02 enero 2006

Sin palabras



No alcanzan los sentidos para retener tanta belleza. El intento por describirla, el anquilosamiento de los dedos al dibujarla, la memoria en la obscuridad, todo lo que no sea ella, la corrompe. Se escapa por todas las rendijas de mi habitación. Ya no queda de ella ni el aroma. Apenas la prenda olvidada.


Fotografía: Dollhouse Noah's Gallery

30 diciembre 2005

Por donde pecas, pagas: I PARTE

No sabes lo que pasa detrás de las persianas blancas de una casa azul, no sabes que en la sala está tu mujer sentada junto a tu mejor amigo de la infancia y frente a ellos otra mujer, pelo negro en rulos enredados y mirada todavía tan juvenil, que cuenta los detalles de su nueva vida en un caserío al interior de la cordillera, no sabes que tu mujer y tu amigo se tocan las rodillas, a veces se toman de la mano o se acarician la espalda, se ríen juntos abrazándose, no sabes que beben un vino tinto un poco helado por el frío invernal, pero que lo calientan con sus manos, no sabes: tu ausencia lejana,  tu ausencia mental, tu ausencia recluida te impiden ver. Tu amigo escolar escucha las historias de C., mientras en su mente se anticipan las escenas de este espectáculo que él mismo ha convocado y en el que no se pueden saltar etapas. Al acabar la primera botella de vino, C. y tu mujer salen bajo la lluvia a buscar otra sabiendo a medias, porque nunca se sabe del todo, la que la otra deseaba y lo que tu amigo buscaba. Ya tu mujer había descubierto en C. esa mirada de juego dulce e ingenuo, un poco curioso y anhelante que despertó el deseo de tocarla. El camino a la botillería les resultaba hermoso aquella noche fría de humedad mientras a cada una las intensas luces de la calle se les ocurría el eterno espía urbano. Al volver, en el zaguán, tu mujer besó a C. De pronto se le ocurrió un beso masculino, pero C. estaba demasiado excitada para calmar la angustia de su lengua. Tu mujer la separó de sí. Entraron a la sala, mientras le pasaban a tu amigo la botella para descorcharla dándole a entender cuál era el papel que de él esperaban. Durante algún tiempo más hicieron la comedia de la seducción, aunque tu mujer sabía que C. ya había violado su complicidad contándole a tu amigo el beso oculto. Trajeron un jarro de agua para que la embriaguez del vino no perturbara la lucidez de aquel momento. Entonces C. decidió romper el distancia que había entre ellos corriendo la mesa de centro y sentándose a los pies de tu mujer junto al fuego, como una gata remolona que busca la mano que la acaricie. Y tu mujer acarició el cabello y el rostro de C. diciéndole que era hermosa y dulce, posó las manos en cada una de sus mejillas, la presionó suavemente y la atrajo hacía sí mientras se deslizaba al suelo para besarla una vez más al tiempo que C. comenzaba a explorar con timidez el cuerpo de tu mujer que, sin embargo, con algún rasgo varonil albergado en ella, impidió a C. continuar con este juego y se adelantó a desvestirla primero manifestando así su dominio sobre la situación. La tomó de los brazos y se la entregó a tu amigo y mientras él la sujetaba y acariciaba la fue liberando de sus prendas a un ritmo pausado en contemplaciones de la piel que iba surgiendo blanca y suave en tranquilas lomas de carne. C. era hermosa. Su cuerpo estaba moldeado por el continuo trabajo en las acrobacias del teatro, por las caminatas en los cerros de la cordillera, mantenía todavía cierto aspecto adolescente por la falta de hijos y tenía la tersura de una piel desintoxicada. Tu mujer recorrió uno a uno sus lunares con la lengua, enloqueciendo de a poco a C., quien en cierto punto ya no pudo resistir el impulso de desvestirla también. Tu mujer actuaba como una maestra y C. la iba superando en cada acción y sentimiento, ponía más pasión y desenfreno, tironeaba y mordisqueaba, apretaba y hería mientras tu amigo trataba de cooperar con dificultad. Tu mujer lo miró entonces, pues permanecía completamente vestido, descolocado, intentando meter las manos donde las de C. lo permitían y que, en realidad, no era mucho. Deslizó a C. hacia un costado y se lanzó a la bragueta del pantalón, con los dientes desabrochó el botón, empujó el cierre y bajó apenas el calzoncillo hasta que su pene apareció. A ella, a tu mujer, y tal vez tú nunca lo llegarás a saber, le excitaba sobremanera ver este miembro carnoso y erecto fuera del contexto corporal, emergiendo de la ropa como un tótem prohibido que no podía dejar de saborear; de manera que se lo metió en la boca mientras su lengua era un remolino alrededor del glande macizo al mismo tiempo que buscaba a C. para atraerla hacia su delicia y juguetear ambas lenguas con el mismo premio. Tu amigo dejó escapar un quejido. Maldita ausencia. ¿Dónde estabas tú cuando se revolcaba este trío en la sala? ¿Dónde estabas cuando ese amigo que un día tú mismo metiste en la cama de tu mujer para verlos penetrarse se estaba solazando en tu casa? Entonces, dirás, en ese lejano entonces yo no amaba a mi mujer y me preocupaba más mi pene abrumado y muerto por las drogas que saber que un amigo mío poseía a la mujer que yo deseaba. Nunca imaginaste que un día llegarías a amarla y que, cuando por fin lo lograras, es decir sentir amor por otro, tu ausencia sería el escondite en que ellos se volverían a poseer con extrañeza y confusión. Ahora no sabes ni te imaginas a tu mujer atragantándose con el pene de tu amigo, enredando la lengua en la de otra mujer y esa otra mujer obsesionándose con un orgasmo mutuo, dichosa y curiosa explorando por primera vez una vagina que no es la suya, escarbando entre la multitud de vellos, negros y gruesos, que recubren esos labios húmedos de tu mujer, dejándose explorar mientras le acaricia con ternura el cabello enredado. A C. no le importaba el pene de tu amigo y tu mujer sólo deseaba la boca de él gritando con desesperación en su mente “bésame… por favor bésame y mójame”. En un principio, este hombre se turbaba al tener que repartir sus caricias por igual, temiendo dejar a una de lado por la otra, pero demasiado pronto se dio cuenta de que C. ya no estaba interesada en él, muchas veces, durante muchos años, habían ido conociendo sus cuerpos en sesiones sexuales desesperadas (ella era ardiente, loca, libre y bella). Tu mujer lo buscaba y C. la alejaba. Estaban las dos enajenadas por el deseo y el placer, no cedían en sus posiciones de poder y luchaban por tener el control del éxtasis de la otra, pero C. se dejó dominar, alargada en el suelo, extendiendo su belleza, su claro cuerpo sobre la oscura tabla, entregada al goce de la lengua de tu mujer reconociendo el secreto detrás de esos labios apenas depilados entre las piernas hasta que la lengua se hizo corta y la elongación mayor para admitir dentro de sí varios dedos telúricos que la asfixiaban como si la recorriera un halo antes de la muerte. Se quejó, se quejó más, más, más, más pedía y tu mujer más le daba pensando que era su reflejo, ella misma en sus fantasías, desdoblada, al otro lado del frágil cristal de plata. Entonces, nadie te recordó, las dudas se desvanecieron como las mentiras con que nos golpearon cuando niños. Ni siquiera había por ahí una imagen tuya con la mirada de hierro invocando a la fidelidad. No estabas ahí, en el momento en que se produjo una pausa y C. sacó un cigarrillo, lo prendió y siguió buscando a tu mujer mientras exhalaba el espeso humo sobre su cuerpo, aquel que tu ya conocías, delgado, cuyos embarazos tanto le había agregado como quitado, unos pezones exultantes, furiosos, quisquillosos, unas caderas anchas para sostenerla, empujarla y agarrarla, pero con esos pequeños quiebres en la piel, que habían convertido el camino liso y terso en un paisaje erosionándose. A tu mujer eso no le importaba, aunque dudaba de que existiera el amor necesario para cegar esos desgastes del cuerpo que ya se ha vaciado en otro más pequeño. Volvió a buscar a tu amigo, sentado en el sillón verde, ahora desnudándolo y refugiándose en sus brazos. Él la besó furiosamente (experimentaba una extraña furia) y ella se entregó por completo al placer que le regalaban, se dejó sentir un objeto de amor y deseo, aunque se preguntaba si tu amigo la quería. C. se concentró en sus pechos, tironeando esos pezones elásticos y duros y en buscar el fin de su vagina con los dedos mientras él la seguía besando, tonificando sus labios en los de ella, mordiéndose, mojándose y, con una de las manos, buscando el ano. Tu mujer penetrada por todos lados, con violencia y ternura, logró llegar al orgasmo en la boca (y más allá de la boca, tal vez en el centro) de tu amigo. Entonces se levantó, bebió un vaso de agua, se sentó en el suelo y empujó a C. encima de él. Lo miró intensamente. Deseaba ver como tu amigo penetraba a su compañera; sin embargo, C. pronto se aburrió de lamer el pene erecto y se dedico a darle unos besos furtivos en el rostro. Después descansó sobre su pecho mientras tu mujer podía ver como ese monumento que tanto deseaba iba encorvándose hasta casi perderse inocente entre los testículos. Hubo un largo silencio en que no se miraron. Inesperadamente tu amigo se levantó, se vistió y avisó que se marchaba, sin escuchar los reproches de las mujeres. Recogió las botellas vacías, las copas a medio beber, las colillas y las cenizas y llevó todo a la cocina. Allí tu mujer le rogó que no se marchara, que durmieran juntos, que se levantaran al otro día a desayunar con los niños, lo abrazó. Volvieron a la sala. C. se montó, a medio vestir, encima de tu amigo y él, con cólera contenida, le dijo que se bajara, que lo molestaba, que le estaba aplastando los testículos. Ella no lo escuchó, insistió, le habló suavemente de la pradera, de los cerros, del agua, del río, del duende. Más tarde se fueron a dormir todos juntos a tu cama, C. al lado de tu amigo y él pegado a tu mujer. Llovía mucho. Tu mujer y tu amigo permanecieron despiertos hasta que ella se hubo dormido profundamente. Entonces se besaron, se acariciaron, se penetraron, ella al fin tuvo su miembro erecto, duro, grueso, mojado en la boca atragantándole la garganta, tuvo sus quejidos y, finalmente, el semen mezclado con su saliva y untado en el rostro, el cuello y el cabello. Tu amigo la acarició, la atrajo hacia arriba, juntando sus mejillas y, en cada movimiento, sus fluidos desperdigándose en las mismas sábanas en que tú, ahora, no estabas.

