21 septiembre 2005

Memorias de la educación sexual: "Las Misses"

Al morir mi padre, ante la vulnerabilidad de mi madre, transité por una serie de colegios hasta que llegué a uno privado de unas hermanas inglesas: Dacia, Marjorie y Connie. Miss Dacia era la directora, miss Marjorie era la profesora de inglés y miss Connie era la profesora básica que me recibió comprensiva y cariñosamente a los siete años. Ella se preocupó de que los otros niños me integraran al grupo que ya venía unido desde el prekinder. Recuerdo que la sala era grande, de amplios ventanales que daban a un patio por entonces extenso en la precordillera de Santiago y que daba la sensación de estar en medio del campo, pues al salir aún se podían ver en las parcelas adyacentes vacas pastando y mujeres cosechando moras. El colegio de a poco se fue atiborrando de edificios, el barrio de nuevas casas y calles y nosotros creciendo imperceptiblemente. A lo largo de esos años, miss Connie siempre me quiso especialmente, tal vez viendo cómo sus criaturitas se iban trasformando en niños y niñas, en hombrecitos y mujercitas porque ya estábamos al borde de la pubertad, en algunos despertando ciertas sensibilidades antes que en otros. Y de pronto mis compañeros comenzaron a interesarse más en hacer agujeros en los camarines que en la clase de gimnasia. Yo que siempre dibujé, que siempre fui lenta hasta en mi desarrollo hormonal no me di cuenta de este cambio y accedía feliz a dibujar a mis compañeras desnudas en el camarín para después cambiar las láminas de tal o cual por colaciones más apetitosas que las mías. Y también sin apercibirme de ello, comencé a recibir los más insólitos agarrones en el trasero que respondía, a mi acostumbrada manera, con puñetazos y patadas. A pesar de ello, mis compañeros, y hasta algunos del curso paralelo, no escarmentaban y más bien aumentaban sus toqueteos hasta que un día tomé a uno de ellos por los cabellos, lo giré como trompo y luego lo lancé por un desnivel de terreno. El chico quedó bastante mal y su madre fue a reclamar a la dirección. Una vez más de todos esos años, míster Calderón, que no sé bien qué función cumplía, me llamó a su oficina en el edificio principal.

- Pero, Niñita- y era el único que me trataba con ese diminutivo- ¿por qué le pega a sus compañeros?
- Porque me agarran el culo, míster.
- Ay, Niñita, pero una señorita como usted no puede comportarse así. Usted lo que debiera hacer es informar a algún profesor o inspector del colegio para que castigue a esos chicos.

De manera que decidí tomar los consejos de míster Calderón y esperar la próxima ocasión en que algunos de mis amigos osara tocarme el trasero otra vez. Por supuesto la ocasión no tardó en llegar. Ocurrió en la clase de inglés. Me levanté de mi puesto a sacar punta al lápiz en el otro extremo de la sala donde estaba el basurero y al pasar por el pasillo, uno de mis compañeros, uno que nunca que me había tocado, mete la mano por debajo del júmper y me pellizca una nalga. Me giro y lo miro. Él me devuelve una mirada entre asustada y desafiante, a ver si me atrevía a pegarle en la clase de miss Marjorie, que era temible de verdad. Sin embargo, vuelvo a girar, camino y me detengo al lado de la profesora frente a toda la clase.

- Miss, Bruno me acaba de agarrar el culo.
- ...

Silencio total en la sala. Miss Marjorie detiene en seco la tiza en el pizarrón.

- ¿Y más encima me lo viene a contar?
- Pero, es que yo…- no entendía nada.
- Lo que sucede es que a usted le gusta que la vayan toqueteando por ahí- sentenció.

En medio del silencio, miré a una compañera y nos sonreímos al pensar “¡Esta vieja está loca!”

- ¡Ajá! Y encima se ríe ¿tanto le gusta? ¡Tan chica y pensando en acostarse con hombres! ¡A inspectoría general!- apuntó la puerta de salida, en una condena que significaba suspensión por varios días, seguro.

El silencio era sepulcral. Yo no entendía nada. Nadie entendía nada. Bruno me miraba como diciéndome que él nunca había querido provocarme este problema. Miss Marjorie me agarró de las patillas y me arrastró hasta la oficina de la inspectora general, a quien le dijo algunas palabras. Me senté frente a miss Juana en medio de una oficina desordenada. En un rincón se acumulaba un cerro de ropas perdidas. En otra esquina, una sección destinada a los objetos requisados. Más allá una serie de cajoneras rebosantes de papeles. Miss Juana había comenzado a charlar conmigo y entre frases como “pues, sí, la sexualidad es así” yo miraba el cerro de ropa a ver si encontraba mi zapatilla antes de que mi madre se diera cuenta de que la había perdido, “en cierta ocasión mi marido me engañó con otra mujer, es decir, tuvo relaciones sexuales con otra mujer, pero yo lo perdoné por…”, esa polera de allá parecía ser la que Lorena había dejado en el club deportivo, “y es que una relación sexual debe ir unida de un sentimiento de amor”, y esa bufanda debía ser la de Claudia porque tenía un monito de Hello Kittie pegado en un extremo, “estos sentimientos y sensaciones son normales al crecer, los niños desean tocar a las niñas, pero…”, ay, por favor, que apareciera mi zapatilla y ¿ese sweater?, “¿Entendiste, mi amor?”. Miré a miss Juana.

