Nunca he visto un teatro de sombras y, hoy que he hecho uno, tampoco pude verlo. A veces la tecnología cansa y siempre uno debiera ir cambiando, así que me lancé con mi cuento en un teatro improvisado. María y Malayo me ayudaron.
- Debiéramos seguir con esto y, además, a ver si podemos ganar algo de plata, dijo María
- Y sí, de algo hay que lucrar, no haberlo sabido antes.
Hace ya bastantes años, saliendo del liceo y entrando a la universidad, decidí buscarme un trabajo complementario a mis estudios. Un "elegante y prestigioso bar" en Providencia buscaba muchachas que supieran inglés en un aviso económico del diario (nótese desde ya el grado de ingenuidad) y me presenté un lunes a las cinco de la tarde.
En la barra de un bar profuso en espejos y muros entelados de raso rojo, me recibió un tipo joven, aunque bastante mayor que yo. Me senté a su lado esperando alguna indicación, pero también él parecía esperar alguna palabra de mi parte.
- Vengo por el aviso del diario.
- ¿Y sabes de qué se trata el trabajo?
- Sí. No... bueno, de atender las mesas.
- Eso en principio. Si quieres trabajar aquí no sólo tienes que servir las mesas, sino que acompañar y hacer beber a los hombres. Para lograrlo tú no puedes beber, pero debes fingir que bebes. La muchacha del bar te sirve lo que el tipo pida y a ti alguna bebida sin alcohol, que él pagará como si fuera alcohol... ¿entiendes?
- Ajá... ¿y cuánto paga por eso?
- Bueno, te pago un mínimo por horas trabajadas más un porcentaje de lo que hagas beber a los tipos.
- Y ¿eso cuánto es más o menos?
- De base son trescientos mil pesos por cinco días a la semana.
En 1990 era una cifra astronómica para una chica de 18 años.
- Más el porcentaje de las bebidas- continuó- más los negocios que tú misma puedas transar dentro del bar.
Eso no lo comprendí de inmediato.
- Y ¿cuál es el horario?
- De ocho de la noche hasta la madrugada, entre una y tres de la mañana, dependiendo de la clientela y los negocios de las meseras.
- Ah- pensé que tenía que estudiar e ir a clases temprano- ¿no puedo trabajar de jueves a sábado?
- !Si tú quieres!- soltó una carcajada- pero te va a ir re-mal, los hombres vienen aquí durante la semana, cuando pueden inventar alguna excusa en sus casas, que la comida de la oficina, que el trabajo extra, que una reunión más larga, pero ¡fin de semana!, preciosa, están con su familia, que la señora y los hijos...
El martes fue el único día que trabajé en el bar. Me sentí profundamente humillada y, además, asqueada. A las doce de la noche, más o menos, escapé del local llorando por la avenida suecia hacia la casa de mi abuela.
Humillada, entonces.
Asqueada, entonces.
Llorando, entonces.
Ahora, después de dos partos, del deterioro de mi cuerpo, de los años... pienso que me humillé, asquée y lloré inútilmente. Al menos, durante esos años, hubiese lucrado de mi cuerpo, de mi educación, de mi inglés, de mi condición de proleta. A esta alturas, ya habría terminado con ese laburo (en vez de hacerlo gratis, la verdad).
Seguí por algún tiempo trabajando como promotora y más de alguna vez me llamaron de conocidas y reputadas casas de prostitución, gracias a la base de datos que manejaban todas estas pequeñas y medianas empresas que reclutan niñas para eventos. Nunca fuí. Preferí vivir en mi falso mundo hippie y esforzado y digno, regalando sexo más que transándolo.
Sí, ya habría pasado, como todo.
12 noviembre 2005
11 noviembre 2005
Cambiar el mundo
Mientras charlábamos pensé y apenas enuncié la idea de las fantasías.
Hace tiempo que me di cuenta de que vivía rodeada de personas que fantaseaban y confundían sus sueños con la realidad. En ese momento, tomé mis propias fantasías como el cuento que escribo en una tarde y dejé de creer, pero no renuncié a ellas. Cada una de ellas, que me voy a Buenos Aires, a Colonia de Sacramento, a Nueva Dheli, a Valparaiso o al delta del Paraná, que me caso (¡yo!), que tengo una familia, que él me ama o que yo lo dejo de desear, que envejezco con dignidad (en eso todavía tengo la esperanza), todos tienen la verosimilitud de una buena narración, pero se acaban cuando se cierra el libro, cuando se abren los ojos, cuando me levanto, cuando me doy cuenta de que todavía estoy viva y voy rodeada de personas en el metro.
Esto es lo único cierto, que estoy aquí, que algunos de ustedes alcanzaron a leer esto y nada más.
Al asumir esta certeza, de que todo se reduce a este efímero presente que puede ser interrumpido por un terremoto, un bus que choca contra la pared, un incendio, una bomba, una asteroide o el cansancio de mi propio cuerpo, creo que puedo vivir un poco mejor.
Eso y sentarme en el parque y comer y hacer el amor (cuando se puede hacer el amor, claro) y mirar y ocupar todos mis sentidos y siempre saber que todo lo demás no es más que una parte del gran sueño que tenemos derecho y necesidad de tener.
Al principio, cuando mis mayores se reían de mis ideas (porque se reían, no intentaban convencerme de lo contrario), sentía que mis proyectos carecían de seriedad, que yo era una persona poco confiable, pero, al tiempo, he terminado riéndome yo también cuando me escucho detallar la distribución de mi casa en Buenos Aires, por ejemplo, o la ventana de la casa de Valparaíso que miraría el océano.
Qué fácil... basta que tome mi libro de cabecera para que pierda el sentido de la realidad o que cierre los ojos.
Hace tiempo que me di cuenta de que vivía rodeada de personas que fantaseaban y confundían sus sueños con la realidad. En ese momento, tomé mis propias fantasías como el cuento que escribo en una tarde y dejé de creer, pero no renuncié a ellas. Cada una de ellas, que me voy a Buenos Aires, a Colonia de Sacramento, a Nueva Dheli, a Valparaiso o al delta del Paraná, que me caso (¡yo!), que tengo una familia, que él me ama o que yo lo dejo de desear, que envejezco con dignidad (en eso todavía tengo la esperanza), todos tienen la verosimilitud de una buena narración, pero se acaban cuando se cierra el libro, cuando se abren los ojos, cuando me levanto, cuando me doy cuenta de que todavía estoy viva y voy rodeada de personas en el metro.
Esto es lo único cierto, que estoy aquí, que algunos de ustedes alcanzaron a leer esto y nada más.
Al asumir esta certeza, de que todo se reduce a este efímero presente que puede ser interrumpido por un terremoto, un bus que choca contra la pared, un incendio, una bomba, una asteroide o el cansancio de mi propio cuerpo, creo que puedo vivir un poco mejor.
Eso y sentarme en el parque y comer y hacer el amor (cuando se puede hacer el amor, claro) y mirar y ocupar todos mis sentidos y siempre saber que todo lo demás no es más que una parte del gran sueño que tenemos derecho y necesidad de tener.
Al principio, cuando mis mayores se reían de mis ideas (porque se reían, no intentaban convencerme de lo contrario), sentía que mis proyectos carecían de seriedad, que yo era una persona poco confiable, pero, al tiempo, he terminado riéndome yo también cuando me escucho detallar la distribución de mi casa en Buenos Aires, por ejemplo, o la ventana de la casa de Valparaíso que miraría el océano.
Qué fácil... basta que tome mi libro de cabecera para que pierda el sentido de la realidad o que cierre los ojos.
10 noviembre 2005
"Este partido parece tener la mayoría"
Un hijo de Radomiro Tomic está participando en la campaña electoral de Sebastián Piñera. Los demócratas cristianos están ofendidísimos, seguramente por usar una palabra neutral. La concertación está preocupada por los efectos que puede tener en la cadidatura de la mujer, Michelle Bachelet.
No parece extraño. Todavía quedan personas que participan en los partidos políticos con un poco de mesura, que tal vez saben, que aún siendo Piñera un despreciable capitalista de la derecha, no tan despreciable como el imbécil de Lavín ni menos capitalista que este gobierno, que el recambio es una necesidad imperiosa en la democracia, cuando la democracia el único beneficio que nos presta es que el poder no se quede siempre en las mismas manos... ¿alguien sabe quiénes trabajan en la Fundación Centro Cultural La Moneda? Pues solamente hijos y parientes de nuestros ministros y políticos de la concertación, para quienes el socialismo viene siendo un vago, vagísimo recuerdo. Me imagino que pensarán que se lo merecen, después de tanto luchar durante la dictadura y que , por lo tanto, sus hijos y sobrinos, también merecían las becas a Barcelona y los posteriores puestos que después obtuvieron por sus estudios en la "puta madre patria".
Dice Séneca que la turba es el argumento de lo peor y que, en las elecciones, los mismo que eligieron se admiran de los pretores que han resultado elegidos. Así parece ser y más necesario parece el recambio.
Michelle Bachelet parece la única alternativa posible para escapar de la derecha (el otro es un voto simbólico y, demás está decir que tampoco me fío, no más estuviera en el poder las ideología se mudarían). Además es mujer. Dicen que la política será otra con una mujer en el poder que pondrá más mujeres en cargos importantes. ¡Bienaventuradas las mujeres! Mientras tanto que la población siga envejenciendo porque, de las intelectuales con que me cruzo, no conozco a ninguna para quien la maternidad sea un laburo importante, sino más bien un estorbo para el desarrollo de su carrera profesional y del país. Bueno, total, para eso están las "guarderías". Abandonen a sus hijos en las salas cunas a los tres meses de edad y ya tendrán los siquiatras todavía más trabajo en veinte años más.
¿Qué hacer?
Parece no haber salida. Seguramente tendré que votar por Bachelet, el mal menor. Total, sea la derecha, sea la concertación, a mi que se me sale el proleta cuando me emborracho, y también cuando no me emborracho, nada de eso me tocará ni indirectamente.
El hijo de Radomiro Tomic fue más radical ¿no? Pero no sé si me atrevo a votar por Piñera, aunque... ¿qué me puede pasar?
No parece extraño. Todavía quedan personas que participan en los partidos políticos con un poco de mesura, que tal vez saben, que aún siendo Piñera un despreciable capitalista de la derecha, no tan despreciable como el imbécil de Lavín ni menos capitalista que este gobierno, que el recambio es una necesidad imperiosa en la democracia, cuando la democracia el único beneficio que nos presta es que el poder no se quede siempre en las mismas manos... ¿alguien sabe quiénes trabajan en la Fundación Centro Cultural La Moneda? Pues solamente hijos y parientes de nuestros ministros y políticos de la concertación, para quienes el socialismo viene siendo un vago, vagísimo recuerdo. Me imagino que pensarán que se lo merecen, después de tanto luchar durante la dictadura y que , por lo tanto, sus hijos y sobrinos, también merecían las becas a Barcelona y los posteriores puestos que después obtuvieron por sus estudios en la "puta madre patria".