29 diciembre 2005

Jairo y la comida

Es el título del último libro publicado por mi amiga Bernardita Muñoz. Es una historia de corte sicológico que trata el sempiterno problema de la alimentación de nuestros hijos. Lograr que los niños se alimenten es uno de los primeros puntos que trata cualquier manual de sicología en el capítulo referido a la nutrición. Por supuesto, también fue lo primero que leí con primer hijo. El clásico consejo, ante la negativa de algunos chicos de alimentarse, es dejarlos libres, no obligarlos, pues tarde o temprano la fisiología y el instinto de supervivencia hará lo suyo y el niño tendrá la imperiosa necesidad de alimentarse si no quiere morir y, en consecuencia, no ver más tele ni jugar con sus amigos ni ir al parque o sentarse frente al computador. Suena tan razonable que uno lo practica. La desilusión no tarda en llegar, el chico o chica efectivamente tiene hambre, pero todavía no está dispuesto a comerse el nutritivo plato que su madre (o padre) se ha preocupado de elaborar. Es más, se conformaría con un chocolate o un paquete de papas fritas. Ese un punto que no he encontrado en ningún manual de sicología: no se trata de que los chicos no quieran alimentarse (o lo hagan en demasía), sino de que, ante todo, casi por naturaleza cultural o falta de instinto, prefieren todo aquello que abulta, pero no nutre.

Bernardita toma a su personaje Jairo para contarnos la historia de un chico que no quiere comer desde la perspectiva del niño. Les cuento, a los que no tienen hijos, que la perspectiva de los padres no es mejor. Algunos logran dejar al pequeño sin comer, si son fuertes incluso llegan hasta la hora de la cena sin dar su brazo a torcer, pero la mayoría cede antes, desesperados ante el hecho de que el muchachito o muchachita se está desnutriendo. Peor aún, tan ansiosos están, que les da lo mismo lo que se echen a la boca: ¡el punto es que coma! Así es. El padre de Jairo lo deja sin comer y no le manda su colación a la escuela (o colegio, no me acuerdo), de modo que el niño en vez de ver cosas, ve alimentos, y llega muerto de hambre donde su padre que ¡oh! lo espera con un delicioso almuerzo que, en realidad (debo decírselo a Bernardita) ningún padre estará dispuesto a repetir por más de tres días. Esto me recuerda un maravilloso libro que saldrá pronto en Argentina, Hugo tiene hambre, ilustrado por Mónica Weiss y escrito por Silvia Schujer, sólo que en este caso Hugo es un chico de la calle que no tiene qué comer y para quién, como Jairo, todo se transforma en la imagen de un alimento.

(Si quieren saber más sobre el libro de Bernardita, hay un adelanto en la Revista Ají, y si quieren saber aún más, pueden escribirle al correo que allí aparece).


Construcción fotográfica: Yuri Dojc

28 diciembre 2005

Espejo, solo veo carne


En medio de la inesperada soledad en que quedé cuando él se internó en un centro de rehabilitación, me refugié en un lugar como éste, mundo virtual, de amigos con palabras, pero sin voces ni rostros, el foro de la revista de literatura infantil Imaginaria. Allí estaba él, llamándose Starosta, uno más de una serie de participantes de este grupo, hasta que, de pronto dejó de ser uno más. En ese momento, salió del complejo terapeútico, pero seguí tan sola como antes, tan amiga de Starosta como si mi pareja, mi amor enfermo, no hubiese regresado a Santiago. Las cosas no mejoraron mucho, salvo por los correos que iban y venían desde Buenos Aires. Me parecía un tipo excepcional y, puesto que deseaba escapar, ya saben, crucé la cordillera en busca de ese hombre que me había encantado sólo con sus escritos.

Nunca lo había visto, apenas sabía que era mayor que yo. Algunos me dijeron, antes, que estaba loca y me citaron varios casos mal terminados de relaciones establecidas por medio de la internet, incluso de raptos, violaciones y muertes. Sin embargo, yo lo conocía bien, a Pablo (aunque todavía no sabía cómo se llamaba).

