12 febrero 2006

Minuto a minuto: labios adormecidos

Apenas le toqué el bigote cuando me pidió besarlo. Sentí la acidez. Fui al baño. Pensé que tenía que escapar a dónde fuera. A Buenos Aires. Luego me senté frente a él. No sentía mi labio superior. Mientras tanto, él trataba de convencerme de lo superior a todos que él era, lo que me estaba perdiendo, un "filete" dijo, después agregó "¿invito a la mina con que me voy a Valdivia?". Lo miré. Ya me sospechaba que la historia de la novia del amigo era mentira...

10 febrero 2006

De la propuesta de matrimonio y la dama blanca

"Primero que nada, quiero que sepas que lo que te voy proponer no tiene nada que ver con que haya estado jalando, en realidad es el fruto de una semana entera de reflexión y sufrimiento, toda una semana, porque es el tiempo que has estado afuera, te fuiste sin avisarme, yo sin saber dónde estabas tú con la niña, claro, quiero que sepas que no es sólo la ausencia de mi hija, también es tu ausencia, no resisto tu ausencia, he pensado tanto en ti y en ese culo que me vuelve loco, sí, porque tú crees que yo sólo me acerco a ti para estar con mi hija, pero no, te equivocas, es a ti a quien también quiero, sí, ha sido un semana terrible... (con la tarjeta de Falabella saca una punta cocaína, la aspira y luego bebe un sorbo de vodka)... si me vuelves a hacer esto me matas, no sé, porque si tu no regresas hoy yo hubiese seguido en este ritmo, no he parado, no he dormido y es que no puedo dormir sabiendo que ustedes dos están lejos ¿lo entiendes?, así que he pensado mucho, incluso he hecho anotaciones que algún día me servirán para un corto y, al final, he pensado esto, que tú y yo tenemos que casarnos, yo ya te perdoné que te hayas metido con Iñaki, incluso acepto que te acuestes con el Gitano, yo daría lo que fuera porque tú tuvieras placer, ya no me importa y, además, podemos hacer un contrato, porque el matrimonio es un contrato, un contrato sexual, para no limitarnos a ningún placer, esta semana he experimentado tantas cosas... (jala y bebe)... escribí nuestro contrato de matrimonio ¿qué te parece?, claro, mira lo que te estoy diciendo, sobre todas las mujeres yo te prefiero a ti, por esta cosa sexual que tenemos, además de nuestra hija, porque, no es por alabarme a mi mismo, pero a mi las minas me llueven, cada vez más pobre y cada vez minas más ricas, no sé por qué, pero se me acercan, yo les gusto, pero no importa porque esta semana pensé que nosotros dos debemos casarnos, ya no importa nada más, yo te perdoné... (bebe) ... era el orgullo ¿sabes? descubrí que era el orgullo una noche que iba caminando con la judía por La Terraza, la judía es una mina hermosa, sorprendente, deslumbrante y esa noche que íbamos juntos me encontré con Iñaki, desde una mesa llena de gente me saludó al verme pasar, yo me acerqué con esta mina que sorprende a todos por lo estupenda que es y, entonces, el Iñaki me hace un gesto como diciendo "está re buena", ahí yo me di cuenta que yo podía tener a cualquier mina, así de regia como la judía y que no era digno de lástima porque tú y él me habían engañado... (jala y bebe)... era puro orgullo, pero después de eso, te perdoné, incluso lo perdoné a él porque Buda dice que el orgullo es la maldición del hombre, así es, así que ya no importa, lo que importa es el potencial sexual que tenemos los dos, además si nos casamos mis padres estarían muy felices ¿te acuerdas que te conté que mi papá te andaba victimizando?, bueno, lo que dijo fue que no aceptaba con ninguna mujer que no fueras tú, yo que tenía la posibilidad de ir con una minita al Lago, nada, me dijo que no, que cómo me atrevía, que a su cas no entraba otra mujer que no fueras tú, incluso nunca me dejó llevar a la judía, aunque a mí no me importa lo que mi padre piense, si no me quiere dejar entrar a su casa, no sé, contigo sí, pero si no aceptaras mi proposición, qué me importa que no me deje entrar, entonces me voy, me voy lejos, me voy a Francia porque puedo sacar pasaporte francés, de todas maneras deberías casarte conmigo porque, si me pasa algo, todo lo que a mi me corresponde de la herencia de mis padres, las propiedades, del fundo del Lago, del campo, de Valparaíso, eso te tocaría a ti, pero si todo se va a la mierda, yo me voy de aquí porque tampoco soy un buen padre, por ahí me dicen que soy bueno, que soy cariñoso, pero yo no hago nada por la Agustinita, nada, no sé hacerle ni la leche, cuando va a la casa de mis padres, es la Sonia la que hace todo, yo sólo miro, fumo y tomo café, ya sé que todo esto lo voy a pagar más tarde y ahora que tú me has quitado la única oportunidad de hacer algo con ella, andar en bicicleta... (jala y bebe)... ¿no lo has pensado? Deberías dejarme llevarla, yo soy estupendo conduciendo, de los 9 años que no me bajo de una bicicleta, cuando mis padres me tenían prácticamente abandonado, yo lo único que hacía era andar en bicicleta, te apuesto que no hay nadie que ande mejor que yo ¿no? ¿no? bueno, ya sé que fui imprudente ese día, pero te juro que nunca es así, que siempre me voy por el parque, estaba tan arrepentido después, sobre todo que te fuiste sin avisarme, qué sufrimiento, no podía hacer nada más que beber y jalar, tú si que sabes hacerme sufrir, era lo que decía el siquiatra, que yo soy masoquista y que para hacerme sufrir no hay nadie como tú, que por eso te amo y te busco, pero igual podemos casarnos, mi vida ¿cierto? yo estoy dispuesto a todo, a cuidarte, a protegerte, a ser cariñoso, en serio, pero no te vuelvas a desaparecer de esta manera que me vas a matar, así me vas a matar... (jala y bebe)"

08 febrero 2006

Los cinco extraños hábitos

La Artífice, desde su blog, me ha pasado esta cadena de los cinco extraños hábitos. Confieso que habría sido más fácil si me hubiesen pedido que fueran malos como leí en otro blog, pero, vamos, extraño ¿qué puede ser realmente extraño? Busqué en mis conductas algún síntoma de extrañeza y, después de todo, llegué a la conclusión de que soy una persona muy común con muchas malas costumbres, pero las misma de todos; sin embargo, enumero las posibles siguientes extrañezas que se repiten como un hábito:

(1)

Al entrar a mi casa se le pide a las visitas que se saquen los zapatos. No sé desde cuándo tengo esta costumbre que, desde que la mayoría se resistía, opté por limitarla al segundo piso. Probablemente la adquirí de mis demasiados años de judoca, donde para entrar al tatami, especie de suelo sagrado, hay que sacarse el calzado y saludar con una venia.