Dice Séneca que la turba es el argumento de lo peor y que, en las elecciones, los mismo que eligieron se admiran de los pretores que han resultado elegidos. Así parece ser y más necesario parece el recambio.
Michelle Bachelet parece la única alternativa posible para escapar de la derecha (el otro es un voto simbólico y, demás está decir que tampoco me fío, no más estuviera en el poder las ideología se mudarían). Además es mujer. Dicen que la política será otra con una mujer en el poder que pondrá más mujeres en cargos importantes. ¡Bienaventuradas las mujeres! Mientras tanto que la población siga envejenciendo porque, de las intelectuales con que me cruzo, no conozco a ninguna para quien la maternidad sea un laburo importante, sino más bien un estorbo para el desarrollo de su carrera profesional y del país. Bueno, total, para eso están las "guarderías". Abandonen a sus hijos en las salas cunas a los tres meses de edad y ya tendrán los siquiatras todavía más trabajo en veinte años más.
¿Qué hacer?
Parece no haber salida. Seguramente tendré que votar por Bachelet, el mal menor. Total, sea la derecha, sea la concertación, a mi que se me sale el proleta cuando me emborracho, y también cuando no me emborracho, nada de eso me tocará ni indirectamente.
El hijo de Radomiro Tomic fue más radical ¿no? Pero no sé si me atrevo a votar por Piñera, aunque... ¿qué me puede pasar?
09 noviembre 2005
Dormir hasta olvidar
Ayer, mientras trataba de hacer algo con el origami, me empezó a dar un sueño incontrolable, apenas llegué a la casa, con los párpados pesados, y me acosté con Séneca, sin llegar a leerlo.
Tres horas después me desperté. No sabía quién era. Estaba allí yacente sin saber siquiera qué era. Cuando me reconocí como humano y como "yo" en lo más sustancial (no sabía ni qué edad tenía ni a qué me dedicaba o lo que deseaba), traté de ubicarme en el espacio, ¿dónde estaba? ¿En Santiago, en Buenos Aires o alguna otra parte, en la casa de mi abuela? ¿era niña o adolescente o adulta o vieja? ¿acaso había soñado que conocía Buenos Aires? Por más que miraba a mi alrededor no reconocía los colores, los objetos, la luz, el espacio, mirando el cielo raso irreconocible con sus arabescos que todavía no me decían nada. Algún momento después supe que estaba en mi dormitorio de la casa del barrio Brasil. ¿Qué hacía allí? ¿Qué hora era? Entonces recordé que tenía dos hijos... ¿dónde estaban? ¿DÓNDE ESTABAN? ¿acaso era hora del levantarse para llevar a Fernando al colegio? ¿o ya había vuelto y me había dormido olvidando que tenía que ir a buscarlo? ¿y Paz? ¿por qué tanto silencio? ¿era de noche, de día, de mañana o de tarde? Me concentré tratando de hacer memoria, pero aún no me movía de la posición en que desperté... ¿les habrá pasado algo? ¿los olvidé?
De pronto recordé que Fernando tenía permiso para jugar en el computador mientras yo dormía, que Paz se había ido esta mañana con su padre, que era una tarde después de hacer origami en el parque.
Bajé.
- ¡Fernando! Llevas tres horas en el computador ¿Cómo es posible?
Tres horas después me desperté. No sabía quién era. Estaba allí yacente sin saber siquiera qué era. Cuando me reconocí como humano y como "yo" en lo más sustancial (no sabía ni qué edad tenía ni a qué me dedicaba o lo que deseaba), traté de ubicarme en el espacio, ¿dónde estaba? ¿En Santiago, en Buenos Aires o alguna otra parte, en la casa de mi abuela? ¿era niña o adolescente o adulta o vieja? ¿acaso había soñado que conocía Buenos Aires? Por más que miraba a mi alrededor no reconocía los colores, los objetos, la luz, el espacio, mirando el cielo raso irreconocible con sus arabescos que todavía no me decían nada. Algún momento después supe que estaba en mi dormitorio de la casa del barrio Brasil. ¿Qué hacía allí? ¿Qué hora era? Entonces recordé que tenía dos hijos... ¿dónde estaban? ¿DÓNDE ESTABAN? ¿acaso era hora del levantarse para llevar a Fernando al colegio? ¿o ya había vuelto y me había dormido olvidando que tenía que ir a buscarlo? ¿y Paz? ¿por qué tanto silencio? ¿era de noche, de día, de mañana o de tarde? Me concentré tratando de hacer memoria, pero aún no me movía de la posición en que desperté... ¿les habrá pasado algo? ¿los olvidé?
De pronto recordé que Fernando tenía permiso para jugar en el computador mientras yo dormía, que Paz se había ido esta mañana con su padre, que era una tarde después de hacer origami en el parque.
Bajé.
- ¡Fernando! Llevas tres horas en el computador ¿Cómo es posible?
08 noviembre 2005
Más terapia origami
Otra vez comida en el parque y Fernando haciendo piruetas. No quise llevar a Séneca porque me pareció un vicio ya, pero llevé un libro de origami.
Intenté algunas figuras, una jirafa, una mariposa, un pez y una flor. No me resultaron, no se parecían nada, salvo un papel doblado. Quizás este japonés no hace figuras tan buenas, después de todo era un libro barato que alguien fotocopió y nunca devolví. Mientras tanto pensaba que debería escribir la novelita para el concurso de literatura juvenil de SM.
El problema es que no creo en la literatura juvenil, es decir no creo que a esas alturas se pueda hacer algo mejor de lo considerado literatura universal, hecho y por hacerse. No sé, a cierta edad, ya están disponible Sábato, Cortázar, Benedetti, Hesse, Kafka, Swift, Dafoe, incluso Séneca... ¡vaya, un sin fin de autores!
¿Entonces?
Bueno, tal vez no debo escribir pensando que lo hago para chicos, escribir sin destino, como si lo hiciera para todos o para nadie. Ó, quizás, escribir en la categoría intermedia, ésa definida por el rango siete a nueve años, que me permite un largo posible para mi impaciencia: un máximo de sesenta páginas. Tal vez en esta ocasión haga un borrador. O no. La historia la estoy definiendo.
¿Y?
Y lo que necesito es un editor exigente, como Fulvio, que me podía destrozar los textos para reconstruirlos. Lo malo es que, por alguna razón, Fulvio ya no se aparece ni por el mensajero y, aún siendo así, no se puede confiar en él: se cae demasiado seguido al litro y no cumple con plazos. Suficiente para él debe ser estar absorbido por la organización del festival de jazz en Lebu.
Sigo doblando papeles en el parque. Están muy feos, como mi último libro. Esta vez no voy a culpar al diseño, que sigue siendo muy mejorable, pero la intervención que hice de las primeras ilustraciones del cuento, resultaron perjudiciales. No tengo el libro en la mano, así que me cuesta definir qué es lo que falló tan horrorosamente, pero la primera impresión, como el primer párrafo, es lo que cuenta. No estoy tan desilusionada por este fracaso como acongojada por no responder a las espectativas de mi editora en la editorial. Confía ciegamente en mí, pero se ve que no debería hacerlo, ni tampoco deberíamos, todos, confiar sin tener las pruebas de imprenta a la vista. Y sí, porque las primeras pruebas se veían bastante bien, pero entonces cambié todo para "mejorarlo" antes de la impresión final. Se ve que la cagué y me da un poco de vergüenza.
Es eso lo que no quiero que pase con la novelita para SM, si bien puede que no guste, no quiero tener reproches por la calidad.
¿Y qué hago con estos papelitos ahora?
A la basura, obvio.
Intenté algunas figuras, una jirafa, una mariposa, un pez y una flor. No me resultaron, no se parecían nada, salvo un papel doblado. Quizás este japonés no hace figuras tan buenas, después de todo era un libro barato que alguien fotocopió y nunca devolví. Mientras tanto pensaba que debería escribir la novelita para el concurso de literatura juvenil de SM.
El problema es que no creo en la literatura juvenil, es decir no creo que a esas alturas se pueda hacer algo mejor de lo considerado literatura universal, hecho y por hacerse. No sé, a cierta edad, ya están disponible Sábato, Cortázar, Benedetti, Hesse, Kafka, Swift, Dafoe, incluso Séneca... ¡vaya, un sin fin de autores!
¿Entonces?
Bueno, tal vez no debo escribir pensando que lo hago para chicos, escribir sin destino, como si lo hiciera para todos o para nadie. Ó, quizás, escribir en la categoría intermedia, ésa definida por el rango siete a nueve años, que me permite un largo posible para mi impaciencia: un máximo de sesenta páginas. Tal vez en esta ocasión haga un borrador. O no. La historia la estoy definiendo.
¿Y?
Y lo que necesito es un editor exigente, como Fulvio, que me podía destrozar los textos para reconstruirlos. Lo malo es que, por alguna razón, Fulvio ya no se aparece ni por el mensajero y, aún siendo así, no se puede confiar en él: se cae demasiado seguido al litro y no cumple con plazos. Suficiente para él debe ser estar absorbido por la organización del festival de jazz en Lebu.
Sigo doblando papeles en el parque. Están muy feos, como mi último libro. Esta vez no voy a culpar al diseño, que sigue siendo muy mejorable, pero la intervención que hice de las primeras ilustraciones del cuento, resultaron perjudiciales. No tengo el libro en la mano, así que me cuesta definir qué es lo que falló tan horrorosamente, pero la primera impresión, como el primer párrafo, es lo que cuenta. No estoy tan desilusionada por este fracaso como acongojada por no responder a las espectativas de mi editora en la editorial. Confía ciegamente en mí, pero se ve que no debería hacerlo, ni tampoco deberíamos, todos, confiar sin tener las pruebas de imprenta a la vista. Y sí, porque las primeras pruebas se veían bastante bien, pero entonces cambié todo para "mejorarlo" antes de la impresión final. Se ve que la cagué y me da un poco de vergüenza.
Es eso lo que no quiero que pase con la novelita para SM, si bien puede que no guste, no quiero tener reproches por la calidad.
¿Y qué hago con estos papelitos ahora?
A la basura, obvio.
Terapia sushi
María, sushi en el parque Bustamante.