Anoche Andrés me dijo:

- Aunque tengo unos deseos enormes de amar y construir una vida con Erica, me sucede que después involucrarme con la bailarina, no sé, la encuentro gordita, a veces su olor no me gusta e incluso me parece que ya no nos ajustamos sexualmente, como si mi pico flotara dentro de ella.

- Es patético- le contesté- Eres patético y triste.

Lo critiqué mucho, tanto que decidió cortar la conversación antes de que termináramos hiriéndonos. Lo que Andrés no sabe es que cada una de las cosas que me contó, cada una de las críticas que le hice, golpeaban mi carne porque, sí, yo estoy siendo tan estúpida y patética como él, dejándome llevar por exteriores que, de todos modos, se degradarán día tras día, tal como mi cuerpo ya se ha ido deteriorando, buscando, en cambio, un cuerpo donde no hay nada.

También, alguna vez , hace tan poco que lo pueden leer, pensé algo así de triste, lo amo, me encanta, no hay nadie que me haya tratado con tanto afecto y comprensión, mi vida es interesante y vital junto a él, pero... no me gusta tanto su cuerpo, sus piernas son tan flaquitas y su altura apenas supera la mía...

- Eres patética- me dije- Patética y triste.


Fotografía: Jo Ann Callis, Man Standing on Bed.

27 diciembre 2005

Sinfín



Mi vida se acabó el día en que lo conocí a él.

Antes pensaba que se había malogrado con la muerte de mi padre, el consecuente alcoholismo de mi madre o las violaciones sexuales. Ahora todo eso me parece pequeño, menos duro o, por lo menos, terminado. Nunca más vi a mi padre. Nunca más al triste y patético violador. Muchas veces me ha parecido que toda esta relación fue aún peor que las violaciones.


- ¿Por qué?- me preguntó alguien práctico- Si tú consentiste y hasta tuviste un hijo de él con tu venia y, para que haya violación…


- Ya sé lo que dice la ley- interrumpí- pero me temo que cuando niña, de alguna manera, también consentí, a punta de los engaños del hombre.

- Nadie te obligó a estar con él.


- Y a él nadie lo obligó a mentirme ni menos fingir que me quería.


Cada vez que abro esa puerta, seis veces por semana, para entregarle o recibir a mi hija, me siento como Prometeo encadenado, apenas vengo recuperándome de sus heridas, llega la rapiña a destrozarme las entrañas.

Nadar es como estar volando o como guarecerse en el útero o como deslizarse hacia la muerte, respiro profundo y rápido, boto las burbujas de mi aliento, abajo no hay nada más que mi piel acogida por el agua, afuera está el aire inundado de las canciones de Rafaella Carrá.

Siempre me gustó. Algún tiempo, niña, me obsesioné por tener un cuerpo como el de ella o por ser recorrida por tantas manos masculinas como sus acompañantes. Descanso de mi circuito de nado mientras escucho para hacer bien el amor hay que venir al sur… (etc., etc.)… búscate otro más bueno, vuélvete a enamorar… Así como mi genotipo me impedía llegar a poseer un cuerpo como el suyo, es probable que tampoco pueda vivir como en una de sus canciones. Miro alrededor. Mi vista se detiene en un pene espectacular con un cuerpo espectacular… ojalá lo conociera, ojalá me cayera bien, ojalá me acostara con él… pienso inútilmente. Quito la vista y vuelvo a nadar.

Más tarde, recibo a mi hija en la puerta, me desangro como cada vez, la dejo en su cuarto, besándola, porque no puedo hacer nada más, y lloro porque, claro, la amo, pero preferiría que nada de esto hubiese sucedido.

Al beber unas copas de vino pienso en invitar a algún amigo a beber conmigo (me encuentro contigo en el mensajero, ves...), a dormir conmigo y, quizás, hacer el amor, pero temo una negativa y, sobre todo, sé que no me servirá de nada.

Entonces, escribo esto.


Fotografía: Toni Frissel

Lebu Jazz

Lebu está a tres horas de Concepción por un camino tortuoso y alto, pasando por plantaciones de pinos y magníficas vistas al mar. Es un pueblecito un poco aislado al lado del río Leufú, ventoso, frío, desabrido, dedicado a la pesca y, antiguamente, a la minería del carbón. Allí nació Fulvio y allí vive después de haber transitado por otros lugares estudiando o trabajando. También yo viví allí por quince días que se me hicieron insoportables, en un intento por reconciliarme con uno de mis ex. No lo resistí y pensé que jamás volvería.

Ahora Fulvio, después de un largo camino de tropiezos, pero insistente en sus pasiones, ha organizado un Festival de Jazz que se realiza por segundo año consecutivo y que debe de ser el evento cultural más importante de la octava región. Ha invitado a las mejores bandas de jazz del país. Es imperdible. A partir del lunes, los de Santiago, podrán ver en las estaciones del metro el afiche del festival con el detalle de los invitados.

Pensé que no podría ir, pero inesperadamente, él, el mismo, me ha abierto la posibilidad: me avisó que para la fiesta de fin de año tendría que quedarme yo con nuestra hija porque él se iba a la playa a celebrar. Por supuesto, en un principio, me enrabié pensando que estaba atrapada (¡me cagó una vez más!, pensé) en mi casa para las fiestas, pero ahora le veo la ganancia: si él sale para año nuevo ¿no es justo que a mí me toque el fin de semana siguiente?

Me haría bien. Creo que a todos nos haría bien encontrarnos en las extensas playas de Lebu después de escuchar el mejor jazz de Chile.

26 diciembre 2005

Cuentos ñoños

Me dice:

-          No te aflijas, hay tanto que hacer en la vida.

Le respondo:

-          Si fuera sólo el hacer, la solución sería tan fácil, pero el verdadero problema es ser, y es allí donde me siento desintegrada.

Pensé:

-  Bueno, de todas formar hay que hacer algo.


Y agarré seis libritos de la colección Barco de Vapor para estudiarlos, encontrar el patrón común y ponerme a escribir un cuento para el concurso de marzo. El primero: no pasé la primera página. El segundo: la correspondencia entre dos niños de un país nórdico queda en la sexta página. El tercero: ¡oh, no! esta novelita se la tuve que leer a un niño de nueve años cuando hacia clases particulares de reforzamiento, no pasé de la portada. El cuarto: tres páginas. El quinto: dos páginas. El sexto: la primera página y, haciendo un esfuerzo, el primer párrafo de algunos capítulos.

Dejé los libros sobre la mesa, miré a mi hijo y le pregunté:

-          ¿Yo también escribo cuentos tan aburridos?

Me mira abrumado:

-          Esteee… déjame pensar.

Lo interrumpo, total no hace falta insistir:

-          Ya, no importa.

Él se apura en contestar:

-          No, mamá, si son buenos… es decir, son más buenos que malos.

¡Qué más da! Tampoco me iba a dar una opinión objetiva. Allí quedan los libros de la dicha colección. Me siento frente al computador. Estoy tentada de interrumpir a María por el mensajero para contarle mis aprehensiones respecto a la literatura infantil. Desisto… desde que estoy cesante creo que todo el mundo tiene tiempo de sobra. Abro el procesador de texto, una página en blanco para comenzar el cuento, escribo la primera frase colmada de resabios de lo que acabo de leer. Lo borro. Escribo. Horrible. Lo borro. Escribo. Estúpido. Lo borro. Escribo:

“En la calle siempre se encuentran las cosas más raras...”