(2)

Me baño todas las noches, esté como esté, muy cansada o borracha, es un paso en el que soy intransigente, incluso con mis amantes. Mi madre me dice que es una costumbre adquirida durante la Unidad Popular donde, por alguna razón, mi padre y ella encontraron que era más expedito bañarse de noche que en las mañanas. Al pasar el tiempo, tal vez también por la influencia japonesa del judo, se transformó en una medida de higiene ¡qué asco acostarse sucia y transpirada en mis blancas sábanas!

(3)

Demasiado frecuentemente pienso que la solución a mis conflictos humanos es huir. Tomo una mochila con unas cuantas cosas indispensables, generalmente poco útiles, y parto donde el viento o la generosidad de otras personas me lleven. Una vez que me he marchado, no es necesario que pasen muchas semanas para que empiece a extrañar mi casa. Entonces vuelvo con la sensación de que no he solucionado nada, pero que lo pasé bien lejos de todos.

(4)

En esos mismos viajes suelo carecer de ropa de abrigo, así me esté yendo al polo mismo. No sé por qué me cuesta tanto echar un suéter, calcetines y saco de dormir, así que invariablemente termino pasando mucho frío.

(5)

Y también llevo mis cámaras fotográficas, croquera, conjunto de lápices gráfito, cuadernos de notas y varios libros para leer en la tranquilidad que encontraré durante el viaje. Las cámaras pesan y no traen recuerdos de viaje o, por lo menos, no los suficientes que ameritan el peso de ellas, sobre todo la cámara mecánica a la que, además, debo llevarle el exposímetro. Me sucede que una vez fuera no quiero perder tiempo en enfocar una situación cuando hay cientos igual de interesantes a mi alrededor y me parece que el uso de los sentidos es la mejor forma de preservar el recuerdo, aunque después, sin variación, termino lamentando no tener una fotografía de tal lugar o hecho. Demás está decir que tampoco encuentro la calma y el tiempo para sentarme a croquear o escribir ni menos para leer. Al final, mi mochila es una fardo de útiles que nunca ocupo.


Ahora el problema es que no encuentro cinco blogueros amigos a los que le pueda pasar esta tarea (y que no la hayan hecho ya), así que aquí van dos: Maestro de Radio Imaginaria y Malayo

07 febrero 2006

Del accidente

El domingo, regresando en mi bicicleta de la visita de Paz a la casa de sus abuelos, luego de una extraña mañana romántica con S. en su departamento (S. desnudo frente a mi leyendo una cita de Diógenes -es su estilo, lo de la filosofía- con una semana entera de consumo de drogas en su cuerpo, que, sin embargo, se mantiene bien), digo regresando yo porque, por un lado, ya le había dicho a S. que no lo dejaría llevar a la niña por las avenidas de esa manera y, por otro, porque él dormía a esa hora reponiéndose de la larga jornada que ya mencioné, a unas cuadras de mi casa, Paz comienza a jugar en el sillín de adelante, que ya me habían advertido era peligroso y yo con la letanía de las madres "quédate quieta que nos vamos a caer", una y otra vez, hasta que en un momento, entre juegos, cantos, risas y advertencias, la niña presiona el freno delantero.

Un amigo dice que en esos momentos hay un segundo eterno. Yo simplemente sentí la fuerza al salir disparada, el golpe en el pavimento y el llanto de la Paz. Me levanté como un resorte y corrí a ver a la niña al mismo tiempo que dos barrenderos que por allí circulaban. Tenía el rostro todo ensangrentado y un pie atascado en la rueda. Se darán cuenta que en ese momento uno se imagina lo peor, un rostro cubierto de sangre puede esconder cualquier cosa bajo el fluido. Los barrenderos se encargaron de sacarle el pie de la rueda mientras me decían que le revisara los dientes. Después, ya que estaba tan cerca de casa, me ayudaron a llevar la bici. Entrando le lavé la cara. Un consuelo, no se veía nada mal, pero aún estaba muy nerviosa y llamé a un amigo que me acompañó a la posta. Nos fuimos a la más cercana que, sin embargo, no tiene pediatría y, por eso mismo, todo fue más expedito, nos hicieron pasar sin pedirnos nada. Nos atendió un médico joven en medio de los extraños lamentos de señoras gordas. La revisó entera y sólo tenía el labio roto (por eso tanta sangre) por el lado interior.

- No, no tiene nada- me dijo- Estos moretones son antiguos... ¿acaso usted la golpea?

Yo me reí pensando que era una broma, pero luego me di cuenta de que no lo era, pero no dije nada porque, evidentemente, tampoco lo reconocería su fuera así. Me miró con suspicacia y yo pensé que con razón, en un hospital público ¿cuántos padres llegaran diciendo que los niños se cayeron después de haberlos golpeado con ensañamiento? La única prueba, en ese momento, era que yo estaba herida. Nos dejó ir.

Nos fuimos a casa. Paz ya se había tranquilizado. Entonces pensé que era un milagro que a la niña no le hubiese pasado nada. El siguiente pensamiento fue cómo enfrentar a S. después de haberle gritado como loca su temeridad y haber sido yo la que, finalmente, había tenido un accidente.

Esperé que esa noche llegara a visitarnos, que viera a la niña completamente sana y normal y, entonces, contarle. Lo primero que me dijo era lo que me esperaba "a mi esto no me habría pasado", pero tuve que guardar silencio y agachar la cabeza.

