06 diciembre 2005

¡Cuidado: Sociedad Limitada!

Hugo y Luis tenían cinco años de diferencia y eran hermanos de un mismo padre. Al morir su padre, sus destinos se separaron. La madre de Luis se casó con un empresario y llevó, siempre, una vida muy acomodada, ustedes saben, buenos colegios, empleadas domésticas que iban detrás de él ordenando, varias carreras universitarias, departamento en un barrio pudiente a los veintitantos, automóvil, deportes y gustos caros y la posibilidad de trabajar cuando quisiera en la empresa de su padrastro.

La madre de Hugo, en cambio, que era socialista, tuvo que partir exiliada, primero a Alemania, luego a España, buscando un lugar con costumbres más parecidas a las nuestras para su hijo que, sin embargo, nunca llegó a ser más que un sucio inmigrante, de piel oscura y aspecto indígena, por más que eso no se notara en nuestro país. Tal como la mayoría de aquellos niños que crecieron en el extranjero, expulsado el Dictador, Hugo quiso un día volver a su tierra natal para que reconocer sus orígenes. A los veinte años tomaron unas pocas cosas, algunos libros y su gato regalón y llegaron sin nada, aunque para ellos la educación española era una garantía para que Hugo encontrara un buen trabajo.

No fue así. Hugo, como la mayoría, cayó en el círcuito de los explotados, aunque su hermano lo recibió con los brazos abiertos. Fue un maravilloso reencuentro de hermanos que comenzaron a aprovechar todo el tiempo que habían estado separados, hasta que, en algún momento, nació el proyecto de crear una editorial. Hugo puso todo el esfuerzo, pues carecía de dinero y menos de la posibilidad de ahorrar y Luis, apelando a su madre, puso el capital necesario para hacer efectiva la sociedad ante las leyes y, sobre todo, impuestos internos. Todos ganaban en apariencia: Hugo obtenía un trabajo digno y Luis invertía en un negocio que le daría más rentas.

Sin embargo, el dinero lo corrompe todo: Hugo comenzó a sentir que trabajaba mucho y solo, y Luis que no obtenía las ganancias necesarias para un departamento nuevo, pero sobre todo comenzó a sospechar que Hugo se quedaba con dinero que le correspondía a él.

Aquí viene el clímax: Luis le tendió una trampa a su hermano para comprobar sus sospechas y, según sus conclusiones, el asunto era como él había mal pensado y decidió terminar con la sociedad bajo la excusa de que Hugo lo estaba engañando y lo hacía vivir en una constante inseguridad, inseguridad económica que ya sabemos Luis nunca ha conocido.

- Luis y su madre me van a presentar una oferta para disolución de la sociedad, le contó Hugo a una amiga.

- Pues, entonces ten mucho cuidado: nadie que tenga tanto dinero, por buenos que parezcan, han dejado de pasar por encima de otros, explotándolos o despojándolos de lo poco que tienen; cada empresario que tiene hijos en universidades caras, con departamentos y automóviles, lo han hecho a costa de la necesidad y la pobreza de otros muchos.

- Eres muy mal pensada, le contestó Hugo, quien todavía buscaba una explicación lógica para los actos de su hermano.

- Sólo ten cuidado.

05 diciembre 2005

Estigma

Antesala de la salida a la playa: me llama y me dice:

- Tengo piojos. Revisa a los niños.

Nos pasamos amaneceres y atardeceres despiojando a los chicos. Paz, que tiene poco pelo y es rubia, fue fácil, pero Fernando tiene una abundante cabellera castaña propicia para formar médanos de estos parásitos. Llegamos y no logramos erradicarlos de su cabeza. Así imposible llevarlo al colegio (los mandan de vuelta si les encuentran piojos o liendres a los niños) y apenas entrando a una peluquería nos echan afuera, descontados los gritos de Fernando debajo de la cama porque no quiere cortarse el pelo. Pablo, que viene de Buenos Aires donde la pediculosis ya no es un asunto que preocupe mayormente, me dice "¡che, pero si en las peluquerías están acostumbrados!". Nos tuvieron que sacar de dos para que se convenciera de que aquí las cosas son diferentes, pero como tiene paciencia partió el solo con Fernando a buscar otra peluquería (yo no me quería arriesgar más a ser desalojada de esa manera).