Lo borro… ¿qué me pasa? ¿estoy dando una cátedra sobre las cosas que se encuentran en la calle? Escribo. Borro. Escribo. Borro. Escribo. Borro.

Entonces, escribo esta anotación. No la borro.    

Nada es suficientemente lejos

El año pasado en esta misma fecha mi único objetivo en la vida era escapar. Tenía dos alternativas: o partía con mis dos hijos a algún lugar lo suficientemente lejano para que él no llegara, ya fuera por imposibilidad real o por desidia... o abandonar a mi hija en la casa de sus abuelos y olvidarme de que alguna vez había conocido a este hombre ni menos que había cometido la locura de embarazarme de él. Aunque me sentía culpable de solo pensarlo, ejemplos no me faltaban, por lo menos fílmicos: Todo sobre mi madre o Las Horas, por nombrar sólo dos que tenía más cercanos. Claro que un sentimiento de responsabilidad con mis hijos me lo impedía, sobre todo con la Paz, sabía que cualquiera fuera la alternativa, le arruinaría la vida con un acto así.

De todos modos, tomé algunos ahorros de ese año y compré un pasaje a Buenos Aires por veinte días, con la esperanza de pasar la mejor fiesta de mi vida, conocer en persona a Pablo y olvidarme de todo por un rato. Apenas unos días antes del viaje, le avisé a todos mis intenciones. Dice él que fue un golpe bajo... si supiera que lo en realidad quería era huir con la niña, pero que el sentido común me lo impedía...

Estuve veinte días en Buenos Aires. Al despegar, como siempre me sucede, sentí que me invadía la libertad, que dejaba atrás tanta mugre y dolor y, al llegar, dejé que todo lo nuevo me colmara como si estuviese naciendo otra vez. Así era, durante esos días olvidé a mis hijos y tenía el impulso de no volver más, de dejar que cada padre y abuelos se encargaran de ellos, cambiar de nombre, ser otra, no recordar o recordar como se recuerda una novela. Además, conocí a Pablo, quien me recibió y me trató tan bien, sin preguntar nada. A horas del regreso, de nuevo el sentido común, no podía abandonar a mis hijos y volví.

Así fue todo este año, el constante deseo de huir con los niños a Buenos Aires. Y hubiese podido hacerlo, de atreverme, allá hice contactos laborales y Pablo había arreglado su casa para recibirme con mis hijos. Sin embargo, me parecía que no podía irme a vivir con él sólo por escapar de lo que, en realidad, no se puede escapar y, por otro lado, nunca dejé de tener la esperanza de que él reaccionara a tiempo, lo que me pareció que había sucedido después de mi último viaje, cuando me dijo que me amaba, se quedó a dormir conmigo y me invitó a pasar la vacaciones, como siempre, en el Lago. Pensé que había llegado el momento de la reconciliación y de recuperar todo lo que se había perdido, incluso los sueños. No pasó más de una semana para que él diera las señales contrarias y yo me diera cuenta de todo había sido una manipulación cuyos objetivos desconozco.

Después de este año entiendo que no tengo escapatoria y que, citando una película barata que me encontré una noche de desvelo, se ama aunque no se vea.

22 diciembre 2005

DORA (Tres: Pececito y Lolita)

Chalasai Chupua, Lukipla, o simplemente “Pececito” para nosotros, nació en un hospital pobre de Bangkok, donde su madre, sin lugar a dudas pobre también y joven, la abandonó. Desde entonces vagó por las calles de esa ciudad hasta que una noche, cuando ella era aún una niña de pocos años, cuatro tal vez, el rey Bhumibol Adulyadej, se compadeció y la llevó a palacio para criarla. La muchachita fue creciendo allí, donde muy cerca circulaba el príncipe Yugala, de unos treinta y seis años por entonces. Un día, Yugala decidió que se llevaría a la mocita a su palacio para el servicio doméstico personal y de su madre enferma. A los nueve años Pececito ya debe haber sido una pequeña nínfula que estaba allí, ignorante de todo el poder fantástico que ejercía sobre el príncipe play boy, ese tipo de hombre que tan bien nos ha descrito Humbert Humbert, el Humbert Humbert que casi enloquece por la pasión que sentía hacia Dolores Haze, Lolita, simplemente Lo, un sentimiento que iba más allá de la simple atracción sexual que le infligía la niña o, que tal vez a partir del deseo de poseer la tersura de esos brazos de piel de damasco, ese cuerpo delgado y algo informe como una fruta a punto de madurar, fueron decididamente extrapolando este deseo en algo mucho mayor, una obsesión de amor, un amor sin derroteros hasta que… pero detengámonos aquí y veamos que pasó con Pececito. A los nueve años, decía, ya debe haber habitado en ella ese pequeño demonio voluptuoso que el príncipe, sin duda, podía percibir bajo un constante martirio porque ¿qué no podría obtener un príncipe, un play boy con un sin número de amantes y mujeres deseosas de pasar una noche con él? ¿No podría conseguir en un país tan pobre otra niña cualquiera para satisfacer ese deseo? Algunos años soportó el martirio, debemos decir que bajo su perspectiva, muchos años sufrió la presencia de esa niña diferente de sus contemporáneas. A los once años de Pececito, el príncipe, logró entrar su vida. No sabemos cómo lo hizo, cómo la convenció, cómo reaccionó esta niñita, tal vez exactamente como lo hiciera Lolita, con esa especie de desparpajo infantil, aburrida, como cumpliendo con los deberes escolares, resignada y hasta asqueada de tanto complacer los infinitos deseos del hombre, pero dependiente, solas en el mundo, porque Lolita también estaba sola, sin padre ni madre, en manos de este hombre que no sólo la poseía sino que también trataba de darles todos los gustos a sus antojos y pataletas infantiles. Yugala se llevó a Pececito a su habitación como su amante, dejó a todas las demás, todas las mujeres hermosas que tenía más que a su alcance y la colmó de los más lujosos regalos, todo lo que podía darle, le compró oro y joyas, un Ferrari, un avión privado… a cambio del placer que ella podía entregarle y lo que ni él de Humbert Humbert nunca obtuvieron.
¿Qué ocurre después con estas nínfulas? Se preguntaba Humbert Humbert. Creo saber la respuesta, qué sucede con estas niñas que, de un día para otro, sin darse cuenta, se trasforman en mujeres, como tampoco se han dado cuenta de la forma en se trasformaron en diminutos objetos de deseo ni nunca lo supieron que lo eran, circulando por sus vidas inocentes del mal que las acechaba. Sin embargo, antes de contar cómo creo que han terminado estas pequeñas nínfulas después de que su infancia las abandona y cómo acaban estos ninfulómanos después de que sus nínfulas los dejan, quisiera extenderme un poco en la conclusión de mi calidad de pequeña nínfula ignorante de aquella condición que tantos momentos olvidables me trajo, no obstante no me gustaría traer a colación episodios desagradables y quisiera sólo referir aquellos que prueban mi hipótesis y en los cuales prefiero imaginar un ninfulómano, cualquiera que hoy no me produzca arcadas (es decir, no áquel que es mejor definido como "sicópata"), agobiado por el torturante deseo no consumado, aunque a claras vistas, lo mejor de estas historias es precisamente el esperanza de recompensa que encierra ese deseo voluptuoso.

