en cambio sus manos estaban estacadas a una superficie.

La casera no había dejado de visitar a su vecina en el hospital. La noche del evento nadie dijo nada, aunque todos habían visto todo. Al llegar la ambulancia, callaron. No quisieron que Villa Códice se ensuciara con los pormenores sexuales de sus habitantes, que se convirtiera en una suerte de farándula de portada barata, que la casera se transformara en la vieja libidinosa a la cual, por un lado o por otro, juzgarían. Algunos saben, como los vecinos de Villa Códice, que las mujeres de más de setenta años, a veces adjetivadas con el sucraloso "ancianita", pueden experimentar deseos sexuales incluso más intensos que los de una joven de veinte años, que son las que más compran viagra para sus parejas (muchos de los cuales mueren felices, ya sabemos), mientras que otra parte de la población prefiere pensar que ya a cierta edad "esas cosas" han desaparecido por completo de la vida de las mujeres, situándolas en una suerte de altar virginal, solo compartido por María misma y las madres abnegadas.

Al tercer día, la de abajo volvió en sí y lo primero que vio fue el rostro de la casera. No fue exactamente como volver a nacer y observar los ojos de la madre; sin embargo, el pene de su mano se esfumó por fin. La casera entró en mil explicaciones que la de abajo no alcanzaba a escuchar, su cabeza todavía estaba metida en una suerte de globo rojo, no tenía idea cuántos siglos habían pasado, si es que había vivido antes, ni siquiera tenía conciencia de su cuerpo.

Esa misma tarde ya estaba consciente otra vez. En el intertanto, la casera se percató de que la de abajo no recordaba nada y, ahora, se ahorró las explicaciones. Uno de los vecinos ofreció su automóvil para traerla de regreso a casa y durante la semana siguiente la casera se encargó de cuidar a su vecina con mimos que resultaban sospechosos. La de abajo prefirió no preguntar nada y entregarse a los cuidados excesivos por mucho más tiempo del necesario.

11 noviembre 2008

Lo de la casera

Lo que la casera más codiciaba eran los hombres de la del piso de abajo. Era una señora de más de setenta años que mantenía una pensión para hombres solos y con trabajo en su casa. Algunos eran jóvenes. Luego de un par de cervezas, le solía decir a sus amigas, sentadas en el patio central: "lo que yo necesito es un hombre de unos cuarenta y cinco años, potente, fuerte, vertiginoso y no un viejo decrépito al que no se la para sin viagra".

El viejo decrépito tenía ochenta años, varias propiedades y fondos mutuos que se iban adelgazando con la casera y con una amante de treinta años, esposa de un taxista cansado que veía con buenos ojos el nuevo ingreso de su mujer, mal que mal había deudas que pagar.

El viejo decrépito se murió un día en Brasil de un ataque al corazón: la casera le había tal sobredosis del fármaco.

A los setenta años no es fácil conseguir amantes jóvenes, bien lo sabe la casera. Desde el segundo piso observa los movimientos de la planta baja. Allí el tiempo no se desperdicia, piensa. Más tarde, a eso de las tres de las madrugada, los gritos y quejidos de placer no la dejan dormir. Se levanta con un pesado cenicero de cristal:

- ¡Cállate, puta de mierda!, le grita a la de abajo.

La de abajo se asoma con las tetas al aire y besándose con una amiga. Atrás observa un muchacho desnudo.

- ¡Hasta cuándo gritas, bataclana!, insiste la casera.

La de abajo se ríe, toma a su amigo del pene y se lo muestra por la ventana:

- Esto es lo que quieres, vieja envidiosa.

La casera no soporta tanta ofensa, se le revuelve el estómago, nubla la vista y la sangre se le agolpa en la mano que sostiene el cenicero, sin poder controlar todo el temblor de su cuerpo.