- Sí, miss Juana.
- Ya te puedes ir.
- ¿No me va a castigar?
- ¡Pero, linda, vaya no más!

En la sala me esperaban mis compañeros expectantes.

- ¿Cuántos días te suspendieron?
- No me suspendieron- sorpresa general.
- ¿Entonces que te dijo la miss Juana?
- No, nada, me dejó sentada allí un rato- no me atrevía a contar la historia del marido, parecía demasiado confidencial. Entre tanto, mis compañeros parecían muy desilusionados.
- ¡Ah! Juan Pablo,- dije- estaba tu sweater en la inspectoría y también vi el yo-yo de Felipe.

A pesar de todo, los toqueteos seguidos de puñetazos, patadas y volcamientos en el suelo continuaron. Un día me di cuenta de que miss Connie ya no me miraba como antes, sino con cierto desprecio y que, además, miss Marjorie no dejaba de acusarme de comportamientos inapropiados, a su manera claro, como en cierta ocasión en que estaba conversando con un compañero en clases, cállese, me dice, y junte las piernas, ah, pero claro, si a la señorita le gusta abrir bien las piernas, ya sabemos para qué, y me imagino que la mayoría de nosotros no sabíamos para qué querría tener siempre las piernas bien abiertas. Y sin siquiera darme cuenta fui adquiriendo una fama entre los profesores que estaba demasiado lejos de lo que yo era por entonces, hasta que para un ensayo general de navidad cantando no sé qué canción, muy callada riéndome con un amigo que cantaba aún peor que yo, de pronto, miss Dacia detiene el ensayo en que participaban todos los cursos y con cierto tono que recuerdo al borde de la histeria, grita:

- Miss P., usted está hecha toda una vampiresa ¡Váyase de aquí!

No supe qué pensar porque la palabra vampiresa nunca había figurado en mi vocabulario, a lo sumo pensaba que era la hembra del murciélago y que miss Dacia me tomaba por sorpresa con un término que debía conocer. Recién al llegar a casa y ver lo enfurecida que se puso mi madre con la historia, comprendí que debía tomarlo como un insulto, pero todavía sin saber qué suerte de insulto.

Afortunadamente para las misses y para mí, llegó la recesión económica en medio de la dictadura y, puesto que mi abuela ya no pudo pagar más el colegio privado, me cambié al liceo de niñas.

20 septiembre 2005

El café está bueno, María, aunque sea nescafé

El café tiene olor a calle fría, a soledad transeúnte, a ausencia de destino.
De pronto, parece que todos parten hacia otro lugar, se van, no sé a donde, ya se me confunden los nombres de ciudades, los países, las universidades, los motivos y esta urbe se trasforma en el gran albergue transitorio.

Los días frí0s de invierno, la nieve cubriendo el parque, cámara en mano helada, dedos irresolutos, el único cobijo era una cafetería, aunque todos los cafés eran descafeinados en esa ciudad, todas las cremas descremadas, sabor a nada, le decía a Matt, el baterista y Matt preparaba mokka, irlandés, chocolate, cubano, pero ninguno tenía sabor a café ni a crema.

En el albergue estábamos todos solos, pero todos nos acompañábamos, en un día se entrelazaban amistades profundas, en una semana se sentía inseparable del otro, justo cuando uno tenía que partir, verlo bajar con las mochilas por el metro o alejarse en el taxi. La tristeza nos invadía, el peso de que cada uno de nosotros un día partiría en la misma soledad, dejando aún más desvalidos a los que se quedaban en el albergue.

Entonces, un café en la librería, aunque fuera descafeinado.

No existía la posibilidad de decir no te vayas, tal como ahora, que todos parten hacia otro lugar.

Está bueno el café, María, incluso mejor que entonces.

18 septiembre 2005

Certeza fatal

Algunas noches, pues siempre ocurre cuando la luz se ha desvanecido, me asalta la certeza de la muerte. Es difícil trasmitirlo. En aquellas ocasiones me hago conciente de mi mortalidad, del deterioro del cuerpo, del paso del tiempo, de la nimiedad de la (mi) existencia.