21 diciembre 2005

Cuentos de navidad

He estado buscando algunos tomos de Astérix para la colección de mi hijo, pero sorpresivamente me encuentro con que... no los encuentro... salvo en la Librería Francesa, que ha decidido traer unos volúmenes de lujo con un precio acorde con tanta elegancia, de manera que tuve que renunciar al regalo de Fernando, y buscar otro libro que, seguramente, no será de tanto agrado como el de los galos.

En un mercado tan floreciente y extenso como el de los libros, buscar uno para regalar puede parecer fácil, pero no. Tres horas y media recorrí los estantes de algunas librerías, quedándome estática por varios minutos, sin saber qué elegir, al mismo tiempo que no podía evitar la crítica personal y un cierto escepticismo punzante: textos vacuos con ilustraciones desacordes (también encontré mi último libro en estas estanterías, aquel cuya ilustración por querer mejorar, empeoré, y que, ciertamente, de ser extraña a mi misma, no compraría).

Pensé en mi mamá porque elegir para ella era de lo más fácil, pero estaba descartada en los regalos por ser adulta (incluso pensé en el Gitano y hasta pasó como una ráfaga su figura- la de él, ustedes comprenden- pero esos estaban eliminados por ser (1)adultos, (2)hombres y (3)ex parejas).

Así que dedicarme a lo más complicado: los libros de los niños. A Paz le encontré uno muy entretenido para aprender a contar, de cartón, con ilustraciones hechas de paño lenci y diez botones encajados en la tapa para sacar y volver a encajar en el interior según la cantidad indicada por el texto. Sé que le encantarían los botones, que encajar ayudaría a la motricidad fina, pero me pareció excesivo el precio sólo por aprender a contar hasta diez con botones cuando para el mismo objetivo pueden servir cualesquiera objetos, de los tantos, de casa. Mientras buscaba y más miraba, menos sentido le encontraba a todo. Finalmente, para ella, me decidí por uno con una historia muy simple, sin grandes ambiciones didácticas ni valóricas, pero rebosante de figuras de papel que, al tirarlas, saltaban o se escondían en nubes, estrellas, lunas, soles, flores y cosas por el estilo.

El libro de Fernando, no me dejó conforme, y es que ya es un niño con mayores complejidades, sabe leer pero no lo suficiente para una novela (¡uh! ¡las novelas! He allí aún mayor complejidad, adaptaciones del Quijote, por ejemplo, aunque estoy en contra de las adaptaciones... lo tomé, dudé, pensé si no lo empezaría a acostumbrar desde pequeño a los resúmenes- tan arbitarios, por lo demás-, lo abrí, observé las ilustraciones y lo dejé en el estante de vuelta). Bueno, no voy detallar todo lo que consideré, enciclopedias de ciencia, de arte, de actividades (para el verano, pensé), cuentos ñoños, cuentos hermosos, pero fuera de sus intereses... ¿por qué nadie tiene Astérix?

Lo peor de todo, al final, no fueron las horas recorriendo librerías en medio dela muchedumbre navideña, ni el fracaso de la empresa de vieja pascuera, sino la completa incerteza en que quedaron mis convicciones sobre la literatura infantil y los objetivos laborales de mi vida.

(PD: a pesar de todo, sigo escribiendo las entregas semanales en la REVISTA AJÍ, casi como un ejercicio literario que espero tenga un buen fin, de manera que le pido a aquellos que visitan la revista que no vacilen en criticar mi trabajo y destrozarme si es necesario).

Paula P. (II)

Paula había heredado de su abuelo una casa bastante grande en la cima de uno de los cerros, con vista al mar. A un costado de la cocina, unido por una puerta que pasaba desapercibida detrás de un estante, había un pasillo abierto que separaba la casa del terreno contiguo. Una tarde, tomando té, pensó que ése era el lugar ideal para sus propósitos y se sentó a esperar que llegara el momento.

Siempre había sido una niña contemplativa, paciente y perseverante, en parte gracias a la educación que había recibido de su tío Kowayashi mientras vivió en esta casa, en otra parte, quizás, por rasgos heredados, lo cierto era que no le importaría esperar uno o veinte años a que se presentara la ocasión propicia porque Paula también había recibido en su sangre toda la sed de venganza de su abuelo.

Tarde tras tarde, desde entonces, sentada en la mesa de la cocina, mirando la vitrina del estante, con un té caliente entre sus manos, esperaba sin esperar el día en que la campana de la calle sonara con ese leve temblor que le indicaría que debía actuar dejándose llevar sólo por el plan que ya había trazado minuciosamente.

Mientras tanto, en otras horas del día, se dedicaba a cuidar el jardín de su abuelo, los damascos, las bugavillas, las lavandas, los limones, los helechos, los bonsais que había dejado el tío Kowayashi, a limpiar los vidrios de las ventanas que miraban hacia el puerto, lavar y cocer las fundas blancas de los muebles, a cocinar para las visitas que pudiesen llegar, a bordar las arpilleras que vendía en la feria, a ordenar las herramientas, las palas, el chuzo, la picota, el hacha.

Y en las noches, mientras fumaba, miraba las luces de los barcos que permanecían quietos o aquellos que zarpaban o llegaban a la bahía. Ya los conocía casi todos, recordaba los detalles, la sirena, los colores, la marcha de cada buque que había pasado por el puerto. Siempre esperaba el mismo, ése que nunca había esperado.

La sirena y el timbre, ésas serían las señales, pensaba justo antes de dormirse.

20 diciembre 2005

Pesadilla

Sueño con que voy en un camión por la costenera del río Mapocho que, sin embargo, no es un triste canal, si no un mar con aguas claras e intranquilas. La bocina suena tres veces...

Es el timbre. Afuera está él esperando que baje a la Paz. Estamos todos durmiendo aún y lo hago pasar. Mientras se instala en la pieza de la niña, me dice:

- Me podrías convidar un café- (omito los signos de interrogación a próposito).

Voy a poner la tetera y vuelvo al cuarto de mi hija que ya despertó.

- La Paz está acostadita- le dice a su padre.
- No te llamas Paz, te llamas linda, Agustina linda- le está diciendo él. Me ve en la puerta.

- ¿Ya se fue Eduardo?- me pregunta.
- ¿Qué Eduardo?- no sé qué pensar, no conozco ningún Eduardo... ¿tal vez quiera referirse a Pablo, a quién nunca nombró así? No lo sé, pero de él se puede esperar cualquier cosa y estoy atenta.
- Eduardo... el padre de José, tu hijo - (mi hijo Fernando, ya saben).

Creo que todos hemos tenido la sensación de una patada en el vientre que nos revuelve hasta el cerebro. Mi primer impulso sería pegarle un puñetazo, pero ya sabemos que así no se arreglan las cosas entre los seres civilizados, así que, puesto que no sé cómo reaccionar, me quedó estática y en un silencio que él aprovecha para explicar el dardo:

- ¿No te gusta andar cambiando los nombres?... Y... ¿el café?

Sigo en silencio, me dirijo a la cocina, desconecto la tetera y regreso al cuarto.