Los vecinos de Villa Códice lo vieron todo. El cenicero voló desde el segundo piso hasta la cabeza de la de abajo, que cayó inconsciente (y desnuda) al patio del naranjo solitario, mientras la casera bajaba llorando "malditos hombres, malditos hombres, maldito pene ausente".

02 noviembre 2008

Villa Códice

Lo hermoso de Villa Códice es el patio central. A él confluyen la mayoría de las ventanas de las habitaciones. Si un residente se siente aburrido o abrumado por el peso de la vida, simplemente se asoma en la penumbra a espiar a sus vecinos. A una de las caseras le fascina sobremanera contar a los amantes de la mujer del piso de abajo. Durante estos doce años ha llevado una libretita para tales efectos y la mujer de abajo se preocupó de diseñar un enorme ventanal sin cortinas para facilitarle la tarea a la comunidad, incluso antes de remodelar la cocina.

Las dos mujeres se preocuparon de plantar un naranjo justo en el centro del patio.

- Es más bello que un estanque de carpas- dijo la de abajo.
- Y las naranjas armonizan perfectamente con el juego del living de su casa- agregó la casera.
- Ciertamente.
- Ciertamente.

08 octubre 2008

(1) Nunca más Rosa

Rosa llegó a la estación a las 8:31, después del accidente. Su bus acababa de partir y debería esperar otra media hora más. Se dejó caer en una de las bancas al sol. Contemplaba el trajín de las gentes, llegando, saliendo, bebiendo un café, fumando el último cigarrillo antes de subir. Sin darse cuenta, su vista se detuvo en un hombre frente a ella, al borde del andén y pensó, como si el pensamiento fuera de otra, que así era el hombre que siempre había deseado y, como si todavía no pudiese recuperar su identidad, mantuvo la mirada que él le dirigió.

Pasaron diez minutos en que Rosa estuvo sentada contemplando al sujeto mientras él, de vez en vez, giraba sobre sí mismo para devolverle la mirada.

Esto es absurdo. Debo hacer algo.

Se había olvidado de Andrés desde el instante en que decidió dirigirse a la estación en lugar de llamar a su esposo para avisarle del accidente que acaba de ocurrir, desde ese momento, cuando enfilaba sus pasos en la dirección opuesta a su hogar, la decisión del olvido era irrevocable y, con el olvido, la suplantación de una nueva identidad era necesaria.

El hombre la observó por última vez y subió al bus. Un impulso involuntario hizo saltar a Rosa del asiento. Se apoyó en una de las columnas mientras lloraba en silencio. Una opresión de pérdida le dificultaba respirar. Sintió que dejaba ir a alguien importante, que en ese bus se iba la persona con la que había vivido un amor que, sin embargo, nunca había vivido.

Tengo que hacer algo, tengo que hacer algo ¿qué puedo hacer?

La máquina encendía los motores, los últimos pasajeros abordaban y Rosa, sin controlar ya sus pensamientos ni sus actos, corrió, subió al bus también y buscó al hombre del suéter verde y las manos grandes. Al verse sonrieron. Rosa se sentó a su lado y quiso presentarse.

Inesperadamente se dio cuenta de que no sabía cúal era su nombre ahora ni a dónde se dirigía en ese viaje.

30 septiembre 2008

La cocina por fin está remodelada

Caminar por el piso blanco y negro de la cocina remodelada significaba un placer mucho más profundo que un orgasmo. Ponía un pie aquí y se decía "aquí está la cabeza", daba un pequeño paso "acá el pecho con un corazón inútil", otro paso "por aquí ya no quedará nada". Horas enteras podía pasar distraída en el juego de ajedrez que cubría el cuerpo de la víctima. Uno de los niños le tira la falda:

- Quisiera tener un cráneo.

- Espera unos años más y te regalo uno.

- No, me gustaría uno ahora.

Había leído recientemente que si se quemaba un cuerpo, los huesos quedadan limpios y blancos, pero no sabía si valía la pena, para ello, romper el piso de la cocina remodelada.