Es así, pongo un pie en Santiago y comienzan los dolores de cabeza. Antes pensaba que era el aire contaminado, pero ahora me resulta evidente que son otras las cosas contaminadas en esta ciudad, los pequeños burgueses enriqueciéndose, la discriminación propagada, la explotación sin descaro, las amistades por conveniencia (y aceptadas así en su juego de los intereses) y, claro, la repetición sistemática de estos síntomas a medida que se va cambiando de peldaño.

Al lado de esto, la pediculosis es un juego de niños.

30 noviembre 2005

(Paréntesis)

Todos nos hicimos los dormidos esta mañana, menos la gata que moría de hambre. Fernando la hacía callar para que no me despertara y yo fingía que no escuchaba nada mientras miraba la hora. Paz cantaba en su dormitorio. Más tarde contamos la monedas que nos quedaban, pasamos por la Plaza Brasil y compramos comida para la gata. No hay trabajo, pero hay tiempo, sin duda. Mañana nos vamos a Isla Negra con Pablo.

- ¿Qué hace Fernando en la casa?- preguntó mi madre que no puede dejar su rol de madre.
- Y nada... tuvimos que optar entre comprarle comida a la Pandora o pagar el pasaje al colegio. El sentido humanitario nos indicó lo primero.

Ya no pensamos nada más que estar en esas cabañas en medio de los eucaliptus mirando el mar, de manera que, queridos cinco fieles lectores de mi blog, estaré ausente por varios días en que no pienso aparecerme por un cibercafé. Entre tanto les pregunto qué les parece:

¿Le doy un giro más literario y menos autoreferente a esta bitácora o lo mantengo en su tipo diario personal?

Ahora, una vez más, me voy a tomar un café con aspirinas.

(¡Ah! Y perdí el cargador de mi cámara fotográfica, por lo que no he podido inmortalizar, aún más, a María Alas desarmada e inconclusa en su caja).

29 noviembre 2005

Paula P.

Paula de pronto se vio en el puente, sola, una noche apenas alumbrada por dos faroles sucios de mierda de gaviota. Abajo se escuchaba el río. Atrás, muy atrás de los pinos, el mar. Estaba en el centro, apoyada sobre la baranda de madera podrida y, aunque quería, no se podía mover, las piernas entumecidas y húmedas. El viento golpeaba fuerte y helado a esa hora, colándose por el cuello de la camisa, las mangas, entre los botones, debajo de la falda, subiendo por la columna hasta la nuca. En la ribera sur se distinguían unas luces amarillentas. Era un hotel. Adentro la estufa a leña estaría encendida, el calor sería rojo, la tetera herviría y alguien tomaría un mate caliente mientras el gato dormía entre los zapatos bajo el fuego.

El hombre que regresaba tarde de la mina la recogió mientras ella sólo musitaba "no soy de aquí". La llevó al hotel y la señora Fresia ayudó a limpiarle la sangre de las piernas. El hombre dijo que se llamaba Juan y que Paula era su esposa. Se acomodaron en una habitación que miraba hacia el puente. La cama estaba tibia, las sábanas blancas y suaves, donde extendieron una toalla para absorber el líquido que todavía fluía del cuerpo y el aceite caliente con que la masajeaban para lograr que se moviera otra vez. En la madrugada, a las cuatro, cuando el gallo cantó por primera vez en el día, la señora dijo que iría a dormir un rato. Juan extendió el cabello de la mujer y lo peinó. Ella lo miraba. Luego la destapó y lamió la sangre que aún corría. Ella sonrió. Era suave, tibio y húmedo, como si fuera un pez tropical. Afuera los postigos se golpeaban contra las ventanas y los árboles gemían. Durmieron juntos.