Suelo levantarme, pasear, ver mis trabajos, empezar uno nuevo, para disipar la angustia que me persigue como una rata asustada por los rincones de mi casa.

Sueño.

Una habitación clara, una gran cama al centro, al costado una silla contra la ventana enorme, fresca, ventosa y sentado en la silla, él. Me parece que intento algún tipo de reconciliación o de entedimiento, pero él mantiene la distancia, repitiendo, como siempre, siento un gran afecto por ti, que se golpea como un martilleo en mi mente, como una cefalea, siento un gran afecto por ti, siento un gran afecto por ti, palabras que van tejiendo un alambre de púas a su alrededor... una rata enorme, horrible, mojada, surge por entre las tablas. Está desesperada, corre, choca contra los muros, los muebles. Yo le grito que abra la puerta. Él se ríe de mí. Por favor, que abra la puerta para que el animal encuentre una salida. Él sigue riendo. La rata trepa por las sábanas y sube por mi cuerpo enterrando sus garras filosas en mi carne. Me duele. Le pido que me la saque, pero él no deja de reir como si presenciara el teatro más absurdo. La rata llega a mi nuca, se mete bajo el pelo, hunde los colmillos en mis venas.

La misma rata me persigue ciertas noches con la certeza de la muerte. No sé qué hacer, si es que tengo que hacer algo, de pronto se me desvanecen todos los sentidos que me he inventado y me pregunto cómo irá a ser ese momento, pero sobre todo para qué... para qué todo.

Sueño.

La casa de mi abuela, de mi infancia, por primera vez no está en mis sueños, sino que se levanta el edificio que en realidad ahora tapa ese suelo que fue nuestro. Lloro un momento, camino por la calle Suecia hacia la avenida Irarrázaval y, como nunca antes, me siento perdida. Me parece simple tomar una micro que me lleve por la Alameda. Me equivoco, se interna en barrios desconocidos y oscuros y, cuando creo reconocer una plaza, me bajo. ¿Cómo pude confundir la plaza? Camino entre las casas, me meto por calles sin salida, paso por el lado de dos hombres que me fuman apoyados en un poste, los miro bien, son exactamente iguales. Más allá, dos chicas deciden ayudarme y una de ellas se ofrece a salir conmigo hacia la avenida principal. Me siento más segura con ella, vamos de la mano. De pronto vemos que una chica que se está drogando nos observa e, inmediatamente, corre hacia nosotras con un cuchillo. Luchamos y yo sólo pienso que no quiero morir, pero antes de terminar siento que, por la espalda, me penetra el cuchillo y comienzo a desvanecerme hasta caer al suelo herida. No puedo ver que fue de la niña que me acompañaba y pido que, por favor, llegue una ambulancia, antes de que ya no resista más el desangramiento. La chica drogadicta se va con mi mochila, mi abrigo, indiferente, la veo alejarse en medio de la bruma de mis ojos.

Olvidar

Y yo que pensé que lo peor había pasado.
Los abusos sexuales.
La violación de niña.
La muerte del padre.
El alcoholismo de la madre.
Había pasado, pero no era lo peor.

Algún día, olvidar.
Entonces no quedará nada.
Nada.
La memoria fundida en el recuerdo de un dolor que ya no se siente.

Aquellos son dolores que ya no se sienten.

Y, sin embargo, lo peor estaba por venir.
Vino justo cuando parece que aparece la madurez.
Pero es locura.
Locura.

Ella es el hilito de plata.
La cadena de carne que no permite el olvido.
El recuerdo que también puede ser peor.
Ella no permite el asesinato.

Tal vez tenga que esperar veinte años para poder empezar a olvidar.
O para poder matar.
Pero, veinte años no es nada.

Antes de eso, estaré en el borde de la tumba.

16 septiembre 2005

Nada extraordinario

En un sobre pongo el dinero para la autorización de viaje que tiene que firmar, el carné de María Paz y las fechas probables de ida y regreso. Luego de enlatarnos en el metro con los chicos, la dejo en casa de sus abuelos y a Fernando en el colegio. Sigo caminando rumbo a la oficina de la editorial.

Es jueves. En la oficina, nada especial, salvo que me dedico el día entero a escribir un guión y dibujar un cómic para un proyecto específico, entre llamada y llamada. Al salir, lo llamo para que vaya a dejar a María Paz a casa.

Llego y ya está allí, esperando. Me devuelve el sobre con el permiso.

- Te saqué mil pesos del vuelto para el metro.
- ¿...?
- El pasaje de ida y vuelta por venir a dejar a la Agustina.
- ...
- ...
- ¿Así que ahora cada vez que veas a tu hija voy a tener que pagarte la locomoción?
- Es que no tengo plata.