29 noviembre 2006

Deseos

Julia, además de ponerse tetas, hubiese querido ser una tecla, blanca o negra, del piano, quizás así, hubiese tenido el placer de sentir sus manos. Erika, por su parte, no podía desear redondearse hasta convertirse en una pelota, primero porque no le gustaría recibir más patadas de las que ya había recibido de sus compañeros y, segundo, porque intuía que la pelota tampoco significaba nada sin el juego y los participantes. Sin duda, hacer el amor no era comparable con el esfuerzo que significaba el juego. Claro que no lo era, pensaba, si por fortuna alguien (y no ése alguien) llegaba a acercársele lo suficiente para tocarla, apresuraba la penetración en unos pocos minutos, lo que no se comparaba con la hora y media que le destinaban al juego de la pelota. Se consolaba recordando las experiencias de otras mujeres y sabiendo que no era la única que deseaba ser dueña del juego por esos inalcanzables noventa minutos (sin contar, eso sí, los festejos posteriores). De la experiencia más inmediata, se podía entender que muy pocas mujeres tenían el honor de ser complacidas por tanto tiempo seguido. Julia no era la excepción. Peor aún, no había logrado ni una mirada perdida del pianista. Erika, al menos, encontró al violinista en un momento de debilidad y había conseguido una penetración distraída.

27 noviembre 2006

Daños incomprensibles

Erika se sentía dañada y, como tal, experimentaba el impulso de dañar a quienes creía sus victimarios. Aún así hacía todos los esfuerzos que podía para hacerse visible, sin lograrlo, por más que caminara por la cuerda floja sobre la cabeza del violinista, no pudiendo contener que la sangre corriera por sus piernas y cayera sobre el preciado instrumento del músico. Nada interrumpía la concentración sobre las notas. Ella misma no perdía la concentración sobre sus pies en la cuerda, sin notar lo que derramaba.

Jimena tomó una copa vacía y la reventó en el pecho de Erika, quien, despertando de pronto su vista hacia la otra muchacha, no compredió lo que había sucedido. Por el momento, el más inmediato, trataba de dilucidar los orígenes de la sangre derramada más abajo, el los pies rítmicos del violinista, que seguía ausente.

25 noviembre 2006

Daños

Hay muchas más formas de hacerle daño a una persona que ahorcarla o acuchillarla y enterrarla en el piso de una cocina remodelada. Está el daño soterrado, el que nunca dice nada evidente, el que nunca le dice al otro "eres un imbécil" o "te ves cada día más deteriorado", el que nunca hace nada, y justamente ese "hacer nada" a veces es el más doloroso cuando se espera que se haga algo, aún en contra de alguien. Tal como le sucedía a Erika, que en silencio se esmeraba por llamar la atención de su ser amado (y consideremos aquí que su concepto de "amar" nada tenía en común con el pensamiento oriental), pero él tomaba todas sus decisiones sin ella... por momentos quizás hubiese preferido que hubiesen sido contra ella, con la mínima evidencia de que significaba por lo menos una bruma en su camino. Claro, que en estos casos, el victimario no es consciente del daño que hace, circula por la vida preocupándose de si mismo sin nunca asumir su condición de número en la existencia social, tal como él, ciertamente, considera a los demás, un número, número sin colores con pies que los mueven por las calles, números con bocas que no dicen nada que valga la pena escuchar, número que, eso sí, tienen oídos para escucharlo, a él, el que no es número, el que tiene tantas cosas interesantes que decir de su persona, que tiene tanta filosofía que enseñar mirada por el espejo que lo refleja a sí mismo. Entonces personas como Erika terminan trasformándose en el espejo de estos seres, el reflejo que anula su propia individualidad y puede ser que lo que él vea de si mismo en ella (o en estas personas que podemos ser nosotros mismos) no le guste nada y evite mirarlas o, por el contrario, que, narciso, se enamore de sí, pasando por alto la materia que lo refleja, o sea, el otro.