Pablo, sushi y cerveza en la Reserva Costanera Sur.
Fernando, pollo con ensalada en el parque Balmaceda, frente al café literario, y nos imaginamos que el parque es el patio trasero de la casa.
Me duelen los pies. Camino descalza por Santiago. Quema. Camino al nuevo departamento de mi amiga. No tenía ganas de recibirme. Estaba muy deprimida por problemas en el trabajo. Se veía mal, ciertamente.
- No te desgastes en odiar a esa gente.
Pero ella no puede dejar de odiar y de pelear.
- No vale la pena, le dije, si ya tienes un mes de licencia ¿por qué no te olvidas y disfrutas?
Va a aprovechar de terminar su tesis del magíster, que comenzó hace más de cuatro años, antes de que naciera su hija. Ya no va a postular a Inglaterra el doctorado, aunque quedó en dos universidades, falló en el examen de inglés, así que ahora prefiere España.
- Deberías irte a analizar por un siquiatra, me dijo y me recomendó a una tal Nadia.
Ahora lo agradezco, sí, gracias, la voy a llamar, me voy a tratar, contesto siempre. Luego tiro el papel a la basura. Recorro a mis conocidos que se tratan. Algunos llevan varios años y no veo que nadie esté mejor, que el que odia deje de odiar, el que trabaja demasiado deje de trabajar, el que esta deprimido piense que la vida es mejor, el que se separó de su mujer esté más resignado, el que no puede amar haya comenzado a amar, el avaro haya dejado de sufrir, el narcisista haya dejado de desear ser el centro de atención... todos igual pero dependientes de ese par de horas que tienen con su terapeuta. Y sí, los terapeutas crean otra patología: la dependencia de ellos. Cristián está toda la semana deprimido hasta que tiene su sesión. Ese día se siente bien, así que ha decidido aumentar las sesiones a dos veces por semana. Bien por la siquiatra. Ojalá mi literatura creara ese tipo de adicción.
- ¿Tú crees?, le contesto en un tono delicadamente irónico.
- Sí, a mi me ha hecho estupendo.
Y sí, el ha hecho tan bien que su hija habla del padre como si estuviera vivo, trasmite toda su frustración odiando a la familia de su marido, está más dogmática e intransigente que cuando la conocí y, lo principal, no se ve bien.
Camino de vuelta al parque a pies desnudos. Mientras Fernando hace piruetas en la pista, me tiendo en el pasto y miro los árboles contra el cielo, las semillas que vuelan, algunos pájaros que las agarran en el aire. Descubro que no tengo otra preocupación que amar (aunque mi amor sea efímero, que es lo mejor).
- El sushi estaba delicioso aunque era bastante malo.
Pablo, sushi y cerveza en la Reserva Costanera Sur.
Fernando, pollo con ensalada en el parque Balmaceda, frente al café literario, y nos imaginamos que el parque es el patio trasero de la casa.
Me duelen los pies. Camino descalza por Santiago. Quema. Camino al nuevo departamento de mi amiga. No tenía ganas de recibirme. Estaba muy deprimida por problemas en el trabajo. Se veía mal, ciertamente.
- No te desgastes en odiar a esa gente.
Pero ella no puede dejar de odiar y de pelear.
- No vale la pena, le dije, si ya tienes un mes de licencia ¿por qué no te olvidas y disfrutas?
Va a aprovechar de terminar su tesis del magíster, que comenzó hace más de cuatro años, antes de que naciera su hija. Ya no va a postular a Inglaterra el doctorado, aunque quedó en dos universidades, falló en el examen de inglés, así que ahora prefiere España.
- Deberías irte a analizar por un siquiatra, me dijo y me recomendó a una tal Nadia.
Ahora lo agradezco, sí, gracias, la voy a llamar, me voy a tratar, contesto siempre. Luego tiro el papel a la basura. Recorro a mis conocidos que se tratan. Algunos llevan varios años y no veo que nadie esté mejor, que el que odia deje de odiar, el que trabaja demasiado deje de trabajar, el que esta deprimido piense que la vida es mejor, el que se separó de su mujer esté más resignado, el que no puede amar haya comenzado a amar, el avaro haya dejado de sufrir, el narcisista haya dejado de desear ser el centro de atención... todos igual pero dependientes de ese par de horas que tienen con su terapeuta. Y sí, los terapeutas crean otra patología: la dependencia de ellos. Cristián está toda la semana deprimido hasta que tiene su sesión. Ese día se siente bien, así que ha decidido aumentar las sesiones a dos veces por semana. Bien por la siquiatra. Ojalá mi literatura creara ese tipo de adicción.
- ¿Tú crees?, le contesto en un tono delicadamente irónico.
- Sí, a mi me ha hecho estupendo.
Y sí, el ha hecho tan bien que su hija habla del padre como si estuviera vivo, trasmite toda su frustración odiando a la familia de su marido, está más dogmática e intransigente que cuando la conocí y, lo principal, no se ve bien.
Camino de vuelta al parque a pies desnudos. Mientras Fernando hace piruetas en la pista, me tiendo en el pasto y miro los árboles contra el cielo, las semillas que vuelan, algunos pájaros que las agarran en el aire. Descubro que no tengo otra preocupación que amar (aunque mi amor sea efímero, que es lo mejor).
- El sushi estaba delicioso aunque era bastante malo.
07 noviembre 2005
Séneca: la brevedad de la vida
Curiosamente había una marca en el libro que encontré en el último estante de la biblioteca. Alguien, o quizás yo misma hace mucho tiempo, ya lo había leído.
Dice Séneca que la vida no es corta, sino que el ser humano la gasta en estupideces, que llegar a los ochenta años no es haber vivido mucho, sino haber durado mucho, que la arrogancia nos hace suponer que alcanzaremos los sesenta años para comenzar a vivir nuestra vida cuando, quizás, ni lleguemos a esa cifra y ya hemos desperdiciado el resto, que no se debiera aprender a vivir, sino a morir.
Así fue como me plantée cada uno de los viajes a Buenos Aires, pero sobre todo este último, porque apenas llegando ya sabía que muy pronto se acabaría y estaría de vuelta en el aeropuerto. Algo parecido deberíamos hacer con la muerte, pero nos parece tan lejana. No es así cuando sabes que tienes dos semanas, a lo sumo veintiocho días, para terminar esa vida. A Pablo siempre le parecía una eternidad los primeros días que estábamos juntos, aunque yo contaba cada minuto que nos iba quedando hasta que tuviera que volver a mi otra vida.
Y así fue. Tarde o temprano tenía que volver. Hubo instantes en que caí en la tentación de pensar que el tiempo me pertenecía y me atreví a proyectar mi vida más allá de lo posible. No fue bueno, todo cambiaba de perspectiva, parecía más serio y más difícil, me metí en asuntos que no me importaban y llegué a provocar peleas incipientes. Me recuperé rápido y fue fantástico.
No podría decir que este año no viví o que desperdicié el tiempo, pero cuando me di cuenta de que podría ser siempre maravilloso si acababa con todo antes de que se agotara, emprendí este último viaje sabiendo (aunque ¿quién puede asegurar que por otros motivos no lo haga?) que ya no volvería.
Así que las calles de Buenos Aires las miré de otro modo, ese modo que me dio el haberlas conocido para volverlas a conocer cada vez en cada detalle nuevo que pudiese percibir, tratando de retenerlas en algún lugar de mi memoria para el momento de mi muerte, dejé algunas plantas en su casa para que las cuidara, como huella del recuerdo, y dejé que todo lo demás pasara (todo lo demás es aquello que proyectándose hubiese debilitado esa vida, como por ejemplo, que su hija pequeña y yo nunca más volvimos a entendernos, lo que era sostenible en el plano de lo efímero, pero no en un tiempo mayor).
Es cierto, tampoco miré atrás cuando entré a migraciones en el aeropuerto. Dejé esa vida entera atrás, ahogada en la tristeza de la despedida final, pero necesaria para prolongar toda su hermosura incontaminada hasta la muerte.
Dice Séneca que la vida no es corta, sino que el ser humano la gasta en estupideces, que llegar a los ochenta años no es haber vivido mucho, sino haber durado mucho, que la arrogancia nos hace suponer que alcanzaremos los sesenta años para comenzar a vivir nuestra vida cuando, quizás, ni lleguemos a esa cifra y ya hemos desperdiciado el resto, que no se debiera aprender a vivir, sino a morir.
Así fue como me plantée cada uno de los viajes a Buenos Aires, pero sobre todo este último, porque apenas llegando ya sabía que muy pronto se acabaría y estaría de vuelta en el aeropuerto. Algo parecido deberíamos hacer con la muerte, pero nos parece tan lejana. No es así cuando sabes que tienes dos semanas, a lo sumo veintiocho días, para terminar esa vida. A Pablo siempre le parecía una eternidad los primeros días que estábamos juntos, aunque yo contaba cada minuto que nos iba quedando hasta que tuviera que volver a mi otra vida.
Y así fue. Tarde o temprano tenía que volver. Hubo instantes en que caí en la tentación de pensar que el tiempo me pertenecía y me atreví a proyectar mi vida más allá de lo posible. No fue bueno, todo cambiaba de perspectiva, parecía más serio y más difícil, me metí en asuntos que no me importaban y llegué a provocar peleas incipientes. Me recuperé rápido y fue fantástico.
No podría decir que este año no viví o que desperdicié el tiempo, pero cuando me di cuenta de que podría ser siempre maravilloso si acababa con todo antes de que se agotara, emprendí este último viaje sabiendo (aunque ¿quién puede asegurar que por otros motivos no lo haga?) que ya no volvería.
Así que las calles de Buenos Aires las miré de otro modo, ese modo que me dio el haberlas conocido para volverlas a conocer cada vez en cada detalle nuevo que pudiese percibir, tratando de retenerlas en algún lugar de mi memoria para el momento de mi muerte, dejé algunas plantas en su casa para que las cuidara, como huella del recuerdo, y dejé que todo lo demás pasara (todo lo demás es aquello que proyectándose hubiese debilitado esa vida, como por ejemplo, que su hija pequeña y yo nunca más volvimos a entendernos, lo que era sostenible en el plano de lo efímero, pero no en un tiempo mayor).
Es cierto, tampoco miré atrás cuando entré a migraciones en el aeropuerto. Dejé esa vida entera atrás, ahogada en la tristeza de la despedida final, pero necesaria para prolongar toda su hermosura incontaminada hasta la muerte.