- ¿Puedes esperar abajo, por favor, mientras visto a la Paz?- le digo.
- ¡Ay! ¿Se ofendió?... ¡No seas grave! ¡Eres una exagerada!
- Puedes bajar, por favor... lo mínimo que espero es que no me vengas a molestar a mi casa.
- ¡Ja! ¡Qué agresiva! Tú empiezas con las estupideces y después te enojas.
- Es fácil acusar a los demás cuando uno los provoca... ¿puedes esperar abajo, por favor?... Y de paso, ya que no puedes tomar decisiones por ti mismo ¿por qué no le preguntas a tu sicóloga por qué la niña prefiere el nombre Paz?

Un poco después bajé con la Paz para acomodarla en la bicicleta... mientras lo miraba, pensé en King Kong, cómo pude comparar a ese pobre animal-engredro-fílmico con este miserable, pero peor aún, después de mirarlo otro poco, retumbaron en mis oídos la frase que otras personas han dicho de él, "ojalá se muera de una sobredosis". Cerré los ojos para concentrarme en otro pensamiento más positivo; sin embargo, todo lo que sentí fue el infinito peso de tener que compartir mi hija con este hombre.

19 diciembre 2005

Llorar por llorar

Mi hijo mayor, de siete años, y yo fuimos a ver King Kong. La película es, por supuesto, invérosimil incluso para su lógica interna, con ciertos añadidos que no podían dejar de fascinar a un niño, como larguísimas escenas de dinosaurios e, incluso, con King Kong luchando con tres tiranosaurios al mismo tiempo mientras se pasaba a la rubia de las manos a las patas en su intento por salvarla de las fauces de los prehistóricos, momentos en que uno, como adulto, claro, no deja de preguntarse cómo ya no se había desnucado hace rato. A pesar de eso, de la exageración que llegaba a anestesiar el terror, lloré junto con mi hijo (y lloraba por adelantado, diciéndole en el oído "ay, esta no es la peor parte, ya verás"). Es que el animal enternece, aunque no deja de ser una parodia del comportamiento masculino (entre tanto, pensaba, si este animal bruto, pero tierno, me conmueve ¿cómo es posible que él no me conmueva?).

Evidentemente, no hay más conclusiones que sacar de la película, salvo que mi hijo insiste en ir a verla otra vez conmigo, negándose a invitar a mi madre (quizás porque lloramos juntos y eso lo reconforta). De manera que, de las decenas de películas que podría ver a mi entero gusto, probablemente mañana me esté repitiendo la historia enorme macho peludo que me hace llorar.

17 diciembre 2005

Navidades

María me preguntó algo de la navidad (Fran leía la carta de una sobrina de cinco años que lo conminaba a partir al sur para estas fiestas).

Recordé.

(Hace tiempo, en una reunión de curso estuve obligada a recordar "mi navidad más bella de la infancia" -el propósito de la profesora era que los padres de sus alumnos se conocieran entre sí. Lo peor es que, en esas circunstancias, no quería parecer patética).

Si podía recordar una navidad especial era sólo aquella en que la memoria me permitía retener conscientemente la presencia de mi padre, la última navidad que celebré (hasta ahora). Luego, en los primeros días de enero, mi padre murió. De manera que, a medida que estas fechas se aproximaban, mi madre iba cayendo en una profunda depresión que terminaba conmigo en cualquier otra casa que no fuera la mía, generalmente con gente desconocida porque me mandaba con diferentes amigas de ella o de mi abuela. Era el momento de mayor soledad que recuerdo. Ningún otro día del año era peor, sentada frente a un luminoso árbol de pascua, rebosante de regalos si había más niños, o desierto si era la casa de alguna vieja, obligada a sentarme a cenar lo que me dieran y siempre pensando que quería llegar pronto a mi casa para compartir con los gatos, las gallinas, los loros, la coneja, en vez de todas estas personas ajenas (a veces, con mi tía de la Legión de María, nos íbamos a la misa del gallo, que siempre era mejor que cualquier otra posibilidad). Además mi madre detestaba los regalos... la verdad es que dos semanas antes de navidad hasta la fecha de la muerte de mi padre, detestaba todo más que nunca (y todavía).

- ¿Cómo los adultos pueden ser tan desatinados?- se preguntaba María al rememorar los grandes regalos que se le hacían a algunos niños, generalmentelos dueños de casa, contra aquellos minúsculos (si no ausentes) de los chicos visitantes.

Y, claro, ya lo sabemos todos, no se trata de que los regalos sean lo principal, pero ningún niño se queda inmune cuando el del lado no para de abrir y abrir paquetes. Mi madre en una muestra extrema de austeridad (y de amargura de paso) mezclada con un curioso sentimiento religioso, simplemente había abolido los regalos, aduciendo que era la más asquerosa muestra de consumismo y capitalismo en un día tan particular como era el nacimiento de Jesús Cristo.

Los niños me ha cambiado las cosas, es necesario hacer un árbol de bolas de colores, luces, cintas y brillos. Así que, a falta de uno verdadero (el que compré el año pasado se secó) cosí uno con la tela que dejó él para la funda de los sillones. Es un verde bien parco, pero cambia con luces y los "adornos" que le pegué (cierta cantidad indefinible de cachureos que he guardado a lo largo de mi vida). Tiene bolsillos, el árbol, para esconder dulces, chocolates y mazapanes que, en rigor, se comen el seis de enero. Tiene bolsillos, pero todavía no tiene una sola golosina, así que mis conocidos pueden, si lo desean, proveerme de aquellas curiosidades. Todavía luce sin regalos, pero los chicos no los extrañan hasta la medianoche del veinticuatro, por lo que todavía tengo tiempo. También hicimos un pesebre en un cajón de fruta con las figuras que aún sobreviven de la primera y única familia que mi padre alcanzó a regalarme. A Paz le encanta, aunque a él se le revuelva el estómago de saber que existe esta referencia "religiosa" en casa (que ignoró en su última visita sexual).

Siempre quise que las cosas fueran diferentes. Espero que ahora lo sean, aunque sigan faltando los padres.

16 diciembre 2005

Almas gemelas

Le gustaban (quizás todavía le gustan) las prostitutas. Decía que una especie de hilo unía sus almas (el hilo de la soledad, probablemente). La señora del burdel le hacía un precio mensual, muy módico, para que las chicas lo fueran a visitar a casa en unas cuatro o seis sesiones, generalmente en aquellas ocasiones en que la droga y el alcohol (o el resabio) lo hacían sentir más abandonado. Me decía que con la coca era muy difícil excitarse y tener una erección. Me decía que a las putas no se las besaba. Todo lo demás era posible si eras amable con ellas. Ponía una cámara frente a su cama, conectada al televisor de varias pulgadas, y se miraba y admiraba en el cuerpo de alguna de las chicas mientras grababa, una tras otra, cintas de ocho milímetros. Tenía cientos, que botó cuando llegó a casa, por temor a que alguien las descubriera (temor, tal vez, a que yo las viera, pero nunca lo hice, pues no alcancé, un día me metí en el ropero donde guardaba la cámara y ya no estaban las pequeñas cintas, revisé los otros videos, donde sólo encontré a sus alumnos del colegio en deplorables representaciones escolares). Llegué a su vida cuando las prostitutas eran su única compañía. En tres ocasiones fui de madrugada, con una amiga, a su casa de Bilbao, pero no nos abrió. Le dejaba notas que no me contestaba. Entonces, a la mierda, pensé. Apareció poco después y me besó, aunque por la coca no podía tener relaciones sexuales conmigo y le pidió a un amigo que lo sustituyera. Todos aceptamos. Entonces, me besaba, aunque fuera otro el que me montaba (o yo al otro). Ahora, a veces, tiene sexo conmigo, nunca me besa ni quiere penetraciones vaginales (cuando lo libo me dice "¿cómo te voy a olvidar?") y al terminar se va sin decirme nada más, quizás como lo hacía con sus almas gemelas, las prostitutas.