Desde esta perspectiva, Jimena consideraba el cuchillazo y la tumba en el piso de la cocina un acto de benevolencia con el resto de la humanidad, aunque siempre temiendo que, con la humedad, la maleza otra vez comenzara a aflorar entre las junturas de las baldosas.

23 noviembre 2006

Microfono

- El viernes podríamos inaugurar el nuevo departamento ¿no crees?

- ¿Podríamos?

- Sí.

- El departamento es tuyo, yo no tengo nada que ver.

- Bueno, deja las sutilezas atrás... ¿te parece?

- Y sí, claro... pero yo no voy a ir.

- ¿Por qué?

La inocencia de un niño saliendo del útero o quizás, igualmente, un ser que olvida todo.

- ¿Por qué?

- Sí, ¿por qué?


(- La última vez me ahorcaste ¿no te acuerdas?)


- Bueno, porque no quiero exponerme a situaciones potencialmente dañinas.

- ¿Potencialmente dañinas?


(_ ¿Te estás haciendo el estúpido o qué? No me apetece morir en tus manos, francamente.)


- Sí. Celebra sin mí. Luego podemos hacer una cena privada, aunque no íntima ¿no te parece?

- ...

- ¿Te pido un café?

28 agosto 2006

Evidencia Nº 1

"No, nada de eso. Simplemente, en la mañana, cuando te escribí, estaba en clases y no tenía tiempo de argumentar nada, pero la duda me daba vueltas.

Bueno, pensaba que de todos modos no te acordabas mucho de esa ocasión, cuando A, contra toda la naturaleza que le adjudicamos al verlo tan tranquilo, se lanzó a tu cuello sobre mi cama para ahorcarte, al tiempo que yo me lanzaba sobre él para impedirlo. Claro que no te acuerdas mucho, estaban los dos muy borrachos, lo suficiente para dejar escapar a los monstruos que nos habitan.

El punto, más absurdo todavía, es que me preguntaba por qué, de todas las formas de agresión, del puñetazo, el cuchillazo o el botellazo, había elegido justamente el de "ahorcar", de enterrar sus pulgares en tu garganta con el fin de quitarte el aire y si en el el hecho de "ahorcar" de esa forma hay más intención de muerte que en lanzar un puñetazo en el ojo.

Estas son cosas que a uno le pasan desapercibidas hasta que "accidentalmente" muere alguien. Parece hasta una metáfora, pero te aseguro que no lo es".

22 agosto 2006

La fiscal

El asunto es más o menos así: A quiere matar a B porque B está enamorado de C y, al mismo tiempo B quiere matar a C porque C ha sido, de alguna manera, un canalla; sin embargo, C quiere matar a A porque piensa que B ama a A y no a C, él mismo.

La víspera de la noche en cuestión, A y B terminan de cavar la fosa en la cocina y dejan todos los materiales para taparla luego de asesinar y enterrar a C. Al menos eso es lo que cree B, mientras que A piensa que B no sabe que está cavando su propia tumba.

A intentará postergar la visita de C todo lo posible esa noche con el objeto de asesinar a B sin la interrupción de nada ni de nadie. B tiene todo planeado para atraer a C a la trampa.

Sin embargo, C quiere aprovechar la visita de A en la casa de B para terminar con esa vida de una vez. Para ello involucra a D, quien servirá de carnada para B a cierta hora inapropiada de la madrugada, la misma hora en que B tiene planeado llamar a C para atraerlo a su trampa.

D no sabe nada de esto. Simplemente se siente atraído por B y piensa que está siendo leal con C al prestarle este servicio.

A las 24:31 la tumba está lista. Sólo falta un cuerpo.

20 agosto 2006

Interrogatorio

¿Experimenta un gran cansancio hoy?


Pues lo sentimos mucho. Igualmente, nos tendrá que contestar algunas preguntas acerca de la marca en el cuello.


¿Cuál? Pues esta que vemos más claramente en la fotografía, pero que usted lleva escondida bajo el pañuelo negro.