04 febrero 2006

¿Quieres casarte conmigo?

No había sabido de S. desde aquel día. Por un momento pensé que, otra vez, mi vida se iba reducir a considerar seriamente si yo era el monstruo que él pretendía que era con esa frase de la aparición de la "verdadera Fª". Afortunadamente, esa noche llamó el Gitano que, con mucha timidez, me invitó a ir al Valle del Elqui.

- Puedo llevar a la Paz.
- Pero claro.
- Y ¿cómo nos iríamos?
- En el auto de mi mamá.

No lo consideré ni por una centésima de segundo y acepté. Así que, a la mañana siguiente, partíamos rumbo al Valle del Elqui con los dos niños en el pequeñísimo automóvil de su madre (eso sí, primero llamé tres veces a S. para avisarle que nos íbamos de vacaciones con la Paz, pero como tenía su teléfono móvil apagado, su casilla de mensajes inutilizable, ni me devolvió los llamados, nunca supo, hasta ahora, qué había sido de nosotras).

El viaje al valle místico fue una aventura placentera, avanzanda hacía el interior de los cajones hasta llegar a Cochiguaz, con el río a los pies y la cordillera como un muro imponente de roca, de campamento en campamento, de pueblo en pueblo. No hubo ningún desacuerdo en todo el viaje. Pura armonía que me devolvió la confianza en mí misma, desechando el fantasma del monstruo agresivo y violento que puede habitar dentro.

Una semana después, estamos aquí de vuelta. No tengo el ánimo, eso sí, de llamar a S, para anunciarle nuestra llegada, quiero prolongar el encuentro lo más posible; sin embargo, me llama y con una voz temblorosa y denotando algún consumo, me dice:

- Quiero verte.
- ¿Para qué? No creo que sea el momento.
- Quiero preguntarte algo.
- Bueno, pregúntamelo.
- ...
- ...
- Quiero preguntarte... si te quieres casar conmigo...
- ¿Qué?
- ¿Quieres casarte conmigo?

27 enero 2006

Verdaderamente yo

No sé cómo pude pensar que podía ser diferente, pero siguiendo la vieja y gastada tradición, todo terminó de terror.

Esta tarde voy en mi bicicleta detrás de S. que lleva en la suya a Paz, en esos asientos traseros para niños. A pesar de que en reiteradas ocasiones le he pedido que se vaya por el parque o por rutas no muy transitadas, ojalá respetando las normas del tránsito, él insiste en circular por las avenidas, esquivando por centímetros a toda clase de vehículos. Así que, como les cuento, yo voy detrás, viendo como mi niñita estira sus brazos para indicar algo que le llamó la atención mientras un auto pasa a gran velocidad muy cerca de ella, peor aún, a veces gira su cabeza para mirar. Comprenderán que para cualquier madre es una escena difícil de soportar con toda entereza, así que, una vez más grito:

- ¡S... luz roja!

S, me mira, como si yo fuera una tonta grave que no sabe calcular el tiempo que demorarán cinco autos y un bus en llegar hasta el punto en que estamos y, claro, pasa, mientras yo me quedo de este lado de la acera. Sigue por el costado de una avenida muy transitada y yo vuelvo a gritar, a ver si me escucha entre los motores de esos monstruos amarillos que son nuestros buses y, todos lo saben, matan a una buena cantidad de personas al año.

- ¡S., sube al parque, por favor!

S. apenas gira la cabeza y sigue por su ruta. Yo detrás, sintiendo a ratos cómo la fuerza de los buses me empujan o algunos automovilistas pasan más cerca de lo deseado de mis pies, sabiendo que eso se reproducirá en la bicicleta de adelante donde va mi hija con su padre. Aumento la velocidad y me pongo al lado de S.

- S. sé que eres un experimentado conductor, pero ¿no podrías hacer gala de tu expertise cuando no andas con mi hija?
- Nunca me ha pasado nada, hace años que ando en bicicleta y, de hecho, conduzco mucho mejor que tú- me contesta y sigue por su ruta.

Mientras, yo sigo viendo por detrás cómo esquiva y pasa los automóviles, como no respeta ni luces ni ninguna señalización, cómo mi hija está expuesta a que, si no es por él, venga otro imprudente y los atropelle, pienso que si conduce de esta manera sabiendo que yo voy con él ¿cómo lo hará cuando no lo veo? Entro en pánico. De hecho quiero matarlo. Entonces cometo el error final, le grito:

- ¡Súbete, huevón!

Es el grito final, la frase clave para lo que vendría después, pero que se había inciado mucho antes, más o menos desde ayer, cuando, a pesar de mis atenciones, de mi cambio de actitud (ya saben, después del numerito en la casa de mi amiga, si yo no soy mejor que él, si debo comprenderlo, si debo aceptarlo y todo ese discurso), él sigue siendo suficientemente distante, aunque le pida a gritos que me de la mano o cualquier muestra de cariño, incluso hasta tuve que hacer dormir a mi gatita encerrada en la cocina para que no lo molestara. Ninguna muestra de afecto y aún peor, comienza una seguidilla de bromas del estilo:

- ¿Estás cansada?- me pregunta en tono medio irónico y luego se dirije a Paz mientras subimos una pendiente- Mira la mamita... ¡tanto que se ufana que hace deporte!.

Me molesta, pero me callo ante esta serie de bromas, tratando de "comprender" que para superar su baja autoestima tiene que opacar a otro, típico, y para no contestar algo peor. Luego, en la cabalgata me da otra serie de instrucciones sobre cómo montar. Lo escucho y le contesto "sí, sí", pero no hago lo que me indica. Dice, entonces, con desprecio:

- Detesto a la gente que no tiene la humildad de aprender de otros que saben más.

Bueno, no podía menos que sentirme detestada, pues supuse, y creo que supuse bien, el comentario iba dirigido a mi como "ésa" gente. Desde ese momento el silencio se instaló entre nosotros y la cabalgata por la cordillera comenzó a transformarse en una pesadilla, no quería decir nada que empeorara la situación, no quería acusarlo de nada, no quería caer en su juego.