Durante el día Juan se fue a la mina y la señora Fresia cuidó a Paula, la limpiaba con paños calientes y le daba mate con miel y leche. Ella sólo musitaba "no soy de aquí" y la señora fingía que comprendía o que le creía. En la tarde pudo caminar y bajó a la cocina, sentada al lado de la estufa, con un sol que a veces alumbraba detrás de las nubes negras. El gato se acostó en sus faldas. Ella miró por la ventana hasta oscurecer. Allá se veía el puente, apenas alumbrado por dos faroles sucios de mierda de gaviota. Otra vez tenía las piernas entumecidas y el hielo se colaba por la columna hasta la nuca.

28 noviembre 2005

María Alas: duerme

No alcancé a terminar a María Alas para la función del sábado. Por lo demás, nos fallaron muchos elementos al final, como si algo nos señalara que no teníamos que presentarla. "Esperemos mejor", me dijo María, y acepté porque los párpados apenas se sostenían abiertos. Presentamos a Dominga en el teatro de sombras, tal como la vez anterior. No sé cómo resultó porque, claro, estaba detrás del telón y después me fui apuradísima a buscar la casa de muñecas de Paz.

Nos tomamos un té en el Café Literario. Allí me enteré que no se ha sabido nada de los resultados de las últimas licitaciones en que participé con dos libros para la editorial. Ni tampoco se han publicado los resultados del concurso del Fondo del Libro, aunque sea sólo para cerciorarme de que no gané. La pregunta más frecuente fue

"¿Y qué hacemos ahora, chicas?"

Y la única respuesta fue

"No sé"

En cualquier caso, lo que hagamos ya tiene que esperar hasta marzo, postular a fondos, a concursos o nuevos trabajos. Y, tal vez, pensar en la novelita para el Barco de Vapor. María tiene una buena idea, como siempre. Por mi parte intentaré desarrollar alguna aquí mismo, así, Malayo, sobre el camino me vas editando ¿ya?

Ahora, voy por mis aspirinas, esas compañeras inseparables de los últimos días.

27 noviembre 2005

"La imbecilidad, sin duda... Se necesita la imbecilidad para empezar a creer que es posible"


Nos preguntábamos, mirando desde el arco del segundo piso el empedrado del patio central, si el momento de la muerte eternizaría los últimos instantes.

(y abajo, quizás, estaba él, con sus falsas pretensiones políticas, con alguna chica de buena familia que estudiaba teatro o letras)

- Si nos lanzáramos al vacío y nos revéntaramos contra el piso ¿acaso simplemente nos moriríamos?

- ¿O esos últimos momentos se repetirían una y otra vez, el cráneo abriéndose y la masa encefálica esparciéndose en las baldosas de piedra?

- Y el dolor ¿también?

Si fuera así, el dolor no acabaría con la muerte. Nos mirábamos y nos besábamos, pero no había pasión ni amor entre nosotros, sino pena y resignación, en esos besos que se repetían varias veces al día en los patios del campus, cada vez que nos encontrábamos vagando.

(y él ¿qué hacía mientras tanto? ¿estaba en una reunión de la federación de estudiantes? ¿se sacaba las fotos para el afiche del PS? ¿bebía y se drogaba en el Bahamondes con ella?)

Ahora pensé lo mismo: ¿y si no diera el último beso que tengo que dar? ¿y si no dijera la verdad que tengo que decir? ¿si no abrazara a mi hija el día de su cumpleaños rodeada de globos y cintas de colores? ¿si yo o ellos muriésemos de improviso y se eternizara el arrepentimiento o la tristeza?

Y como no hubo respuesta a mi carta, como algo me decía que ellos no castigarían a mi hija por la decisión que yo tomé de cambiarle el n0mbre y que de todas maneras le celebrarían el cumpleaños sin mi presencia, me apuré en crear un ambiente de fiesta para ella, para abrazarla, verla reírse con tantos globos y romper los papeles para descubrir sus regalos. No vino nadie, por supuesto. El Gitano no pudo viajar. El Negro con sus hijos no llegó. La Socia tenía que ir a buscar su auto nuevo. Así que allí estuvimos Fernando, mi madre y yo cantándole el "cumpleaños feliz". Jugamos hasta tarde con la casita que encontré (no encontré la casa de muñecas que buscaba, agotada desde casi un año).