15 diciembre 2005

DORA (Dos: Nabokov)

Descubrí que había sido una suerte de nínfula después de que, hace poco, me trajeron "Lolita" de Nabokov, cuyo narrador, Humbert Humbert, definía así a las nínfulas: "Entre los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, una o dos veces mayor que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica; propongo llamar a esa criaturas nínfulas. Entre estos límites temporales (nueve y catorce años) ¿son nínfulas todas la niñas? No, desde luego. De lo contrario, quienes supiéramos el secreto, nosotros, los viajeros solitarios, los ninfulómanos, habríamos enloquecido hace mucho tiempo: Tampoco es la belleza la piedra de toque y la vulgaridad (...) no daña ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, anonadante, insidioso encanto que distingue a una nínfula de las demás niñas. (...) Dentro de esos mismos límites temporales, el número verdadero de nínfulas es harto inferior a las jovenzuelas feas, o tal vez sólo agradables o simpáticas hasta bonitas y atractivas, comunes, regordetas, informes, piel fría, niñas esencialmente humanas que acaso lleguen a transformarse en mujeres de gran belleza. (...) Si pedimos a un hombre que elija a la niña más bonita de un grupo colegial, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas (...) para reconocer de inmediato por signos inefables (el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado, la carencia de acné y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas de ternura me prohíben enumerar) al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas".

No he llegado a saber si me violaron porque nací nínfula o si, por el contrario, me trasformé en una en el instante preciso en que un landronzuelo nos llevó a un sitio eriazo, cuando contada con menos de 5 años y no le bastó con quitarme mis aros de oro, sino que quiso, antes de partir en su bicicleta, dejarme el recuerdo de una lengua babosa paseándose por mi vulva imberbe. No dejo de preguntarme en este encierro, que me da el tiempo de recordar, pensar y escribir, si siempre será así para las niñas, si a Lolita le pasó así o sí a otras niñas de mundos tan ajenos al nuestro, que sin embargo comparten esta misma suerte, les pasó así, como a Pececito.

14 diciembre 2005

DORA (Uno: "Las primeras horas")

Estoy ansiosa por contar aquellas horas, que sí, que no, que adoro, que odio, las primeras, las determinantes de todos las formas de placer que experimentaré más tarde, cuando mi cuerpo adquiera esa forma tan poco sutil de ser mujer un poco antes de ser niña. A menudo, en ciertos mundillos que se definen como particularmente sensibles, se discute un poco más en serio, un poco más en desprecio, esa cualidad infantil que muchos dicen mantener a lo largo de su vida adulta, es decir, aquellas características que valoran, como la capacidad de sorprenderse o esa imaginación desbordada por la falta de una conciencia lógica basada en la matemática o la filosofía, pues los adultos tenemos la magnífica habilidad, casi por instinto de sobrevivencia, de olvidar los lados oscuros de la infancia y sobrevalorar lo codiciado. Casi nunca nos preguntamos que había de adultos en nosotros cuando éramos niños y, así, puedo preguntarles ¿puede haber una mujer en una niña de cinco años?

Después de pensarlo un poco les puedo decir a aquellos que se topen con este escrito, que mi vida está malograda desde la desaparición de mi padre a los cinco años y una violación a los siete años que dejó una mácula de horror estampada en mi alma como la mancha de semen que quedó en el tapizado rojo del sofá en la casa de mi abuela. Esta noche he llorado en esta oscura celda, pero he terminado riéndome, después de masturbarme cruelmente, de la siniestra suerte de una existencia condenada a la perdición, convencida de que no hay nada que pueda hacer que cambie este sino para mejor y que, probablemente, lo que siga haciendo será la continuidad de una serie de errores que se prolongan desde entonces. Y, sin embargo, ya no me importa, una resignación aplastante me ha dominado después de esta velada de insomnio y conciencia con la convicción de que no existe nada que me obligue a ser buena, leal o medianamente ética con nadie salvo con mis hijos y mi madre. De pronto, he tenido un madrugón tan exacto de mi soledad, que no perdería tiempo en pensar dos veces si escapo, engaño o miento con tal de obtener un instante de placer, puesto que la felicidad no está al alcance. Otro giro fundamental se realiza después de esta revelación.

13 diciembre 2005

Memorias de la educación sexual. "¡Ay, Tomás!"

La casona estaba en un cerro sobre la costanera. Hacia el frente, un jardín escarpado entre las rocas que caía a la avenida del mar, hacia el fondo, tres patios: el primero, de la casa principal; el segundo con un bosquecillo de eucaliptos, un mirador y un aserradero; en el tercero, una huerta arbolada, un gallinero y una casita que daba sobre la calle lateral, a media cuadra de la plaza de armas del pueblo.

Varios veranos, aunque no sé cuántos, mi abuela me llevaba con ella a lo de sus clientes y amigos, los Pérez. Era pequeña, pero recuerdo hitos: comí mis primeros ostiones en el amplio comedor de la casa, cierta vez me hice pichí en la cama del cuarto en que dormíamos las dos con las olas reventando sobre nuestros oídos, probé el billar en la sala de juegos, en el subterráneo que daba al jardín escarpado, con mucho temor a romper el paño, tuve un encuentro con un fantasma (o un ladrón) en el columpio al lado del gallinero, los adolescentes de la casita de atrás me obligaron a fumar en la playa…

Los adolescentes de la casita de atrás, cuyos padres he olvidado que relación tenían con los dueños de la casona, eran seis hermanos, la mayor apenas pasando los veinte años y el menor de unos quince. Sara, la primogénita, se quejaba que yo era amachada, detestaba verme con esos insistentes vestiditos y zapatos de charol, que mi abuela me llevaba, montada en los árboles, las rocas, las pilas de tablas aserradas, revolcándome en la tierra y en la arena. Juan, el que la seguía, decía que yo era exquisita, que tenía unos labios como de frutillas que daban ganas de comerlos.

- ¡Juan!- le gritaba Sara- Deja a esa pendeja ¿no ves que es una niña tan chica? Y además tan… varonil… ¡no le des besos en la boca!
- Ya, ya, si apenas se los toco, contestaba él - y era así, cada vez que iba a su casa me pedía un beso en los labios, yo lo tocaba y seguía mi camino.

Era cierto, mi excesiva energía me hacía parecer más un niño que una niña en su imaginario sobre el comportamiento de una señorita, imposible mantenerme quieta, con las piernas juntas o bajando las escaleras por los peldaños o tomando sol en vez de capear olas, pero tenía ilusiones de niña, como ser una sirena o una princesa… y Tomás, el menor, era mi príncipe.

En la playa lo seguía a nado hasta la boya y trataba de rozar mi cuerpo con el suyo. En cuanto sentía el calor contrastando con las aguas frías del mar, me imaginaba que nos hundíamos, él me abrazaba y me daba besos escondidos bajo la superficie enredados en mi pelo tan largo (que soltaba solo para eso porque, en rigor, siempre me mantenían con un par de trenzas), era una hermosa sirena con su consorte enamorado, en el contexto más kitsch que puede concebir una chica de ocho años. En la realidad, él jugaba conmigo, el único de los hermanos que tenía conciencia de mi edad y de los riesgos a que me exponía en la ausencia de mi abuela, quien cada día me confiaba a ellos.