No nos parece sin importancia. De hecho pensamos que se la hizo la víctima al defenderse.


¿Cómo?


¿Que usted era la víctima? Perdone mi manifestación de hilaridad, pero usted no es precisamente el cuerpo que yace en el piso de su cocina.


¿Perdón?


¡Pero sin nadie está hablando de amor! De odio, eso es odio.


Disculpe, para comprenderá que no es la primera persona que nos hace notar la semejanza.


¿No podría hablar más fuerte?


¿No? ¿Le duele la garganta?


Aún así ¿algo habrá hecho usted? ¿no?

04 agosto 2006

Interrogatorio

"Si lo ponemos así, señor juez, enamorarse es lo peor que le puede suceder a un ser humano".

...

"¿Cómo que no viene al caso? Claro que sí, le voy a explicar: el amor es un imperativo biológico, un mar de feromonas que nos hacen reaccionar hacia un individuo que resulta ser un par genético excelente para la reproducción, una atracción biológica que asegura la supervivencia de la especie".

...

"Bueno, que esa atracción, ese imperativo biológico, nos enceguece, nos impide ver los vacíos culturales, sociales y sicológicos que separan a esos dos mismos individuos que han decidido, no por efecto de la razón, unirse para reproducir la especie humana. Es por eso que se dice que el amor es ciego. Otros le llaman pasión. Si no hilamos fino, es lo mismo".

...

"¿A dónde quiero llegar? Que ese fue precisamente mi error, si se le puede llamar equivocación a la ciega atracción de feromonas, como quien dice me "enamoré ciegamente" de un par incompatible en todos los aspectos que no conciernen a la reproducción en sí misma. Lo mismo le sucedió a él. La eviednte consecuencia era el fracaso de la unión a largo plazo y la muerte de uno de los dos".

...

"Si usted tuviera que elegir ¿dejaría de vivir por la persona que le ha hecho pasar una buena temporada en el infierno?".

...

"Claro que no es algo que me pueda contestar aquí y ahora, pero piénselo".

...

"¿Después?"

...

"En el intertanto sucedió que yo no quería matarlo".

...

"Es cierto".

...

"Claro que tenía motivos para matarlo, pero surgió una nueva situación".

...

"Otro imperativo biológico..."

...

"No sé si puedo explicarme mejor".

...

"No. No era él, la "víctima" como usted dice. Él era el único canal de acceso al origen de mi nueva necesidad de reproducción".

...

"Así de simple: no quería matar a la gallina de los huevos de oro, pero al mismo tiempo no debía saber que ahora era eso: un puente. Eso me habría generado dependencia de su persona".

...

"¿Cómo dice usted?

12 julio 2006

Sesion

Se encontró a la “laucha” una noche en el teatro. Dijo que estaba completamente borracha y que tenía muchas ganas de culearla, pero que ella, al enterarse de que era pareja de la madre de su hija, no había querido; él insitió y le propuso un trío.

****

- ¿Cómo es él?
- Un imbécil, ya se lo he dicho tantas veces.
- Por favor...
- Bueno, digamos entonces que es un “enfermo mental”.
- Le pido que me lo describa físicamente...


****


- Yo soy un hombre hermoso, mírame, sano y cariñoso. Sí, cariñoso, aunque contigo no lo he demostrado. Yo puedo tener a las minas más preciosas. Parece contradictorio, mientras más pobre, más llamo la atención de esas mujeres, hoy mismo me podría haber acostado con tu amiga en vez de venir para acá, pero se asustó un poco al saber que yo era tu pareja.
- ¿Perdón? ¿yo? ¿tu pareja?
- Ya te arrepentirás, no quiero que vengas a molestarme cuando, por fin, esté con una de esas mujeres preciosas. No sabes la oportunidad que te estás perdiendo... ¿puedo jalar?
- No.
- Tonta, estúpida... ¿de dónde sacaste tantos prejuicios? ¿quién te crees para decirle a los otros lo que tienen que hacer? ¿crees que voy a dejar de jalar porque tú me lo pides?
- No. Lárgate. Fuera de aquí. Jala afuera.
- No, lo haré aquí, tú no me dices lo que tengo que hacer... ya te arrepentirás, todo lo que me has humillado... yo que puedo tener cualquier mina mucho mejor que tú...