Y hoy vino él a buscarla para llevársela a casa de sus abuelos paternos. Lo miré y me pregunté por qué, si el destino me protegió de conocerlo en la universidad, por más de siete años que anduvimos en los mismos metros cuadrados, me hizo tropezarme con él tanto después.

Esta tarde, seguramente, volverá ella con un globo amarrado en la bicicleta. Entonces sabré que sí, que fue así, que quisieron dejarme afuera en esta oportunidad del cumpleaños de mi hija y que de una vez por todas debería dejar de creer que es posible.

25 noviembre 2005

"Uno se quedó sin corazón"

Pablo habla.

- Me voy a Valparaíso.
- ¿A Valparaíso? ¿para qué?
- A buscar una casa con vista al oceáno. Vos dijiste que desde los cerros del puerto se veía el océano. Aquí ni siquiera se ve el río, la ciudad le da las espaldas y, en todo caso, no tiene la inmensidad de tu vista.

En el cerro Cárcel hay una casa de madera verde, un poco más arriba de una plaza cuyo nombre acabo de olvidar (alguna batalla de la segunda guerra mundial, me parece). Está sobre todas las demás con su jardín afanasamente cuidado. Desde sus ventanas se ve el puerto, en las noches con los buques iluminados, en las mañanas con una bruma que se disipa y se abre al Océano Pacífico, los fuegos articiales en año nuevo y las fogatas de muñecos en semana santa. Esa mañana miro desde la ventana. Estoy sola con mi hija recién nacida y no quiero marcharme, allí dejaría que los meses y los años pasaran y que, entonces, algo sucediera, un imposible, el que aún espero...

- ¿Vos creés que encontraré algo?
- Claro ¿por qué no?
- ¿Te tomarías un café conmigo?
- Me tomaría más que un café contigo, en alguna de esas terrazas con vista a las callecitas bajas y al puerto.

Y desde el plano, en un bar, el bandoleón cantaría lacrimoso:

"... si yo tuviera el corazón,
el mismo que perdí,
si olvidara al que ayer lo destrozó
y pudiera amarte,
abrazaría la ilusión para llorar tu amor,
pero Dios te trajo a mi destino
sin pensar que ya es muy tarde
y que no sabré cómo quererte..."

24 noviembre 2005

23 noviembre 2005

¿Para qué la sangre?

Me dormí pensando en la muerte, en el cuerpo que sangra sin sentido. Y soñé.

Mauricio se había convertido al budismo (era ateo, profesor de filosofía y fotógrafo cuando nos conocimos). Caminábamos por una avenida, él de blanco, rapado, con un libro bajo el brazo. Lo observaba ininterrumpidamente. Al cruzar una calle comencé a elevarme. No podía controlarlo, aunque deseaba tener los pies en la tierra (en el pavimento). Arriba, los árboles y los cables de alta tensión. Mauricio me miraba con calma, como si elevarse en medio de la calle, en cualquier momento, fuera normal. No tenía opción: debía aprender a volar si no quería morir electrocutada. Tiré las carpetas y un grueso volumen, a pesar de que las carpetas me servían para planear.

Otra vez me desperté sin saber quién era, mojada entre las piernas: estaba menstruando. Entonces, una vez más, me reconocí, me toqué, vi las yemas de los dedos rojas y me pregunté ¿y para qué la sangre?

22 noviembre 2005

Los libros de María

María dice que no quiere trabajar en la editorial. Perdemos una buena escritora. Ni siquiera es esta editorial, le digo, son las leyes las que permiten y avalan el funcionamiento de esta manera. Aunque muchas veces me de rabia, he aceptado las leyes a fuerza de no poder hacer otra cosa.

- Prefiero vender en la calle...

Sin embargo, la literatura infantil es cara, imprimir a colores, tapa dura, papel resistente, el costo supera el precio que alguien pagaría por un libro pirata.

- O frente al Museo de Bellas Artes...

¿Hacer ediciones baratas? ¿papel roneo? ¿blanco y negro? ¿acaso emular a Julio y bombardear libritos?

- En cuanto termine de pagar la deuda de mis libros, me lanzo con el otro.