En cierta ocasión, ocurrieron dos hechos importantes. El primero era que había empezado el Festival de Viña del Mar y el segundo, aún más relevante, Los Jaivas tocaban en un escenario montado justo debajo de la casona. Por supuesto había mucha conmoción. Los Pérez organizaron un cóctel en la terraza principal, suerte de palco que daba al escenario donde se presentarían estos músicos. Todos los invitados estaban invitados (valga la redundancia). De manera que a las ocho de la tarde se vivía un ambiente de fiesta en la casita de atrás, carreras de las hermanas que se probaban toda la ropa que traían y los hermanos empezando a beber desde ya.

- Vamos, vamos ya- dio la orden Sara y todos partieron, menos Tomás que le contestó:
- Ya vamos, espera que le termino de hacer las trenzas a la niña.

Así nos quedamos solos Tomás y yo en la casita. Terminó de peinarme y me dijo:

- Te quiero hacer un regalo, pero tienes que cerrar los ojos.
- Bueno.
- Pero no los abras por ningún motivo.
- No.
- Tiéndete también.

Me tendí en la cama de Tomás. Estaba muy emocionada, pues podía adivinar que me daría un beso en los labios, el máximo sueño que había tenido durante todas las vacaciones, recurriendo a él hasta por el más mínimo motivo, para buscar una gallina que se nos había escapado a los más chicos, para bajar un zapato que había quedado atascado en una rama, para observar a la gata parir, para arbitrar juegos, en fin.

Sin embargo, ése era mi máximo anhelo y yo no concebía otro mayor, de modo que cuando se acostó encima y me besó metiendo su lengua dentro de mi boca, quedé helada. Duró sólo un momento y me abrazó.

- ¿Te gustó?

No contesté. Me tomó de la mano y nos dirigimos al balcón donde la fiesta ya había empezado. De fondo se escuchaba a Los Jaivas. La sensación que mejor describe mi estado en ese momento es el de una montaña rusa de revoloteos interminables, una suerte de ola que me giraba sin que yo pudiese encontrar la tierra.

- Voy al baño, primero- le dije y él me volvió a besar profunda pero cariñosamente.
- Te espero.

Subí como si la tierra entera girara al ritmo de la música y me fui al baño. Allí me puse a llorar mientras me lavaba los dientes y la boca con desesperación y le pedía perdón a Dios (¡!). Juana, la empleada de los Pérez, me encontró y le dije que me sentía enferma, que algo me había caído mal. Me acostó y me llevó unas aguas de hierbas. Creo que aquella noche meé la cama.

Nunca más volví, pero de adulta muchas veces he hecho variaciones sobre esta historia para masturbarme porque, aunque de niña me revolucionó, de joven, al recordarla, me invitaba a imágenes y sensaciones que lamentaba haber desperdiciado con jovencito tan apuesto.

12 diciembre 2005

La envidia del pene

Paz anda con una pelota de ping-pong entre las piernas diciendo:

- La Paz tiene pene... la Paz tiene pene...

Pienso en explicarle que las niñas no tienen pene, que la mamá tampoco tiene pene, pero es evidente que mi entrepierna le parece poco atractiva comparada con la de su padre o la de su hermano. Inútil. Mejor dejo hacer a la naturaleza lo suyo. Debo recordar que a mí también me gustaba andarme metiendo cosas tibias entre las piernas y que la sensación de un bultito era placentera (bueno... todavía).

(Aunque una pequeña angustia me acongoja, si acaso no sería esa sensación de placer, la de la pelotita, o la fruta, o el paño tibio el que, de alguna manera, facilitó las violaciones de niña... y ¿si mi chiquita no sabe diferenciar entre una pelota de ping-pong y un pene de verdad? Ciertamente, no es silencio el que debo mantener frente a su "envidia", ciertamente con Fernando ha sido más fácil la prevención, nunca antes pensé en la vulnerabilidad en que deja a las niñas este factor).

Lo llamo para contarle esta nueva atención de su hija, previendo que puede repetirla ante sus abuelos, quienes quizás vean el asunto de otra manera, pero aparentemente está ocupado en algo más interesante y me corta.

Y pensar que alguna vez dije que Freud era un machista (y no tenía miedo).

11 diciembre 2005

Domingo democrático

Madrugada

No, no puedo decirle que no aún.
Llamó ebrio a las cuatro de la mañana:

- Perdimos el último partido de la liga y después me fui a tomar con el arquero, estoy borracho y no creo que me pueda levantar mañana temprano para ir a buscar a la Agustinita... ¿puedo ir a dormir contigo?

Llegó algunos minutos después en la bicicleta y con una botella de whisky.

- ¿Tienes hielo? ¿Quieres?
- Sí. No, yo paso.

Luego nos acostamos en mi cama e intentamos hacer el amor... ¡intentamos! Algo que ni en los peores momentos había fallado. Por algún motivo su erección no llegaba a ser lo potente que antaño. Imaginen las miles de preguntas que se deben de haber revuelto en nuestras mentes: ¿soy yo? ¿es él? ¿estoy más vieja? ¿ya no le gusto? ¿se está drogando demasiado? ¿estoy gorda? ¿ya no lo excito? ¿por qué no me besa?... ni yo me podía concentrar en el placer de tener otro cuerpo junto al mío, sobre todo que fuera el suyo, el punto de languidez impedía la penetración, momentos en que uno trata de mantener desesperadamente la calma... hemos perdido nuestro ritmo, esto nos pasa por tener relaciones con otras personas, pensaba.

- Mastúrbate..., me susurró.

No podía, estaba con él y no podía. Entonces pensé en otro, por primera vez, la forma más genuina de fidelidad que mantenía con él, nunca había fantaseado con otro hombre, pero sí con su cuerpo cuando me encontraba en camas o en brazos ajenos. Luego, lo ayudé a terminar.

Y sí, pensé en otro mientras intentábamos hacer el amor:

- no en el Gitano, que me inspira la más tierna amistad,
- no en el Negro que está casado,
- no en Pablo, para quien no tengo más que palabras halagadoras, pero cuyo cuerpo no se acomoda al mío ya,
- en ningún amante de mi pasado ni inventado,
- sino en él, que ni se lo imagina.

Más tarde sentí tristeza. Pensé que el era el comienzo de final de la pasión que siempre le tuve.


Mañana

Fui a votar. Delante mío una madre y una abuela con una niña de tres años. Jugaba entre las mesas de las vocales. Entonces, más allá de las críticas a los políticos, me conmoví. Pensé que a esa edad a los niños de nuestra generación les apresaban y mataban a sus padres, los secuestraban, o tenían que arrancar a otro país, pensé en el terror de entonces contra esta mañana calurosa y tranquila. Casi lloro, pero me contuve. Así que voté feliz.


Revista Ají

En la tarde, escribir la segunda entrega semanal del cuento ¡Pucha, más Chile!, bajo el pseudónimo de María Pichiauka, en el intento de darle más agilidad a la revista, sobre todo ahora que mis socias se han visto sobrepasadas con la vida familiar y laboral como para colaborar más activamente.