El regreso
Las rutinas rotas que hay que reconstruir. Los primeros días se siente perdido, en la noche no sabes en qué cama estás durmiendo, en la mañana no sabes si tienes que exprimir pomelos y naranjas o salir corriendo al metro, al mediodía si tienes que hace almuerzo para todos o para uno, no tienes nada que planificar, el trabajo está suspendido y no sabes en qué trabajar porque tu mente todavía está en otra parte.
Los viajes en avión son cómodos, pero demasiado veloces. No te dan tiempo para darte cuenta de que te estás trasladando de un mundo a otro, cuando llegas apenas percibes que has cambiado de ciudad, aunque las calles te parecen más estrechas, la gente diferente, la publicidad ajena, los ritmos cambiados, el aire más denso y el cuerpo tiende a lo de hace unas horas atrás.
A pesar de que cruzar la cordillera siempre tiene un simbólico temor al cambio.
- Pienso ¿y se empezara a quemar el avión cuando vamos sobrevolando la cordillera? ¿habrá que lanzarse en paracaídas?
- En todo caso ¿habrá para todos?
- Sí, no... pero yo voy con una niña ¿me dejarán lanzarme con ella?
- ¿En la cordilera? ¿a qué altura va el avión?
- Diez mil metros... incluso la cordillera se ve lejos.
- Y a esa velocidad ¿qué te crees? ¿que alguien puede lanzarse en paracaídas de esa altura y a esa velocidad?
- Me parece que no.
- Nada, solo hay tiempo para morir.
- Además la Cordillera de los Andes en la zona central de Chile es la más desconocida del mundo, si llegara a lanzarme y no morir de un golpe al caer ¿quién podría encontrarnos?
- Estás especulando tonteras.
- Ya sé, pero no puedo dejar de pensarlo cuando cruzamos la cordillera, siento una especie de fascinación y miedo al mismo tiempo. Cuando, por fin, veo los valles centrales, ya sé que estoy del otro lado.
Los viajes en avión son cómodos, pero demasiado veloces. No te dan tiempo para darte cuenta de que te estás trasladando de un mundo a otro, cuando llegas apenas percibes que has cambiado de ciudad, aunque las calles te parecen más estrechas, la gente diferente, la publicidad ajena, los ritmos cambiados, el aire más denso y el cuerpo tiende a lo de hace unas horas atrás.
A pesar de que cruzar la cordillera siempre tiene un simbólico temor al cambio.
- Pienso ¿y se empezara a quemar el avión cuando vamos sobrevolando la cordillera? ¿habrá que lanzarse en paracaídas?
- En todo caso ¿habrá para todos?
- Sí, no... pero yo voy con una niña ¿me dejarán lanzarme con ella?
- ¿En la cordilera? ¿a qué altura va el avión?
- Diez mil metros... incluso la cordillera se ve lejos.
- Y a esa velocidad ¿qué te crees? ¿que alguien puede lanzarse en paracaídas de esa altura y a esa velocidad?
- Me parece que no.
- Nada, solo hay tiempo para morir.
- Además la Cordillera de los Andes en la zona central de Chile es la más desconocida del mundo, si llegara a lanzarme y no morir de un golpe al caer ¿quién podría encontrarnos?
- Estás especulando tonteras.
- Ya sé, pero no puedo dejar de pensarlo cuando cruzamos la cordillera, siento una especie de fascinación y miedo al mismo tiempo. Cuando, por fin, veo los valles centrales, ya sé que estoy del otro lado.
06 noviembre 2005
Tus visitas
Pensé que había borrado el historial de tu computador, pero uno sabe que siempre queda todo registrado en alguna parte. Comprobé que hoy me visitaste tres veces, a las 6 de la mañana, al mediodía y en la tarde, después de las ocho. Eres el único que usa mozilla (sólo mozilla, ni siquiera firefox), windows 98 y cuyo proveedor es fibertel.
Tienes razón.
De otra forma no te hubieras enterado de la verdad, aunque la intuyeras, pero ¿era necesario espiarme por acá? ¿era necesario enterarse de los detalles de algo que ya sabías?
Hay personas a las que nunca les hubiera mencionado la existencia de este diario virtual y público y, entre ellas, estabas tú y él porque, justamente, estaba en el límite peligroso de lo íntimo que se hace público, pero sólo para aquellos a quienes no afecta en nada, salvo leer unas pavadas de vez en cuando, que quizás les hace sentir que hojean la vida secreta que todos tenemos, anotada en una libreta o ahogada en los pensamientos que nunca afloran.
No debiste. Caiste en la tentación, que ya mencionabas en tu bitácora, de SABERLO TODO.
Ahora entiendo que no me hayas pedido una explicación a mis breves palabras de hoy... ¡si ya te habías enterado de todo!
Lo siento.
Y no puedo dejar de ver ahora la autopista rumbo al Tigre con la Fabi de fondo cantando nada es para siempre... Ya lo sabías entonces ¿no es cierto?
Tienes razón.
De otra forma no te hubieras enterado de la verdad, aunque la intuyeras, pero ¿era necesario espiarme por acá? ¿era necesario enterarse de los detalles de algo que ya sabías?
Hay personas a las que nunca les hubiera mencionado la existencia de este diario virtual y público y, entre ellas, estabas tú y él porque, justamente, estaba en el límite peligroso de lo íntimo que se hace público, pero sólo para aquellos a quienes no afecta en nada, salvo leer unas pavadas de vez en cuando, que quizás les hace sentir que hojean la vida secreta que todos tenemos, anotada en una libreta o ahogada en los pensamientos que nunca afloran.
No debiste. Caiste en la tentación, que ya mencionabas en tu bitácora, de SABERLO TODO.
Ahora entiendo que no me hayas pedido una explicación a mis breves palabras de hoy... ¡si ya te habías enterado de todo!
Lo siento.
Y no puedo dejar de ver ahora la autopista rumbo al Tigre con la Fabi de fondo cantando nada es para siempre... Ya lo sabías entonces ¿no es cierto?
Otra vez
- Entonces, tú tienes una obsesión por él. Ésa es una patología... ¿por qué no te haces ver por un siquiatra?
Pensé que la vida entera era una patología, que Sartre era patológico, Lucia Hiriart es patológica, que la vieja del lado es patológica, que al fin cualquier pasión puede serlo, incluso, en otros términos, un pecado.
Pensé si tenía que ir al siquiatra, conversar con un cura o hacer yoga. Al fin es lo mismo, si no fuera así, no habría literatura, tanto pensarlo así que se ha llegado a afirmar que la literatura, para quien lo escribe, es una terapia, lo mismo que la pintura o barrer el patio de la casa.
No es la primera vez que me mandan al sicólogo o al siquiatra, por más que quienes me conocen saben que descreo absolutamente de la eficacia de aquellas disciplinas para cambiar nada. De hecho, me pregunto... ¿cuál es la idea? ¿hacer de uno un ser completamente equilibrado?
Si es una obsesión, me encanta que sea una obsesión, le da un matiz a mi vida que no creo que lo tuviera si estuviera "felizmente" casada. Sin embargo, no creo que lo sea. En otros tiempos podrían haberlo calificado de un amor loco, sin mesura, estúpido, etcétera ¿pero qué mierda no lo es?
- Tan perspicaz que eres para alguna cosas y tan estúpida para otras.
Y sí.
Anoche, llegando de Buenos Aires, dormí con él, por fin tuve ese cuerpo que se me aparecía cada vez que cerraba los ojos, por fin sentí mi cuerpo en la medida que me da el suyo.
- ¿Qué vas a hacer en febrero?
Hace días que venía imaginando que este verano me iba con él al lago, pero pensaba que iba a invitar a su novia (y me dio muchos celos), pero que de alguna manera debía convencerlo que era bueno que yo fuera también con mi hija.
- Me hubiese gustado ir al lago contigo.
- Pues yo te quería invitar...
Nos miramos. Luego me acerqué a él y nos abrazamos un largo rato, sin hablar. Entonces, comenzamos a planificar el viaje juntos y con los niños.
- Todo el mes, me dijo.
- Entonces tenemos que llevar suficientes provisiones para que no te desesperes y quieras volver.
- No, ya no necesito como antes ¿sabes?
- Al menos llevaremos cervezas...
- Sí, preciosita.
(Ese preciosita me mata)
Pensé que la vida entera era una patología, que Sartre era patológico, Lucia Hiriart es patológica, que la vieja del lado es patológica, que al fin cualquier pasión puede serlo, incluso, en otros términos, un pecado.
Pensé si tenía que ir al siquiatra, conversar con un cura o hacer yoga. Al fin es lo mismo, si no fuera así, no habría literatura, tanto pensarlo así que se ha llegado a afirmar que la literatura, para quien lo escribe, es una terapia, lo mismo que la pintura o barrer el patio de la casa.
No es la primera vez que me mandan al sicólogo o al siquiatra, por más que quienes me conocen saben que descreo absolutamente de la eficacia de aquellas disciplinas para cambiar nada. De hecho, me pregunto... ¿cuál es la idea? ¿hacer de uno un ser completamente equilibrado?
Si es una obsesión, me encanta que sea una obsesión, le da un matiz a mi vida que no creo que lo tuviera si estuviera "felizmente" casada. Sin embargo, no creo que lo sea. En otros tiempos podrían haberlo calificado de un amor loco, sin mesura, estúpido, etcétera ¿pero qué mierda no lo es?
- Tan perspicaz que eres para alguna cosas y tan estúpida para otras.
Y sí.
Anoche, llegando de Buenos Aires, dormí con él, por fin tuve ese cuerpo que se me aparecía cada vez que cerraba los ojos, por fin sentí mi cuerpo en la medida que me da el suyo.
- ¿Qué vas a hacer en febrero?
Hace días que venía imaginando que este verano me iba con él al lago, pero pensaba que iba a invitar a su novia (y me dio muchos celos), pero que de alguna manera debía convencerlo que era bueno que yo fuera también con mi hija.
- Me hubiese gustado ir al lago contigo.
- Pues yo te quería invitar...
Nos miramos. Luego me acerqué a él y nos abrazamos un largo rato, sin hablar. Entonces, comenzamos a planificar el viaje juntos y con los niños.
- Todo el mes, me dijo.
- Entonces tenemos que llevar suficientes provisiones para que no te desesperes y quieras volver.
- No, ya no necesito como antes ¿sabes?
- Al menos llevaremos cervezas...
- Sí, preciosita.
(Ese preciosita me mata)
03 noviembre 2005
En el Ravello.
Quedamos de encontrarnos en el restorán de Palermo un cuarto para las once. Llegué puntual y, algunos minutos después, mientras me tomaba una cerveza, llegó Mónica.