****


- ¿Me lo puede describir físicamente?
- ¿Para qué?
- Para saber qué es lo que tiene que usted está dispuesta a todo, incluso a matar...
- ¿Qué dice, por favor?
- Vamos, soy su psicoanalista, la conozco muy bien...
- ...
- ...
- ¡Qué se yo! Será hermoso, como dice él.


****



Al abrir la puerta del departamento, surgió un olor nauseabundo, aunque un aroma a chocolote lo impregnaba a él, debe fumar puros, me encanta ese olor, esas manos grandes y esos labios enormes, no se ve muy limpio aquí, pero qué importa...

- ¿Qué quiere señora?
- Yo... yo... quiero que no me llames señora... ¿puedo pasar?

29 junio 2006

La analista

Salió de su consulta a las 9:35 y todavía le quedaba asistir al diplomado de las 22 horas. Los últimos pacientes, los padres del Nene, la habían dejado agotada. Se subió a su Fiat Palio rojo y tomó el camino inverso a la universidad. Por un día que no asista, no pasará nada pensó, pero dos cuadras más allá se arrepintió y enfiló por la autopista rápida hacia el campus ubicado en el barrio universitario. Bueno, al fin y al cabo, nadie me espera. A las 11:15 se retiró del aula y aceleró para alcanzar a llegar al supermercado de la esquina de su casa antes de que cerrara. En el estacionamiento, una camioneta negra la pasó a llevar cuando la analista retrocedía, ¡ten cuidado, guatona!, gritó el conductor, ay, qué malo eres con la pobre gordita, le reprochó su acompañante, debí haber venido caminando, así no me topo con imbéciles como éste y, de paso, adelgazo un poquito, aunque el yoga creo que basta. Adentro, no se pudo decidir por un vino blanco o uno tinto, los taninos me dan jaqueca, los blancos son para los ignorantes, pero saben mejor con los ostiones que llevo, desechó la cerveza de plano y optó por un par de botellas de blanco orgánico del valle central, año 2001, que dicen es la mejor cosecha de los últimos tiempos.

A las 12 de la noche tenía la mesa puesta para uno como si fueran dos, mantel azul, velas violetas, flores y copa de cristal. Escuchando a Evora comenzó la degustación de quesos y mariscos con el vino blanco y media botella después miraba fijamente la puerta, si por allí entrara mi amante ávido de sexo, me empujara en el pasillo, me abriera las piernas y me penetrara una y otra vez, pero detrás de la puerta, muchos kilómetros más allá no había nadie. Acabó la primera botella y fue a buscar la segunda. Me dijo gorda, no, no me lo dijo, pero me lo sugirió, la muy puta.

A la 1:30 escuchó un automóvil estacionarse. Se asomó por el balcón y reconoció al vecino del piso de arriba, un hombre de unos treinta años, alto y fornido, que vivía solo, y ¿si lo invito a pasar por un trago? No, quizás me diga que no y no soportaría un rechazo, empinó otra copa de vino mientras escuchaba los pasos en su piso, tal vez ahora él toque a mi puerta, pero pasó de largo y empinó la botella esta vez, a lo mejor debiera yo tomar la iniciativa, para eso las mujeres ahora tenemos poder de decidir ¿no?, la muy puta, decirme que estaba un poco deteriorada, qué se cree, agarró las llaves, salió y subió. En la mano izquierda llevaba la botella, en la derecha las llaves y se sostenía del pasamanos para no caer, las piernas estaba tan débiles ya, toco o no toco, sí toco, ya ahora, el hombre se demoró en abrir. Allí estaba, alto, mirándola, con una botella de agua mineral, esas manos, qué grandes, agarran la botella como si se estuviera masturbando, qué pene debe de tener, yo lo quiero, inconscientemente se pasó la lengua por los labios...