Más tarde, a la una y media de la madrugada estaba esperando micro en Providencia después del cumpleaños de mi amiga y socia. No quise tomar un taxi, a pesar de que la línea que me sirve nunca pasó. Una mujer me conversaba de su vida, que trabajaba vendiendo dulces afuera del canal nacional y que este día había sido particularmente bueno porque no le quedaba nada (¿no era la declaración de la Larraín en el Rojo?). Ahora se iba a su casa a planchar el traje de huaso del hijo mayor (que luego cosería para el menor), que a las siete tenía que estar en la distribuidora de dulces y antes de las ocho se instalaba otra vez afuera del canal. Me sentí miserable.

Se fue. Segui esperando, pero no sé qué, porque ya las micros casi no pasaban. Tal vez a que suceda algo extraordinario... No me decidía a tomar un taxi ni a caminar. De pronto, un automóvil se detiene.

- ¿No te da miedo subirte al auto de un desconocido?
- No.
- ¿No piensas que te pueda suceder algo?
- Sí, pero puede ser en cualquier lugar

Pienso que ya no tengo miedo, me miro al espejo, soy una mujer de treinta y tantos, con dignas arrugas, ya soy más una señora que un objeto sexual. Tampoco tengo nada que me roben.

- ¿Por qué no me das tu mail?
- No.
- ¿No quieres que sigamos en contacto?
- No.
- ¡Qué rara eres!

Me bajo en el Museo de Bellas Artes. El trayecto fue corto y el interrogatorio del tipo, largo. Camino a casa por Catedral. Dos cabros hippientos se me acercan, avanzamos un par de cuadras cuando me dicen que van al Túnel.

- Pues ya se pasaron.

Sigo.

La Plaza de Armas está iluminada y habitada. Me siento un momento a mirar la Catedral, que a esta hora no se refleja en el edificio del vidrio, en esa imagen tan recurrente de las fotografías. Están armando unos puestos y un escenario.

No hay ningún fotógrafo, pienso.

Reanudo la marcha. Un hombre, mal vestido, de un aspecto un poco amenazante, comienza a seguirme. Va detrás mío, muy cerca, lo siento respirar. Me sumerjo en mis pensamientos mientras, a lo largo de una cuadra, lo llevo casi al lado sin saber que pretende. Adelanta un paso y se pone a mi costado, me observa por segundos y cruza la calle. Del frente me grita si tengo hora.

- No.

Ya llegué a Santa Ana.

En mi casa, por fin veo a los niños. Es lo que quería. Es lo único que quería: volver para verlos. Y allí están.

Hago la última llamada teléfonica y me duermo.

14 septiembre 2005

Memorias de la educación sexual: "Floripe"

Uno no podría creer la educación liberal que las mujeres solas pueden entregar a su progenie femenina, incluso cuando por allí anda circulando una tía que cada día te hace rezar el rosario, te explica las virtudes de María y te lleva a todas las misas necesarias, que no siempre son los domingos, por lo que recuerdo. Mi tía Albina era católica observante y demócrata cristiana. Mi tía Adriana no solo era católica observante, sino que además pertenecía a un grupo de mujeres que se autodenominaban “Legión de María”. Mi abuela se decía católica, pero detestaba a los curas y las monjas porque decía “quizás qué cochinadas hicieron cuando se tomaron la Catedral”. En aquella época yo me imaginaba que las tales “cochinadas” era que, si se habían tomado la iglesia, no podían salir de ella y, por lo tanto, andaban cagando y meando a los pies de los santos; aunque ahora sé que no se refería a eso, siempre se me ha quedado esa imagen. Mi madre también se decía católica, aunque no iba a misa, ni se confesaba, detestaba a curas y monjas, pero quizás por una cosa jerárquica, tan propia de nuestra idiosincrasia, no se podía hablar mal del Papa delante de ella. Mi tía Albina, Adriana, Matilde, Victoria, mi abuela y mi madre, viudas, divorciadas (en rigor, anuladas según la ley de entonces) y solteras (aunque no fanáticas, dirían ellas mismas). De manera que me crié en un ambiente profuso en mujeres solas que, a diferencia de lo que se podría pensar, tenían una visión muy liberal del sexo ¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Quién sino ellas sabían lo necesario que era tener un hombre al lado?