- Ya, calla.

Pues María tiene muchas ideas para esperar vender y pagar deudas, pues María ni siquiera sabe vender.

- Voy a postular al fondo del libro.

- Y sí... mientras tanto yo espero los resultados del concurso que no gané...

Pero ¿acaso no sabíamos esto?

Pataleo

María, entiendo tu rabia, no creas que no. Me paso las noches pensando en María Alas, en el detalle de sus articulaciones o en una resquebrajadura de su piel. Entonces, a la una, las tres o cuatro de la madrugada desciendo silenciosa al primer piso y trabajo un poco más. Anoche también pensaba en el discurso que diría antes de comenzar la función del teatro de variedades.

Hace tiempo que acepté el lugar que me corresponde en Chile, en la sociedad humana y, a mayor escala, en la naturaleza. A veces me ilusiono con la idea de que mi trabajo, por pequeño que sea, pueda provocar un cambio al menos en uno de los niños que lean mis cuentos, pero también hace tiempo que dejé de creer que ningún cambio pueda ser dirigido. Sin embargo, aceptar eso no significa que me vaya a quedar en silencio. Al menos, creo, tengo el derecho al pataleo, aunque a veces, en ese pataleo, pierda algunas oportunidades de trabajo y, por supuesto, de ganar un poco de dinero... que siempre es demasiado poco.

Reconozcamos que no es mi trabajo el que mantiene a mis hijos, mi casa y a mí. Por eso entiendo tu frustración con este hecho, cuando uno siente que está aportando en algo a la cultura del país, aunque sea poco, aunque sea incipiente y recibe, a cambio, el trato de una esclava. En alguna parte leí que el arte es parte del ocio y el ocio sólo está permitido a las clases poderosas y adineradas. El ocio, para nosotras, es sinónimo de hambre. El lugar que nos correspondería sería en una de aquellas jaulas que llaman oficinas, donde tienes que marcar tarjeta, pagar tu almuerzo y limitar tus capacidades a trabajos mecánicos que, a pesar de todo, hacen crecer a la economía del país.

Casi me hace llorar de rabia e impotencia cuando se discute que la "piratería" afecta a la industria editorial, por ejemplo, y sacan a relucir las leyes de derecho de autor. ¡Qué importa! Es verdad lo que dicen, afecta a la "industria", los autores igual nos podríamos morir de hambre con o sin ella, afecta a los explotadores, a los intermediarios... ¿sabes cuántos libros tendría que vender para poder vivir con el sueldo mínimo? No importa, porque los que se enriquecerían serían otros. A nosotros, con suerte, con mucha suerte, el diez por ciento, si entremedio no te descuentan otros muchos gastos que nunca consideraste.

Y ¿qué hacer? Sobre todo nosotras con pocas capacidades sociales, que crecimos en un medio que nos hace ignorantes al momento de interrelacionarnos con los proveedores de dinero. Creo que nada. Salvo pararme allí adelante y patalear.

21 noviembre 2005

Variedades

He tenido que mandar una larga carta a mis ex suegros explicándoles el asunto del nombre de mi hija. Parece ser que el hecho ha causado sentimientos no positivos, que no sé cuáles serán exactamente, porque están mediatizados por las impresiones de él. El resultado más inmediato, aparentemente, es la suspensión del cumpleaños de Paz en la casa de sus abuelos paternos. Y una consulta a la sicóloga, como si de algo les hubiera servido, durante todos estos años, recurrir a los sicólogos y siquiatras.

Fernando, por otro lado, se mostró muy molesto cuando le dije que no tendría regalo para esta navidad porque el de su cumpleaños bastaba, pero que Paz, que no celebraría su cumpleaños, sí tendría un regalo. Me dijo que sólo le había regalado un par de cosas y que era muy poco. Sólo lo miré. Mi abuela tampoco nunca se sentía feliz, a pesar de los esfuerzos que uno hiciera. Murió sola, aunque yo la cuidé durante la agonía.