Trato de buscar las palabras que puedan definirla. Cálida y talentosa, sería un buen resumen. Tuve la dicha de ver en su su taller los originales del cuento que ganó el premio Norma-Fundalectura. El texto es de Silvia Schujer, pero está tan maravillosamente ilustrado que el todo es eso: un todo indisoluble.
A medida que charlábamos, picoteando una variedad de temas, me entregaba las pautas de su forma de trabajo. Y, claro, sentí más que nunca lo lejos que estoy de todo, sobre todo de su generosidad.
Bah... no se vaya a pensar que Mónica es perfecta. Se hace ver tan humana e imperfecta como todos. Me parece que de la mano de su obra, todas sus obras, también va un tormento, del que no hablaré porque no me pertenece. Lo mejor de ella es que, a pesar de lo conocida que es acá, te hace sentir acompañada, como si te recogiera en sus brazos sin importar nada y te susurrara al oído todo lo que te puede enseñar. Y uno la siente más grande, pero tan igual al mismo tiempo.
Trato de buscar las palabras que puedan definirla. Cálida y talentosa, sería un buen resumen. Tuve la dicha de ver en su su taller los originales del cuento que ganó el premio Norma-Fundalectura. El texto es de Silvia Schujer, pero está tan maravillosamente ilustrado que el todo es eso: un todo indisoluble.
A medida que charlábamos, picoteando una variedad de temas, me entregaba las pautas de su forma de trabajo. Y, claro, sentí más que nunca lo lejos que estoy de todo, sobre todo de su generosidad.
Bah... no se vaya a pensar que Mónica es perfecta. Se hace ver tan humana e imperfecta como todos. Me parece que de la mano de su obra, todas sus obras, también va un tormento, del que no hablaré porque no me pertenece. Lo mejor de ella es que, a pesar de lo conocida que es acá, te hace sentir acompañada, como si te recogiera en sus brazos sin importar nada y te susurrara al oído todo lo que te puede enseñar. Y uno la siente más grande, pero tan igual al mismo tiempo.
Sueño
Una plaza grande con una suerte de montaña rusa para skaters. Fernando está adentro. Paz intenta subirse, pero logro bajarla. Luego se duerme en el pasto. Entonces lo veo y grito su nombre. Corre temiendo que le haya sucedido algo y la toma en brazos.
- Vamos a tu casa?- le propongo.
- No.
- Por qué no?
- No te amo.
- Pero al menos te excitaré.
- No... no me produces nada.
Giro y miro la plaza, que me parece más grande. Los dos niños se han marchado con sus respectivos padres. No veo. Pienso a dónde iré ahora.
Nada, nada es suficientemente lejos.
- Vamos a tu casa?- le propongo.
- No.
- Por qué no?
- No te amo.
- Pero al menos te excitaré.
- No... no me produces nada.
Giro y miro la plaza, que me parece más grande. Los dos niños se han marchado con sus respectivos padres. No veo. Pienso a dónde iré ahora.
Nada, nada es suficientemente lejos.
01 noviembre 2005
Corrientes skateboarding tur
Según las nuevas cosmovisiones de mi amigo Malayo (nótese que lo llamé amigo), no debería ser coincidencia que nos encontremos en Buenos Aires casi al mismo tiempo. Ni lo es ni no lo es. Al final, Buenos Aires es la ciudad más accesible de latinoamérica en los últimos tiempos, donde puedes encontrar libros baratos y buenas exposiciones de arte. Nos encontramos al final de la tarde en una librería de la avenida Corrientes en un recorrido que comenzó temprano hoy.
El objetivo: un encargo. De esos encargos que parecen fáciles, por favor, traéme el libro de fulanito, qué puede costar en esta ciudad saturada de literatura diversa. Afortunadamente, el encargo era de mi hijo porque me recorrí Corrientes de lado a lado, de kiosco en kiosco, sin encontrar la dichosa revista de skateboarding. Al final, llegué al Abasto, antiguo mercado reciclado en centro comercial, digamos mall allá, shopping acá. Algo exclusivo, pero encontré lo que necesitaba: una fabulosa tienda con los mejores trapos para la tribu de los skaters. Mi hijo puede estar satisfecho de su regalo de cumpleaños: una tabla, unas zapatillas top top y una polera súper top. Y se puede olvidar por un año hasta de que le compre un helado. Bueno, no tanto, me preguntaba por qué me había salido tan barato. Y descubrí que fue gracias al Mercosur.
Más tarde, otra vez andaba en el subte con la Paz, al encuentro de Malayo en la librería Gandhi. Le dijeron que era la mejor. A mi todas me parecen de lo mejor, pero no pienso nombrarlas. Nos fuimos al bar La Paz. Es mítico. Sin embargo, lo que a mi me parece más mítico es la canción de Fito Paéz, vendieron flores en La Paz... porque nosotros, antes, pensábamos que se habían ido a Bolivia, que cuando cargaban con 6 y once, cargaban gramos de cocaína, y al final no eran sino dos chicos de seis y once años que vendían flores en el bar La Paz sobre la avenida Corrientes. Bueno, no tiene nada especial aparte de eso. Un café, una charla, mucho calor y cada uno a su hogar temporario. No pasé a ninguna librería y eso que quería llevarle un libro de cine a él o, quizás, otro de Passolini.
Bueno, él, ni por Corrientes lo puedo olvidar. Nunca sabrá que tuve el impulso de llevarle un maravilloso libro (o dos o tres) sobre lo que más le gusta.
El objetivo: un encargo. De esos encargos que parecen fáciles, por favor, traéme el libro de fulanito, qué puede costar en esta ciudad saturada de literatura diversa. Afortunadamente, el encargo era de mi hijo porque me recorrí Corrientes de lado a lado, de kiosco en kiosco, sin encontrar la dichosa revista de skateboarding. Al final, llegué al Abasto, antiguo mercado reciclado en centro comercial, digamos mall allá, shopping acá. Algo exclusivo, pero encontré lo que necesitaba: una fabulosa tienda con los mejores trapos para la tribu de los skaters. Mi hijo puede estar satisfecho de su regalo de cumpleaños: una tabla, unas zapatillas top top y una polera súper top. Y se puede olvidar por un año hasta de que le compre un helado. Bueno, no tanto, me preguntaba por qué me había salido tan barato. Y descubrí que fue gracias al Mercosur.
Más tarde, otra vez andaba en el subte con la Paz, al encuentro de Malayo en la librería Gandhi. Le dijeron que era la mejor. A mi todas me parecen de lo mejor, pero no pienso nombrarlas. Nos fuimos al bar La Paz. Es mítico. Sin embargo, lo que a mi me parece más mítico es la canción de Fito Paéz, vendieron flores en La Paz... porque nosotros, antes, pensábamos que se habían ido a Bolivia, que cuando cargaban con 6 y once, cargaban gramos de cocaína, y al final no eran sino dos chicos de seis y once años que vendían flores en el bar La Paz sobre la avenida Corrientes. Bueno, no tiene nada especial aparte de eso. Un café, una charla, mucho calor y cada uno a su hogar temporario. No pasé a ninguna librería y eso que quería llevarle un libro de cine a él o, quizás, otro de Passolini.
Bueno, él, ni por Corrientes lo puedo olvidar. Nunca sabrá que tuve el impulso de llevarle un maravilloso libro (o dos o tres) sobre lo que más le gusta.
31 octubre 2005
El Tigre
Supongo, aunque puedo suponer mal, como la mayoría de las veces, que para muchos debe de ser desmotivante el tener hijos cuando uno escribe sobre las dificultades que se tiene con ellos, a pesar de lo maravillosos que se los pueda encontrar en otras circunstancias.
Últimamente me resulta más agotador el sólo hecho de pensar en los llantos y gritos y pataletas de Paz antes de salir que una caminata con mochila el hombro por horas. Me da dolor de cabeza, es decir, me produce stress. Eso cuando sólo se trata de ella.
El delta del Tigre podría ser mucho más agradable y bello si no se fuera con dos chicas, una pequeña a la que, al menos, calmas con una mamadera, galletas y pañales y otra a quien, por la edad, creo, no hay manera de sacarle la cara de fastidio en todo el viaje, primero porque no se quiere subir al catamarán, después porque no se quiere bajar del catamarán, luego porque todos andamos a la siga de la chica hiperkinética que corre por los bordes de los canales (más stress), sumado a que en el restorán, fundado en 1943, no tienen Coca Cola ni se parece remotamente a un Mac Donalds, mientras su padre y yo intentamos tomarnos una cerveza, intervenidos por comentarios del tipo "Pá, vos sos mucho más borracho que ella" y la otra intentando tirarse del muelle abajo, convencida de que es una grúa que puede meter sus patas (de grúa, claro) en el agua del río. Ya entretenidos, sobre todo las chicas entretenidas, en la exploración de un edificio abandonado, enorme y de estilo bauhaus, llega el barco de vuelta. Ahora yo soy la fastidiada, porque la construcción me había interesado mucho, larga bordeando las aguas, inconclusa hacia un extremo, pero casi terminada al otro. Ni pensar en proponer extender la investigación por media hora más, cuando atraque otra embarcación en el muelle de esa isla.
El regreso sigue siendo un fastidio para la mayor, no comer en el Mac Donalds, ir al mercado de las frutas ("Pá, qué es un mercado?"), volver al Mac Donalds, no salir pronto del Mac Donalds, volver a Buenos Aires, en fin, la chica enterada meada porque no llevé suficientes pañales, pero dormida y tranquila.
Al final del día, me duele la cabeza, pero fue un bonito paseo... si sacamos la anécdota de llevar a las dos niñas. Otro día les cuento la experiencia de navegar por el delta, como si fuera sola.
Últimamente me resulta más agotador el sólo hecho de pensar en los llantos y gritos y pataletas de Paz antes de salir que una caminata con mochila el hombro por horas. Me da dolor de cabeza, es decir, me produce stress. Eso cuando sólo se trata de ella.
El delta del Tigre podría ser mucho más agradable y bello si no se fuera con dos chicas, una pequeña a la que, al menos, calmas con una mamadera, galletas y pañales y otra a quien, por la edad, creo, no hay manera de sacarle la cara de fastidio en todo el viaje, primero porque no se quiere subir al catamarán, después porque no se quiere bajar del catamarán, luego porque todos andamos a la siga de la chica hiperkinética que corre por los bordes de los canales (más stress), sumado a que en el restorán, fundado en 1943, no tienen Coca Cola ni se parece remotamente a un Mac Donalds, mientras su padre y yo intentamos tomarnos una cerveza, intervenidos por comentarios del tipo "Pá, vos sos mucho más borracho que ella" y la otra intentando tirarse del muelle abajo, convencida de que es una grúa que puede meter sus patas (de grúa, claro) en el agua del río. Ya entretenidos, sobre todo las chicas entretenidas, en la exploración de un edificio abandonado, enorme y de estilo bauhaus, llega el barco de vuelta. Ahora yo soy la fastidiada, porque la construcción me había interesado mucho, larga bordeando las aguas, inconclusa hacia un extremo, pero casi terminada al otro. Ni pensar en proponer extender la investigación por media hora más, cuando atraque otra embarcación en el muelle de esa isla.