De todas ellas, mi abuela era la más hipócrita. Y mi tía Albina también. Mi abuela, en épocas que no se usaba como hoy, tuvo dos hijos sin casarse, uno se murió a los pocos meses de nacido y la otra, mi madre, sobrevivió a pesar de que mi abuela no le diera de mamar durante casi todo el primer mes porque lloraba mucho (¿cómo no iba a llorar la pobre criatura?). Después le contrató una nodriza y ella siguió trabajando sin preocuparse más. El detalle es que mi abuela había concebido a esta cría con su tío, hermano de su padre, y sólo se casó con él cuando se enamoró de Rubén, quien quiso poner todo en orden ante la ley civil y divina antes de vivir con ella, para que mi madre quedara protegida. Y mi tía Albina, dicen que de jovencita se había enamorado del chofer de su padre, el mismo de mi madre, que había quedado embarazada, que había abortado y que por eso después nunca pudo tener hijos con su esposo. Mi tía Matilde se había enamorado de un hombre de familia acaudalada de la zona que, poco antes de la fecha de su matrimonio, tuvo un accidente en un río, donde murió ahogado. Mi tía Matilde, sin consuelo, abandonó sus estudios de leyes, se fue a vivir sola a un pueblito y comenzó a trabajar en el registro civil, actividad que le permitió obtener un bebé en un hospital e inscribirlo como suyo sin problemas. Mi tía Victoria tenía relaciones con un hombre casado, quedó embarazada y poco antes de que naciera el niño, el hombre murió de un infarto en una casa de prostitutas. Sin embargo, entre ellas faltaba mi tía Floripe, preciosa cuentan, colorina, muy blanca y de ojos profundamente negros. Dicen que poco tiempo después de su primera menstruación, mi abuela, la enésima mujer de mi abuelo, notó algo fuera de lo común en ella y se lo comunicó a su conviviente, pero él no la escuchó (¡qué extraño! ¿no?). Este comportamiento fuera de lo común se fue manifestando con mayor fuerza con el paso del tiempo y no consistía en otra cosa que la hermosa muchacha asomándose por el balcón de su casa en la plaza principal de Santa Cruz mostrando sus desnudos senos, blancos con su aureola tan rosada como sus cabellos, a todos los hombres que por allí transitaban. Tenía un afán, muy familiar por lo demás, de adorar los cuerpos masculinos sobre ella, le gustaba pasearse desnuda por los campos, gritar que amaba a los hombres y dejarse acariciar por todo aquel que ella deseara. En aquella época prefirieron pensar que estaba loca y mi abuelo, sin escuchar más consejos que sus propias limitaciones, la mandó a una clínica siquiátrica en Santiago donde, a falta de otros recursos, le practicaron terapias de golpes eléctricos. La muchacha volvió, por supuesto, peor que antes y como siguiera buscando hombres para calmar el blanco ardor de su deseo, el patriarca decidió encerrarla en su dormitorio, tapiar todas las ventanas que daban al exterior. Sólo se le permitía comer en la mesa familiar, pero la chica escupía el plato de su padre, le agarraba el pedazo de carne asada para lanzárselo al gato que por allí circulaba, le quebraba la copa de vino en su narices y no dejaba de hablar sobre sus deseos insatisfechos de una manera que escandalizaba hasta a sus propias hermanas. Pronto ni siquiera la dejaban salir a comer y se corrió la voz de que se trataba de una loca agresiva y peligrosa. Mi mamá, que por entonces era pequeñita, entraba a escondidas a su dormitorio y, a veces, dormía con ella. Floripe se dejaba peinar sus largos, crespos y rojos cabellos sólo por ella y hasta consentía vestirse para lucir sus trajes. Las versiones sobre su muerte son confusas y ya no podremos saberlo porque todas mis tías han muerto, si es que hubiesen querido contar la verdad. Sólo sabemos que aún era bastante joven.

Al pensar en la historia de mi tía Floripe no puedo dejar de pensar en la historia calenturienta de todas las mujeres de la familia y, claro, en la mía propia. ¿Qué me hubiera pasado en aquella época, bajo el dominio de mi abuelo, cuando me subí desnuda al mástil de un barco hundido en la bahía de Cocholgüe? Una escena que puede resultar hermosa para unos, otros heridos por sus propias represiones prefieren llamar locura. Sí, porque yo no me puedo imaginar nada más hermoso que el cuerpo de Floripe desnudo por los campos de Santa Cruz gritando a todos los vientos que desea hacer el amor o yo misma, a los veintitrés años, en medio del mar, nadando desnuda hasta llegar a ese mástil que se erigía ya saben como qué, para montar hasta la cima y desde allí, gritar a quien quisiera escuchar que deseaba hacer el amor con Reinaldo (y Reinaldo no quiso escuchar) mientras treinta alumnos de mi curso de la Universidad y los pescadores de la caleta observaban estupefactos, por diferentes razones, esta escena.

¿Se puede imaginar algo más hermoso?

Nombrar María Paz

Adolescente.

En el barrio, vivía una chica argentina. La adoraba, era su sueño dormido y despierto, la buscaba, la contemplaba, le escribía poemas, le dedicaba novelitas donde aparecen sus tempranas inquitudes por la filosofía. Y todos sabían de este amor. Aún lo recuerdan sus compañeros de colegio, sus padres, sus amigos de aquella época.