Y María Alas que se me escapa. María Alas es un personaje creado por la otra María, la que escribe. Elegimos este cuento para presentarlo en nuestro incipiente teatro de variedades en el Café Literario este último sábado de noviembre. Eso si puedo terminarla. He estado día y noche amasando su cuerpo, pero el resultado no es el que esperaba. Me pregunto qué esperaba. Tal vez basta con que se mueva.

Sigo despertándome apenas sabiendo quién soy. Es curioso porque me pasa cada vez que duermo, olvido todo. Me toma varios minutos reconocerme, saber dónde estoy y qué hago. Entonces, la pregunta ¿qué hago en la vida? toma un sentido muy práctico y terrenal, pues en la vigilia, aunque me pregunte lo mismo con otro sentido, sé que tengo que escribir o terminar a María o cuidar a los niños. Ni siquiera eso sé al despertarme y es lo que necesito saber con urgencia para levantarme. ¿Y si un día despertara y no lograra reconocerme? ¿Si pasaran los minutos y no recordara quién soy? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué hago en este lugar? ¿Quiénes son estos niños? A veces, no sé quién soy y sigo durmiendo, porque sé, de alguna manera, más tarde lo recordaré.

Se me escapa de las manos



Se me escapan de las manos las palabras, el barro de la lengua, otras manos pequeñas, la boca que tengo a mi alcance, los ojos abiertos, se me escapan de las manos la pena y las ideas, como si fuéramos los que vamos nadando en ese río, entre las islas, como si fuéramos peces que nadie pesca, si saltáramos y alcanzáramos el pubis deseado o el brillo de una mirada cierta, se me escapa de las manos María.

18 noviembre 2005

María Alas: tercera etapa

María Barro, tiene la piel resquebrajada, los dedos frágiles, parece la primera, la que ha esperado enterrada en el desierto, en la tierra salada, apenas la sostengo en las manos y se confunde su pasado con el futuro, como si fuera anterior a todos, María India, anterior incluso a María Alas, la tuya, María, la que me he apropiado metiendo las manos en el engrudo, el aserrín, la arcilla.

17 noviembre 2005

María Alas: segunda etapa



María Alas eres tú, María, soy yo y es ella.

¿Ves? De a poco va adquiriendo forma.

Una vez que tenga el rostro, creo que será imposible separarla de su personalidad, pero eso ni yo lo sé, hay mucho de azar en el proceso (y también mucho de lo que voy pensando cuando la tengo entre mis manos, pienso en ti, pienso en ella, en los objetos, me la imagino bailando, que la tomo de las manos en la oscuridad y que su traje brilla, que baila, que me obliga a bailar y a ti exponerte en la penumbra abriendo cajas)

Y a ella ¿la sacaremos de una caja?

16 noviembre 2005

María Alas: primera etapa

Mi derecho a acostarme con Julio (otro derecho que no elegí)

- Además, a mí no me importa que te hayas acostado con el Julio
- ¿Perdón? ¿con el Julio?
- Sí, estás en tu derecho de acostarte con el Julio y con quien y cuántos quieras.
- Sí, claro, salvo el detalle que no me he acostado con el Julio ni sé cómo puedes estar seguro.
- ¡Te conozco, Fª! La verdad es que ya no me importa, con él y con el que quieras, total estás todo el día sola en la casa, con los niños, es natural que te acuestes con otros hombres.
- Claro, si yo lo que hago durante el día es andar culeando con una serie de tipos...
- Es tu derecho.
- Mira, no sé si es mi derecho, pero lo que sí sé es que tú no eres quien para definir mis derechos sobre la base de tus enfermedades... ¿por qué no vamos al grano? ¿qué es lo que tú quieres?

*****

- Estoy confundido. Necesito tiempo. En este momento no estoy para tener una pareja única, quiero disfrutar mi sexualidad de diferentes formas, no quiero nadie que me presione, quiero alguien dulce que me comprenda cuando estoy angustiado después de jalar, estoy en crisis... no necesito presiones y tú me presionas.
- Lo que tú no quieres es comprometerte, lo que tú quieres es seguir llevando una vida desordenada. Como sea, es lo que necesitaba saber, no estoy en el mismo plano, no quiero ser la amante de nadie ni menos la tuya. Tu cuerpo puede ser deseable para mi, pero no necesario, sino dañino de esta manera.
- La monogamia no es natural.
- Puede ser que no, pero el sexo libre tampoco.
- Antes te quejabas de que era machista porque te celaba y ahora que cambié...
- Ahora pareces más machista y, además, me sigues celando con situaciones inventadas... y ni siquiera tienes relaciones sexuales conmigo porque estás "angustiado"... ni yo las quiero tener más bajo estas condiciones.