- Yo... yo... quería...
- Señora, ¿qué le pasa, señora? ¿quiere que la ayude?

01 junio 2006

Interrogatorio Nº 10

- Según el testigo, Paul... Wil...c...zoc, sí, Paul Wilczoc...

- Sí, Wilczoc, igual que el violinista...

- ¿Perdón?

- No, nada.

- Bueno, continúo: según el testigo, Paul Wilczoc, usted gritó que lo mataría.

- ¿A quién?

- A la víctima, claro está.

- Ah, sí, creo que eso grité.

- ¿Cree?

- Sí, creo, no lo recuerdo bien, pero no fue más que una manifestación de ira sin sustento en la realidad.

- ¿Estaba usted, entonces, furiosa?

- Iracunda.

- Y ebria, según este informe.

- Sí, ebria e iracunda

- Y afirma usted que, debido a su ebriedad, no recuerda con claridad lo que sucedió ¿no es así?

- Sí.

- Entonces, no recuerda lo que hizo después de gritarle que lo iba a matar.

- Sí, me fui a dormir.

- ¿No corrió usted a tomar un cuchillo que le había regalado el señor Paolo de la Villa Códice?

- No.

- ¿No recogió usted el cuchillo y corrió tras de la víctima y le dio una puñalada por la espalda?

- No. En todo caso se la habría dado de frente.

- ¡Ah! Entonces sí lo apuñaló.

- No.

- ¿Nos podría decir dónde está la víctima, entonces?

- ¡Qué se yo! Ojalá que muerto para siempre.

- Ya.

- ...

- ¿Y Wladimir Brayard?

- ¿Qué pasa con Wladimir?

- ¿No le sugirió el señor Wladimir Brayard que una fosa debajo del piso de la trampa de la escalera sería un mejor lugar para enterrar un cuerpo?

30 mayo 2006

Narrador: "El sexo, cuando no da vida, mata"

La señora P., tres hijos, divorciada, va camino de la sesión nº 39. Hace semanas que se le ha hecho insoportable enfrentar a su analista, pero persiste en el intento de que la terapia de un buen resultado. De pronto, al doblar una esquina, se encuentra a boca de jarro con un antiguo compañero sexual. Lo encuentra igual que hace tres años, pues la señora P. ya ha entrado en esa etapa de la vida en que los años pasan tan rápidamente que parecen no pasar.

- Te ves bien- le comenta mientras su interlocutor le presenta a su acompañante, un tipo un poco más bajo que su ex compañero, pero fibroso y con un buen par (no vaya a ser un trío) de musculosas piernas. Demás está decir que el ex amante la mira con lascivia.

- ¿Por qué no vamos a tu casa?

- Ya no ando en esos trotes,- le advierte ella, pero la visión de su analista la hace cambiar de opinión- aunque una cervecita no me haría mal.

Ya en casa se sientan los tres a conversar en la sala. La señora P. le muestra los arreglos que está haciendo en la cocina. El ex amante no hace más que alabarla a ella y su amigo, Paul, con la intención de que se deseen mutuamente. Ella no da signos de entender, por lo que le dice en un rincón de la casa:

- ¿No te gusta Paul? ¿No te gustaría tener sexo con los dos?

Ella sólo ríe.

Más tarde el alcohol y Paul han hecho lo suyo. La señora P., desnuda en el piso de la biblioteca, es penetrada por Paul, quien ofrece a su amigo la apertura de ella.

-No, cuando estoy ebrio no puedo, culéala tú no más.

La señora P. se enfurece.

- ¿Qué te pasa?- le grita- ¿Acaso te doy asco que no me quieres culear?

- Cálmate- interrumpe Paul.

Los senos de la señora P. comienzan a hincharse y enrojecerse. Se produce un incomprensible intercambio de gritos. Paul está al medio.