La niña se llamaba Agustina.

Ahora, ya tiene unos marcados surcos en su frente, en los ojos y alrededor de la boca.

Al nacer dijo que la llamaría así.

Apenas sugerí un "María" y un "Paz", pero estaba demasiado cansada para discutir el nombre, tenía demasiado miedo de perderlo como para insistir, estaba demasiado ciega de amor como para no darle esa felicidad, demasiado convencida de que yo era la victimaria como para reclamar nada; en una palabra, estaba convertida en un estúpida.

Y mi niña fue inscrita como Agustina, sin más, omitió cualquiera de los nombres que yo también quería.

Y tenemos más arrugas después de dos años.

Un día desperté lúcida y le cambié el nombre. Juntas nos metimos en la tina con sales, apenas la luz de una vela, la abracé en el agua y la llamé "María Paz", los dos nombres que su padre omitió en el registro civil.

Me siento mejor. Lo sigo odiando, sin poder hacer nada, pero al menos el nombre de mi hija no me lo recuerda a "él", sus amores del pasado, vivos o muertos.

Días de oficina

Hoy tocaba la columna sobre la memoria de la educación sexual, pero estoy en una oficina haciendo de secretaria. Anoche, cuando cenaba con unos amigos, me llamaron de la editorial para pedirme este favor en tiempo de crisis, cuando un número considerable de trabajadores está con permiso.

Y extraño el bullicio de mis hijos (¿te acuerdas, Daniel, que odiabas esa palabra... "bulla"?)

Y me cuesta tanto llamar para confirmar la asistencia a un evento (nunca he sido buena para hablar...).

Y tengo hambre.

Y ya no tengo libido.

- ¿Qué pasó?

- Nada.

- ¿Qué cambió?

- Nada.

- ¿Ya no lo repetiremos?


Es que tengo demasiado odio para hacer el amor.

O quizás, en el fondo, por un imperativo biológico asociado al sexo femenino, sólo quería hacer el amor con "él". Quizás hacerlo con otros, anónimos, era una forma de vengarme. Ahora ni eso tiene sentido. Nada.

Alguien pide tono de fax... la máquina me complica mi primer día de oficina.

12 septiembre 2005

Escribir

Mientras decido en qué dirección tomar el rumbo, tal vez deba escribir en complicado... en ocasiones parece que mientras menos claro eres, mientras más alargas la frases en tortuosas oraciones intercaladas, engolosinándote en descripciones cinematográficas tan similares y detalladas como Madame Bovary, disfrazando la primera persona en una ajena tercera, todo va mejor en el circuito.

- ¿El circuito eléctrico?

- Ese mismo, ése que no funciona si no es con cobre.

- Pelo de cobre, me decían allá en Chuqui...

- ¿Por lo colorín?

- No, por lo eléctrico, era como una pirinola de verbos y adjetivos haciendo cortacircuito... Por eso dejé de escribir.

- Tal vez haya sido la mejor decisión... Yo, en cambio, no escuché las mal habidas sugerencias de mis compañeros de taller en la universidad... Quizás era el momento de retirarse, aquel día que salí cabizabaja, con el texto arrugado entre mis manos, que fue a parar al basurero...

- Quizás...

11 septiembre 2005

Ardor

No sé los rumbos que corren.
El odio, por un lado, y la paz en los hogares ajenos (y de paso me pregunto si en los hogares que arden puede haber paz).
Si soy sincera, a veces cuando veo tanto amor, tanto equilibrio, tanto acuerdo, tantos pasos firmes sobre la cuerda floja, me pongo de muy mal humor:
no sé si es envidia
o es rabia
o es impotencia.
o quizás tenga la anticuada idea de que sólo el tormento de un alma insegura tiene algo que decir sobre la humanidad.
Entonces no entendía el odio de Sara y ahora que lo conozco en carne propia lo comprendo, pero sobre todo sé que lo peor de todo es aprender a convivir con él, que no existe la venganza, o que la venganza no acaba con él, o que no hay manera de eliminarlo, apenas la posibilidad de controlarlo y dejarlo, como ella, anudado en las entrañas hasta que la muerte nos libere.

10 septiembre 2005

Tiempo en negativo: el encuentro

Sara odió a Guzmán, con un rencor anudado en sus entrañas, hasta el día de su muerte, poco después de cumplir los noventa y seis años. Era un odio que uno no podía comprender.

Sara había llegado del campo a los catorce años, cuando su madre analfabeta , que bordeaba apenas los cuarenta, falleció . Hasta entonces, cada día después de cruzar el río y los pastizales de regreso a casa, le había rogado que la dejara seguir estudiando, porque la educación de las chicas en aquella época y por aquellos lugares, se terminaba en la primaria. Así pues, en su lecho de muerte, le pidió a sus hijos varones que se encargaran de los estudios de la menor.