Sin embargo, piqué el anzuelo cuando iba detrás de su bicicleta de vuelta a casa. Sencillamente, me puse histérica y llegué histérica y le quité a la niña diciéndole que se olvidara de volver a sacarla en bicicleta, que estaba loco, que cómo exponía a nuestra hija innecesariamente, que lo menos que le haría si le pasaba algo sería cortarle los cocos.

- Si adoras tanto a tu hija no estarías gritando ahora como una loca- me contestó.
- Ándate y mañana yo llevo a la niña a la casa de tus padres- le dije mientras Paz se lanzaba a llorar.
- ¡Ah!- exlcamó en tono triunfal- Qué bueno, por fin apareció la "verdadera Fª".
- ¿Qué te pasa?
- Ahí, cuando me gritaste "huevón" por fin volvió a aparecer la "verdadera Fª".

Por supuesto, mi histerismo del momento contrastaba con su calma, mientras me hacía señas, muy irónicas, de que era yo la que dañaba a mi hija con estas actitudes y no él.

- La "verdadera Fª", la que tú querías que apareciera ¿cierto? Bueno, la "verdadera Fª" va a pensar si mañana si quiera lleva a la Paz para que tú la veas- y cerré la puerta de un portazo, luego de que había logrado entrar a la niña y a mi bicicleta. Por un segundo, vi sus ojos sorprendidos y transparentes, que no esperaban este giro de la situación, que me había hecho picar el anzuelo, pero no había considerado las consecuencias de sacar a flote a la "verdadera yo" que aparece ante el "verdadero S."

25 enero 2006

Al otro lado del dolor

No entendía nada de lo que se decía del otro lado del teléfono, las palabras, las letras se ahogaban en un llanto desconsolado. Entonces, me dio risa. Me hubiese reido a carcajadas, pero con esa risa nerviosa del que ve caerse al otro y no sabe cómo reaccionar. Trataba de decir algo que sonara a consuelo, pero estaba atragantada en mi propia risa histérica y, además, no había consuelo, no tenía qué decir que, en el fondo, no empeorara la situación. Por supuesto, de este lado de la línea, ni siquiera tenía la posibilidad de brindar un abrazo y recoger en mi pecho las lágrimas y los quejidos para hacer comprender que no se está solo en el dolor. En cambio, me reía y no podía hacer nada más. Esperé en silencio, la única posibilidad, pero cuando parecía que ya se calmaba y se entendían algunos fonemas, de nuevo venía el llanto a producir una serie de ruidos incomprensibles, hasta, finalmente, decidió cortar, para llorar en soledad.

23 enero 2006

Gatos, maridos e hijos

Un gato puede llegar a vivir veinte años. En veinte años un hijo ya debería haberse independizado, pensé, pero uno podría seguir acariciando y durmiendo con el mismo gato en casi las mismas condiciones de veinte años atrás. Quizás, esas madres y esos padres debieran haberse hecho cargo de una gatito a tiempo, antes de que redujeran la vida de sus hijos a sus propias vidas, aún peor, antes de que convencieran a sus hijos que no pueden tomar las decisiones acertadas por sí solos.

Al decirle a S., que no comprendía cómo sus padres creían que él podía modificar su conducta con estos "castigos" (prohibición de entrar en su casa, prohibición de ir al Lago, entre otras), terminó justificándolos: es que están preocupados, es que es cierto que tiendo a consumir más después de la vacaciones, es que es verdad que no administro bien mis dineros y que no puedo realizar tareas domésticas...

Lo miré y sólo le contesté, sin fundamentar, mientras se fumaba un caño en la terraza:

- Pero te desenvuelves bien social y laboralmente- pensé en las consecuencias de mi última "actuación etílica" en lo social, en que estoy segura de que no soy mejor que él y que, por algo, estoy ligada a él, pero preferí "omitir" estos argumentos.

- Ha sido un día pésimo- me dijo como punto final.

Nos quedamos varios minutos en silencio, él fumando, yo tomando té. Luego, mirando el vacio a través de la plantas del tejado, le conté:

- Mañana me traen mi gatita siamesa.

20 enero 2006

Lacrimosa Runaway (¡puaj!)

En cierta ocasión, creo que una de las veces que intenté huir de la casa sin éxito y que regresé porque mi madre me tendió una trampa diciéndome que habían atropellado a mi perra, el castigo consistió en todo el mes de enero sin salir de casa.

Lo cumplí a cabalidad. Ni siquiera puse un pie en la calle, incluso cuando ya había expirado el plazo del castigo y febrero llegaba a la mitad. Ahora preocupada, mi madre le pidió a una tía que me llevara de vacaciones al norte, al balneario de Tongoy y a Coquimbo. Recuerdo que después de un mes y medio encerrada en la casa de mi abuela, principalmente en mi escritorio, pisar el pavimento resplandeciente de la calle me encegueció. Llevé conmigo varios libros de García Márquez, que en ese momento me tenían fascinada, y me pasé los días frente a la playa grande leyendo sin hacer nada más. En Coquimbo mi tía, ahora ella preocupada, me obligó a visitar a otra sobrina, mucho mayor que yo, que vivía en las afueras de La Serena. Fui desganada. La mujer, que tendría la edad que tengo ahora, me recibió con un martini rosso. Al otro día, nos fuimos juntas al Valle del Elqui haciendo dedo. Luego volví al hotel en Coquimbo y luego a casa hasta que comenzaron las clases en el liceo de niñas.

Siempre fue así. La casa de mi abuela fue mi refugio y mi infierno. Siempre fue difícil sacarme de ahí. Mis amigos no me entendían, me invitaban a salir al cine o fiestas.

- No puedo.
- Pero ¿por qué?

Las respuestas variaban entre el sufrimiento de los animales (era absolutamente vegetariana), las guerras, los niños abandonados, la sobrepoblación, el hambre y... la culpa y la vergüenza. La culpa de algo que no sé qué era, la vergüenza de ser yo y de ser humano, algo tan general que era incluso inexplicable para mi. El único razonamiento era éste:

- ¿Y qué puedes hacer tú? ¿acaso encerrándote van a mejorar las cosas?