El regreso sigue siendo un fastidio para la mayor, no comer en el Mac Donalds, ir al mercado de las frutas ("Pá, qué es un mercado?"), volver al Mac Donalds, no salir pronto del Mac Donalds, volver a Buenos Aires, en fin, la chica enterada meada porque no llevé suficientes pañales, pero dormida y tranquila.
Al final del día, me duele la cabeza, pero fue un bonito paseo... si sacamos la anécdota de llevar a las dos niñas. Otro día les cuento la experiencia de navegar por el delta, como si fuera sola.
29 octubre 2005
Reunión imaginaria
Hoy es la reunión de los foristas de Imaginaria en la tienda La Boutique del Libro, en Palermo. La verdad es que el día está como para una reunión de café, aunque me tomaría algo más fuerte. Es curiosa la idea de que un grupo de personas que suele hablar con mayor o menor liviandad sobre la literatura infantil quiera sentarse a *conversar* en el sector de la biblioteca de la librería. Primero me pregunto si quince o más personas podremos charlar en un lugar así y, segundo, si necesariamente tendremos que hacerlo sobre libros. Sin contar que llevo (tengo que llevar) a mi hija Paz, quien no está feliz si no anda arriba del coche, del auto o de la bicicleta dando tumbos por las calles empedradas (pero planas) de Buenos Aires.
Y sí, es una buena ocasión para convocar a varios personajes de quienes no tenemos (unos de los otros) más que un constructo imaginario de sus facciones, derivadas de las forma de escribir en el foro. Uno me imaginaba, por ejemplo, con turbante. Una persona que usa turbante puede significar tantas cosas. No puedo dejar de visualizar alguien vestido de túnica blanca, con una actitud de serenidad y hasta de beatitud o, por lo menos, de mucha espiritualidad. Evidentemente, no es el caso, siempre llego a los gritos y excesos más rápido de lo que quisiera.
En este sentido, es sorprendente las nuevas situaciones que puede crear la internet. Pensar que con todas estas personas hemos tenido contacto durante muchísimos meses a través de un bar virtual. Ya no nos suena rara la idea de las parejas formadas así, pero juntar esta cantidad de gente, ligada de un modo u otro a un tema en común, que se ha construido una idea sobre un lugar físico que no existe, el bar, sus mesas, sus sillas, el mozo que atiende, las servilletas con mesajes y hasta el patio con naranjos... bueno, elegir el lugar que se ha elegido para *aterrizar*, al menos nos habla del imaginario del quien hizo las reservas.
Bueno, ya sabremos con qué personajes nos encontramos.
Y sí, es una buena ocasión para convocar a varios personajes de quienes no tenemos (unos de los otros) más que un constructo imaginario de sus facciones, derivadas de las forma de escribir en el foro. Uno me imaginaba, por ejemplo, con turbante. Una persona que usa turbante puede significar tantas cosas. No puedo dejar de visualizar alguien vestido de túnica blanca, con una actitud de serenidad y hasta de beatitud o, por lo menos, de mucha espiritualidad. Evidentemente, no es el caso, siempre llego a los gritos y excesos más rápido de lo que quisiera.
En este sentido, es sorprendente las nuevas situaciones que puede crear la internet. Pensar que con todas estas personas hemos tenido contacto durante muchísimos meses a través de un bar virtual. Ya no nos suena rara la idea de las parejas formadas así, pero juntar esta cantidad de gente, ligada de un modo u otro a un tema en común, que se ha construido una idea sobre un lugar físico que no existe, el bar, sus mesas, sus sillas, el mozo que atiende, las servilletas con mesajes y hasta el patio con naranjos... bueno, elegir el lugar que se ha elegido para *aterrizar*, al menos nos habla del imaginario del quien hizo las reservas.
Bueno, ya sabremos con qué personajes nos encontramos.
27 octubre 2005
Laconicidad
Es un estado precario que se instala en ciertos períodos. Hasta el sistema operativo de este computador donde escribo hoy es lacónico: la página en blanco, no me permite elegir tipografía ni menos agregar una imagen, luce solitario el título (que no puedo poner en negrilla) y el cuadro de texto donde avanzan las letras ahora.
Al frente del ventanal, está la plaza 25 de agosto. Creemos que es la fecha de la independencia de Uruguay, pero no estamos seguros. Al principio pensé que era alguna celebración religiosa porque en la esquina sureste se instala una gruta con una virgen que muchos transeúntes se detienen a saludar, incluso algunos paseadores de perros. O tal vez ambas fechas coincidan.
Abajo suena insistente el taca-taca, que no sé cómo llaman acá, y de pronto todo la luz se ha esfumado. Creo que va a llover de nuevo. Me parece ver unas gotas al trasluz. Aparte del taca-taca-taca-taca y de los buses que pasan de vez en cuando, hoy está especialmente silencioso.
Y Buenos Aires no es una ciudad silenciosa. Les gusta el escape libre, por ejemplo, algo que a nosotros a estas alturas, con transantiago más encima, nos resulta inusual y hasta peligroso. La medición de decibeles, la primera vez que lo mencioné, me pareció propio de una ciudad enferma, como también los dígitos de las patentes de aquellos vehículos que no pueden transitar. Mientras lo decía, tenía la impresión de que hablaba de una ciudad de ciencia ficción. Diría que aquí casi no hay reglas. El otro día al almacenero de la esquina, bajo nuestro departamento, se le ocurrió escuchar Credence y jugar taca-taca hasta más allá de las dos de la manana. Nada que hacer. Pablo no se atrevía a reclamarle por temor a las represalias. Sí, aquí no es cosa de llamar a los pacos y esconder la identidad de quien reclama. De hecho, creo que no existe esa costumbre. Pensé que allá, a un local comercial que hace eso, lo secan con una multa. Aunque ese pensamiento no me sirvió para quedarme dormida.
Cada vez me sorprende más la sociedad militarizada en que vivimos, pero sobre todo lo acostumbrados que estamos.
Sí, esta oscuro (aunque con el brillo de Buenos Aires) y ya comienza a llover.
Al frente del ventanal, está la plaza 25 de agosto. Creemos que es la fecha de la independencia de Uruguay, pero no estamos seguros. Al principio pensé que era alguna celebración religiosa porque en la esquina sureste se instala una gruta con una virgen que muchos transeúntes se detienen a saludar, incluso algunos paseadores de perros. O tal vez ambas fechas coincidan.
Abajo suena insistente el taca-taca, que no sé cómo llaman acá, y de pronto todo la luz se ha esfumado. Creo que va a llover de nuevo. Me parece ver unas gotas al trasluz. Aparte del taca-taca-taca-taca y de los buses que pasan de vez en cuando, hoy está especialmente silencioso.
Y Buenos Aires no es una ciudad silenciosa. Les gusta el escape libre, por ejemplo, algo que a nosotros a estas alturas, con transantiago más encima, nos resulta inusual y hasta peligroso. La medición de decibeles, la primera vez que lo mencioné, me pareció propio de una ciudad enferma, como también los dígitos de las patentes de aquellos vehículos que no pueden transitar. Mientras lo decía, tenía la impresión de que hablaba de una ciudad de ciencia ficción. Diría que aquí casi no hay reglas. El otro día al almacenero de la esquina, bajo nuestro departamento, se le ocurrió escuchar Credence y jugar taca-taca hasta más allá de las dos de la manana. Nada que hacer. Pablo no se atrevía a reclamarle por temor a las represalias. Sí, aquí no es cosa de llamar a los pacos y esconder la identidad de quien reclama. De hecho, creo que no existe esa costumbre. Pensé que allá, a un local comercial que hace eso, lo secan con una multa. Aunque ese pensamiento no me sirvió para quedarme dormida.
Cada vez me sorprende más la sociedad militarizada en que vivimos, pero sobre todo lo acostumbrados que estamos.
Sí, esta oscuro (aunque con el brillo de Buenos Aires) y ya comienza a llover.
14 octubre 2005
La estética
Tenía toda la intención (quizás no tanto) de contestar a otra bitácora, pero me parece que ya no vale la pena si voy a tener a la persona cara a cara. Tal vez no le diga nada entonces, puede que sólo la observe y dilucide que tan serias pueden ser sus divagaciones estético-literarias.
Le pregunté a Graciela Montes (escritora y teórica muy conocida en el ámbito de la literatura infantil) si acaso se podía decir que la literatura infantil era puro goce estético, único territorio en que los contenidos podían obviarse (esto a propósito de la bitácora anterior, en que una comentarista se concentraba en la hermosa forma del texto diciendo que lo demás, el contenido, era intrascendente... como me pareció que estaba equivocada, llegué a la vaga idea de que al escribir para niños muy chicos, uno tenía la verdadera libertad de engolozinarse con composiciones bellas que podrían, eventualmente, no tener sentido).
Graciela me respondió que el concepto "estética" le parecía añejo:
- "No sé si la palabra es "estética". Es una palabra un poco envejecida. Tal vez haya que pensar en otra en este mundo bello y fatal en que vivimos"
Aquí acabaron mis pensamientos al respecto.
Le pregunté a Graciela Montes (escritora y teórica muy conocida en el ámbito de la literatura infantil) si acaso se podía decir que la literatura infantil era puro goce estético, único territorio en que los contenidos podían obviarse (esto a propósito de la bitácora anterior, en que una comentarista se concentraba en la hermosa forma del texto diciendo que lo demás, el contenido, era intrascendente... como me pareció que estaba equivocada, llegué a la vaga idea de que al escribir para niños muy chicos, uno tenía la verdadera libertad de engolozinarse con composiciones bellas que podrían, eventualmente, no tener sentido).
Graciela me respondió que el concepto "estética" le parecía añejo:
- "No sé si la palabra es "estética". Es una palabra un poco envejecida. Tal vez haya que pensar en otra en este mundo bello y fatal en que vivimos"
Aquí acabaron mis pensamientos al respecto.