No bien enterraron a la mujer, los hermanos la mandaron a la capital a la casa de un tío, hermano del padre, que por entonces ya concretaba un tercer matrimonio con una mujer, como siempre, más joven. Habitaba en el barrio República y su nombre era Luis Guzmán. Era la primera vez que sobrina y tío se veían.

(continuará...)

Tiempo en negativo: el Guzmán

08 septiembre 2005

07 septiembre 2005

Memorias de la educación sexual: "Deporte"

En la casa de mi abuela se juntaba mi madre con mis entrenadoras a beber, comer y conversar. Yo me sentaba detrás de las puertas a escuchar hasta que me quedaba dormida a alguna hora de la madrugada. Mi abuela era de una generación de mujeres pioneras que decidieron estudiar y ser profesionales universitarias por una cuestión de vocación personal en una época en que todavía no se hacía la diferencia entre las dueñas de casa y las otras mujeres. Mi madre era de una generación que se liberó sexualmente con la píldora anticonceptiva, pero que era dueña de casa sin culpa, ni vergüenza, ni ideología, de esas a las que incluso les habían enseñado que ser una “buena ama de casa” era un virtud, sobre todo para la economía doméstica: era lo que se era y se trabajaba fuera del hogar como una forma de liberación de tareas que les resultaban tediosas. Mis entrenadoras eran de una generación que había luchado ideológicamente por la igualdad de la mujer frente a los derechos de los hombres y que, de alguna manera, todavía estaban luchando. La dueña de casa era un ya un concepto transitivo. Y yo sería de una generación en que el concepto “dueña de casa” sería una ofensa, una suerte de reducción de la mujer a labores estúpidas que ella no merecería. A veces, entre ellas, había generaciones intermedias, como estudiantes universitarias que, por alguna razón, disfrutaban estas eternas veladas de toque de queda con vino de la bodega de mi abuela y lo que hubiese de comer. Yo tenía unos once años y el deporte era importante para mi porque era agresiva y ésta era la única forma de controlar mi agresividad, había dicho un psicólogo, cuando la psicología empezaba a ser importante.

- Yo- dijo Eugenia, una de mis entrenadoras, campeona panamericana, tercera en unos Juegos Olímpicos- quisiera tener un hombre por cada día.

“¡Un hombre por cada día!”, pensé detrás de la puerta.

- ¿No te bastaría con la mitad?- preguntó Maritza, mi entrenadora favorita, que me adoraba, campeona sudamericana.
- ¡Claro que no!- contestó una invitada, seleccionada universitaria.
- ¡Claro que no!- reafirmó Eugenia- Uno diferente cada día, y que al llegar la noche te haga el amor el que uno elija.
- Más de uno- acotó la universitaria- ya sabes, los hombres tienen sexo y después se duermen. Yo haría, cada día, una selección de cinco hombres de los 365, para que me hicieran el amor uno tras otro. Así si se duermen, no importa.
- Y que hubiese varios negros- agregó Eugenia.
- ¡Sí, claro!- contestaron varias al unísono.

“¿Y por qué varios negros?”, pensé detrás de la puerta.

- Y que todos esos hombres la mantengan a una- agregó mi madre para quien el verbo “mantener” tampoco era un insulto como lo sería para mí más tarde.
- ¡Eso!- gritaron todas- Que nos hagan muchos regalos…
- ¡Váyanse a conversar cochinadas a otra parte!- pasó mi abuela con su olla oliendo a pescado rancio.


Está claro que a esa edad mis entrenadoras eran mi modelo y si ése era su deseo yo debería intentarlo. En este instante debo reconocer que, a pesar de los esfuerzos que he puesto en ello, no he logrado superar los tres hombres por día, lo que algunos tienden a llamar promiscuidad, con un dejo de juicio valórico negativo, sin saber que si una mujer necesita tres o cinco hombres al día es porque ellos no son capaces de satisfacer todas las necesidades de una mujer ni siquiera en un solo día de sus vidas. Claro está que menos aún he logrado hacer el amor con 365 hombres (ni uno negro) en un año, menos aún que esos 365 hombres estén a mi disposición en el momento que yo desee, ni menos que esos 365 hombres trabajen para mantenerme y regalarme innumerables obsequios. Estas son cosas que hoy en día no se pueden admitir en voz alta, es decir, desear que 365 hombres la mantengan a una para una dedicarse al placer que cinco de ellos le dan diariamente. He llegado a pensar, incluso, que mis entrenadoras estaban un poco equivocadas, que esto no es posible en ninguna parte del mundo y que una se debe conformar un con un solo hombre que al primer intento se quede dormido mirando la otra pared (y si se tiene suerte, el cielo raso); sin embargo, hay que perseverar, tal vez algún día logre que 365 hombres me amen, me mantengan, me obsequien y me hagan el amor por lo menos cinco veces al día por toda una vida.