Ciertamente era el único razonamiento posible y la respuesta era "nada" y "no", pero de igual forma no sentía el ánimo de reír y bailar mientras, pensaba yo, otros morían.

- No te entiendo, realmente- me solían decir.

Era tan evidente, pero nunca nadie, ni yo, lo vio. A veces aceptaba salir y lo pasaba muy mal, volver luego a casa era mi único pensamiento. Al pasar el tiempo comencé a beber en estas reuniones para soportar esta sensación que no puedo describir. Por supuesto, adivinarán, no hice sino empeorar las cosas. Claramente, para todos, era mejor que me quedara en casa.

- Es que no puedes hacer esas cosas, no puedes beber- me dijo al enterarse de mi último incidente.
- Ya lo sé...

En eso sonó el teléfono. Era S. confirmando su asistencia a la reunión que tendrían esta noche con unos amigos que acaban de llegar de Francia con su bebé de cinco meses. No me invitaron, por supuesto ¿quién lo haría? De igual manera, ya saben, todos estamos mejor si me quedo en casa. Volví pensando en esto y en la casa de mi abuela.

Ahora sé que culpa sentía. La de haber juzgado a S., la de haberle gritado su condición de drogadicto, la de haberlo despreciado, la de haberlo odiado, ahora cuando la evidencia estaba allí, frente a mis narices, S., después de todo, es una persona aceptada, con amigos, capaz de mantener relaciones sociales, a pesar de sus excesos.

- Voy a esperar- le dije antes de irme de su casa, donde momento después harían la reunión.
- ¿Qué vas a esperar?
- Voy a esperar que me perdone y me ame.
- Pero no puedes esperarlo, quizás eso no pase, debes hacer tu vida.
- Y la voy a hacer, voy a trabajar, voy a criar a mis hijos, voy a escribir, pero mientras hago todo eso, lo voy a esperar.

Nada más me miró. Luego, en el camino, pensé en esto. Más tarde nadé y hubiese querido prolongar ese estado, el de la inmersión y el ejercicio, por mucho tiempo. Y más tarde llegué a mi casa. Mi casa.

19 enero 2006

Cita a ciegas

A la tía de un muy buen amigo le ha dado por actuar de casamentera. Hace varios días me dijo en su casa:

- Te tengo un partidazo. Te voy a llamar.
- Claro- le contesté, riéndome un poco, incrédula por completo.

Y ayer me llamó para invitarme a un almuerzo en un conocido restorán del Barrio Brasil. La situación era tan insólita que acepté.

- Y maquíllate un poquito, te ves tan guapa cuando te arreglas- alcanzó a acotar antes de cortar el teléfono.

A la una y media llegué al restorán y me senté, aún sola, en la mesa reservada por Marta. Algunos minutos después, con una caipiriña frente a mí, vi llegar a dos mujeres que me saludaron con alegría.

- Ésta es Mónica, la madre del muchacho del que te hablé.

Mónica no se hizo esperar:

- Esto te parecerá muy extraño, pero la verdad es que quise conocerte yo primero antes de presentarte a mi hijo. Ha tenido tan mala suerte con las mujeres. Por supuesto, él no sabe nada de esta reunión, se enojaría mucho conmigo...

- Claro...

- Pide lo que quieras mijita.

Entre cerveza, carpacho de salmón y papas a la mantequilla, por mi parte, y de chuletitas de cordero y vino tinto, de parte de ellas, la conversación giró, por supuesto, en algunos detalles de mi vida personal, entre las que hubo preguntas curiosas, dada la situación:

- Entonces... ¿tú vives con el padre de tu hija menor?
- Oh, no. Vivo sola con mis dos hijos, aunque ése es un tema no solucionado- dejé ver de inmediato.
- ...
- ...
- Bueno- contestó ella- En todo caso, una amistad nunca está demás.
- Así es, sobre todo si se mantiene así: como una amistad.
- Aún así ¿te gustaría venir a un asado en mi casa?
- ¿Por qué no? Me parece que éste ha sido un almuerzo muy agradable.

Luego, se habló un poco del amor y esas cosas, los hombres, la fidelidad, todo el tiempo siendo tasada por Mónica, muy divertido y extraño, comenzar por caerle bien y tener de aliada a la "futura suegra" es un buen comienzo para una relación, pensé, si no fuera porque no conozco al tipo y, lo más importante, porque la única familia que me interesa tener de aliada es la de S. y a S. mismo.

Nos despedimos amablemente y me fui a casa a esperar que llegara S. con Paz. Por un momento pensé que me la entregaría en la puerta y partiría a donde alguno de sus amigos. Ésta fue la verdadera cita a ciegas, cerré los ojos y lo abracé. Lo había extrañado tanto, aunque anduviera con otra chica, qué me importa, desde que mi amiga me lanzó sus impresiones sobre mi persona después de arruinarle la fiesta, sólo tengo la certeza de que nadie es mejor ni peor que los otros, ni yo ni S. ni nadie, que nadie se puede arrogar el derecho de no perdonar si quiere ser perdonado y, ciertamente, también S. tiene muchas cosas que perdonarme, empezando por lo desleal que he sido cada vez que, aquí como en otros lugares, he hablado mal de él y, claro, cuando me acosté con su amigo mientras él estaba interno en el centro de rehabilitación. Cerré los ojos y milagrosamente él entró a casa y se quedó conmigo.

17 enero 2006

Dispensabilidad

La tristeza es innecesaria, es tan común a todos los seres humanos que no vale la pena seguir escribiendo o hablando de ella, sobre todo cuando es la propia, que también es la ajena y es la de todos.

Es cierto lo que dice, quizás, no hago más que revolcarme en mi propia mugre, que también es la de los otros, y por eso me vuelvo tan desagradable, porque soy el claro espejo de los degradante que habita en cada uno de nosotros. Tiene razón, no soy ni estoy mejor ni peor, pero eso siempre lo hemos sabido, no es novedad, así como él puede encontrar una más bella o una más horrible, más dulce o más amarga, aunque a veces no podemos encontrar nada más, tampoco.

En silencio, los vi partir.

He visto partir a tantos que no he vuelto a ver, que a veces me da la impresión que la resignación es demasiada.