- ¡Te voy a matar! ¡Te juro que te voy a matar!

- Loca, loca, loca de remate...

- Por favor, calma, por favor...

- Vamos, Paul.

- Eso es, me traes a un hombre para quitármelo.

- Vamos, Paul. Dejemos a esta puta...

- Perdón, señora P.

- Antes que te lo lleves, te mato.

La señora P. corre a la cocina y toma el cuchillo para sushi que le regalo de la Villa Códice.

- ¡Te mato!- gritó.

29 mayo 2006

Sesión Nº 34

- Usted dirá.

- Bueno, quisiera pedirle perdón.

- ¿A qué viene esto?

- Pensé que estaba equivocada, no quise escucharla ni menos hablarle de usted. Soy muy egoísta y sólo me preocupa mi persona.

- Si usted lo dice, pero ya no sirve de nada pedir perdón.

- ¿No? ¿por qué?

- ¿Por qué habría de pedir perdón si ya hizo el daño?

- Bien, supongo porque existe la necesidad de manifestarle a la persona dañada que uno reconoce que hizo mal.

- ¡Qué estupidez!

- ¿Perdón?

- Nada... entonces, luego usted irá a la fosa cubierta y le pedirá perdón al cuerpo yacente.

- ...

- ¿O no?

- No sé, no entiendo.

- ¿Qué caso tendría? ¿No se da cuenta de que sigue siendo un asunto personal y no del otro? Un problema de conciencia.

- ...

- Pedir perdón sólo hace más liviana su culpa, pero no repara el daño en el otro ¿entiende ahora?

- Yo sólo quería pedirle perdón por tener sexo con usted sin que usted, realmente, quisiera.

- Ya no sirve.

- Y también quería pedirle perdón por no escucharla...

- Ya es inútil.

-... por querer hablar sólo de mí y no decirle lo que usted necesitaba escuchar en ese momento...

- ¿De qué sirve ahora?

- ¡Entiéndame!

- Para eso me paga, limitémos a sus problemas que no me incluyan.

- ¿Cómo le iba a decir que no si estaba tan ansiosa?

- Cállese.

- ¿Cómo no iba a desnudarla si usted se me lanzaba con las ropas abiertas?

- Por favor, cállese.

- Por supuesto que me equivoqué, pero no me di cuenta de mi error en ese momento, no podía pensar, estaba sobrepasada por la situación, por las mía y por la suya, usted también entienda. Además yo también estaba vunerable, caliente. Y la estimo...

- No siga con sus inútiles explicaciones.

- ¡Por favor! No podía decirle lo que pensaba de usted, habría sido más cruel, decirle que la encuentro una mujer tan deteriora...

- ...

- ¡Por favor, por favor, perdóneme! ¡No quise decirlo!

- ...

- Por favor...

- Váyase.

- ...

- ...

24 mayo 2006

Libreta de la analista

" A la señora P., en su desesperación por comprar la pala, el recuerdo de sus intenciones (ya instaladas en el inconsciente como se deduce de las advartencias que había hecho al padre de su hija) se hace dominante y se puede expresar de la siguiente forma:

- ¿Por qué te apresuras tanto en comprar una pala para cavar la fosa? ¿Tanto empeño tienes en ocultar un cuerpo en ella? ¡Criminal! ¡El castigo está cercano!

Este pensamiento no se hace consciente, claro; sin embargo, la señora P. utiliza este momento sicológico para aprovechar los escombros de las reparaciones de la calle para autocastigarse. Es así como ni siquiera extiende los brazos para protegerse el rostro y, además, el accidente fue una forma de expresar el deseo de liberarse de ella misma, testigo y cómplice de sus actos no realizados (aún). Más aún, las advertencias que había hecho al padre de su hija, tenían como único fin que el sujeto no se dañara antes de que ella pudiese llevar a cabo los cometidos que ocupaban su mente en esos instantes".