06 septiembre 2005

Adivinanza

El nombre es Mirit Spiliotis, pero...

¿quién es Mirit Spiliotis?

Identidad

Imagen uno:

Miri Stiolotis y yo frente a frente defendiendo la autoría de las ilustraciones. Ella insiste, tozuda, en su versión. Dice que Dominga es parte de su imaginario, que ella la creó y que yo soy la plagiadora.

- ¡Delincuente asquerosa!- le grito- ¡Mal nacida! Es como si me quitaras a mis hijos que los tuve yo, yo, yo... Dominga salió de mi cabeza, no de la tuya.

Pero ella no da su brazo a torcer.

Imagen dos:

Un capítulo del Chapulín Colorado, o también recuerdo uno del Hombre Araña, en que se duplican los cuerpos, otro se apodera de la forma de uno, del original. El Chapulín Colorado está desesperado porque le crean que él es él y no el impostor, pero, claro, el impostor es un actorazo y, además, tiene la sangre fría para seguir mintiendo hasta el final.

La columna sobre Fernando-al-Rashid

C amino al colegio, le cuento a Fernando la historia del plagio del libro de Dominga y termino preguntándole:

- ¿Qué te parece?

- Bien.

- ¡¿Cómo bien?! ¡Una chica copió mis dibujos de Dominga y los está vendiendo!

- Bueno, pero ella los copió; en cambio, tú puedes hacer otros libros.

-...

- Y si lo que te interesa es la plata... bueno, mamá, puedes hacer otros libros para vender ¿o no?

-...

-...

-...

-...

- Tal vez tengas razón.

05 septiembre 2005

Imágenes en cuestión: ¿todas plagiadas?

La que yo vi en la tienda Veracruz del Drugstore (claro que con el collarcito rojo y los pompones colorados... ¡qué pilla! ¿no?):




Otras, que si las ven... bueno... ya saben donde me encuentran.






El honor de la ira

(necesito un trago)

- ¡Ah! Te tengo que dar una mala noticia- me dice tomando el libro de Dominga mientras se va al baño de la editorial.

"¡Oh, no! No se va a publicar el libro. Cagué con el pago", pensé.

- Una amiga pasó por la tienda Veracruz y me preguntó si estás vendiendo tus ilustraciones...

- No (¡glup!)

- Eso es lo que yo pensé y le dije que no me parecía, pero ella insiste en que vio un cuadrito con tu ilustración de Dominga buscando a su sombra debajo del gato.

- ¿Mi ilustración?

- Claro que no estoy segura porque no la he visto, pero por lo que ella me dijo es la misma del libro.

- Creo que necesito un café con una aspirina.


(creo que necesito un trago)


- ¡Taxi!- gritó tres horas después, terminada la reunión- ¿Qué hora es?

- Un cuarto para las ocho, señorita.

- Necesito llegar al Drugstore antes de las ocho.

- ¡Metámole chala, entonces!


(de verdad, necesito ese trago)


- ¿Cuánto cuesta este cuadrito?- le pregunto a la vendedora mientras miro a Dominga buscando su sombra debajo del gato, sólo que este gato tiene un sutil collar rojo y Dominga unos ridículos pompones colorados en los zapatos.

- 24.950 pesos.

- ¿Y quién es la "artista"?

- Ahí sale la firma... "Stiolotis".

- Yo digo el nombre.

- Miri Stiolotis. Ahí tiene otros cuadros de ella.

- No, gracias. No me lo llevo.

(un café cargado... No, un trago, un pisco sour... mejor un café... no, no, un trago en casa)

El cuerpo cortado

"Nunca decías que no, nunca te negabas a nada. No te andabas con remilgos".

"Hacías las cosas con naturalidad, ni reticente ni viciosilla, de vez en cuando una pizca masoca..."

"Te considerábamos un fenómeno; incluso con un montón de tipos, eras la misma hasta el final, a su merced. No jugabas a ser la mujer que quiere complacer a su hombre ni a la gran puta. Eras como un compañero-chica".

"Catherine, cuya tranquilidad y ductilidad en todas las circunstancias son dignas del más grande elogio".


Tales son los halagos que, según Catherine Millet, definen su rasgo dominante y que yo, evidentemente, envidio.

¿Cómo era capaz esta mujer de hacer todo aquello, siempre bien dispuesta a todas las orgías que se le presentaban, como un acto natural, en algunos parques, casa de amigos o lugares favoritos?

No puedo, cada vez que tomo el libro de mi velador, avanzar más de quince páginas sin que la noche me quede interrupta, sin que la semana me quede interrupta, sin que mi cuerpo quede interrupto.