Así que en silencio los vi partir, a los dos, a él, pero no dije nada porque todo era tan inútil, tanto un lamento como un "te amo" tendrían el mismo efecto nulo.

Y, aún así, no me resigno a guardar silencio en este espacio, aunque moleste, que no tiene por qué hacerlo, por lo demás, es tan dispensable como cada uno quiera.

15 enero 2006

"Ya no hay forma de pedir perdón"

En cierta ocasión, Blanca le dijo a Luisa que ella detestaba a la gente que, después de cometer un desatino, por decirlo así, pedía perdón. En aquella lógica, si uno quiere a alguien jamás debería dañarlo y, por lo tanto, después de causada la herida, ya no hay forma de pedir perdón. En otra ocasión, Blanca se equivocó con respecto a los sentimientos de Luisa y la hirió, al acercarse a su amiga y pedirle disculpas, Luisa, que es muy dura, le contestó:

- Tú misma dices que es una estupidez y un egoismo pedir perdón después de lo que ya está hecho no fue evitado.

Blanca se quedó en silencio. No había nada más que decir porque, por un lado, lo lamentaba, pero por otro lado ella misma se había negado la posibilidad de "redimirse" ante su amiga.

Quizás es así, uno está sujeto a su destino, más predeterminado por los modelos, la educación y su naturaleza que por los verdaderos deseos y sentimientos. Una vez más, aunque ahora con intervalos de tiempo mayor y consecuencias menores, para quienes no lo saben, le arruiné la velada a una amiga que, como ella misma me lo dijo, no hizo sino portarse bien (y más de lo que quizás le correspondía o yo me merecía) conmigo. Después de lo sucedido ya no se podía pedir perdón, apenas si cabía el espacio para el silencio y bajar la cabeza ante sus descargos que, a pesar del enojo, hizo en un último intento por hacerme entrar en razón.

- Estás demasiado centrada en ti misma, no haces más que pensar en ti misma, tú no tienes una vida peor que ninguno de los que estaba allí, que son mis amigos, a quienes ofendiste con tu conducta. Eres inteligente y te estás perdiendo.

Es cierto, lo de mi egoísmo, sino aquí, en este blog, está el botón de muestra. No hago sino hablar de mi y del pequeño mundo que me rodea. Y, aunque quisiera, sé que es inútil pedir perdón después de que ya lo echaste a perder todo.

Así es que, si me retiro de tu vida, como lo haré, no es que no te encuentre la razón de todo lo que me has dicho, no es una muestra de indiferencia o prepotencia, como podría parecer, es que después de todo, es cierto, como quiera que haya sucedido, es una ofensa y una ingratitud que no te mereces y que evitaría que sucediera, aún si tu no quisieras negarme tu amistad.

A mi modo de ver, cuando no se puede pedir perdón, lo mejor es retirarse, asumiendo que, en ciertos casos, es uno el que, aunque no quiera conscientemente, hiere a los demás.

Busco a mi gato preferido

Hay personas a las que, cuando se les pregunta si tienen hijos, responden invariablemente:

-No, pero tengo un gato.

Claro, es una respuesta que anula cualquier comentario, así que la próxima vez que me pregunten si estoy casada responderé:

-No, pero tengo un gato.

Cuando encuentre el gato que ando buscando: busco gato siamés, pequeñito, para que se acostumbre a dormir conmigo y juegue con los niños, para que me acompañe a donde vaya (para quienes no lo saben, los gatos siameses son los únicos gatos viajeros, les encanta ir a donde su dueño o dueña vaya, de lo contrario, si quedan solos, mueren de pena), para que cuando escriba o pinte sepa sentarse en el estudio sin moverse, con esa altanería que los hace parecer tan enigmáticos (otro dato, los gatos siameses se usaban en Alejandría y otras partes como guardianes por su increible capacidad de quedarse inmóviles por horas de horas sobre una columna, lo que los hacía parecer una estatua de ojos penetrantes), para que nos cuide (por lo mismo, los gatos siameses son terribles al atacar, profundamente fieles a sus amos, pueden matar a otro ser humano o animal con tal de protegerlo), para acariciar su pelaje café con leche, suave y tibio y recibir a cambio ese cariño intransable que ellos saben devolver, para conversarle cuando estemos solos, para que me ame y nunca me deje ni me cambie (los gatos siameses jamás harían algo parecido, son gatos de una sola persona, hasta la muerte).

¿No les parece mejor que cualquier relación de pareja?

Así que si alguien sabe de un gato siamés ¿me lo pueden presentar?

13 enero 2006

Espacios

En estos días de vacaciones, sin teléfono, sin internet, con la casa "llena" de niños, de pronto me sentí como antaño: prisionera. Me dije que era tiempo de comenzar a escribir el cuento para el concurso de SM: "El gato de la esquina rosada", un gato siamés es adoptado por un hombre solitario que periódicamente es visitado por su hija de ocho años, quien no tiene a su peludo perro regalón desde que su madre decidió vivir en un elegante departamento frente a un parque. El conflicto es que nadie parece querer de verdad al gato, el hombre simpre detestó a los gatos, pero pensó que era la mejor solución animal en un espacio reducido y la niña no hace más que añorar a su perro o cualquier otro.
Comencé el cuento, pero igualmente me sentía prisionera incomunicada, ir a un ciber café no es fácil con dos niños. Hoy me desperté temprano, agarré a los dos niños y me vine al "ciber espacio" de un amigo, acá en República con Gorbea, el Barrio Universitario que llaman ahora. Por eso escribo. Era el único lugar en que me aceptarían con los chicos. Además de escribir esta anotación, aproveché de continuar con otro cuento, "¡Pucha + Chile!", que pueden leer en la Revista Ají. Tal vez se rían si relacionan esa historia con mi vida privada, particularmente con Pablo, el argentino con quien salí hasta hace poco, antes de que comprobara que allá, en Buenos Aires, tenía una chica "tan joven" como yo... bueno, para qué les explico si ya saben.
Otra alternativa es que postule ese cuento al concurso... ¡qué se yo!
Calculo que en quince días, si escribo a diario, debería terminar el borrador de "El gato de la esquina rosada". Quizás sea bueno que lo vaya publicando en este blog para que ustedes me ayuden... entiendo que todos, conociéndome, quieren que gane ese concurso literario (el dinero, se entiende) para no ver tanto talento desperdiciado en una oficina desde marzo próximo (también saben esto... qué cara tiene la necesidad).