12 octubre 2005
Mi derecho mal elegido
No sé en qué momento de debilidad me inscribí. Lo que quiero decir es que no sé cuándo me viene esos momentos de debilidad que me hacen tomar malas decisiones. Lo otro lo sé. Estaba mirando la tele cuando aparece la Gladys Marín invitando a todos los jóvenes a ejercer el derecho que el viejo asesino nos había quitado. Me pareció el mejor argumento que había escuchado. Además era joven y necesitaba creer que un país mejor era posible. Así que al otro día estaba en el Parque Forestal estampando mi firma.
No sé para qué. Ahora pienso que debí ser consecuente con la no participación, aunque después te salgan con el argumento de que si no votas no opines, lo que es aún más estúpido. No votar es una manera de protestar. Ahora si quiero protestar tengo que de todas formas ir y anular el voto, pero no estoy segura de que eso lo tomen como una forma de descontento.
La verdad es que ya estoy aburrida de ver la payasadas del bufón número uno de este país, bufón que además dejó en la ruina y otra vez decaída a la comuna de Santiago. Muchas veces me encontré con partidarios de su inoperancia y llegué a los gritos porque, realmente, me desesperaba la idea de que pudiera hacer de Chile lo que hizo con mi comuna. Peor aún es ver que los otros candidatos y personeros del gobierno se dan el trabajo de contestarle. Ahí es cuando no sabes quién es peor, si el que dice las imbecilidades o si los que lo toman en serio.
El otro, patético, en la casa de un niña enferma de fibrosis quística le lleva de regalo una muñeca que puedes encontrar en el bazar de la esquina. No se puede creer que un tipo empresario, con tanto dinero, explotador legal de sus empleados, que apenas si arregla sus aviones, plagia a nuestros amigos, gasta millones en campañas publicitarias para sus productos, tenga la osadía de llevar semejante regalo a una niña utilizada con fines políticos. Por lo menos que gaste más y le lleve una muñeca bacán, mínimo importada de Nueva York o de Milán, descontado que también podría ser una enciclopedia para que estudie (pero eso no, claro, ya podemos ver por dónde irán sus políticas culturales). Por eso detesto a los pequeños burgueses, por más que se paseen en las poblaciones, no les entra nada, tienen una capa de cera recubierta de plomo frente a la pobreza de los demás y conflictos de los demás.
Bachellet. Salva. Claro que no cuando van haciendo un puerta a puerta, con una señora cara-de-socialista (viste... con el vestidito artesa, el pelo largo y canoso) que te explica que tienes que votar por Zaldívar para que el gobierno de Bachellet logre sus objetivos. ¿Perdón? ¿Zaldívar? ¿Lograr objetivos? Eso si asisten a la cámara y no se están gastando los 11 millones mensuales, eso si al menos estuviera de acuerdo con los demócrata cristianos.
Ya sé. Ya sé que podría ser peor. Pero ¿no podría ser mejor?
No, claro. Es lo que hay.
Y la verdad es que no me interesa lo que hay. Y peor, capaz que me toque de vocal y ni una colación nos van a dar ¿sabían que otros países les pagan un "incentivo" a los vocales? Ah, bueno, sí, eso es en otros países. Aquí, repito, hay que conformarse con lo que hay.
No sé para qué. Ahora pienso que debí ser consecuente con la no participación, aunque después te salgan con el argumento de que si no votas no opines, lo que es aún más estúpido. No votar es una manera de protestar. Ahora si quiero protestar tengo que de todas formas ir y anular el voto, pero no estoy segura de que eso lo tomen como una forma de descontento.
La verdad es que ya estoy aburrida de ver la payasadas del bufón número uno de este país, bufón que además dejó en la ruina y otra vez decaída a la comuna de Santiago. Muchas veces me encontré con partidarios de su inoperancia y llegué a los gritos porque, realmente, me desesperaba la idea de que pudiera hacer de Chile lo que hizo con mi comuna. Peor aún es ver que los otros candidatos y personeros del gobierno se dan el trabajo de contestarle. Ahí es cuando no sabes quién es peor, si el que dice las imbecilidades o si los que lo toman en serio.
El otro, patético, en la casa de un niña enferma de fibrosis quística le lleva de regalo una muñeca que puedes encontrar en el bazar de la esquina. No se puede creer que un tipo empresario, con tanto dinero, explotador legal de sus empleados, que apenas si arregla sus aviones, plagia a nuestros amigos, gasta millones en campañas publicitarias para sus productos, tenga la osadía de llevar semejante regalo a una niña utilizada con fines políticos. Por lo menos que gaste más y le lleve una muñeca bacán, mínimo importada de Nueva York o de Milán, descontado que también podría ser una enciclopedia para que estudie (pero eso no, claro, ya podemos ver por dónde irán sus políticas culturales). Por eso detesto a los pequeños burgueses, por más que se paseen en las poblaciones, no les entra nada, tienen una capa de cera recubierta de plomo frente a la pobreza de los demás y conflictos de los demás.
Bachellet. Salva. Claro que no cuando van haciendo un puerta a puerta, con una señora cara-de-socialista (viste... con el vestidito artesa, el pelo largo y canoso) que te explica que tienes que votar por Zaldívar para que el gobierno de Bachellet logre sus objetivos. ¿Perdón? ¿Zaldívar? ¿Lograr objetivos? Eso si asisten a la cámara y no se están gastando los 11 millones mensuales, eso si al menos estuviera de acuerdo con los demócrata cristianos.
Ya sé. Ya sé que podría ser peor. Pero ¿no podría ser mejor?
No, claro. Es lo que hay.
Y la verdad es que no me interesa lo que hay. Y peor, capaz que me toque de vocal y ni una colación nos van a dar ¿sabían que otros países les pagan un "incentivo" a los vocales? Ah, bueno, sí, eso es en otros países. Aquí, repito, hay que conformarse con lo que hay.
10 octubre 2005
Pasajeros en tránsito
De chica me cambié varias veces de colegio, primero porque murió mi padre, después porque no me adapté, luego porque vino la recesión y finalmente llegué al liceo donde la cosa no era mejor. Todos los años, desde séptimo básico, nos cambiaban a las cuarenta y cinco alumnas que nos habíamos acostumbrado durante el año. Puesto que había catorce cursos por nivel, la combinatoria resultaba casi infinita, como supondrán. Tampoco nunca entendí los criterios de selección, salvo cuando hubo que elegir la orientación. Entonces, al optar por las matemáticas, quedé en el cuarto medio A, el mejor curso del colegio. Las "flojas", las "pavas", las "sin objetivos" claros se desmenbraban en el siguiente orden: biología, historia, lenguaje y arte. Pocos nombres quedaron en mi memoria de todas esas niñas con quienes compartí y ninguna amiga. La universidad no fue la excepción. Transité como un fantasma durante cuatro años por las salas de traducción, sólo por la necesidad a que me obligaba la pobreza de entonces, pensando que al terminar pronto, más luego podría trabajar. Por supuesto elegí muy mal. No era una carrera para enriquecerse bajo ningún punto de vista, pero ya estaba allí gracias a las becas de la universidad y del Estado. Al menos no pagué nada. De entonces, creo que apenas retengo dos o tres nombres que, a estas alturas ya no me dicen nada.
Digamos que el desapego fue la gran lección: el material y el afectivo. Y también la certeza de lo efímero que puede resultar todo. No significa esto que no guarde gran cariño por algunas personas, pero ese cariño no significa la prolongación de una amistad, en mi caso, aunque así he vivido las mejores experiencias con algunas personas. Tanto puedo amar como desaparecer al otro día, como Paula, la boliviana.
Oporto fue el escenario de uno de esos amores. Era la primavera europea cuando llegué al puerto. Viento y lluvia sobre el río y el océano. Otro color. Otro frío. El albergue miraba al mar. Tomábamos vino, comíamos pizza y sopas de sobre con los brasileros, los italianos y la francesa. Leandro era de Porto Alegre y estaba en España estudiando un magíster. Alexa era de un pueblo de Francia y estudiaba portugués en Porto al tiempo que hacía clases de francés. Los italianos eran parte de una ONG preocupada, por cierto, de las minorías. Una noche salimos al Bar Luso, donde nos encontramos con unos portugueses que luchaban contra el imperialismo y a favor de las etnias. Cristóbal Colón y Vasco da Gama eran los primeros demonios. Yo, con mis trenzas de india, mi color pálido verdoso, era el símbolo de los indígenas que ellos querían imaginar. Tomamos cerveza, mucha cerveza, bailé con unas chicas porteñas que me besaban y abrazaban. A la una de la madrugada se desató una tormenta. El albergue cerraba pronto. Todos los negocios de Porto debían cerrar también. Salimos a la calle y paramos un taxi. Cabían casi todos los del albergue, menos Leandro y yo, pero no nos importó. Nos quedamos bajo la lluvia besándonos mientras el vehículo se alejaba. El portugués nos llevó a una fiesta de cumpleaños de unos amigos. Bailamos mucho más al ritmo de canciones brasileras. Fuimos el centro de atención esa noche. En la madrugada, cuando ya no llovía, pero el viento se lo llevaba todo, corrimos contra la corriente hacia el albergue. Nos caíamos en las pozas, nos abrazábamos, nos besábamos. Al llegar, traté de resistirme por un segundo a Leandro, pero hicimos el amor en un pasillo y luego en su dormitorio. Desde entonces no nos separamos, recorrimos el puerto, las ferias, el cementerio, los parques, las playas, el vino de las cavas que pasaba dulce de una boca a la otra, fuimos a dejar a los italianos a la estación de trenes, llegamos juntos a la boletería.
- No te vayas.
- Me tengo que ir ya.
- Quédate dos días más, por favor.
Y él se quedó. Dso días después tomamos juntos el tren rumbo a España.
- Qué triste te ves en esa foto- me dice un amigo viendo mi reflejo en la ventana del tren, efecto del todo inesperado- ¿Extrañabas tu casa?
- Si.
Sin embargo, la verdad es que acababa de dejar a Leandro en la estación de Vigo, primera combinación hacia las ciudades de España. Lloré mucho en la estación cuando estaba a punto de subirse en su vagón. Me abrazó fuerte pero no dijo nada. Lo vi alejarse irremediablemente. Después esperé dos horas mi tren, dos horribles horas, recién abandonada a mi soledad otra vez. Una vez arriba de mi tren sólo pude ver el paisaje sin ver nada.
Y uno aprende que siempre es así.
Digamos que el desapego fue la gran lección: el material y el afectivo. Y también la certeza de lo efímero que puede resultar todo. No significa esto que no guarde gran cariño por algunas personas, pero ese cariño no significa la prolongación de una amistad, en mi caso, aunque así he vivido las mejores experiencias con algunas personas. Tanto puedo amar como desaparecer al otro día, como Paula, la boliviana.