Silencio.
Determinados por no sé qué, por la pasión, quizás, no me pude enojar con él, pero me apenó no poder tener esperanzas. Tomar lo que hay, pensé, pero tomarlo bien. Y ahora lo tuve que dejar ir.

Tomó su bicicleta diciéndome algo del cumpleaños de la Paz. Cerré la puerta y respiré hondo. Me fui al taller a ver cómo seguía María, María Alas, la muñeca.

14 noviembre 2005

13 noviembre 2005

Final del día: nada es lo que parece

Al almuerzo llegó el Gitano con un amigo, su hijo, comida y un par de cervezas, considerando "nuestras" actividades de la tarde. Preferí ver una película y dormir siesta.

Más tarde, hablo con él.

- Mañana, ¿vas a venir?
- No, voy a ir donde el Pancho.
- Pero yo creí que los lunes...
- ¿Qué te pasa, Fernanda? ¿Acaso pensaste que tú y yo... onda "pareja"?
- Bueno... no tanto... pero... algo así...
- Nunca dije nada parecido.
- No (glup)... no dijimos nada (glup)... yo sólo quería saber a qué atenerme (glup)...
- No empieces a complicar las cosas ¿ya?
- No, no, claro, sólo saber... bueno, nada...
- Ya. Otro día hablamos.
- Bueno. Ya...

Parece que me equivoqué.

En fin. Todavía me queda cerveza y Séneca por delante.

Quizás qué

Lo hice llorar.
Es decir, no sé qué fibra toqué cuando le dije:

- ¡Eres muy fresco! Esta es mi casa y tú sientes como si fuera la tuya ¿siempre eres así o sólo acá te sientes como si todo te perteneciera?

Por un lado, pensé que el Gitano tenía asumida su condición de errante definitivo, que se instala en cualquier casa como si fuera la suya, pero además hace tiempo creo que debo fijarle límites que no establecí antes, cuando todavía (yo) creía que el mundo podía ser hippie.

Sin decir nada, sacó su ropa de la lavadora sin centrifugarla, aunque sólo quedaba ese paso. Puse la nuestra, es decir la mía y la de los niños. Subí a terminar de preparar el desayuno, pero el Gitano no subió. Lo llamé. Nada. Bajé a buscarlo.

Ahí estaba en el living leyendo un libro de Noam Chomsky. Entonces se puso a llorar.

- ¿Qué te pasa?

Nada, lloraba. Le pedí perdón, tal vez fui muy dura, quizás injusta, le pregunté una y otra vez que le pasaba, pero nada, como si no supiera que era inútil preguntarle qué le pasa a un hombre, sólo murmuró que se sentía muy mal, cansado. ¿Cansado de qué? No sé a ciencia cierta.

Al rato, bajó Fernando. Se fueron al parque y les pregunté si volvían a almorzar. Dijo que no. Vano insistir.

Recordé esto:

- Eres una sádica, me dijo él.
- ¿Qué te pasa?
- No, no me entiendas mal, no una sádica patológica, pero Freud divide a todas las personas en dos tipos, según sus tendencias, sin que estén enfermas: unas tienden al masoquismo, otras al sadismo. Tú eres de las que tienden al sadismo, pero de "Sade" ¿entiendes?

No, no sé si le entendí ¿acaso quiso decir que entre sufrir yo y que sufran los otros, prefiero que los otros lo hagan? ¿qué tiene que ver Sade? ¿quiere decir que ese sufrimiento está bajo un mandato sexual?

Pensé si decirle que esta era mi casa lo había afectado en los más hondo o... ¿sería que me vio saludándolo más cariñosa que de costumbre cuando llegó a buscar a Paz?