11 enero 2006

Incomunicación

Chicos, hace más de una semana que estoy incomunicada, sin teléfono, tampoco internet. En el momento que la telefónica decida cambiar el cableado de mi barrio, quién sabe cuándo, ya no sabré qué escribir, se van acumulando los sesos en las frases, los hechos en las dudas, quizás para entonces ya no sepa quién soy. Hasta entonces (me esperan en casa, ya saben, los niños, mi madre con impaciencia, el té con limón, el gato siamés que todavía no tengo, la actualización de la revista, el amante imaginario, una cena japonesa y muchos besos en la boca).

07 enero 2006

Adriana

Adriana era amiga de mis padres, cuando ellos peleaban, siempre acogía a uno de los dos, borracho y lloroso, para cuidarlo y consolarlo. La primera vez que huí de casa, también me recibió en su departamento por más de una semana. Tenía osteoporosis y por ello pasaba los días, semanas, meses y años, en cama, fumando y reuniéndose con las Legionarias de María para rezar. Yo, que siempre detesté el humo del cigarrillo, me tendía en el suelo de su dormitorio a repetir el rosario, con la esperanza de que a nivel del suelo no me alcanzara. Adriana me compensaba con helados, que nunca faltaban, con la disculpa de que la leche era buena para suplir el calcio que ella irremediablemente perdía.

Al pasar los años, dejé de visitarla, aunque me enteraba de ella a través de mi madre y, ayer fue la última vez, claro que el comienzo de la frase me indicó lo que, sin detalles, sucedía.

- Ayer hablé con la María M. Me llamó por Adriana… No sé si tú eres el pájaro de mal agüero- me dijo antes de partir al entierro de su hermana.

Tragué saliva:

- ¿Se murió?
- Todavía no, pero está hospitalizada.

Adriana (de ochenta años hoy) el último tiempo, desde que falleció su hermano menor, no había querido recibir a nadie en su departamento, lo que resultaba muy extraño, pero nadie quiso discutir. Ahora que estaba en el hospital, sin que la morfina pudiera aliviarle el dolor, María presionó un poco a la empleada para que dijera lo que sabía. La niña se confundió, pero terminó revelando que su patrona la mandaba todos los días a comprar varias botellas de cerveza y a veces también pisco y coca-cola. Un día se cayó en su departamento y, debido a la fragilidad de sus huesos, se quebró entera, con sus huesos hechos polvo.

- Mañana la vamos a ver.
- Qué bueno, pero que no pase de mañana.
- Ya… no sigas ¿ya?

05 enero 2006

(In)conclusiones de las últimas anotaciones

¿Lo pueden creer?

Pablo que, desde Buenos Aires, me juraba un amor como ninguno en su vida, me cuidaba, me motivaba, quizás aburrido de mi problema no solucionado con S, busca por internet, a través de la revista de literatura infantil, tal como sucedió conmigo, una chica un poco menor que yo, pintora, escritora, entre otras habilidades, le manda algunos correos privados, luego se comienzan a escribir periódicamente (como conmigo), la llama, se citan en un café, tal vez de Palermo, a conversar sobre literatura, un "par de veces" (ese número indefinido que en ciertas ocasiones puede significar un "par", que claramente no es dos), en cierta ocasión, una de las tantas que la va a dejar en su auto a casa de ella, la besa, suben al departamento y hacen el amor. Es tan reiterado que no necesito estar en Buenos Aires para enterarme.

S, a quien siempre atribuí una serie de defectos, como su drogadicción, su compulsividad a la mentira, su poco interés en las demás personas, pero a quien jamás pensé infiel, más aún con su firme discurso al respecto, con quien, entre otras cosas, sufrí la culpa de haberlo engañado con un amigo cuando estuvo internado en el centro de rehabilitación por varios meses, ahora me entero de que, aún mucho antes de que yo me dejara seducir por la idea de compañía que representaba Eric, él me puso el gorro muchas veces, con mujeres que conocía en fiestas y con prostitutas.

Me he quedado en blanco. No sé qué pensar ni menos qué esperar. Claro, porque no importa quién venga después, siempre será lo mismo. Miré de frente este año, con estas noticias, y pensé que, quizás, lo mejor es que no venga nadie, tal vez es mejor que me vaya a la India, que arregle mi casa, cuide mis niños, que nade, que escriba, pero que deje mi cuerpo, mi sexualidad, fuera de todo.

Reencuentros

Sentados uno frente al otro, separados por una mesa con un vaso de cerveza y una copa de vino, a las dos de la madrugada.

- Ya pues, véngase a sentar a mi lado...
- No.
- ¿Qué le pasa? ¿Por qué anda tan esquiva?
- Ya sabes, siempre quise otra cosa y hacer el amor sólo confunde más la situación.
- No te reconozco... siempre supiste separar las cosas.
- Con los otros, pero no contigo.

Silencio. Enciende un pucho y piensa por un momento.

- En todo caso debes reconocer que tú no pusiste de tu parte para que esto funcionara.
- ¿Yo?
- Fuiste una bruja, como todas las mujeres, no sé cómo me dejé brujear así por ti. En eso eres única. Juro que nunca más voy a dejar que una mujer intente ordenar mi vida. Inventaba que iba a arrendar una película sólo para fumarme un pito. Nunca más.
- No creo que eso haya sido la causa. En todo caso todo murió definitivamente el día en que te engañé con Eric. Ahora entiendo que eso no se perdona ni menos se olvida.
- ¿Eso? Ya lo olvidé. Además yo también te puse muchas veces el gorro.

Silencio profundo y atragantado.

- ¿Me pusiste el gorro muchas veces? Jamás lo noté... eh... ¿cuándo?
- No sé, muchas veces, algunas en fiestas, otra cuando te fuiste en enero esa vez... pero cosas pasajeras, nada de correos o más de un encuentro. Algunas prostitutas.
- Ah.