Oporto fue el escenario de uno de esos amores. Era la primavera europea cuando llegué al puerto. Viento y lluvia sobre el río y el océano. Otro color. Otro frío. El albergue miraba al mar. Tomábamos vino, comíamos pizza y sopas de sobre con los brasileros, los italianos y la francesa. Leandro era de Porto Alegre y estaba en España estudiando un magíster. Alexa era de un pueblo de Francia y estudiaba portugués en Porto al tiempo que hacía clases de francés. Los italianos eran parte de una ONG preocupada, por cierto, de las minorías. Una noche salimos al Bar Luso, donde nos encontramos con unos portugueses que luchaban contra el imperialismo y a favor de las etnias. Cristóbal Colón y Vasco da Gama eran los primeros demonios. Yo, con mis trenzas de india, mi color pálido verdoso, era el símbolo de los indígenas que ellos querían imaginar. Tomamos cerveza, mucha cerveza, bailé con unas chicas porteñas que me besaban y abrazaban. A la una de la madrugada se desató una tormenta. El albergue cerraba pronto. Todos los negocios de Porto debían cerrar también. Salimos a la calle y paramos un taxi. Cabían casi todos los del albergue, menos Leandro y yo, pero no nos importó. Nos quedamos bajo la lluvia besándonos mientras el vehículo se alejaba. El portugués nos llevó a una fiesta de cumpleaños de unos amigos. Bailamos mucho más al ritmo de canciones brasileras. Fuimos el centro de atención esa noche. En la madrugada, cuando ya no llovía, pero el viento se lo llevaba todo, corrimos contra la corriente hacia el albergue. Nos caíamos en las pozas, nos abrazábamos, nos besábamos. Al llegar, traté de resistirme por un segundo a Leandro, pero hicimos el amor en un pasillo y luego en su dormitorio. Desde entonces no nos separamos, recorrimos el puerto, las ferias, el cementerio, los parques, las playas, el vino de las cavas que pasaba dulce de una boca a la otra, fuimos a dejar a los italianos a la estación de trenes, llegamos juntos a la boletería.
- No te vayas.
- Me tengo que ir ya.
- Quédate dos días más, por favor.
Y él se quedó. Dso días después tomamos juntos el tren rumbo a España.
- Qué triste te ves en esa foto- me dice un amigo viendo mi reflejo en la ventana del tren, efecto del todo inesperado- ¿Extrañabas tu casa?
- Si.
Sin embargo, la verdad es que acababa de dejar a Leandro en la estación de Vigo, primera combinación hacia las ciudades de España. Lloré mucho en la estación cuando estaba a punto de subirse en su vagón. Me abrazó fuerte pero no dijo nada. Lo vi alejarse irremediablemente. Después esperé dos horas mi tren, dos horribles horas, recién abandonada a mi soledad otra vez. Una vez arriba de mi tren sólo pude ver el paisaje sin ver nada.
Y uno aprende que siempre es así.
Paula
Me la encontré por primera vez en el Valle de los Reyes. Adentro de la tumba de Ramsés sexto nos dijimos lo indipensable.
- Soy boliviana.
- Y yo chilena.
- ¿Cómo te llamas?
- Nanu ¿y tú?
- Paula. ¿A dónde vas?
- Hasta Assuán.
- Yo vengo de regreso. Ahora me voy al Cairo, a encontrarme con un novio egipcio.
- ¿No se te hace difícil?- le pregunté mirando a la niña de cuatro años que la acompañaba.
- A veces, sobre todo por mi hija.
El cuidador de la tumba no se cansaba de abanicarnos con un diario. A la salida nos pidió unos dólares de propina y Paula desapareció en otra tumba.
Algunas semanas después la vi caminando por una callecita de Santorini. Nos saludamos y nos fuimos juntas a una pensión.
- ¿Cómo te fue?
- Más o menos. Al novio egipcio se le ocurrió presentarme en su familia. Por supuesto me rechazaron en cuanto me vieron entrar con pantalones cortos, el pelo suelto y la niña. Lo bueno es que me alcanzó a regalar varias joyas antes de escapar del Cairo.
Extendió sobre la cama varios collares, pulseras y aros de oro macizo.
- ¿Quieres ir a comer?- me invitó.
Nos fuimos a un restorán en lo alto de la isla, que miraba hacía el océano. Pedí carne a la pimienta con papas fritas y ensalada. Ella también y un vino tinto.
- ¿Y ahora?
- Me voy unos días a Atenas.
- Yo también, pero primero pasaré a Syros. Tal vez nos encontremos en Atenas después ¿tú crees?
- No sé. Nunca sé qué rumbo voy a tomar.
Paula viajaba hace dos años con su hija por diferentes países que no respondían a ninguna preferencia en particular. Trabajaba en cualquier cosa y se buscaba novios en cada lugar que la ayudaran económicamente.
- ¿Por qué viajas así?
- Me escapé de Bolivia.
- ¿Por qué?
- Odiaba al padre de mi hija.
No la entendí entonces.
- Parece más difícil de lo que es ¿sabes? Nunca logran encontrarme. A veces, muy rara vez, le mando cartas a mi madre, justo el día en que parto del lugar de manera que, cuando llegan a Bolivia, yo ya estoy lejos de la ciudad de donde la envié. Tampoco es difícil encontrar novios, a todos les gustan las sudamericanas y mientras más indias mejor. De todas formas, de todos los hombres con los que me he acostado desde que partí, ninguno se le iguala a los latinoamericanos, tan calientes, ni menos al padre de mi hija.
- Y ¿entonces?
- Estoy buscando a un hombre de verdad ¿entiendes? Mientras lo encuentro seguiré viajando.
Al día siguiente bajamos juntas al muelle. Paula y su hija abordaron un barco para Atenas y yo una lancha para Syros. Las vi marcharse primero y desde la cubierta me saludaban felices. Yo, en cambio, sentía tristeza.
Una semana después todavía estaban en el albergue de Atenas. Había formado un grupo con una venezolana, una uruguaya y una argentina alrededor de un marino griego que les mostraba su hijo recién nacido en Japón. El marino aseguraba que no había mezcla más hermosa que la de un griego con una japonesa. Miramos atentas las fotografías del parto de la chica en su departamento: el bebé, aún recién nacido, era precioso.
Paula había conocido a unas españolas que administraban la tienda Zara en esta ciudad y que en la noche nos habían invitado a bailar en el puerto. A cierta hora nos encontramos con las chicas hispanas, como recién salidas de una película de Almodóvar, narigonas, de gestos ostentonsos y muy arregladas. Bailamos mucho una mala música, pero no importaba. La belleza de las chicas griegas, casi desnudas, contrastaba con la amargura de las mayores que se encontraban en las calles y en los locales de Atenas, todas de negro.
Al otro día no encontré a Paula en el albergue. Desde entonces han pasado más de siete años.
- Soy boliviana.
- Y yo chilena.
- ¿Cómo te llamas?
- Nanu ¿y tú?
- Paula. ¿A dónde vas?
- Hasta Assuán.
- Yo vengo de regreso. Ahora me voy al Cairo, a encontrarme con un novio egipcio.
- ¿No se te hace difícil?- le pregunté mirando a la niña de cuatro años que la acompañaba.
- A veces, sobre todo por mi hija.
El cuidador de la tumba no se cansaba de abanicarnos con un diario. A la salida nos pidió unos dólares de propina y Paula desapareció en otra tumba.
Algunas semanas después la vi caminando por una callecita de Santorini. Nos saludamos y nos fuimos juntas a una pensión.
- ¿Cómo te fue?
- Más o menos. Al novio egipcio se le ocurrió presentarme en su familia. Por supuesto me rechazaron en cuanto me vieron entrar con pantalones cortos, el pelo suelto y la niña. Lo bueno es que me alcanzó a regalar varias joyas antes de escapar del Cairo.
Extendió sobre la cama varios collares, pulseras y aros de oro macizo.
- ¿Quieres ir a comer?- me invitó.
Nos fuimos a un restorán en lo alto de la isla, que miraba hacía el océano. Pedí carne a la pimienta con papas fritas y ensalada. Ella también y un vino tinto.
- ¿Y ahora?
- Me voy unos días a Atenas.
- Yo también, pero primero pasaré a Syros. Tal vez nos encontremos en Atenas después ¿tú crees?
- No sé. Nunca sé qué rumbo voy a tomar.
Paula viajaba hace dos años con su hija por diferentes países que no respondían a ninguna preferencia en particular. Trabajaba en cualquier cosa y se buscaba novios en cada lugar que la ayudaran económicamente.
- ¿Por qué viajas así?
- Me escapé de Bolivia.
- ¿Por qué?
- Odiaba al padre de mi hija.
No la entendí entonces.
- Parece más difícil de lo que es ¿sabes? Nunca logran encontrarme. A veces, muy rara vez, le mando cartas a mi madre, justo el día en que parto del lugar de manera que, cuando llegan a Bolivia, yo ya estoy lejos de la ciudad de donde la envié. Tampoco es difícil encontrar novios, a todos les gustan las sudamericanas y mientras más indias mejor. De todas formas, de todos los hombres con los que me he acostado desde que partí, ninguno se le iguala a los latinoamericanos, tan calientes, ni menos al padre de mi hija.
- Y ¿entonces?
- Estoy buscando a un hombre de verdad ¿entiendes? Mientras lo encuentro seguiré viajando.
Al día siguiente bajamos juntas al muelle. Paula y su hija abordaron un barco para Atenas y yo una lancha para Syros. Las vi marcharse primero y desde la cubierta me saludaban felices. Yo, en cambio, sentía tristeza.
Una semana después todavía estaban en el albergue de Atenas. Había formado un grupo con una venezolana, una uruguaya y una argentina alrededor de un marino griego que les mostraba su hijo recién nacido en Japón. El marino aseguraba que no había mezcla más hermosa que la de un griego con una japonesa. Miramos atentas las fotografías del parto de la chica en su departamento: el bebé, aún recién nacido, era precioso.
Paula había conocido a unas españolas que administraban la tienda Zara en esta ciudad y que en la noche nos habían invitado a bailar en el puerto. A cierta hora nos encontramos con las chicas hispanas, como recién salidas de una película de Almodóvar, narigonas, de gestos ostentonsos y muy arregladas. Bailamos mucho una mala música, pero no importaba. La belleza de las chicas griegas, casi desnudas, contrastaba con la amargura de las mayores que se encontraban en las calles y en los locales de Atenas, todas de negro.
Al otro día no encontré a Paula en el albergue. Desde entonces han pasado más de siete años.
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