Silencio mareado, pecho extinguido, ceguera, el piso se desvanece.

- Venga... ve que me tomé este viagra para usted.
- No, ándate con tus putas.
- Ya no sea tonta, si me gusta usted.
- No, si un día, cuando andabas con la judía me dijiste que estaba deteriorada y gorda...
- ¿Yo? Lo habré dicho para molestarte... si me encantas... ¿o ya no te gustan los hombres?
- Desgraciadamente sí, si no otra sería mi vida ¿no te parece?
- ¿O te enamoraste de la Reina? ¿Ahora te gustan las mujeres? Cuéntame...
- Eso es algo que no te incumbe.
- Bueno, pero venga a mi lado.

Más tarde, en el segundo piso, a las cuatro de la madrugada.

- Ya, ándate.
- ¿A esta hora?
- Sí. No quiero que los niños te vean en casa, menos la Paz.
- Déjame quedarme y te ayudo con los niños mañana.
- No, no quiero que nos vea juntos y alimente una ilusión que es imposible.
- ¿Qué ilusión?
- La que tienen todos los niños de padres separados, verlos juntos, despertar y correr a meterse en la cama entre los dos...
- ¿A esta hora? Estoy muy borracho...
- No es cierto, has manejado en peores condiciones. Ándate por favor.

Toma sus cosas, sale y se va por la calle solitaria.

04 enero 2006

La parca

Blanca, 71 años, operada de cáncer a las mamas y a los glangios, recientemente le descubirieron dos nuevos tumores en el pulmón, el resultado de la operación que le harán en unos días es incierto.

Luisa, 71 años, completamente sana y en constante estado de queja.

Matilde, 97, hermana de Luisa.

Yo.

Yo dice:

- ¡Ey! No me habían contado nada que su amiga Helena había muerto.

Luisa dice:

- Sí, murió ayer a las seis de la tarde, me llamó la Nelly con su vocecita de circunstancia y me dejó el mensaje....

Blanca dice:

- A mi también me llamó ella. Hoy la vi en el velatorio.

Luisa dice:

- ¡Uy! Sí... yo nunca miro los muertos en el ataúd, pero de lejos vi el desorden que tenían encima, fotos agolpadas, flores, de todo, qué manera de tener horrible el ataúd...

Yo dice:

- ¿Es que tú no puedes dejar de raclamar ni cuándo se muere alguien?

Blanca secunda la opinión de Yo.

Luisa grita:

- ¡Ustedes no aceptan ni una opinión!

Yo grita más fuerte.

- ¡Tú no nos dejas opinar!

Luisa va a gritar más fuerte.

Blanca la amenaza con la mano, como si se tratara de un niño chico.

Silencio.

Luisa dice:

- Además, qué ridículo eso de pedir que le escribas para leer en su funeral.

Blanca dice:

- Ella no me lo pidió. Sólo me dijo que la acompañara y le llevara flores.

Luisa dice:

- ¿Se piden esas cosas cuando uno se está muriendo?

Yo dice:

- ¿Por qué no? No toda la gente niega la muerte como tú... ¿por qué crees que la tía Albina nos hizo llamar un día antes de morir? Se quería despedir y tú hablándole de que la ibas a visitar en una semana más, como si ella no supiera que ya no nos vería más. A veces, creo yo, uno no necesita que le nieguen un hecho casi consumado, sino que necesita el apoyo del otro.

Luisa dice:

- De todas formas no me gusta ver a la gente demacrada.

Yo dice:

- Eso es muy egoísta de tu parte ¿acaso el día que me esté muriendo no me vas a ir a ver porque estoy demacrada? ¿qué te parecería que tus amigas no te fueran a ver en tu lecho de muerte porque estás "demacrada"?

Blanca dice:

- Sí...

Luisa se incomoda.

Suena el teléfono. Luisa contesta y se demora un momento. Regresa a la mesa y dice:

- Matilde acaba de morir, ahora, a las cuatro de la tarde.

Largo silencio.

Yo dice:

- Tampoco la fuiste a ver. Desde hace más de dos años que decías que ibas a ir... ¿sabes? Deberías ir a ver a tus amigas Maruja y Victoria. No creo que se tarden mucho tampoco.

Silencio definitivo.

El jardín mágico

Parecía que el fin de año se venía encima, con una serie de yunques que me aplastaban contra el pavimento caliente. Era todo lo contrario, fue excelente: estuve a punto de olvidar a S., viajé mucho con Pablo, se publicaron tres de mis libros infantiles, tuve trabajo como ilustradora, la Revista Ají logró sobrevivir, conocí a María y a Malayo, establecí una relación de amor puro con Paz (aún a coste de la pelea por el nombre) y él último día del año comprendí que tenía que relajarme con todo y aceptar el cambio.

En Buenos Aires Pablo estuvo saliendo (o está haciéndolo, no lo sé) con otra chica de un perfil muy parecido al mío. Me enojé mucho al enterarme de los detalles, le escribí correos furiosa, pero la verdad es que me resulta imposible estar tan enojada, sino simplemente herida en mi ego. Pablo fue fundamental para que le diera un giro a mi vida, con su cariños, atenciones, halagos y comprensión. En realidad, siempre supe que era mujeriego, pero sólo ahora vine a comprobar que seguía siéndolo y que, a su edad, difícilmente, dejará de serlo.

Ese día primero de enero, me desperté con la certeza de que, a pesar de que me dijeran lo contrario, era el momento de volver a dedicarme a mis niños y a mi casa. Así que estoy pasando las vacaciones con ellos, pintando y arreglando la casa, dejar de lado un poco esas ambiciones de la mujer "exitosa", trabajo y dinero, ya saben... La Reina de tanto repetirme que no tuviera más hijos me hizo recordar que la vida es efímera y que antes de que me de cuenta ya no tendré ninguno.

Dedicar los intervalos de tranquilidad para sentarme en un lugar de mi casa que me guste, la terraza, la sala o mi taller, a leer o escribir, sin apuros, sin tantas ambiciones, sin desesperarme. No hay apuro, el tiempo pasa solo.